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domingo, 17 de julio de 2011

¡ESE SOL, ESE MALDITO SOL!



Se modificó, con el tiempo, el significado de las celebraciones patrias y si las religiosas se diluyeron, al menos las congregaciones persisten de mantenerlas.

No sé en otros países pero aquí empezamos mal. Ya el hecho de “festejar” las muertes de los próceres es indicativo del grado de patriotismo de nuestros gobernantes y habrá que aceptar que es lo único inamovible. El Día de la Bandera es y será el 20 de junio y no el 27 de febrero.

Con el aparente motivo de incrementar el consumo y el turismo al constituir el feriado cualquier otro día que permita un fin de semana largo lo que se logra en realidad, es que el sentido de las fechas patrias se convierta en algo anodino. Todos hemos visto, escuchado y leído las respuestas de niños y adolescentes acerca de qué se conmemora el 25 de Mayo o quiénes fueron sus protagonistas.

Son de una ignorancia que espanta y no hay discursos oficiales ni fiestas imperiales que reviertan la situación.

Imagínense, si no tienen idea de que el 25 de Mayo no es el Día de la Independencia, qué podemos esperar si les preguntamos cuándo es el Día del Himno.

Un alto porcentaje, responderá que no hay. En el más optimista de los casos, dudarán y obtendremos un tímido no sé. ¡Grandes aplausos para el que acertó!

Porque sepan, niños, que hubo un tiempo en que el 11 de mayo se realizaba, en todas las escuelas, el acto correspondiente al Día del Himno Nacional.

Esto me recuerda que mi paso por la secundaria fue terrible, aunque ahora me resulte meramente graciosa y cuente, entre divertida y nostálgica, las anécdotas.

Tiré por la borda los altos promedios anteriores. No fui más una buena alumna, ni obediente, ni callada, ni quieta y las única experiencias que me faltaron fueron fumar en el baño y hacerme la “rabona”, como se decía. Lo primero porque empecé más tarde y lo segundo porque mi padre era profesor en esa escuela, ¡cómo justificaría no estar en clase!

Partícipe primaria o secundaria de varias tropelías grupales, siempre terminaba en la Dirección y cumpliendo penitencias. No sé si éramos rebeldes con o sin causa. Tal vez fuéramos, simplemente, adolescentes que respondíamos (mal) a una época de conflictos propios, sociales y del país.

Éste es el contexto en el cual hace su aparición una figura indispensable: la profesora de Música que, ya desde el nombre Edmea, se constituyó en el blanco perfecto para nuestras burlas.

Fea sin contemplaciones, de gesto adusto, flaca en extremo, labios y uñas pintadas de rojo oscuro, tal vez largas para quien se ganaba la vida dando clases de piano, estaba casada por tercera vez. Casada, lo que significa que a los dos anteriores los había enterrado, simplemente.

No sé quién le puso el sobrenombre de “Tutankamón” pero cuando se tienen catorce años, todos los mayores de treinta son viejos. Al superar con creces ese límite, Edmea daba para momia.

La recuerdo siempre de mal humor y nosotros colaborábamos bastante, es cierto. Para el 17 de agosto ya se sabía que no iba a encontrar la partitura de la Marcha de San Lorenzo, por ejemplo.

Si quería ensayar el Himno a Sarmiento, arrancábamos con un grito: “¡Feboasoooma!”

Ese año nos enteramos de que era alérgica a la ruda. ¡Para qué! Cada uno llevó un ramito que pisoteamos y restregamos en cuanto lugar encontramos libre en el aula. Huyó estornudando del salón no sin antes hacer señas: “Usted, usted, usted y usted a la Dirección”.

Fueron las primeras cinco amonestaciones con su correspondiente “sin salidas por equis tiempo”, cosa que soporté a menudo. No siento que me haya afectado mucho.

Al año siguiente, más cauta, no participé activamente en ninguna de esas bromas pesadas aunque disfrutaba de los preparativos y sus resultados.

