domingo, 8 de mayo de 2011

TU VIDA, MI VIDA... CONSIGNA DE GRACIELA TOTORA

La noche llegó como lo hacen las noches en el otoño, colmada de viento, de frío, de nostalgia de aquel abrazo tibio que nos envuelva. Pero al contrario de lo deseado esa misma noche la encontró sola y abrazada a su almohada, guardando en cada célula de su cuerpo el perfume de aquel hombre que la enamora...
Si hasta hace unos meses ella tenía una vida cómoda, desolada sí, pero cómoda. Su piel no sentía, su alma no sabía de sobresaltos, apenas de contactos fraternales con sus pares. Pero este amor la sacó de su vida, y pasó a sentir la vida de él cómo el único rumbo posible a la brújula de sus sentidos, que por cierto se habían despertado esa misma noche en que se entregó a él...
Entre sueños hablo, amo, sintió en sus brazos, pero la mañana la despertó con el frío estremecedor de saberlo lejos, muy lejos.
La rutina la tomó en sus brazos, la cobijo del dolor de la nostalgia y sólo en raptos de tremenda coherencia e infinita locura se escapa con él y su amor... Cierra la pagina del libro y no puede creer que alguien ame así, que sienta en la distancia, que añore un beso, que sienta caricias, sin siquiera estar cerca del amado. Sonrió con esa sonrisa de incredulidad que muy pocos sostienen aún con las pruebas en las manos de que un amor así es posible. Se sienta en su sillón preferido, toma a sorbos lentos la taza de té verde que tanto le encanta, suena el teléfono y era la voz de él que estaba allí y ella pretendiendo dar excusas desde la conciencia moral, decide dejar de lado su razón para darle vuelo al corazón que a latidos voraces la hicieron sentir a ese ser más cerca de lo que nunca había sentido a nadie. Y sin más atinó a decirle, tu vida y mi vida ya están trazadas ahora sólo deberemos vivirlas...

viernes, 6 de mayo de 2011

EL DEPARTAMENTO CONTIGUO

– ¿Adónde querés ir hoy, Blanca?, – preguntaba él.
– A ese lugar de luces azules, – decía ella intrigante.
– ¿Cuál, el que está en San Telmo?
– No, al de Palermo.
– Ah, ya sé, “La Roccola”
– Ese, Daniel. Yo sabía que vos te acordabas.

Blanca seducía a su pareja en un juego muy viejo y efectivo. Al final parecía que el varón había elegido el lugar cuando había sido ella quien lo había guiado con dulzura y firmeza.

Muchas veces iban a pasear a los parques de Palermo. No eran adolescentes pero actuaban como si lo fueran, se tomaban de la mano y se besaban sin pensar en las miradas de las señoras mayores, y bien vestidas, que paseaban caniches en las tardes de sol. Cumplían con los ritos que nunca habían llevado a cabo en sus años juveniles.

La relación entre Blanca y Daniel fue cada vez más íntima y entrañable. Después del paseo tomaban café en una confitería del Rosedal y, como tantos enamorados, hacían el amor en un hotelito de la zona con la fuerza y la pureza de la juventud. Eran felices.

Blanca vivía sola en un departamento alquilado pero nunca invitó a Daniel a conocerlo; lo mismo ocurría con Daniel y su departamento de soltero, jamás llevó a su novia y sabía que jamás la llevaría. Ninguno de los dos conocía el departamento del otro, esta era una pequeña espina en la relación, iban a conversar el tema y así resolverlo. Las excusas comenzaron a ser cada vez más y más molestas y así, luego de hablarlo, decidieron alquilar un departamento para los dos. Reunieron esfuerzos y consiguieron uno muy lindo y grande. Hasta tenía dos cuartos para hacer planes  a futuro cuando se presentara la ocasión de casarse y formar una familia. Se amaban y querían vivir juntos.
Planearon una ceremonia íntima. Los testigos fueron los padres de ella y los de él, quienes vinieron del campo para la feliz ocasión. Las tres parejas fueron a cenar a un restaurante bonito aunque no demasiado elegante ni caro, festejaron así el inicio formal de la vida que iban a llevar juntos.

Algunas veces Daniel estaba más pensativo que otras, especialmente los domingos por la tarde cuando el clima era frío y lluvioso. Blanca le preguntaba si se encontraba bien pero él contestaba con evasivas y una sonrisa.

– ¿Qué te pasa Daniel? – preguntaba Blanca con deseos de confortarlo.
– Nada mi amor, te quiero con toda mi alma pero a veces me asaltan pensamientos raros en los que te pierdo, en los que no estás conmigo.
– No seas zonzo, mi vida, ¿cómo se te ocurre que me vas a perder? – preguntaba Blanca esbozando un falso enojo de luna de miel.
– Bueno, no me hagas caso, ya se me va a pasar.

Y realmente se le pasaba pero esa concentración de Daniel, en razonamientos e imaginaciones, molestaban a Blanca. Ella lo quería feliz como ella misma lo era. Una relación a los treinta y muchos no se encuentra a la vuelta de la esquina y un amor como el de ellos menos aún.
El sexo era una de las armas de unión más fuertes de la pareja. Todas las noches se miraban cómplices diciendo, con “esa” mirada, mil cosas más que con las palabras, sonreían, hacían bromas, Daniel le hacía cosquillas y Blanca se sacaba la blusa como si eso evitara que él volviera a hacerle cosquillas, así se iban desnudando, jugando y riendo como es el mejor de los sexos, juguetón y pícaro.
Dormían abrazados toda la noche y el calor de los cuerpos se mezclaba con el aroma sagrado de la pasión. Nada podía ser mejor, nada salvo los domingos por la tarde en que Daniel entraba otra vez en zona de pensamientos oscuros.

– ¿Qué tenés en los ojos?, – preguntó Blanca.
– Nada, ¿no ves que no es nada? – dijo Daniel escondiendo una lágrima.
– Debe ser irritación en los ojos, todo el mundo anda así con las alergias, – mintió Blanca para no avergonzar a su amado.

A pesar de los cuidados con que Blanca trataba a su marido le pareció que no eran suficientes; decidió que le recomendaría asistir a sesiones de terapia psicológica siempre que Daniel no se negara. No era su intención obligarlo si él no estaba de acuerdo pero también estaba al tanto de su poder de convencimiento y, seguramente, lograría hacer que él creyera que había sido su idea y no de ella.

Daniel hizo el llamado y concertó una cita con la terapeuta. Cuando llegó el día Daniel se presentó algo nervioso pensando que ese tratamiento no resolvería su problema.
– Buenas tardes, licenciada Plat – dijo él aparentando seguridad y aplomo.
– Buenas tardes Daniel, – dijo ella de manera casi festiva como para romper el hielo –. Tomá asiento en el sillón.
– Gracias.
– ¿Tuviste problemas para llegar? – preguntó la psicóloga.
– Para nada, había poco tránsito y llegué enseguida, – mintió Daniel que había demorado una larga hora en el colectivo 168 que daba muchas vueltas.
– Contame, ¿qué te anda pasando?
– No sé licenciada…
– Llamame Silvia.
– Bueno, Silvia, lo que me pasa es que tengo ratos de mucha melancolía, me encierro en mí mismo, pienso e imagino cosas que me gustan y otras que me molestan.
– ¿Estás en pareja?
– Bueno… sí… claro, con Blanca.
– Te noto dubitativo, ¿marcha todo bien?
– Muy bien, es una relación perfecta.
– ¿Perfecta? ¿No te parece demasiado? – preguntó la terapeuta dudando.
– Sí, sí, es perfecta. Blanca es la mejor mujer del mundo, es cariñosa y compañera.
– Entonces ¿qué es lo que te pasa?
– Tengo miedo de que todo sea nada, – dijo Daniel con gran seguridad.
– ¿Tenés miedo de que te deje? – La licenciada Silvia Plat comenzaba a inquietarse.
– No, para nada, no estoy seguro de que Blanca exista. – Daniel arrojó una bomba.
– No te entiendo, ¿cómo que no exista?
– Mis pensamientos, mis conjeturas, mis necesidades me obligan a pensar y mi soledad me hace creer en cosas que tal vez no existan.
– Bueno, hoy dejamos acá y la semana que viene seguimos charlando.

Para Daniel la charla con la terapeuta fue un golpe duro. Había confesado, se había confesado, más de lo que hubiera querido. Se fue caminando a su departamento de soltero sabiendo que Blanca también seguía conservando el de ella. Eran las seis de la tarde. Una vez que hubo llegado esperó a que Blanca llegara al departamento de ella.

