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lunes, 11 de julio de 2011

PREGUNTA

¿Qué nos pasa?...

Es tal el grado de incomprensión y de intolerancia que nos habita que no podemos escuchar al otro, ese otro que es diferente a mí y es por eso que piensa y siente distinto. Qué no está mal que así sea, por el contrario, comprender esto me ayudaría al replanteo, por ejemplo: ¿busco en el otro la perfección cuando yo soy tan o más imperfecto? La perfección no existe.

Tampoco tengo ganas de seguir en este blog en el que se ha perdido de vista el fin que nos convocara en un principio. Tener un espacio para volcar la pasión por la escritura y compartirla con un par.

Greis agradezco tu ofrecimiento y tu voluntad para llevar adelante este espacio. No estoy de acuerdo con tu proceder en cuanto al mismo. Con los años aprendí que a la gente que se quiere hay que aceptarla con sus virtudes pero también con sus defectos. Me duele la renuncia de Daniel, Dante, Adela, Nuria y Mercedes. Me voy con ellos, los quiero.

Iris.

martes, 5 de julio de 2011

SINRAZÓN - (Parte 3)



Juan se quedó mirando a la mujer sin entender cómo no la había visto antes. Ana sintió los ojos del hombre en tanto se alejaba. Estos subían por sus piernas en lentitud deliberada, para luego quedarse en la armoniosa cadera y su rítmico vaivén. Deseó ese cuerpo de formas casi perfectas y se propuso hacerlo suyo. Después de todo ninguna mujer se le había negado, por el contrario caían ganadas a sus pies.
El teléfono sonó ese sábado por la mañana temprano. Ana, soy Juan, mirá llamaba para invitarte. Hoy es mi cumpleaños y tengo ganas de festejarlo de manera diferente. Hago una reunión en casa con pocos amigos y me gustaría contarte entre ellos. Por un momento dudó, pero se le presentaba la posibilidad de conocer más a Juan en la intimidad, saber como era ese hombre seductor del que se había enamorado, conocer su casa, sus amigos, su vida. Aceptó.
Se dio un baño de inmersión con sales relajantes y salvia. Quería oler a limpio. Era muy exigente con el aseo personal y el de la casa. Un masaje con leche de coco para suavizar la piel completaron la tarea del cuidado de su cuerpo.
Eligió para vestirse un sencillo traje azul entallado al cuerpo. Ya lista el espejo le devolvió la imagen que satisfizo su ansiedad por verse bien.
Era habitual en ella la puntualidad, debido a esto se encontró tocando el portero eléctrico del departamento media hora antes. Juan la hizo subir. Hola, llegaste temprano, estoy solo.
Bueno vuelvo más tarde. No, no pasá. Al entrar Ana se llevó la primer sorpresa, no podía creer lo que veía. Ropa tirada por todas partes, platos sucios en la mesa ratona, trozos de galletitas dispersos por el piso y un paquete abierto pidiendo ser recogido, revistas y diarios sobre los sillones, el desorden era total.
Esperó una disculpa que nunca llegó. Pensó en lo difícil que era vivir así, al menos para ella. Bueno se conformó pensando que tal vez no le había dado tiempo, que los hombres suelen ser…
No te quedes ahí parada, sentate. Ana buscaba un lugar, los sillones estaban ocupados. Él tiró al piso a los ocupantes y le indicó con la mano que se sentara. Lo miró para agradecerle pero no pudo contener la risa. No entiendo que es lo que te causa gracia, dijo él molesto. Es que tu pantalón tiene un agujero justo…
Mirá yo te traje de regalo un piyama de seda azul que espero te guste. Gracias pero estoy cómodo con este, lo coso y vuelvo. Es que además el saco tiene un trozo de huevo pegado en el pecho. Bueno es que aún no me bañé, te dejo y en un ratito vuelvo. Ah, me olvidaba decirte que lo de mis amigos es una mentirilla piadosa. No van a venir.
La mentira agregada terminó de convencerla. En un segundo pasaron sin detenerse mil diapositivas de su vida futura al lado de Juan. El desamor tiró por la ventana sucia el último vestigio de un amor no verdadero. No necesitaba saber más, aún así hizo un último intento. Buscó en su corazón a ese hombre que la había enamorado. No lo encontró, un desconocido había ocupado su lugar. Tomó sus cosas, entre ellas se llevó también la desilusión y el mal momento pasado y salió a la calle casi corriendo.
Un taxi salvador la llevaba hasta su casa en tanto se prometía no volver a ver al extraño.

lunes, 27 de junio de 2011

SINRAZÓN - (Parte 2)

Antonia se fue sin la mirada de Juan.