Una de ellas fue un 11 de mayo, fecha en la que a última hora se realizaría el acto conmemorando el Día del Himno.

Edmea se sentó al piano y ejecutó la marcha que indicaba que entraría el grupito selecto: la abanderada con sus escoltas.

–A continuación, entonaremos las estrofas del Himno Nacional Argentino –anunció la Directora con mucha pompa y ceremonia.

Profesores y celadoras vigilaban con ojo atento que todos estuviéramos en fila, derechitos y con las manos atrás.

–¡Quiero ver una sola cabeza partir de aquí!

Y creían, seguramente, que así se honraban los símbolos patrios y se respetaba a los próceres.

Edmea colocó la partitura, hubo miradas y gestos de complicidad en silencio cuando tocó el primer acorde.

Al llegar al quinto compás, el sol no sonó. Tampoco el fa ni los dos mi…¡Pero el sol es tan importate, tan doloroso y tan dulce! Edmea se asombró aunque hizo lo correcto, siguió tocando.

Unos compases más allá, otro sol…nada. Entonces sí se inquietó. Se levantó un poco del taburete, giró la cabeza para mirar a “los” alumnos y, sobre todo, a la Directora, que le hizo señas de que continuara.

Pero ella estaba muy enojada. ¡No era cualquier acto, era el Día del Himno!

Pidió disculpas, explicó que no entendía qué pasaba y volvió a empezar, desconfiando.

Primeros compases, todo normal. En el cuarto disminuyó un poco la velocidad para asegurarse de que el quinto dedo, en ese quinto compás tocara el sol con toda su magnificencia. En vano. Ya todos los alumnos trataban de disimular una carcajada que no tardó en estallar con los aplausos cuando logró superar los nervios y terminar el Himno.

El resto del acto estuvo correcto.

Sólo que Edmea tenía los ojos entrecerrados porque una idea le daba vueltas en la cabeza: abriría la tapa del piano para ver lo que, seguramente “esos” alumnos, habían hecho.

Lástima que equivocó el momento, debió haber esperado a que el patio estuviera vacío. Del error se dio cuenta cuando, aparatosamente, levantó la tapa pensando en darles una lección y, al mismo tiempo, hacerles saber que no era tonta.

Su grito sobresaltó a los distraídos: sobre los martillos había un gorrión muerto, que levantó de un ala para sorpresa de casi todos.

Más carcajadas, humillación y rabia contenida de Edmea.

El grupo maldito fue citado en forma inmediata a la Dirección, donde nos esperaba la directora con la cara que ya conocíamos de memoria.

–Me dicen quién de ustedes fue o les pongo amonestaciones parejas, diez a cada uno.

Tras varios minutos de vacilación, el Negro B… confesó haber sido él, aclarando que los demás no habíamos tenido nada que ver.

–¿Vos sabías?

–Sí, señora, pero no participé en nada.

Uno a uno, los tres contestamos lo mismo porque, sinceramente, era la verdad.

–Cinco amonestaciones a cada uno por cómplices.

El culpable, sumada la pena a otras que había recibido antes, quedó fuera del año escolar y no volvió más.

Me esperaban tres meses saliendo de casa sólo para cumplir con mis obligaciones y sin saber que lejos estaba de ser la última penitencia.

15/07/2011

miércoles, 13 de julio de 2011

NERINA STEWART


Cuando los periodistas le preguntan por cualquier tema, una nueva película, el cambio de look o el nacimiento de su hijito, al final del reportaje ella no duda en insertar el bocadillo “Un cariñoso saludo a todo mi pueblo, que los quiero y no los olvido”.

Confieso, en nombre de casi todos, que no nos gusta que se refiera así a esta ciudad que la vio nacer, aunque entendemos que viviendo en esa urbe fabulosa, Pampa del Chañar le parezca un pueblo…hasta de morondanga, podríamos decir.