Daniel supo que Blanca había entrado a su departamento. Escuchó el ruido de la llave en el pasillo, la puerta que chirriaba al abrirse. Daniel siguió los movimientos de Blanca desde su departamento contiguo y gemelo en disposición y cuartos. A las ocho de la noche llegaba cansada arrastrando los pies y colgando, en una silla, la pesada cartera.
Blanca se lavó las manos en la cocina y se secó con el repasador. Abrió la heladera y se inclinó hacia su interior, sabiendo de antemano, que nada encontraría. Daniel conocía este movimiento  gracias al portazo de heladera que Blanca daba cada noche. Encendió el televisor como ruido de fondo. Daniel encendió el televisor al mismo tiempo que su vecina tratando de encontrar rápidamente el mismo canal para que los sonidos no delataran la intromisión auditiva en la intimidad de una mujer que vivía sola, por un vecino que vivía mucho más solo que ella.
Muchas veces Daniel estuvo a punto de salir al pasillo y tocar timbre en el departamento de Blanca, sabía que nunca iba a animarse. Muchas veces soñó con que su vecina tocaba a su puerta cansada de su soledad y conocedora, como lo era él, de la soledad de un vecino al que escuchaba pero que no veía.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Concurso de microrrelatos

I certamen mundial de microrrelatos

Toda la info que tengo es esta:
Hasta el 30 de junio
Convoca La Internacional Microcuentista con el apoyo de Macedonia Ediciones

Esta es la página de los organizadores:
http://revistamicrorrelatos.blogspot.com/2011/04/i-certamen-mundial-de-microrrelatos.html


No sé qué tan serio será y es todo lo que sé, si alguno está interesado que les mande un mail a ellos. Macedonia Ediciones es una editorial de Moron, Buenos Aires.

Pequeños milagros.

―Señorita Lucero, si un comerciante tiene asegurado el setenta y cinco por ciento de su mercadería y en un siniestro pierde la mitad, ¿cuánto le cubre la compañía aseguradora? ―preguntó el profesor.

―El setenta y cinco por ciento del cincuenta por ciento, señor ―contestó sin dudar.

―Muy bien ―sonrió satisfecho y mirando hacia ambos lados, agregó―: si ustedes no desean interrogar más a la alumna, por mi parte la considero aprobada.

Ana Lucero acababa de recibirse de perito mercantil. Hubiera sido el logro más importante de su vida excepto porque su panza crecía y por primera vez no le importaba ser huérfana.

El agua caliente de la ducha había sido lo más normal del mundo hasta que se fue a vivir a Villa Cimera y se empleó en un bar ubicado frente a la ruta y de espalda al campo. Ayudaba en la cocina y atendía las mesas a cambio de la pieza y la comida para ella y para el hijo, cuando llegara el momento. Aprendió a bombear agua, a calentarla en un tacho grande y a usar lo justo para lavarse por partes. Acostumbrada a encerar parquet, le llevó un tiempo aprender a salpicar el piso de tierra apisonada sin inundarlo, y a rociar con acaroina para espantar las moscas. Cuando las nubes no ocultaban la luna, atravesaba sin linterna el alero que bordeaba el gallinero hasta llegar al baño, un retrete en el suelo con tres paredes de adobe y una puerta de chapa para dar cierta intimidad. La madrugada previa al día en que parió a su hijo iluminó a un sapo que se le interpuso frente a la entrada. Pensó que era un buen presagio para las horas siguientes a los primeros síntomas.

Se levantaba al alba y cargaba sin ayuda los modulares y las bajo mesadas en la chata mueblera hasta que su tía lo llamaba para almorzar. Después dormía dos horas de siesta antes de volver al chirrido de la sierra y al cepillado áspero de la amoladora, todos los días de su vida menos los domingos.

Se llamaba Raquel y ya nadie se burlaba por ese error del juez de paz que sabía visitar los ranchos de vez en cuando para anotar nacimientos y defunciones. Aquella vuelta mandó llamar, entre confusiones y apuros, a los familiares y a quienes quisieran llegarse. Debía repartir a siete hermanos desnutridos y piojosos, después del incendio en el que habían muerto los padres. Los tíos no se enteraron hasta la vuelta a las casas, la habían elegido porque parecía la más chiquita y cuando la desvistieron para fregarla y tirar la ropita mugrienta, se dieron cuenta: era un varón.

En tercer grado, la maestra llamó a su tía y le explicó lo inútil de seguir mandándolo. Se peleaba a trompada viva con todos los chicos sin importarle el tamaño y además, no aprendía.

―No habla, señora. Y es muy grandote para su edad, compare con los otros niños del grado. ¿Usted está segura que en la partida la fecha de nacimiento es correcta? ¿No será como con lo del nombre? Vea, es un niño que puede ayudar a su marido en la carpintería, aprender el oficio, aquí en la escuela se le burlan y así no prestan atención. Terminan lastimados y las madres se me quejan, ¿vio?

Tenía todo listo para el bebé y un canasto con volado como moisés. Acostada practicaba respiración inflando el abdomen, y jadeos cortos como un perrito. Miró por la ventana y extrañó el puerto. Supo que era ajena, partiría en algún momento a buscar su lugar, pero no tenía apuro porque su hijo era el motivo para poderlo todo. Era más valiente de lo que había creído y se sorprendió al pensar que dentro de ella, él era tal cual como lo vería en unos días cuando decidiera nacer. Ana no podía controlar a la naturaleza, su capacidad de albergar la asombraba y la llenaba de heroísmo, la fuerza que le imprimía la maternidad se le notaba porque andaba de aquí para allá dejando a su paso un brillo de amor ancestral que la protegía, esta vez, de cualquier tragedia que pudiera interrumpir su vida y arrojarla al desamparo.

―¡Ana, hay gente! ―llamó la gringa con urgencia.

―Ya estoy, estaba mirando que todo esté en el bolso ―dijo mientras se ponía el delantal y se dirigía a la mesa recién ocupada por un camionero y su acompañante.

―¿Otra vez? Pero si ya lo revisaste chiquicientas veces, Ana. ¿Tenés todo o falta algo? ―intuyó la dueña del bar.

―Para él, todo –contestó con timidez mientras pasaba la rejilla a la mesa.

―¿Y?, si para el bebé está todo, ¿entonces?

―Para mí. No tengo camisón.

El domingo se lavó y se peinó con Lord Cheselin hacia atrás. Abrochó el primer botón de la camisa, acomodó las puntas del cuello un poco voladas y se subió el pantalón ajustando el cinto; dejó las alpargatas de trabajo debajo de la cama y buscó las otras. Se despidió de su tía con un beso en la frente. Le gustaba emborracharse y tocar su guitarra en la rueda hasta la madrugada. Después, la enfundaba como podía y se volvía en la bicicleta zigzagueando.

A veces los domingos, acompañaba al vecino en su camión, salían a la ruta y llegaban a la altura del km.26. Tomaban una grapa hasta que alguna de las chicas se desocupaba. Ya sabían que el que terminaba primero esperaba al otro en el camión. Volvían sin hablar y siempre paraban en algún boliche para un último trago antes del regreso.

La gringa la apuraba con el motor en marcha y Ana tenía una tranquilidad inesperada. Cuando llegaron al hospital la partera le dijo que hasta el día siguiente no nacería, que se quedara porque la iban a preparar y aconsejó:

―Vos, gringa, volvete que a las seis abrís. Dejá a la piba, es primeriza y esto va para largo. Date una vuelta mañana al mediodía.

Ese domingo, volvían del km. 26 y les llamó la atención que el bar de la ruta estuviera cerrado. Raquel recordó la última vez que había visto a la chica embarazada. Después de pasar el trapo a la mesa giró para buscar los vasos y fue recién ahí cuando vio la estela de luz que se desprendía de su espalda. No lo había comentado, eran cosas que nunca decía. En realidad, nunca decía nada.

A su tía le llamó la atención que a media mañana interrumpiera la carga y saliera sin darle el beso en la frente. Algunos lo vieron pasar apurado en su bicicleta, hacia el centro y comenzaron a rumorear alguna posible indisposición de la tía. Lo mismo ocurrió cuando entró decidido a la tienda de Don Godoy, quien sin disimulo le preguntó:

―¿Su tía está enferma, Raquel?