El club de Villa Cimera luce renovado. Otra es la actual fachada de Sinrazón. Se ha modernizado su exterior como así también la parte interna. Variados juegos para la gente mayor, piletas de natación y un gimnasio para los más jóvenes – o no - en el que las actividades no escatiman esfuerzo para quienes aspiren a subirse al plan a proponer, sin abandonarlo.

Antonia es uno de ellos. Lunes, miércoles y viernes Pilates, martes y jueves, aparatos.

Su día de descanso y esparcimiento es los sábados. Gran baile gran. Para estar acorde con su club, ella también denota importantes cambios. Su pelo castaño desteñido, ahora es de un rubio platinado a lo Marylin, su cuerpo dejó en el camino del gimnasio y la dieta treinta kilos. Está irreconocible, parece de veinte en lugar de sus cuarenta y dos recién cumplidos.

La ropa moderna y su caminar airoso hacen el resto. Antonia es otra en ella. Ahora se hace llamar Ana eliminó a toni de su nombre, siempre lo odió.

A Juan no lo ha vuelto a ver, sin embargo su corazón permanece quieto en la espera. A pesar del tiempo transcurrido lo sigue recordando.

Esa noche “sin razón” aparente llega Antonia a Sinrazón más espléndida que de costumbre. Un vestido rojo ciñe el llamativo cuerpo. El escote muestra sin reparo lo que naturaleza y esfuerzo han dejado en su lugar, con la dosis justa de sugerencia para que esos erguidos pechos no pasen inadvertidos. Las sandalias negras afinan sus piernas ansiosas por dibujar en el lustroso piso los diferentes ritmos. De espaldas a la pista siente en su nuca el cálido aliento de una voz que susurra ¿bailás?... Ana reconoce el estilo. Se da la vuelta lentamente para encontrarse con la mirada de Juan. La emoción no le permite emitir sonido alguno, pero deja que el brazo del hombre apriete la cintura. ¿Sos nueva en el club? no te conozco. Yo si, te vi siempre, sólo que vos no me mirabas. Qué tonto, cómo pude no verte, sos hermosa. Gracias.

Me gustaría que nos volviéramos a encontrar, te estoy pidiendo una cita, dijo Juan con una risita sobradora.

Tal vez, dijo ella.

Ana se fue con la mirada de Juan.

martes, 21 de junio de 2011

SINRAZÓN








El club “Sinrazón” reabrió sus puertas, luego de ser aceitadas las bisagras, pintada de verde esperanza la entrada, y eliminado el polvo acumulado en el infeliz recinto, durante cinco años.
Se había cerrado por falta de afluencia popular. Los diez socios restantes, hicieron lo posible por mantener a “Sinrazón” con vida, pero fue inútil. Un domingo de otoño, embarrado de humedad y embargado por las deudas, sus puertas se cerraron y el mundo siguió andando.
Hoy ya recuperado, invita a la comunidad de Villa Cimera para el sábado diez a las nueve de la noche augurándoles pura diversión. El costo de la entrada será la consumición que el socio pida a su mesa ya reservada con anticipación. El menú constará de empanadas, vino tinto, Tiramisú de postre y café. La consigna, llegar disfrazado.
Los carteles pegados en el pueblo enteraron a todo el que sabía leer del acontecimiento. El entusiasmo fue tal, que en la mercería “Marita”, única en el lugar, la gente hacía cola para comprar lo necesario y poder confeccionar el disfraz que luciría el próximo sábado.
Antonia trató de disimular su rolliza osamenta con el traje de “Gatúbela”. La capa necesitó cinco metros de brillante satén negro para tal efecto, sin lograr su cometido, pero ella estaba feliz. Por fin estaría cerca de su amado, idolatrado y tan querido amor.
Todas las mañanas lo veía pasar desde la panadería en la que trabajaba. Él siempre iba apurado, y si alguna vez había entrado a comprar pan, ni siquiera la había mirado. Esa noche puso especial esmero en arreglarse y colocar detrás de sus orejas su colonia preferida, “Cocoa y Vainilla”.
Antonia olía a torta recién hecha, estaba para comérsela.


Juan eligió el disfraz de médico. Para la ocasión se compró un delantal blanco y colgó de su cuello un estetoscopio, único testigo de una carrera que nunca empezó, provocando la frustración de la familia entera.