De manera que nos pareció una buena idea, cuando un tornado no dejó ladrillo en pie y organizamos un Festival Benéfico para los Damnificados, que el intendente la invitara para que fuera la Maestra de Ceremonias.

La Asamblea por la Reconstrucción rugió de alegría al momento de conocerse la noticia: Ella, una figura pública, farandulesca y popular no había dudado en aceptar derrochando palabras de solidaridad que chorreaban mieles de nostalgia.

Ese día estábamos todos, muy cholulos, enloquecidos por verla de carne, hueso y siliconas pisar su tierra prometida pero más aún porque ella nos viera, nos reconociera y saludara. Un hola doña Paca, qué bien que estás Alicia, pero que casi ni te conozco Chicho de grande que estás, como cualquier pariente que hace mucho tiempo que no se digna a visitarnos.

De manera que cuando bajó del autazo toda de rojo, impactante, deslumbrante, brillante y sonriente, nos avalanzamos al grito casi sagrado de ¡Ne-ri-na! ¡Ne-ri-na! ¡Ne-ri-na! Ella levantó una mano para abarcarnos en el abrazo mientras con la otra se golpeaba el corazón.

No miró a nadie a los ojos ni habló con ninguno en particular, tal vez, pienso yo, preocupada por no caerse de esos preciosos zapatos con quince centímetros de taco. Por más que esté acostumbrada a hacer equilibrio no es fácil caminar por nuestras calles, todavía llenas de escombros, así que desilusionados pero comprensivos, la dejamos entrar en el hotel.

Nos desperdigamos como hormigas a las que le han pisado el hormiguero y nos fuimos al club “Amores de Pampa del Chañar” a prepararlo para la gran fiesta, con globos, guirnaldas y flores donadas por las ciudades vecinas. Constatamos el sistema de sonido para que la actuación de chicos y grandes se escuchara perfectamente, los grupos folclóricos, los de rock, las poesías amorosas en la voz grave y querendona de su autora, Felisa, pero sobre todo las palabras de la Maestra de Ceremonias, nuestra Nerina.

Que si vamos al caso, no sé por qué nadie le dijo Nélida, si supongo que así se llama todavía.

Cerca de las cinco de la tarde estábamos barriendo los pedacitos de cable que el desaprensivo Carlitos había desparramado por todo el piso del salón, cuando llegó el intendente con lo que se dice la “cara demudada”.

Se nos aceleró el corazón a los que todavía corríamos con los arreglos finales porque, ojo, hacía poco que había salido de un infarto postornado y otro no se lo iba a bancar.

Sin mucho preámbulo nos comunicó que Nerina nos cobraba…no voy a decir la cifra exorbitante para nosotros, que fue la palabra que usó Pietranera en la radio, porque la Afip se le iría encima y no queremos perjudicarla.

Ahí los demudados fuimos todos.

Hubo diferentes reacciones, lo que se enojaron y dijeron que había que mandarla a la mierda directamente, los que también se enojaron y opinaron que era una desubicada pero no había más remedio que ponerse con la guita porque ya había colas de seis cuadras para entrar y los que no atinaron a nada y nunca supimos qué pensaban.

Había que tomar una decisión, así que resolvimos por los de la Comisión que se habían ido a bañar y llegado el momento, Nerina presentó todos los números con esa naturalidad que da la experiencia y la solvencia propiamente dicha.

El intendente le dio el cheque cuando se bajó del tablón, ella se metió volando en el auto junto con sus guardaespaldas y salió como chumbo para Buenos Aires.

A mí se me soltó la cadena y le grité: ¡La puta que te parió, Nerina, los giles pagaron entrada y donaron fideos para que, al final, a los damnificados les demos dos mangos con cincuenta!

Y no la miré más por televisión.