Con los ojos grandes le entregó el paquete sin decir palabra. Ana sonrió con la calma de haber atravesado el misterio convertida en la protagonista de un milagro. Era la primera persona que la visitaba y aunque no lo reconoció, la enterneció el gesto. Extendió sus brazos y orgullosa le ofreció sostener a la criatura, pero él negó con la cabeza. Entonces ella, con su instinto recién estrenado, volvió a su hijo al calor del pecho, miró el regalo como una niña sorprendida y rompiendo el papel desenvolvió el camisón.

lunes, 2 de mayo de 2011

Concurso para escritores mayores de 65 años

Gentes, tengo las bases de un concurso de cuentos infantiles para escritores de más de 65 años. Si a alguno le interesa o conoce a quien le interese, que me las pida por mail porque las tengo en docs adjuntos.
"Larga" el 4 de mayo.
Si esto sale dos veces, sepan disculpar.

domingo, 1 de mayo de 2011

DUENDES DE LA MEMORIA

La copiosa lluvia tiende en mi ventana una cortina de nostálgico entramado, imagino un gigantesco telar donde los recuerdos en apretadas y difusas imágenes, van tomando nítidas formas
Pequeños duendes, me guiñan, sonrientes hacen graciosas piruetas, y muestran en rápidas secuencias imágenes antiguas que me sumergen en evocaciones casi olvidadas.
Las camperas arrugadas improvisaban los arcos, donde el gordito de la barra siempre era el arquero y el resto se revolcaba feliz en la tierra del baldío corriendo tras una pelota desinflada.
Volver a casa sucio y cansado a recibir la reprimenda de mamá, que siempre y en odiosa comparación ponía de ejemplo a mis hermanas, que pulcras y sentadas en la galería jugaban a las visitas luciendo sus muñecas y tomando el té en imaginarias tacitas.
Prolijamente peinado, limpias las uñas y temblando, entrar a la escuela el primer día de clase, tomar confianza y con una lagartija darle un susto de muerte a la rubiecita tímida.
Amonestaciones y el reto de papá antes de ir a firmar la absolución.
El secundario mixto donde las chicas eran preciosas y nosotros con las hormonas desbocadas jugábamos a ser hombrecitos.
Me dejo seducir por la ensoñación, vuelvo a ser el niño travieso y desobediente.
Ya está oscureciendo, a mí alrededor se multiplican los mágicos y escurridizos duendes, estiro mis manos tratando de atraparlos.
Un portazo sorpresivo y… se alejan irremediablemente.
Mi pequeña nieta llega trayendo su alegría contagiosa y anuncia;
Abuelo la cena esta servida.

Sobre Héroes Y La Resistencia


Ernesto Sábato - 24 de junio de 1911, 30 de abril de 2011

Cuando se tiene la posibilidad de estar frente a una de esas personas que se apoderó un día incierto de nuestra alma como un íncubo para convertirse en un Maestro, sólo nos queda el rol de humilde testigo, de médium eficiente sin otra voluntad que la de servir de puente. Si bien esta breve entrevista no es más que un deseo que ya nunca se realizará en la realidad, me queda el consuelo de la ficción. Abro mi descuajeringado ejemplar de Héroes con sus anotaciones y subrayados que atraviesan más de dos décadas, y la aún resistente primera edición de La Resistencia menos marcada por el paso del tiempo. Así la imaginación juega su sino y se las arregla para usar las palabras como fichas en un tablero. Se abre el telón y aparece la silueta sombría de un hombre sentado frente a un atril. Muy cerca, debajo de un cono tenue de luz ocre, estoy yo, mi intención injustificablemente cristalizada en el tiempo como un espectro obcecado. 



–Para un ateo, ¿qué significa resistir?
–Vivir… simplemente vivir hasta que la vida se nos escape en el último aliento. Luchar por seguir vivo, sin que la lucha sea el fin en sí mismo sino el mejor traje de combate que uno puede ponerse para darle batalla a la muerte.
–Entonces, ¿la muerte es la gran ganadora?
–No, porque, ¿qué es la muerte sino un inmenso vacío burlón…? No, no la veo como la gran ganadora porque mientras estoy vivo mi humanidad se justifica. El tema pasa por el ¿qué soy estando vivo? Es el hombre que soy y que lucha contra el mal y sus propias miserias, el que gana cada día desde su existencia. Cuando no esté vivo, nada tendrá importancia ni habrá resistencia porque simplemente ya no estaré.
–En Héroes el mensaje parecía más intransigente: no había resistencia que valga (ni individual, ni nacional) frente al lado oscuro del hombre. Una especie de rendición frente a la fatalidad. Sin embargo, en La Resistencia vos nos proponés darle lucha a esa condición de ángeles caídos. Si el germen de lo malo está con nosotros, ¿no valdría la pena rendirnos a la evidencia y empezar por un nuevo mundo más sincero?
No hay posibilidades serias de un nuevo mundo, chasqueando los dedos, como no las hay de un nuevo hombre. La humanidad es algo demasiado complejo como para pretender que vaya unificada en la misma dirección. Los personajes de Héroes representan eso, la imposibilidad del acuerdo indeleble. Cada uno se ve en lo que considera “su” mundo y termina creyendo que nada se puede cambiar en “el” mundo. Y se abandona a esa realidad que él mismo cree que creó. Se nace con un destino inexorable, es una frase que podría decir Alejandra. De ahí también surge la pérdida de los valores éticos y morales. ¿Te acordás de cambalache, ¿no?
–Sí. Pero entonces, algo cambió en tu visión de las cosas entre Héroes y la Resistencia, ¿qué es?
–Héroes fue un proceso muy largo que abarcó muchas épocas de decisiones personales y eventos mundiales enormes, supongo que vos podés entender eso. También correspondió a la “idea” del hombre en su tiempo. Todavía existía el marxismo como única alternativa para el desarrollo de ese hombre al que el individualismo pragmático comenzaba a devorar. Había verdades primeras que, por tales, no se ponían en duda, porque la realidad nos mostraba que la dirección que podíamos llegar a tomar desde donde estábamos parados nos conduciría a la catástrofe. Y así fue. Pero no porque el marxismo no fue aplicado o mostró su inaplicabilidad, sino porque el hombre perdió el valor de la lucha como algo que está por encima de su cabeza y su interés personal. Con La resistencia intentaba recordarnos que aún tenemos la posibilidad de ser responsables. De evitar lo que como masas contrapuestas estamos construyendo: nuestro propio abandono como especie frente al obstáculo de la masificación. Luchar, resistir desde el compromiso sincero y para nada egoísta, es lo que hará de personajes como Fernando y Alejandra, Martín o Bruno, unos seres necesarios de ficción, pero no la realidad última de la humanidad.
–Entonces, ¿existe la esperanza para el ateo?
Estamos a tiempo de revertir este abandono y esta masacre. Esta convicción ha de poseernos hasta el compromiso… El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.
–¿Te puedo abrazar?
–Sí, por favor.


Las pocas luces en el escenario se apagan y la imaginación cierra el telón.

sábado, 30 de abril de 2011

ALUCINACIÓN - c/Graciela




Ya no quiero dormir. Ya no. Las imágenes calcadas no me dan tregua. Quisiera hacerme amiga de ella mi alucinación, pedirle que no vuelva. Es inútil. Regresa.

“La veo claramente, estoy acostada sola. Una sombra que es la tuya se acerca a nuestra cama. En la oscuridad veo el brillo del arma letal que se acerca lenta pero segura. No puedo hacer nada, sólo esperarla. Una cruel sonrisa ilumina tu rostro, ya casi cerca del mío. Tu boca me busca. Tu perversa lengua recorre el interior de la mía luego se detiene paladeando el momento siguiente. Tus manos, amadas manos, fuertes, varoniles, inequívocas, clavan un puñal en medio de mi pecho. Desde allí, primero hacia arriba, luego hacia abajo, sin apuro a los costados y queda trazada una cruz perfecta. Yo en tanto te miro hacer mansa, sin miedo, segura de vos, casi con admiración. Una sonrisa diabólica destella en tu conocido rostro y te vas.
Te vas con mi corazón.”

Me despierto empapada, todo está en su lugar, hasta vos. Tu dormir es tranquilo nada lo perturba. Por un momento te odio. Cada noche de cada día el sueño se repite y vos dormís en paz sin que nada te moleste. Tengo que contártelo, de lo contrario nunca acabará este martirio. Dicen que cuando un sueño se repite con sólo contarlo desaparece.
Vano intento. Te reíste de mí aludiendo que no debía darle importancia, que sólo era una pesadilla, que ya pasaría que… no quise escucharte más y me fui. No entenderías.