Antonia llegó una hora antes. Se ubicó en una mesa cerca de la pista de baile. Pensativa, trataba de imaginar cómo haría para llevarse a la boca la sabrosa empanada con la máscara de Gatúbela puesta. Bueno después de todo bien podía renunciar al mayor placer de su vida. Al pensarlo, una lágrima escapó quedando presa debajo de la tela.


Cuando entró Juan, quedó paralizada. ¡Qué apuesto era así vestido de médico!
La música daba lugar al comienzo del baile.
Antonia no podía dejar de mirar a Juan, a su lado las empanadas pasaban, pasaban y pasaban…
De pronto fijó sus ojos en Juan. Él sonrió y muy decidido, se fue acercando a Gatúbela que esperaba ansiosa. Ella se paró audaz y empezó a caminar cruzando el salón. Cuando estuvo a dos pasos de Juan estiró sus brazos con un gesto que parecía decir: ¡Aquí estoy tómame!
Juan siguió de largo. Antonia se quedó dura, sin poder moverse, sólo alcanzó a escuchar ¡Mi amor, como demoraste, no sabés lo ansioso que estaba esperándote!
Dicho esto, Juan se fue del brazo de una rubia despampanante.
Pasó a su lado una vez más… sin mirarla.





lunes, 20 de junio de 2011

SINRAZÓN


El Club Social y Deportivo "Sinrazón" de Villa Cimera en breve abrirá sus puertas para solaz de los nuevos socios.

jueves, 19 de mayo de 2011

CUENTO TREN - (3) - EL INTRUSO

A medida que la chata acorta distancia, René puede ver con mayor claridad el cuerpo que yace inmóvil al borde del camino de ripio. Su primer pensamiento es seguir de largo, no detenerse, el hombre tirado muestra la quietud de la muerte. Se piensa cobarde y no le gusta la certeza de saber que siempre lo ha sido. Tal vez su único acto de valentía fue el de mudarse lejos de todos y de todo.



Un rictus de amargura se dibuja en su rostro cuando en segundos comienzan a pasar por su retina como en un film mudo, pasajes de su vida anterior. Los aborrecibles personajes que se mueven en blanco y negro lo abaten. Su padre haciéndolo responsable absoluto de la quiebra de la fábrica. Su fábrica. La misma en la que había puesto todo el esfuerzo y la sapiencia de la que era capaz, cuando su progenitor forzado por ese sorpresivo ataque de apoplejía, quedó imposibilitado de seguir con sus funciones.Elena, su mujer, calmando la decepción con uno de los empleados diez años más joven que él… y que ella. No la quiso escuchar sabiendo que mentiría. No quiso escuchar a su padre, tal vez con más reproches. Juntó el dinero ahorrado y se fue con lo puesto. Quería una vida tranquila, sin sobresaltos. Buscaba la libertad que nunca tuvo. Tal vez por no saber ver. Se dijo que aún era tiempo de recomenzar.

René restriega con los dedos sus ojos y para el vehículo para luego bajar con cierta cautela. Lo que ve ahora es a un hombre totalmente desnudo desprovisto de todo tipo de ente a su alrededor. Ya más cerca la rigidez del cuerpo le anuncia lo presentido. Tiene los ojos y la boca abiertos como queriendo pedir ayuda en un gesto casi desesperado. Un brazo estirado, la mano abierta y… ¡a esa mano le falta un dedo! Una sensación nauseabunda le sube hasta la boca. Tiene miedo. Ese hombre muerto pudo haber sido asesinado.


Birgit decidida comienza la caminata hacia la villa para buscar ayuda. Sabe que la noche es su peor enemigo, no quiere quedarse allí sola en pleno campo con Zeta muerto.


No sabe cuánto tiempo lleva caminado, el frío atempera la luz de una luna llena como única compañía. De pronto a lo lejos alcanza a ver algo así como un matorral que cruza el camino. Una señal de que la civilización no debe estar lejos y con ella la villa buscada. Toma nuevamente el plano guardado en uno de los bolsillos de su chaqueta para no perderse y con esfuerzo lo observa. Ya no duda, Villa Cimera debe estar detrás de esa mata verde y tupida. Ya más cerca alcanza a ver el cartel que la identifica y la entrada al pueblo. Mira hacia los lados buscando una luz. A cien metros un letrero iluminado deja ver en grandes letras un nombre: “Hostería El Refugio”. Hacia allí se dirige la mujer deseando encontrar a alguien que le brinde la ayuda necesaria y le indique qué hacer con el pobre Zeta.