13/07/2011



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domingo, 3 de julio de 2011

SOLICITUD A LOS INTENDENTES

Anduve paseando por la Villa y encontré un cuento que tiene la etiqueta Lulú pero que no es mío sino de Mercedes.
Yo no puedo hacer nada y no es justo que tenga una autoría equivocada. Como sólo ella o ustedes pueden modificarla, les aviso y pido que por favor lo hagan, así todo queda como debe ser.
Chas gracias
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RESPUESTA 1:
Para darle curso a la solicitud, deberá informar el título del cuento.
LA INTENDENCIA.

RESPUESTA 2:
En el día de ayer (04/07/2011) el problema ha sido solucionado.
LA INTENDENCIA.

sábado, 2 de julio de 2011

COMENTARIO

Copio aquí el comentario para Parapente, porque no hay caso...Villa Cimera me ignora y no puedo comentar donde corresponde. No modifiqué nada, sólo que hace unos días que no entro...Ojalá quede publicado aunque sea como nueva entrada...

Queridísima Lilian!!! No sé que me hace más feliz, si verte por aquí o ese Parapente que va a llevar el pulso del pueblo, como todo kiosco!Pensar que Rita pasó por ahí hace unos días pero ni siquiera imaginó que Ermelinda se animaría a tanto! Y eso que un kiosco es fundamental en cualquier barrio...Un alegrón de aquellos me diste!!!Besotessssss
Lulú

domingo, 26 de junio de 2011

RITA MORÍN - Peluquería para Damas





Cuando doña Leonor Garófalo de Morín falleció luego de padecer una larga enfermedad, como quedó plasmado en los obituarios del diario, Rita guardó un luto riguroso durante unos días. Menos de los que siguieron a la muerte de su padre. El paso de los años flexibiliza las costumbres, es verdad, pero tampoco había otra persona para realizar los tediosos trámites. Existía un tercer motivo, oculto por lo profundo y casi con seguridad, si Ada se lo insinuara, ella lo negaría sinceramente.

De familia muy antigua en el pueblo, ante la triste circunstancia no podía dar un paso sin que algún vecino se acercara a brindar su ayuda en el caso de que la necesitara; a comentar lo doloroso de la situación o, simplemente, a ofrecerle sus condolencias, aunque la mayoría la hubiera acompañado hasta dejar a doña Leonor descansando en paz.

Aunque tanto saludo en cierta medida la cansaba, nadie hubiera podido darse por enterado. Rita era casi la copia de un padre que, habiendo nacido en la Gran Canaria, se autodenominaba “canarión, de esos que no cantan pero tienen buen humor” y a todos respondía con sonrisa de agradecimiento y alguna que otra frase ingeniosa.

Una de esas mañanas se encaminó resuelta hacia el Banco. Los Garófalo eran conocidos por su tenacidad y capacidad de ahorro y doña Leonor no fue la excepción.

La cuenta bancaria estaba a nombre de las dos, le recordó Stella Maris.

–¿No viniste a firmar? –preguntó con cierta duda, y ella asintió por no parecer tonta o ignorante. Consideró inútil contar detalles sobre la relación familiar.

De todas maneras, si su madre no hubiera tomado esa precaución, es difícil imaginar que el Gerente se hubiese negado a entregarle el dinero hasta que finalizara los correpondientes trámites legales. ¿Quién no conoce a Rita Leonor Morín?

Estuvo unos minutos escuchando el asesoramiento de la empleada que parecía una amable máquina de repetir palabras y salió encogiéndose de hombros. El sistema bancario no era tan complicado como había supuesto.

Ahora, dentro de la tristeza que significaba quedarse sola, para ella había llegado la hora de cumplir con un antiguo deseo: instalar su propia Peluquería para Damas en el local donde su padre había remendado los zapatos de todo un pueblo.