“Ya estás otra vez en mí… conmigo. No importa te espero, pero esta vez no será con la tranquilidad de siempre, esta vez te haré frente. Basta de sumisión, de inseguridad. Maldita alucinación, si no querés ser mi amiga, serás mi enemiga.
Ya llega amor, estoy acá en el lugar de siempre, pero no te preocupes “ella” no me molestará más.
Aún no, todavía no es tiempo, tengo que esperar que termine su trabajo, que no sospeche. Ahora sí. ¡Fuera de mis noches maldita!...”

Esta vez me despierta el calor tibio de un líquido que moja mi cuerpo. Un grito se escapa de mi boca ensangrentada. Y ahí estás vos, a mi lado, con el pecho abierto en cruz.
Mis manos perciben los últimos latidos de un corazón… el tuyo.



(Modificado para la consigna)


jueves, 28 de abril de 2011

DESTELLOS - JORGE U. MALPELI




Que cosa tan espléndida es la acuarela para expresar la atmósfera y la distancia, así los personajes están rodeados del aire y parece como si pudieran respirar.
Vincent Van Gogh

Prefería ubicarse a unos pocos pasos del carrousel, como ella llamaba a la humilde y vieja calesita de la costa.
Aunque yo sabía que al cerrar sus ojos recordaba aquel, del quartier de Montmartre, con sus banderas rojas y azules al viento, sus bancos tapizados de seda con grandes flores, los caballos negros y blancos, nerviosos, desbocados, con sus plumas amarillas y verdes sobre sus cabezas, que subían y bajaban en infinitos giros. Y a mi mano y mi sonrisa que le soplaban un beso en cada vuelta, mientras admiraba sus despeinados cabellos rubios y su blusa blanca con los tres botones desprendidos. Y las canciones de Edith Piaf; “Je me regrette rien” los que no se lamentan de su suerte, ni de lo bueno ni de sus desgracias; o tal vez "Mon Légionnaire" de aquel soldado olvidado de la gloriosa Legión Extranjera.
A María Cristina la había visto antes en algunas tardes de domingo en el Sacré Cour y esa vez me sentí animado para hablarle.
Tenía puesto el mismo viejo guardapolvo amarillento, gastado, manchado de tristes y aguadas acuarelas. Pero feliz con sus pinturas y pinceles, acordando, por fin, con el papel del atril, la sombra que se le negaba de un árbol al amanecer y la transparencia de los destellos del sol que aparecían iluminando unas pocas hojas de otoño caídas sobre los brillantes adoquines parisinos.

Ella era ante mis ojos la mas hermosa de las pintoras bohemias de la plaza y yo un argentino, errante vagabundo, eterno estudiante de filosofía. Sin amor establecido, sólo, subsistiendo en una buhardilla del pasaje numero 7 de Faubourg de Montmartre que desde su ventana, en largos y sombríos atardeceres envidiaba a las parejas que hacían cola para cenar en el bueno y barato Chartier.
Cansado de la teorías de las ideas y del conocimiento, sociedad, política y ética, de la inmortalidad y de la simplicidad del alma de Platón, antes había abandonado la filosofía hegeliana y el estudio del socialismo francés. Cansado y aburrido de repetir el mismo manifiesto comunista de Marx o releer la teoría de la Liberación escrita desde Francia para América Latina.
María Cristina era de Buenos Aires, después lo supe, recibida en bellas artes, que soñaba con regresar a la Argentina.
-¿Es una acuarela, verdad? Le pregunté fingiendo interés de compra.
Me miró sonriendo. ¿Sabés algo de pintura? Preguntó en argentino.
-No, la verdad que no. Sólo leí el nombre en el tubo: Acuarelas Faivré .
-Si, lo es -me dijo -estoy luchando con los destellos del sol, que me niega esta acuarela. A veces uso las Zeidan que son las mejores para la técnica que más me gusta de húmedo sobre húmedo, aunque en algunas ocasiones también trabajo con papel seco.

No pude resistir la tentación y creo que llegué hasta su corazón, cuando le canté al oído los dolidos versos de Cadícamo y entonces ella permitió que me sumergiera en sus grandes ojos oro-verdes, que me miraban asombrados ;

“¡Cómo habrá cambiado tu calle Corriente...!
¡Suipacha, Esmeralda, tu mismo arrabal...!
Alguien me ha contado que estás floreciente
y un juego de calles se da en diagonal”

Definitivamente abandoné la filosofía y adopté la pintura con acuarela.

No voy a dar nombres ni cantidades. ¿Quién recuerda los amores malogrados aunque queden adentro?. Antes de conocerla había amado a otras mujeres y hasta algunos jóvenes inmorales y caballeros mayores me habían acosado sin éxito, ofreciéndome placeres sexuales indecentes.

María Cristina tenía 30 años cuando nos enamoramos y fue no solo mi maestra en pintura sino también en el amor
El beso largo, me decía, debes hacerlo firmemente estrechando mis labios, sin dejar un espacio vacío. -¿Cuánto dura? Yo preguntaba.
-Hasta que te quedes sin aliento y tengas que respirar por tu nariz. Si tenés que tragar saliva -agregaba -lo podés hacer sin interrumpir el beso y también y es importante, debés cerrar tu mano izquierda en mi cuello por detrás y bajar tu brazo derecho por mi cintura tratando de acariciar mis glúteos y yo tratando de evitarlo. Después el beso largo lo cambiás por el beso a la francesa, que es el que yo prefiero. Para ellos debés cerrar los ojos –siempre cierro los ojos –la interrumpí -e introducir tu lengua -continuó -dentro de mi boca explorando mi paladar, mejillas, mis dientes, buscando que mi lengua responda a los movimientos y roces de la tuya.
Pero vos ¿cómo sabés tanto? Me arrepentí de preguntar pero ya era tarde.
-Ay, Ballesteros, Ballesteros, -me llamaba por mi apellido -mon amour -me dijo -yo no viví treinta años adentro de un repollo antes de conocerte..
En aquel momento su respuesta me fastidió bastante, lo suficiente como para quedarme en silencio el resto de la tarde. Eso me pasa por preguntar –pensé. Hace tiempo que dejé de averiguar después del placer; “¿Te gustó?” por temor a que una sincera respuesta me trajera un dolor mayor.
Por un mito, que ya pasó a ser leyenda, los hombres creíamos en la asimetría de los géneros; el femenino debía procurar llegar virgen al matrimonio, mientras que para el masculino lo conveniente era investir la mayor experiencia sexual. La felonía de la mujer, en tal caso, se pagaba hasta con la muerte. Mientras el hombre, como en alguna película del neorrealismo italiano, para salvar il suo honore manchaba las sábanas blancas en la noche de bodas con zucco di pomodoro.
Así es que una tarde, mientras pintaba, comenzó diciendo: Ballesteros; la palabra acuarela deriva del latín aqua y se define como “pintura realizada con colores diluidos en agua usando como blanco el color blanco del papel”. El agua, mon amour siempre está presente en la acuarela especialmente para diluir los pigmentos aglutinados en goma arábiga; hay algunos pintores que utilizan como conservador ortofenilfenato de sodio...Y esto es suficiente por hoy. ¿Vamos al Chartier? Hoy quiero comer una omelet con champiñones y beber una birra Juliette aromatizada, ¿ y vos?
-¿Ves que tenemos gustos iguales?; lo mismo -respondí.

Fijate como yo hago; lo haré muy lentamente -me explicaba pacientemente otro día -primero fijo el papel sobre el tablero. Después trazo a lápiz suavemente la línea del horizonte, buscando la divina proporción áurea, aunque no siempre, dependiendo de lo que voy a hacer. Después y eso es lo que me gusta, tomo los pigmentos de la acuarela que voy a usar y elijo mis colores favoritos; prefiero el azul ultramar, el rojo cadmio, el oro brillante, el tierra sombra, el negro oxido, el violeta cobalto y el verde fuerte. Los diluyo y voy formando mis aguadas en tonalidades y texturas diferentes. ¿Sabés que los cuadros se leen de izquierda a derecha? como la escritura. Sé que hay otros lugares dónde se lee comenzando por la derecha, pero nosotros estamos aquí, en éste lado del mundo, donde todo empezó con Leonardo Da Vinci.
Por eso –continuó- cuando comienzo una pintura pongo especial cuidado en esa franja de la izquierda, comenzando con pinceladas rápidas, precisas y brillantes para obtener las mejores transparencias, las mejores aguadas y los mejores matices. Como un buen libro que te atrapa desde el primer capítulo; es una pequeña trampita para atraer al observador ¿Cuándo lo descubran, me perdonarán? No sé...
Entonces regresando a Da Vinci preguntó; -¿Conocés su dibujo el Hombre de Vitruvio?-
-Algo... muy poco -contesté.
-Esperá que te muestro
Volvió al rato con un enorme libraco de tapas brillantes.
-Aquí está -dijo -...en la página 37, también llamado el Canon de las Proporciones Humanas.
Lo que te quiero señalar es que en su dibujo, la relación entre el radio del círculo y un lado del cuadrado es la razón áurea. ¿Te acordás? -dijo recorriendo la figura con su dedo índice.
¡El número de oro -exclamé -el de la divina proporción!.
Exacto -dijo -se representa con la letra griega FI en honor al escultor Fidias y es el número irracional l,61803...
¿Sabías que un matemático francés afirma que encontró el FI en algunas formas arquitectónicas de la pirámide de Mikerino de Gizeh?. La misma relación está en paredes, techo y columnas del Partenón, en pinturas de Miguel Angel, Durero y el mismo DaVinci -terminó diciendo.