El hombre que la atiende en el albergue escucha el relato de la germana que de manera atropellada y nerviosa trata de hacerse entender. Sin interrumpirla la deja terminar. Su rostro se muestra impasible.
–¿Puede usted ayudarme? –pregunta Birgit ansiosa
–Sí señora, tiene suerte. Mi padre es el comisario de Villa Cimera. Sólo tengo que hacer un llamado, en tanto le asigno una habitación, supongo que la necesitará.

El baño caliente actúa de inmediato reanimándola, Birgit ya se siente mejor. Descansa unas horas. Se viste rápido y baja al bar de la hostería a tomar un café en tanto espera al comisario. El sosiego se apodera de todo su ser al intuir que esos fuertes pasos que pegan en el viejo piso de madera son los de la persona que espera.

El comisario Ernesto Achával es un hombre corpulento, de estatura mediana de unos sesenta y tantos años. Ve a Birgit y se presenta dispuesto a dejar de inmediato el lugar, cosa que la alemana acepta sin más.
En el trayecto la muchacha le cuenta al hombre lo que cree le ha pasado a su guía. Con pesar dice –lo dejé solo, bueno solo no, en realidad allí quedaron las mochilas, los documentos, su celular y la medalla plateada que lo identifica como diabético.

Achával se sorprende cuando al llegar al lugar ve a un hombre agachado casi sobre el cuerpo del muerto. Ese hombre es René Giudici, “el vecino”.



Birgit mira con estupor el cuadro. El cuerpo de Zeta yace solo. Nada de lo que la muchacha ha dejado está allí. Ni siquiera la medalla plateada que identifica al guía como diabético. Vacío a su alrededor. Solo el ripioso camino. –¿Qué hace allí ese hombre? –se pregunta asustada.

Birgit mira al comisario como observando su reacción, cuando de pronto ve que este con total parsimonia, saca de su cartuchera un arma de fuego con la que apunta al intruso. Sin darle tiempo a nada y a la voz de alto, se identifica y muestra un par de frías esposas que cuelgan del cinturón esperando ser usadas.

martes, 10 de mayo de 2011

TIEMPO DE VIDA










Los leños se van apagando poco a poco. Su crepitar se debilita hasta extinguirse en su totalidad. La mirada se pierde en lo irrecuperable.


Laura evoca y extraña.

Lugares, personas, entes inanimados que esperan en un estante, la caricia de esa mano amada ya sin fuerza que se llevó la finitud. Años juntos cuidándose el uno al otro. Ya no, está sola de él. La angustia se ocupa de ella y la toma para quedarse, sin tiempo de espera.

Laura pregunta.

Una y otra vez donde estuvieron y con quién se fueron esos años que llevan el rótulo de “Segunda Edad”. Años que pasaron de largo por su vida sin darse a conocer, sin advertirle que saltarían jugando a no volver. Mami, que suerte que el vestido del civil me lo hacés vos, un gasto menos. Ernestito tiene paperas vieja, no te vendrías a casa unos días a cuidarlo. Amor no quiero que trabajes tanto. Vivís para nosotros, desde que tuve ese maldito infarto no parás. Su familia la necesita.

Laura está sola.

Claro, ahora entiende, estaba distraída en tanto el tiempo pasaba. No lo veía. Ahora es todo suyo y no sabe qué hacer con él. La familia ya no la necesita. Se mueve por la casa buscando, ¿qué?...ojalá supiera. La mesa es demasiado grande para comer sola, en la cama falta el calor de otro cuerpo, el silencio que deseó tantas veces hoy molesta. Es el desasosiego. No lo conocía, lo descubre y no le gusta. Quisiera recobrar lo perdido. El ímpetu, las ganas, el impulso para no detenerse, el amor en todas y cada una de sus formas.

Laura vida.

Todavía es tiempo. Comienza a proyectar. Recuerda cuando le decía a su amor, proyectemos, los proyectos son vida. Toma en sus manos ese cuadro oculto que dejó hace años sin terminar, ya ni recuerda cuantos y decide darle parte de su tiempo, lo merece por la espera. Descubre los óleos secos y sonríe. También les dará vida. Siempre quiso hacer ese curso de Psicología Social y nunca pudo. Ahora puede. Laura se imagina llenando espacios vacíos, esos que la esperaron para darle sentido a su vida.