Leonor amaba tanto a su esposo que al quedar sorpresivamente viuda, apenas atinó a cerrar el taller de calzado dejando las máquinas intactas. Para Rita era un despropósito que el abandono se apoderara del local que ella necesitaba para ejercer su oficio. “Cuando yo muera, haz lo que quieras; mientras esté aquí, me obedeces a mí. No necesitas trabajar”, era su frase favorita e inolvidable. “Hay cariños que si no matan, te ahogan”, le contestaba en voz baja, muy baja.

Había llegado, por fin, el momento de dar una vuelta de campana a su vida, comenzando por el desalojo del taller. Para ello contaba –y ya se habían puesto de acuerdo– con la ayuda de su mejor amiga.

Faltaba poco para que Ada saliera de su trabajo, así que la esperó sentada en un banco bajo el aromito de la plaza Concepción.

–¡Ada, parecés una naturaleza muerta! Toda vestida de manzana verde y esa flor en el pelo! ¿Cómo podés? Serás una buena empleada pero cualquier día de estos te van a echar por ridícula, querida.

–Vos hablás de envidia, los cinco kilos que te sobran te hacen delirar. Lo que baja la balanza no es el negro, te-so-ro, sino la “bocca chiusa”, como diría Leonor. Que en paz descanse tu vieja…

Más que darse besos, chocaron sus mejillas riendo a carcajadas.

–…Y mejor será que no vuelva. Ay, no, Rita, disculpame, fue una broma. ¿Cómo estás?

–Ahora, parada. Hasta que llegaste vos, sentada y tranquila. Vamos caminando hasta el taller que te cuento.

Rita repitió como pudo y supo lo que Stella Maris le había explicado, agregando que los ahorros implicaban una suma bastante importante, más de lo que ella pensaba. Que le alcanzarían para arreglar el local y comprar todo lo necesario para empezar a trabajar.

–Pues mañana mismo le hacés poner un hermoso marco al diploma de la Asociación de Peluqueros. ¡Que todos sepan que sos peluquera diplomada, Rita!

Sonrió apenitas Rita Morín. Acababa de entender cómo era eso de sentirse triste pero contenta.

Caminaron las cuatro cuadras casi en silencio, emocionadas porque nunca habían intentado siquiera mirar a través de los vidrios de la puerta.

Sabían que estaba la gran máquina de coser, la lustradora de varios cepillos, esa especie de pedestal de hierro donde el gran Morín acomodaba los zapatos y dale que dale con el martillo a los clavitos que iba buscando en la vieja lata de betún. ¡A qué velocidad colocaba las media suelas! Toc, toc. Dos golpes para cada clavo eran suficientes para coronar su trabajo. Ella podía pasarse las tardes mirándolo trabajar, sentado en la silla petisa, con ese delantal que había sido gris, o no.

Los olores de la infancia no se olvidan, su papá estará siempre junto a la cola de pegar y la sopa de gallina tendrá recuerdos de la cocina de Leonor.

Empezaba a lagrimear cuando doblaron la esquina y allí, mirando hacia adelante, en la vereda de enfrente, vio lo que ya consideraba su peluquería.

23/06/2011



domingo, 19 de junio de 2011

PELUQUERÍA PARA DAMAS

¿Dónde si no es en Villa Cimera podría estar ubicada la peluquería de Rita?
Dentro de unos días podré reincorporarme para leer todo lo que escribieron...
Este año vino flojo de salud, digamos, propenso a obligarme a dormir en sanatorios, guardias de hospitales y esas menudencias. Nada grave por suerte, pero continuado, la pucha!
Nos vemos pronto!
Besos a todos
Lulú

miércoles, 8 de junio de 2011

CONSIGNAS

Holas cimereños!!!
Llegó el momento de las consignas y ofrezco lo que se me ocurrió.
Si no fuera por el error...
La mujer del paraguas
Es probable que dentro de unos días vuelva a la Villa, cuando esos queridos albañiles no anden por casa levantando polvaredas :)
Un abrazo para todos y besos para todas.
Lulú

martes, 19 de abril de 2011

UNA LECCIÓN (f/c)