Sin embargo no es el número de oro el que tengo siempre presente en mi memoria... Nos llegó la infelicidad el séptimo año a contar desde nuestro regreso a la Argentina, en el séptimo año desde que vivíamos juntos en la comarca, a orillas del río Negro.
Ahora pienso que es el número 7, el más extraño y lleno de misterios. Los artistas y yo me cuento, lo asociamos con lo que buscamos en lo sepulto de la relación mágica que hay entre nuestras vidas y la cotidianidad. Es el número, en fin que controla el ritmo de todos los seres vivos sobre la tierra.
Siete son los días de la semana, siete son los días de la Creación, según la Biblia. Y el Señor expulsó 7 demonios de Magdalena.
Pero el Divino acuarelista no pudo o no quiso limpiar con solo una gota de agua pura de su regio pincel y perfectos colores, el mal abatido sobre María Cristina, precisamente en el séptimo año.
El infarto cerebral isquémico -explicó el médico -es un evento súbito causado por la falta de irrigación sanguínea al tejido cerebral.
No quise saber ni preguntar. Era más que suficiente.
Por las mañanas, minutos antes del amanecer para tratar de retener los primeros destellos del sol, se situaba debajo de una farola blanca, como ofrenda distante al tiempo y lugar de aquella otra farola blanca del numero 72 de la rue de Bellville de Paris bajo la cual naciera Edith Piaf.
Allí, en su silla de ruedas tenía todo a mano; el atril, la paleta, los pinceles, el agua y los colores.
Repetía casi siempre el mismo paisaje. Desde la orilla sur del río dibujaba a la que tenía enfrente. Algunos sauces llorones, humildes mimbres que llegan hasta el agua, el puerto, las casas
coloniales de tejas rojas que trepan por las calles de tierra en la otra barda hasta llegar arriba, a la imponente Iglesia con sus torres blancas. Eliminaba con rabia y sin misericordia el desubicado edificio cuadrado que se elevaba por sobre los árboles de la plaza principal. A veces agregaba algún velero anclado, el barco hundido, patos o cisnes de cuello negro, los cambios de la marea, lanchas con pasajeros y gaviotas volando que las acompañan en el cruce del río esperando las galletas que seguramente les arrojará un niño o un abuelo. Es sabido que son ellos los mejores amigos de los pájaros.
Pero en todas sus pinturas se detenía y peleaba delicadamente vigorosa, para atrapar los vientos patagónicos, los vibrantes reflejos del sol sobre el agua o algunos finos destellos que lograban escapar de las sombras de los árboles.

Dejaba su pintura en reposo toda la noche y la retomaba a la luz del nuevo día, observando con regocijo los brillos y transparencias, que seguramente el descanso habían mejorado.

¡Dejame desgraciado! ¡ Infelíz! Sos libre de irte a Paris, volvé al Sacré Cour -me dijo cuando le alcancé el pincel que había arrojado al pasto.
-¿Porqué Dios que me dio la gracia de la pintura, me quitó las manos? ¿Qué podés hacer al lado de una enferma como yo? agregó.
-¿Yo...a París? ...¿ y para que? –repliqué -Vos siempre serás mi única maestra; en el amor y en la acuarela, jamás, jamás podré enamorarme de otra mujer.
Creo que presintió que ese, era su último atardecer y sollozando me dijo: -Ya no puedo más. Prometeme que mañana después del amanecer terminarás con estos destellos que hoy yo no puedo pintar, en colores oro brillante y violeta cobalto. Y regarás mis hortensias.
-Lo prometo –dije.







EL FIN ****** (con Graciela * y Dante ;))

Quito de momento este cuento porque va a concurso, y con esa premisa de "inédito" no quiero tener problemas. Una vez se sepa el resultado, lo repongo. Saludones, Ale

Villa Cimera: Mis consignas

Villa Cimera: Consignas del 28 de abril

Mis consignas son:

El regreso

Mi vida, tu vida


(Los títulos pueden incluirse o no en el texto)

martes, 26 de abril de 2011

¡Guau!

¡Hola vecinos e intendentes! ;)

Felicito con toda sinceridad a los responsables por el arreglo de las solapas que permiten encontrar la información pertinente en un clic y darle al blog una estructura que a mí me parece más sólida y fluida. Ojalá que este esfuerzo nos tiente a todos a sacudir las musas y las ganas de regocijarnos en la lectura (¡y manifestarlo!) para que este intento de mejorar el vecindario no se pierda en el desinterés.

Felicitaciones otra vez y, por supuesto, ¡muchas gracias! J

Ale  

DESCREER -(poesia)

DESCREER



El hombre descree de su propio sino
-No existe el destino, dice convencido-
Más alguien lo guía desde el infinito
-Porfía-
-Yo desconfío de lo que no he visto-
-Tropieza-
Cae, rebelde, insumiso.
-Maldice-
Incrédulo se piensa divino
Vacía el cántaro del don recibido.
-Eso es mentira, clama soberbio-
¡Mío es el pan, yo coseché el vino!
Por creerse sabio, desconfía impío.
-Muere en soledad,
triste y
abatido.-

viernes, 22 de abril de 2011

ÓBELUM (con Alicia)





Como de costumbre, 
anoche ella estaba ahí, encima de mí, rodeándome, 
envalentonada desde su postura imperturbable y tan ella, 
que no pude contenerme y la volví a poseer 
por un brevísimo instante como sólo yo bien sé hacerlo. Luego nos olvidamos, nos ignoramos, nos rearropamos de París
 cada uno a su manera, 
y nos dejamos perder por el resto de la noche 
como dos imperfectos conocidos.



  
Foto del biologuero             


Estar perdido en la ciudad –poco importan las razones– es tan fácil como decididamente imposible. Uno puede jugar a que los reparos se desvanezcan girando cinco veces sobre uno mismo para tomar la dirección en que la nariz quedó apuntando, o que esa esquina vedada al derrotero cotidiano se convierta en una excursión por tierras indómitas y peligrosas e, incluso, a elegir combinaciones del metro según el tipo del próximo pasajero: sonrisa, línea par; indiferencia, línea impar; mendigo o criatura (que son lo mismo, aunque huelan y uno los sienta distinto), volver en sentido contrario. Perderse implica renovarse, al menos renovar de vez en cuando los propios códigos. Entonces ya no son los gestos o el estado, ni las esquinas o marearse lo que define el extravío. Uno puede perderse doblando a la izquierda en cada bocacalle hasta que se percibe un coche rojo o anaranjado. En ese momento se puede seguir derecho hasta que uno encuentra otro vehículo del mismo color, entonces hay que doblar en la próxima a la derecha y renovar colores o estrategias porque, como todo, todo depende de la opción, la necesidad y el interés.

Desde un punto de vista meramente temporal, no es lo mismo ni más sencillo perderse a cualquier hora del día, no; por la mañana, por ejemplo. Las hordas de señoras que salen con sus carros a pasear los bebés son como luces en una pista: le indican a uno la dirección inequívoca, el destino de ida y vuelta inexorable. Ni qué hablar de los yupies urbanos que, bien calzados en trajes caros y zapatos puntiagudos, se dejan igualmente engullir que vomitar por las bocas del metro: uno sabe de dónde vienen y hacia dónde van como si fueran la aguja de una brújula. De día y temprano, el mundo se dirige inevitablemente, hilvana su monotonía, y perderse deja de tener gracia. No obstante hay esa hora, ese intervalo que resiste las mareas densas y los acuerdos más urgentes, que suele acontecer antes del mediodía cuando el hambre todavía no arrea la tropa abombada. Pero dura poco y siempre se encuentran los indicios innegables que permiten reconocer que por allí se llega a allá, y que a esta esquina uno la conoce bien. La luz del día es terrible: más que delatar el camino, nos acorrala en una lógica de emparde: de todos modos tiene que ser por acá.