Los leños se van apagando poco a poco. Su crepitar se debilita, Laura se levanta de un salto y corre llevando más leña para avivar ese fuego. Su fuego.

sábado, 30 de abril de 2011

ALUCINACIÓN - c/Graciela




Ya no quiero dormir. Ya no. Las imágenes calcadas no me dan tregua. Quisiera hacerme amiga de ella mi alucinación, pedirle que no vuelva. Es inútil. Regresa.

“La veo claramente, estoy acostada sola. Una sombra que es la tuya se acerca a nuestra cama. En la oscuridad veo el brillo del arma letal que se acerca lenta pero segura. No puedo hacer nada, sólo esperarla. Una cruel sonrisa ilumina tu rostro, ya casi cerca del mío. Tu boca me busca. Tu perversa lengua recorre el interior de la mía luego se detiene paladeando el momento siguiente. Tus manos, amadas manos, fuertes, varoniles, inequívocas, clavan un puñal en medio de mi pecho. Desde allí, primero hacia arriba, luego hacia abajo, sin apuro a los costados y queda trazada una cruz perfecta. Yo en tanto te miro hacer mansa, sin miedo, segura de vos, casi con admiración. Una sonrisa diabólica destella en tu conocido rostro y te vas.
Te vas con mi corazón.”

Me despierto empapada, todo está en su lugar, hasta vos. Tu dormir es tranquilo nada lo perturba. Por un momento te odio. Cada noche de cada día el sueño se repite y vos dormís en paz sin que nada te moleste. Tengo que contártelo, de lo contrario nunca acabará este martirio. Dicen que cuando un sueño se repite con sólo contarlo desaparece.
Vano intento. Te reíste de mí aludiendo que no debía darle importancia, que sólo era una pesadilla, que ya pasaría que… no quise escucharte más y me fui. No entenderías.

“Ya estás otra vez en mí… conmigo. No importa te espero, pero esta vez no será con la tranquilidad de siempre, esta vez te haré frente. Basta de sumisión, de inseguridad. Maldita alucinación, si no querés ser mi amiga, serás mi enemiga.
Ya llega amor, estoy acá en el lugar de siempre, pero no te preocupes “ella” no me molestará más.
Aún no, todavía no es tiempo, tengo que esperar que termine su trabajo, que no sospeche. Ahora sí. ¡Fuera de mis noches maldita!...”

Esta vez me despierta el calor tibio de un líquido que moja mi cuerpo. Un grito se escapa de mi boca ensangrentada. Y ahí estás vos, a mi lado, con el pecho abierto en cruz.
Mis manos perciben los últimos latidos de un corazón… el tuyo.



(Modificado para la consigna)


viernes, 15 de abril de 2011

LA RUTA - C/Ale y Alicia.










Escalada briosa empinado riesgo

Que por conocido lo transito en sesgo

Templado atajo el absurdo tiempo

Es vano el intento

Abatido palpo el fin de la ruta

Territorio hermético

Allí me detengo.

Lento voy hundiendo

Mi topografía y me quedo

Ya no, es demasiado tarde

Lo siento.



Iris. (Poema)

lunes, 21 de marzo de 2011

LA MAGIA DEL INSTRUCTIVO - c/Alejandra.




Corre el año 5007…

- Moel llegó el calzado que pediste. Viene acompañado de un apuesto joven. Será quien realice la inédita prueba.
- Que pase Amis, no lo hagas esperar.

Percibo en la nuca un aliento tibio y dos brazos fuertes me toman por detrás.
Un aroma agradable pega en la atmósfera turbulenta. No me muevo. Podría hacerlo, pero tengo miedo que este manual humano no comience su rutina de instrucciones.
Mi cuerpo se estremece perplejo, violentos remolinos me poseen y me recorren en ráfagas cruzadas. Estrello mi encrespada furia contra su rocoso cuerpo y rompo en olas de placer en una marea sin control. Su fortaleza ciclópea me sostiene preparando un nuevo embate. Cuervo al acecho ya sus manos están en mi espalda en un recorrido lento, interminable. Suben hasta el cuello y bajan por mis pechos que esperan impacientes. Sus dedos acarician las piernas y se quedan en los pies en un masaje cálido y sostenido para luego detenerse en cada dedo, presionando el arco, envolviendo el tobillo, subiendo y bajando sin descanso. Siento que van a devorarme pero me quedo esperando que acabe el masaje. Resabios de gotas resbalan por mi cuerpo ya en calma, su boca las absorbe en tanto dice:

- Bien, sus pies ya son poseedores del calzado mágico. Las sensaciones son sólo suyas. Ya no necesitará de mí, de ahora en más podrá manejarse sin instrucciones, éstas quedaron impresas en su ser. Cada vez que use estos zapatos tendrá una experiencia diferente, inédita.
- Espero los disfrute. Buenas noches.