Por la tarde, entre las cuatro y las cinco –si no fuera porque no es más que una hora magra–  vale la pena perderse pero con cierta premura. La ciudad, en esos momentos, está como atontada y sus habitantes se muestran caprichosamente imprevisibles. En ese rato, cuando el sol comienza a perder la fatuidad de su corona, por ejemplo vale la pena jugar con los perfumes que se agitan desesperados después del agobio: glicina, a la derecha hasta azaleas o pizza. Si pis de gato o tilos o Chanel (o algún otro perfume que grite la moda), vuelta a la izquierda o bajar al metro, lo que primero se presente. Pero hay que ser rápido, aunque perderse –lo que se dice perderse– necesita su tiempo y esmero.

El mejor momento es la noche, sin duda. Uno se siente amparado por la complicidad de las sombras que son las compañeras ineludibles del juego. Aunque tampoco uno debiera de fiarse ciegamente, porque pueden engañarnos. Basta que uno decida cruzarse con una pareja para luego poder doblar en la próxima, y ya al punto del giro verificar con desconsuelo que no son dos sino un alma perdida demasiado arropada. Y uno siente que las reglas del juego no fueron tan claras como debieron o como uno tendría que haberlas  establecido. Las sombras también trampean haciéndonos creer que esa silueta apoyada en la pared a doscientos metros es la de una persona que nos marcará la nueva dirección: si antes de cruzarnos con ella se moviera hacia la derecha o hacia la izquierda, entonces iremos en dirección contraria, como si avanzara o retrocediera. De seguir impasible en su lugar, el camino se continuará. Pero al llegar a unos metros, uno se da cuenta de que la silueta no es más que un buzón o un cartel de tránsito. Entonces hay que empezar el juego desde el principio. Aun así, es de noche cuando uno se pierde casi siempre con comodidad; uno se siente un gato con el poder de penetrar todos los secretos de las penumbras, la imaginación se enciende y los sentidos todos se excitan sabiendo que el tiempo deja de ser un obstáculo.

Por ejemplo ahora, el código es seguir derecho hasta sentir un bocinazo, y entonces tomar la próxima a la izquierda. Hay tres posibles izquierdas, y me aventuro por la primera que es la más izquierda de todas. Decido doblar la apuesta y, en vez de una bocina poco probable a estas horas, ahora propongo divisar una mujer que porte algo rojo. Cuando finalmente aparece doblo a la derecha, luego a la izquierda, y otra vez a la derecha (a veces hay que plantearse itinerarios precisos). Todavía más osado, consigno subir al metro más cercano si el próximo hombre con el que me estoy por cruzar me mira. Es así, en el metro, donde el juego alcanza su cenit: establezco que me bajaré en una estación –la que sea– justo luego de haber encontrado a alguien que me recuerde a vos. De no lograrlo, habré de dejar el metro en su terminal y seguir la ruta en la misma dirección, a toda costa, hasta ganar la apuesta. Entonces volveré sobre mis pasos como un insecto sediento que va a beber de la llama patibularia. Pero no todo está perdido, no: la terminal ya va quedando bien lejos, y a mis espaldas aún alcanzo a percibir el resplandor del atalaya de hierro que sigue barriendo lo que queda de la noche. Quizá en el cruce que viene tu rostro, y entonces.

El resto de la noche es lo que a uno le queda para seguir apostando a perderse sin reencontrarse con las señales indelebles del camino. 

jueves, 21 de abril de 2011

2° Concurso "Cimera" de Cuentos: Bases


"Lo que no vemos"

1- El concurso está abierto a quien quiera compartir su trabajo con la condición de estar registrado en el blog de Villa Cimera, ya que los textos en competición sólo podrán ser subidos desde la cuenta de sus propios autores.

2- La temática se centrará en la idea de lo que no vemos, sin que la frase esté necesariamente incluida en el texto. Cada cuento (sólo uno por autor) no debe exceder las 2000 palabras y debe ser inédito en cualquier soporte.

3- Modalidad: los cuentos deberán ser publicados por su autor previamente registrado en el blog de Villa Cimera ( http://www.villacimera.blogspot.com ) agregando la etiqueta/tag “2° Concurso” (en caso de duda con el procedimiento ver [*] o contactar con los administradores u otros colegas).

4- La votación se llevará a cabo por todos los participantes registrados del blog, independientemente de su participación con trabajos en el concurso.

5- El voto individual será enviado por correo electrónico a la dirección villacimera@gmail.com. Sólo se considerarán los votos cuyas direcciones de e-mail figuren como registradas en el blog. Los votos serán escrutados por uno de los administradores del blog para determinar los tres ganadores (primer, segundo y tercer premio) por mayoría o empate. En caso de empate, se aplicará a tal fin el orden cronológico de presentación que tuvieron los trabajos en competición.

6- La fecha límite para participar con trabajos en el concurso es el 9 de junio de 2011 a medianoche (hora argentina) quedando fuera las obras presentadas más allá de esta fecha y hora, así como las que superen el límite de 2000 palabras.

7- Se podrá votar según el inciso 4 y 5 desde el día 10 hasta el 12 de junio a la medianoche (hora argentina).

8- Verificado el resultado, los cuentos ganadores serán oficialmente declarados en el transcurso del día 13 de junio.

9- El ganador del primer premio podrá elegir dos de los cuatro libros que desee entre las obras citadas en el inciso 10. El ganador del segundo premio, podrá optar por uno de los dos restantes, definiendo así el premio para el tercer ganador. En caso de empate, se aplicará a tal fin el orden cronológico de presentación que tuvieron los trabajos.

10- Los premios:
- Un ejemplar de La pasión según Carmela, de Marcos Aguinis
- Un ejemplar de El pintor de batallas, de Arturo Pérez Reverte
- Un ejemplar de La montaña del Alma, de Gao Xingjian
- Un ejemplar de la 1ra Antología de relatos, ensayos e ilustraciones del Premio Internacional de Editoriales Electrónicas, de autores varios.

[*] En la pantalla de edición en la que escribe o pega su cuento, abajo, a la derecha, en el recuadro en blanco después de “Etiquetas”, escribir 2° Concurso antes de publicar el trabajo.

LA SILLA VACIA

LA SILLA VACIA

Todo lo que aconteció aquel día lo vi y lo oí con mis propios sentidos, entonces, creo tener autoridad suficiente como para relatar los hechos y escribir el informe que firmo por separado.

Otros funcionarios de la empresa juzgarán su importancia.
Destacado por la Compañía Británica de las Indias Orientales llegué a Pa-An capital de Karen (Birmania) en el mes de marzo de 1892, precisamente el día en que, el oficial Coronel Sir James Beresford del Real Ejército Británico, comandante de la colonia, cumplía años.
Durante el almuerzo, que transcurrió aburrido como todos los almuerzos de cumpleaños, cantamos “God Save The King” y brindamos por la salud del Coronel, por la salud del Rajá, por mi salud, por las damas presentes y por tantas otras cosas que no puedo recordar.
Cuando noté qué había una silla sin ocupar al lado del comandante, pregunté cual era la razón de ello. Por un momento pensé en la ausencia de alguna persona importante pero en voz baja y al oído me informaron que nadie se sentaba a la derecha del Coronel Sir James Beresford.
Por orden expresa del militar la silla debía permanecer siempre vacía.
Si bien hubo algunos intentos de ocuparla por parte de caballeros y hermosas damas inglesas, según me dijeron, los mismos nunca tuvieron éxito. ¿Y cual era la razón de tan raro proceder? -volví a preguntar.
Me dieron dos versiones, una oficial y la otra no tanto; casado en Inglaterra con Lady Rosa Winderm (con m final) muy joven, por cierto, su esposa lo acompañó tal como corresponde, a su primer destino como oficial de la Real Fuerza Británica en el Regimiento asentado en Pa-An (Birmania). No tuvieron hijos de inmediato. Mucho tiempo después relacioné ese hecho, el no tener hijos, digo, con lo sucedido. El matrimonio cumplía fielmente con todas las obligaciones sociales que imponía el protocolo; Iglesia Anglicana, paradas militares, agasajos, cocktails, cenas, bailes y los importantes juegos de cricket, como el de esa tarde.
Pero hace más de quince años una rara enfermedad asiática había terminado con la vida de Lady Winderm.
La otra explicación fue el tremendo disgusto que el Coronel propinó a su mujer y que la sumió en un estado de profunda tristeza, que la llevó a su muerte

Ese lugar, a la derecha del coronel, era el que en vida siempre ocupó Lady Winderm. Ahora su espíritu rondaba por allí y nadie supuestamente, nadie, puede sentarse encima de un espíritu.
Hasta llegué a imaginar que, lo que no veíamos en la silla vacía, tenía vida propia y que con algún sentido especial nos observaba a todos y a cada uno de los presentes Cuando se pierde a un ser querido pienso que hace bien hablar con los demás, muy por el contrario el comandante Beresford se encerró en un silencioso mutismo y solo hablaba con sus oficiales por razones de trabajo.
Al arribar al terreno de juego de cricket ya estaba todo preparado. Los locales controlados por el juez del encuentro, habían colocado los wickets en sus posiciones correctas.
En uno de los laterales del campo las sillas para los oficiales y sus esposas, y más atrás para los jóvenes. A la derecha del comandante; la silla vacía.
Algunos sirvientes sostenían sombrillas blancas para refresco de las damas que no habían llevado sombrero.
En el otro lateral, de pié, los locales. Inmediatamente de comenzado el juego los oficiales se pusieron en ventaja con varias corridas a su favor. Inclinándose a su izquierda y sin poder disimular su sonrisa el Coronel me dijo: -estos nativos no aprenderán nunca a jugar al cricket -y agregó -no entiendo como no les atrae un juego tan hermoso y divertido.
Yo solo pude asentir...
Como confirmando lo expresado, por un camino secundario, vecino al río, avanzaba lentamente un carro tirado por un buey, cargando un pesado tronco de teca. No pude imaginar, siquiera, cual sería su destino. Seguramente lo sorprendería la noche antes de llegar.
-En este país no existe el apuro -observé en voz alta.
Ni el hombre ni el buey giraron sus cabezas para observar el juego.
Durante el entretiempo y muy cerca de nuestros lugares, seis jóvenes hicieron una demostración de su deporte nacional: el chinlone (pelota de caña), que parece mas bien un baile con pelota. A decir verdad gustaron mucho y se fueron aplaudidos, no solo por los locales sino también por las jóvenes inglesas a quienes les encantó el armonioso y sensual movimiento de los birmanos

Después... un repentino silencio cubrió el campo de juego. Todos estuvimos expectantes, como esperando algo que podía suceder. Y sucedió. Una hermosa joven karen, ataviada con su colorido longy, aunque sin los collarines de bronce que estiran sus cuellos, ni los dolorosos tatuajes negros en su rostro, cruzando el terreno de juego caminaba decididamente hacia el Comandante.
Tomándola de un brazo un sargento cipayo, no la detenía, sino más bien la ayudaba a cruzar el campo.
Ellos, sin duda, conocían la historia de la joven.
Entonces, algunas de sus compañeras comenzaron a entonar con sus dulces voces birmanas una deliciosa melodía que, seguramente, pensé yo, sería una plegaria al Cielo.
A esas voces se le agregaron otras y otras y de pronto todas ellas estaban cantando.
Militares, civiles y mujeres inglesas que observaban lo que sucedía se pusieron de pié y se escuchó un breve pero grave murmullo de desaprobación.
Cuando estuvo cerca del Coronel, la joven, en perfecto inglés que todos a su alrededor escucharon, preguntó: -¿Padre mío, puedo sentarme? -señalando con su mirada la silla vacía.
-Si, si –respondió el Coronel -puedes sentarte. Y cuando ella lo hubo hecho la abrazó y después de besarla en la mejilla, le preguntó:
-¿Rosa, hija mía, quieres tomar un helado?

miércoles, 20 de abril de 2011

CAMINOS- (POEMA F/C)

SENDEROS

He caminado senderos que me dictó la razón,
Caminos de desencantos y caminos de ilusión.
He marchado en línea recta, en subidas y bajadas,
Tropezones y caídas y glorias nunca soñadas.
La vida me fue llevando por rutas desconocidas.
Y conocí mucha gente que no ve donde camina.
Atemoriza emprender caminos desconocidos
Es difícil descubrir la ruta que va a la dicha
Es más fácil deslizarse en la de libre caída.
Con los años, el camino es una cuesta
Se va estrechando y se convierte en sendero.
No debemos olvidar los caminos transitados
Porqué ellos guardan la historia de la vida que ha pasado.

martes, 19 de abril de 2011

UNA LECCIÓN (f/c)


Observar al prójimo, escucharlo, desentrañar el contexto para tenerlo en cuenta al momento de hacer el análisis. Ojos y oídos en permanente atención. Nada de andar por las calles ensimismados, al contrario, tendrán que adquirir o potenciar la capacidad para mirar todo, escuchar todo y retener sólo lo importante. Ésa es la única forma que conozco y que puedo transmitirles a ustedes, para ser buenos periodistas.
Aquí aprenderán las teorías de la comunicación, cómo redactar, cómo expresarse, cómo analizar los discursos pero si no aplican lo primero que les dije, no van a develar las noticias, sino a cubrirlas.
¿Cuántas veces escucharon decir que Fulano cubrió tal noticia para el diario de la tarde? ¿En qué quedamos? ¿A las noticias hay que cubrirlas o es al revés, hay que intuirlas, descubrirlas, investigarlas y probarlas, chequeando por lo menos tres fuentes distintas, para después transmitirlas?
Pietroni era un tipo grande ya, con muchos años de experiencia en la gráfica y sus clases, inolvidables. Apostábamos a que no se jubilaría nunca, a juzgar por su entusiasmo.
Así comenzó, hace tres meses, mi primera clase en la Facultad y hoy, haciendo fila en la caja del supermercado obtuve mi título, aunque suene exagerado.
El señor que estaba detrás de mí se saludó con otro que paseaba su changuito buscando ese producto capaz de quitar las manchas de chocolate de las camisas y dejar así felices a las mujeres, porque no hay nada que produzca más tristeza que una prenda sucia, sólo comparable a la sensación de frustración personal que dan la grasa de los platos y las zapatillas con barro en los pisos recién lustrados.
Después de preguntarse por sus respectivas esposas (felices, a juzgar por la cantidad de productos de limpieza que ambos tenían en sus carritos) escuché un diálogo increíble.
–¿Hace mucho que no vas a tus pagos? Che, ¿qué fue del Tuerto?
–Mirá, desde que murió mi vieja no fui más. Y bueno, al Tuerto yo tampoco lo vi más. Al que no puedo ni ver es a uno que cada vez que sale por televisión con algún reclamo, ése que se dice chacarero, me da vergüenza ajena ser entrerriano.
Por el “je, je” noté que el amigo entendió que se trataba de De Ángelis, que está gozando de sus quince minutos de fama mediática hablando de las retenciones a la soja.
–Bueno, loco, tampoco es para tanto, o sí, claro, ustedes tienen ese sentimiento de amor propio por todo lo que venga de allá que nosotros, por ahí a lo mejor está mal, qué sé yo, pero no tenemos. Porque yo me acuerdo, cuando vivíamos todos en la casa grande, ¡cómo se peleaban el Tuerto y Raulito! Horas pasaban después de comer discutiendo sobre Rosas y Urquiza, enfrentados a muerte, loco. ¡Y cómo sabían los dos sobre ese tema! Yo, argentino, no me metía, viste, porque los contadores andamos por otros carriles, tenemos alguna idea de la Historia, nada más. Pero ellos se trenzaban fijando fechas, mencionando documentos, típico de los de abogacía. Andá a saber si eran ciertos, si existieron todo esos pactos espurios...
–Mirá, Negro, a mí con el Tuerto me pasaba lo mismo. Los dos veníamos de la misma ciudad, del mismo Colegio pero yo no puedo tolerar que digan que Urquiza fue un patriota y que tal y cual, cuando el desgraciado traicionó a los entrerrianos. ¿Puede ser que no se den cuenta? El tipo se cargó la muerte de varios de sus amigos y aliados, la del Chacho Peñaloza, por ejemplo, no lo apoyó, le soltó la mano. Hizo todo lo que Mitre quería, manejó la provincia como si fuera su estancia y llenó sus estancias con plata de la provincia, hizo guita con el contrabando de carne o el ganado en pie, lo que viniera le servía. Si Rosas no le ganaba de mano, ya tenía preparado un pacto con ingleses y franceses para separarse y hacer un paisito con Entre Ríos y Corrientes, yo vi el documento en...
–¡O Pavón! ¡No me digás que no hizo un arreglo con Mitre! Lo único que saqué en limpio fue que Rosas y Urquiza se peleaban por cuestiones económicas más que por patriotismo. La plata mueve al mundo...
–¡Por eso te digo! Dale que te toca pagar a vos, yo me voy a buscar el coso ese si no me mujer me mata...Un alegrón, Negro, haberte visto.
–Lo mismo digo, che. ¡Llamame, a ver cuándo nos juntamos a comer un asadito!
Cada uno hizo lo que debía menos yo, que recién al llegar a casa me di cuenta de que no había contado el vuelto por estar tan atenta a esos diez minutos de Historia Argentina.
Si me hubiera visto el profe Pietroni...