(Cuento escrito hace muuuuuuuuchoooooo tiempo)

Iris Faba.






viernes, 18 de marzo de 2011

NADA - C/Alejandra.


Gime la piel en la espera
Anhelando la recorran tus dedos
Memoriosos
Arrancando recuerdos
De tu piel en mi piel
Déjame vivir la gloria
De tus manos calientes
Frótame
Rózame
Friégame
Ráscame
Acaríciame
No dejes de hacerlo
Escribe un poema de amor
En mi pecho desnudo
Lo veré
Siempre
Mas…
No busques debajo
De mi piel
Allí no queda nada
Nada.


Iris Faba.



jueves, 10 de marzo de 2011

LA ESTRELLA DE MAR - C/Adela.



Cuando Marina terminó la residencia en Pediatría supo que tenía que estar allí. Se unió al grupo de “médicos sin frontera”, organización médico humanitaria que asiste a poblaciones en situación precaria, víctimas inocentes de conflictos armados en algunos casos y en otros debido a catástrofes naturales. Allí no existe discriminación, todos son iguales a los ojos de la medicina.

Marina parte con un sueño a cumplir y la idea de querer hacer algo por aquellos que aún queriendo no pueden. En plena selva se encuentra con cuarenta y dos grados de calor, otros idiomas, gente nómada y otras costumbres, en fin con otra vida. Aún así se dispone a dejar parte de la suya en ese lugar apartado de África. Otro mundo piensa, y en el acto se rectifica, no, el mismo mundo en un lugar dejado de la mano del hombre. Allí mueren niños desnutridos por falta de alimentos, por falta de agua, por falta de todo lo necesario para vivir.

Una segunda misión la lleva a Níger, no muy diferente de la anterior pero allí hay una crisis alimentaria crónica, con períodos de hambruna que afecta en primer lugar a los menores de cinco años. Las madres los llevan a la consulta caminando quince o veinte kilómetros al rayo del sol. Al ver a Marina, la carita de asombro ante el cabello rubio y la piel blanca hace que alguno de los más pequeños quiera raspar su piel para ver si aparece el negro debajo.

Marina y su grupo atienden a más de cuatrocientos niños por día, en un centro de recuperación con pacientes menores internados. Los visita a diario, ya han dejado de ser un número para ella, el amor ha tocado su alma. Allí se les administra un alimento de rápido uso que ha revolucionado el tema de la desnutrición y que además no necesita ser conservado en frío. Un adelanto que hace maravillas.

En esos días Marina conoce a Curera, un negrito que lucha por vivir, lleno de cables por todo el cuerpo, desnutrido y con una neumonía persistente. Al acercarse a verlo, es la primera vez que siente la muerte tan de cerca unida esta a la angustia de saber que poco puede hacer por él. Sin embargo tiene que intentarlo, por la madre que confía en ella y por el mismo niño que la recibe con el esfuerzo de una sonrisa.

Son muchas las veces que Marina se va del hospital no sabiendo si volverá a ver a Curera, hasta a pensado en abandonarlo todo. Miles de niños mueren a diario sin poder ser atendidos. La selva guarda el secreto. Su impotencia toca el límite de todo razonamiento. De pronto recuerda un cuento que la ayuda a recapacitar.

“En una oportunidad caminaba por la playa luego de una feroz tormenta un ser solitario juntando estrellas de mar de la orilla, para luego arrojarlas nuevamente a él. Miles y miles de ellas yacen diseminadas esperando la muerte. Alguien que pasa por allí se acerca a este hombre y le dice que no tiene sentido que tire al mar a una las estrellas ya que en pocas horas estarán todas muertas. El hombre toma una entre sus dedos la arroja al mar y dice: sí pero esta vivirá, y esta y esta…”

Cuando Marina vuelve a su casa luego de la misión, no se atreve a llamar al hospital de Nigeria para preguntar por Curera temiendo que le informen lo peor, hasta que un día, una de las médicas que ha quedado allí y que visita al niño, le escribe y con la carta le envía una foto de Curera. El niño luce sano y fuerte. Esta vez María llora pero de alegría. Nada fue en vano.

A partir de ese momento su ayuda será una metáfora. "Curera será la estrella de mar".



(Relato basado en un hecho real, con algunas licencias por parte del autor).



Iris Faba.

domingo, 6 de marzo de 2011

RECUERDOS DE BARRIO









Camino.
Una música conocida me lleva hasta el bar de Humberto y Defensa. El bandoneón deja oír los primeros acordes de un tango lastimero y sentido que va pintando con su “Tinta Roja” adoquines del pasado en el gris del ayer. Caen las notas empujando recuerdos de un tiempo que pasó.
Dos malevos se dan cita en la noche oscura, a uno lo llama la venganza, al otro el dolor de la mujer infiel. Los hombres se miran sin verse. No quieren saber el color de la piel de ese otro que oculta la inquietante dolencia de un cuerpo con tajaduras del pasado. El olvido faltó a la cita. Los ojos se encuentran desafiantes, seguros, midiendo distancia.
En instantes comenzará a mancharse de rojo el negro empedrado con la sangre del rencor y el odio contenido que persiste. El saco envuelve el brazo del amparo, aunque poco ha de servir cuando el cuchillo atraviese las entrañas en la noche fatal. Noche oscura sin luna. Casi no se ven los malevos, pero se presienten. Los pasos medidos los acercan y los pegan cuerpo a cuerpo. Caen al mismo tiempo. No se conocían, ahora los acerca el fin. Saben que son de buena tinta cuando las notas de aquel tango inconcluso les trae en el instante final, el recuerdo de aquella que amaron hasta morir. Malena tiembla al ver los cuerpos inertes. Una última mirada y se va casi corriendo. Sobre sus espaldas pesa la culpa de un hombre no querido, y el dolor de un amor perdido. Amó a Julián. Lo conoció en un tugurio del Bajo Flores, era noche de carnaval.
Le había pedido a Pedro, su marido, que la llevara al festejo, él accedió de mala gana. Se perdía el partido de truco con amigos. Nunca salían juntos. No había pasado demasiado tiempo en el lugar de la fiesta cuando Pedro le dijo que se aburría. Le pidió dos horitas, el bar estaba a tres cuadras de allí y era seguro que todavía los amigos lo esperaban. Pasala bien, es toda gente conocida, vuelvo a buscarte, dijo y se fue. Malena se quedó sola apenas unos minutos, Julián se acercó para invitarla a bailar, se miraron a los ojos, él la tomó con fuerza de la cintura. Un tango de dos por cuatro y el abrazo sensual hicieron el resto. Se amaron. Pedro los vio juntos un domingo en el que volvía a su casa dos horas antes de lo previsto. Juró matarlo. Juramento que cumplió y pagó con su vida.

Camino.
Balcarce, y la vieja casa que me vio nacer. El almacén de Don Taquito, nos peleábamos por ir a comprar porque sabíamos que venía “la yapa”. Me gustaba ver como envolvía los fideos dándole forma de empanada al papel. Dice mi mamá que me lo anote Don Taquito. Mamá siempre con la libreta, claro si no tenía un peso partido al medio.
Mi barrio huele a magnolias, el árbol florido de la escuela perfuma el aire. El olfato pide más y se lo guarda. Tal vez porque al cruzar la calle empedrada, espera en su casa de la vieja iglesia San Pedro Telmo, el Cristo Redentor. Allí la ofrenda de la blanca magnolia y su perfume llenan de luz el espíritu. Una larga alfombra roja me lleva hasta el altar sagrado, el mismo que conserva a través del tiempo la emoción en el recuerdo del vestido blanco y un sí quiero para toda la vida.
Camino.
San Telmo, barrio de taitas y matones, ya no quedan. Sí, algunos conventillos con chapa en la puerta “Aquí vivió…” Sí el parque, ahora lleno de artesanos sin permiso.
¿Te acordás papá?...tardes de domingo de calesita, museo y juegos que disfrutábamos con vos.
Eras todo nuestro. Te extraño. Más tarde el progreso te pasó por encima y la autopista te partió al medio. Sí quedan también los recuerdos sin tiempo y algún poema afligido para sentirte cerca.


Barrio, mi barrio San Telmo
Aquel que huele a nostalgia
Y un bandoneón que hipa lento
La melodía de un tango
Barrio, mi barrio San Telmo
Calle de esquina empedrada
Del café en la madrugada
De manos entrelazadas
Barrio, mi barrio San Telmo
Te extraño.
Amurado a mi destino
San Telmo
Hoy me hacés falta.