09/05/09

lunes, 18 de abril de 2011

ÑANDUBAY (c/Alicia)





–Árbol de la familia de las bombacáceas, género chorisia, de elegante y dulce nombre si se lo llama Ñandubay; más basto y bonachón si, como dicen los habitantes del Litoral, es nada más que un simple palo borracho.
En ésa y otras apreciaciones, la carrera de biología se hacía evidente en David, aunque estuviera, como ahora, caminando feliz con Alejandra por el boulevard en dirección a la Costanera.
David prosiguió, ya cruzando la hermosa glorieta, con las características propias de las tipas, jacarandaes, eucaliptus y lapachos de variados colores. Ella pensó en la enorme cantidad y variedad de árboles, arbustos y plantas decorativas que hay en la Costanera al tiempo que buscaba en su cabeza algún otro tema de conversación.
Anonadada, no siempre entendía todo lo que él le explicaba. David hacía una disección de la vida y de la muerte, pero ciertos o inventados, sus argumentos eran verosímiles. A sus espaldas, los amigos le decían Petete, como el personaje que conocieron por sus padres.
–¡Qué suerte que remodelaron un poco la estación del ferrocarril Belgrano! Daba pena verla, ahora por lo menos hay eventos culturales. Mi mamá viajaba a Buenos Aires en tren y siempre se acuerda de los desayunos, que tenían que hacer equilibrio para no volcarse. Dice que no le gustaba pasar de un vagón a otro, por miedo a caerse– dijo ilusionada, porque era un tema alejado de la plantas.
No contaba con que David tenía cuerda como para dar la vuelta al mundo.
–Hay infinidad de anécdotas de esta estación y los trenes– comenzó. Son historias que se cuentan tantas veces que nunca uno puede estar seguro de que así hayan sucedido. Igual que las casas, se subdividen, refaccionan, modifican, amplían para arriba o para atrás y con la última mano de pintura ya nadie recuerda cómo era la original.
–A mí me entusiasma ver fotos viejas y en eso que decís de las casas tenés razón– acotó Alejandra no sólo para acompañar la conversación, sino para estar segura de que ya no se iba a hablar de nada que fuera verde y tuviera raíces, floreciera o no.
–¿Seguimos por la Costanera o cruzamos el Puente Colgante?– preguntó David y al instante se arrepintió de darle a elegir: del otro lado del puente está la reserva ecológica, un paraíso, para él.
Por haber pensado lo mismo, Alejandra quiso evitarse más sufrimiento y optó por la costanera.
Después del impacto que causa la gran laguna, que al ponerse el sol refleja dorados tonos de marrón, lo primero que se ve es el faro. Por ese punto, Petete comenzó su exposición.
–Un faro en la ciudad que menos lo necesita. El puerto queda más al sur y no llegan barcos de gran calado. ¿Para qué lo construyeron? Los yates, veleros y canoas que quieran navegar por aquí de noche, tienen luz suficiente con las farolas de las dos costaneras, este y oeste, además de las propias. Una ridiculez. Antes de eso, nosotros no habíamos nacido, había una aerosilla para cruzar la laguna pero fue un emprendimiento con poca suerte. Todo para utilizar la cabeza y los pilares del viejo puente ferroviario que, como pasó con tantos otros puentes, se cayó por la creciente del ’26. Un camalotal enorme rompió los pilaretes pero unos meses antes, esas vías del Ferrocarril Santa Fe fueron escenario de un asesinato.
–¿En serio?
–Para serte sincero, estuve buscando en los diarios de esa época, y no encontré ninguna referencia, ni siquiera como suicidio. Martita pertenecía a la alta sociedad y es evidente que su familia tapó todo pero te cuento lo poco que sé, lo que trascendió.
Martita tenía un novio, otro chico de buen apellido, que era más o menos de su misma edad, dieciséis años y que solía esperarla a la salida del colegio. Los padres ignoraban el romance pero estoy seguro de que se hubieran opuesto de haberse enterado. Pasados varios meses, los vieron en la estación, subiendo al tren, o por lo menos, hay testigos que dicen que eran ellos. Martita estaba con lágrimas en los ojos y cara de asustada y él, con gestos de preocupación hasta parecía enojado cuando le hablaba.
Si pretendían llegar a Colastiné, destino final de ese tren, no queda claro para qué, porque las lanchas de pasajeros que iban a Paraná no salían de ahí sino del puerto de Santa Fe. Si lo que querían era viajar a Rosario o Reconquista, no era ése el convoy correcto. Sea como fuere, que tuvieran mala información o que la intención fuera otra, al tren subieron. Según dicen, el empleado aseguró que el chico compró dos boletos para esa formación.
Al cruzar la laguna, el tren disminuía su velocidad al mínimo porque, a eso sí lo corroboré en los diarios, el puente estaba en peligro debido a la gran crecida del río.
Alguien escuchó el ruido y cuando se asomó vio un cuerpo sumergirse en el agua. El maquinista, prudente y responsable de la seguridad de los demás pasajeros, continuó viaje hasta tierra firme y recién entonces dio la voz de alarma.
Nadie quiso arriesgarse en rescatar el cuerpo porque eran metros y metros cuadrados de camalotales traídos por la creciente y ya se sabe, entre las hermosas florcitas celestes vienen víboras y alimañas de todo tipo, hasta grandes felinos han llegado desde el norte.
Además, los isleños aún sostienen que es imposible encontrar a quien se ahoga cuando la laguna está alta porque el cuerpo se enreda en los camalotes y no flota, no vuelve a salir.
Tardaron varios días en sospechar que era Martita y menos tiempo en difundir que estaba embarazada y que él la tiró del tren. Por su parte, el chico de quien nunca nadie dijo el nombre, sostuvo que iba solo, sólo por gusto de conocer un lugar distinto y hasta negó conocerla, pero el hecho es que Martita desapareció y nunca más se supo de ella.
Habían llegado al faro y Alejandra miraba la laguna con tristeza pensando en la historia que David le había contado.
Él la abrazó, la giró hacia sí y, contrariamente a lo que ella esperaba, dijo señalando la vereda de enfrente:
–Mejor mirá para allá, qué hermoso, todos los palos borrachos están florecidos.
Alejandra no pudo evitar una carcajada y reconoció que era una bonita postal.

sábado, 16 de abril de 2011

DEMASIADO TARDE ( C/ ALICIA)

Cómo te explico Julián lo que me pasa, si el amor que descubrimos en nuestra adolescencia fue tan maravilloso que se podría decir “de vinos y rosas”.
Cómo te explico que fue algo que se fue gastando de a poco, casi sin darnos cuenta el gusano del desamor nos fue invadiendo silencioso, devorando nuestros sueños compartidos.
Claro, aparentamos una pareja perfecta, en realidad, vos forjaste tu vida lejos de los problemas cotidianos, tu grupo de amigos, tus partidos de tenis, salidas los viernes
Yo relegada a cuidar hijos y atender abuelas solitarias, negándome a ver la realidad
Me gustaba mi papel, me sentía el hada protectora, sin darme cuenta que no tenía vida propia.
Me costó irme de vacaciones con mis amigas, esos quince días me redescubrieron el mundo que yo hacía tiempo no compartía.
En una reunión conocí a alguien que despertó mi alma adormecida por la tediosa rutina y con gestos y palabras encendió los fuegos devoradores en mi sangre.
Seguimos viéndonos y resultó ser mucho más que eso, es el amor invitándome otra vez a compartir y disfrutar con madurez un real compromiso.
Por eso digo con dolor, ya no, es demasiado tarde Julián
Hoy me marcho, dispuesta a buscar las rosas escondidas.