Iris Faba.

martes, 1 de marzo de 2011

UN GAUCHO MALO - C/José Luis.


Don Hilario se sentó con su mate amargo y el abrigo de su poncho, en la rueda de amigos que le pedían que contara alguna experiencia vivida. Bonachón, el paisano accedió gustoso.
Esta historia me pertenece, ya que le pasó a mi mesmísima persona, y yo soy mi único testigo de lo ocurrido, pero es la purísima verdá, como que me llamo Don Hilario Gómez. Aún hoy se me paran los pelos cuando lo recuerdo.


Era un atardecer de pleno invierno, yo iba con el camión por el camino llano que lleva al pueblo, como toditos los días. Tranquilo, ya que oscurece más temprano con los fríos y no quería matar ningún bicho que se me cruzara de mientras no saliera de la solitaria Pampa. De pronto y sin aviso, se me atraviesa una potente luz, justito delante de mi viejo camión. Paré ahicito nomás y me quedé duro mirando. La extraña luz era tan fuerte que alumbraba todo el camino por delante y por detrás. No me animé a bajar y me quedé todito el tiempo allí pa observarla bien. Después me enteré que se la nombraba “La luz mala”, debió de ser por el susto que recibía uno cuando la veia, en el medio del campo y sin un ánima bendita cerca. Al día siguiente, ya precavido, cuando llegué al lugar me paré de golpe – por supuesto sin bajarme del camión – qué les viá contar, ella me esperaba, se encendió con más fuerza entuavía y yo no me le achiqué. Le pregunté qué quería de mí. Le dije que me hablara, qué era lo que más quería saber. No me contestó. Pero nos hicimos amigos. Yo atracaba mi camión y me ponía a conversarle, a contarle mis penurias. Hasta que un día, venía yo medio chispiau, un trago de vino tinto, por el frío ¿vio? cuando justito en el lugar en que aparecía “mi luz buena” – ya le había cambiado el nombre – se presenta ante mis propios ojos, una luminosidad fosforescente que me ciega, entonces sí que me asusté, les puedo asegurar por mi tata, que en cuantito la vi supe que no era la mesma, algo había cambiado, creo que el calor que desprendían sus rayos. Sentí que me quemaba vivo. Entonces no lo pensé más, me subí al camión y entré a correr, correr y correr acelerando a cuarenta, forzando al pobrecito con sus ruedas gastadas y no acostumbrado a tanta velocida .
No me detuve hasta llegar a mi rancho, y al abrazo calentito de mi china, que me esperaba a la luz del farol, luz conocida y amiga no como aquella.

Se que le prometí a la Jacinta que no volvería a pasar por ese camino, pero no se. A veces me vienen ganas de salirle al encuentro y esta vez si que no sería igual. De verla de nuevo ya sabría con quién me topo, y no hay ánima que me asuste ni me acorrale pué.
Esta vez nada ni naides me pararía, juntaría coraje y la enfrentaría pa preguntarle que anda queriendo de mí, que me deje tranquilo de lo contrario no respondo por lo que pudiera sucederle. Créanme que lo haría. Lo juro, como que me llamo Don Hilario Gómez. Un gaucho que llegado el caso puede ser más malo que la tan mentada “Luz mala”.



Iris.

domingo, 27 de febrero de 2011

LA PIEDRA



El hombre está solo. Abatido arrastra la pesada piedra hasta el haz de luz que generoso se cuela por la entrada de la lúgubre y helada caverna.

El hombre toma el peso del hacha entre sus ajadas, lastimadas y perdidas manos y comienza a golpear la rústica mole. Golpea una y otra vez tratando de encontrar alguna forma, algún color, algún signo de vida.

El hombre está cansado. Muy cansado. Apoya sus piernas en la piedra y por un segundo el frío las sacude. Mira con piedad sus pies desnudos, toma el hacha entre sus manos, la apoya en ellos y con saña comienza… ¡A pegar… a pegar… a pegar!...

El hombre grita de dolor. Sonidos guturales ásperos y despiadados rompen el silencio y se mezclan con los huesos astillados, arterias machacadas sin forma ni existencia, y sangre caliente que brota sin detenerse para macerar la tierra seca en el espacio cerrado.

La piedra comienza a cobrar vida. El hombre ya no la ve.