Observar al prójimo, escucharlo, desentrañar el contexto para tenerlo en cuenta al momento de hacer el análisis. Ojos y oídos en permanente atención. Nada de andar por las calles ensimismados, al contrario, tendrán que adquirir o potenciar la capacidad para mirar todo, escuchar todo y retener sólo lo importante. Ésa es la única forma que conozco y que puedo transmitirles a ustedes, para ser buenos periodistas.
Aquí aprenderán las teorías de la comunicación, cómo redactar, cómo expresarse, cómo analizar los discursos pero si no aplican lo primero que les dije, no van a develar las noticias, sino a cubrirlas.
¿Cuántas veces escucharon decir que Fulano cubrió tal noticia para el diario de la tarde? ¿En qué quedamos? ¿A las noticias hay que cubrirlas o es al revés, hay que intuirlas, descubrirlas, investigarlas y probarlas, chequeando por lo menos tres fuentes distintas, para después transmitirlas?
Pietroni era un tipo grande ya, con muchos años de experiencia en la gráfica y sus clases, inolvidables. Apostábamos a que no se jubilaría nunca, a juzgar por su entusiasmo.
Así comenzó, hace tres meses, mi primera clase en la Facultad y hoy, haciendo fila en la caja del supermercado obtuve mi título, aunque suene exagerado.
El señor que estaba detrás de mí se saludó con otro que paseaba su changuito buscando ese producto capaz de quitar las manchas de chocolate de las camisas y dejar así felices a las mujeres, porque no hay nada que produzca más tristeza que una prenda sucia, sólo comparable a la sensación de frustración personal que dan la grasa de los platos y las zapatillas con barro en los pisos recién lustrados.
Después de preguntarse por sus respectivas esposas (felices, a juzgar por la cantidad de productos de limpieza que ambos tenían en sus carritos) escuché un diálogo increíble.
–¿Hace mucho que no vas a tus pagos? Che, ¿qué fue del Tuerto?
–Mirá, desde que murió mi vieja no fui más. Y bueno, al Tuerto yo tampoco lo vi más. Al que no puedo ni ver es a uno que cada vez que sale por televisión con algún reclamo, ése que se dice chacarero, me da vergüenza ajena ser entrerriano.
Por el “je, je” noté que el amigo entendió que se trataba de De Ángelis, que está gozando de sus quince minutos de fama mediática hablando de las retenciones a la soja.
–Bueno, loco, tampoco es para tanto, o sí, claro, ustedes tienen ese sentimiento de amor propio por todo lo que venga de allá que nosotros, por ahí a lo mejor está mal, qué sé yo, pero no tenemos. Porque yo me acuerdo, cuando vivíamos todos en la casa grande, ¡cómo se peleaban el Tuerto y Raulito! Horas pasaban después de comer discutiendo sobre Rosas y Urquiza, enfrentados a muerte, loco. ¡Y cómo sabían los dos sobre ese tema! Yo, argentino, no me metía, viste, porque los contadores andamos por otros carriles, tenemos alguna idea de la Historia, nada más. Pero ellos se trenzaban fijando fechas, mencionando documentos, típico de los de abogacía. Andá a saber si eran ciertos, si existieron todo esos pactos espurios...
–Mirá, Negro, a mí con el Tuerto me pasaba lo mismo. Los dos veníamos de la misma ciudad, del mismo Colegio pero yo no puedo tolerar que digan que Urquiza fue un patriota y que tal y cual, cuando el desgraciado traicionó a los entrerrianos. ¿Puede ser que no se den cuenta? El tipo se cargó la muerte de varios de sus amigos y aliados, la del Chacho Peñaloza, por ejemplo, no lo apoyó, le soltó la mano. Hizo todo lo que Mitre quería, manejó la provincia como si fuera su estancia y llenó sus estancias con plata de la provincia, hizo guita con el contrabando de carne o el ganado en pie, lo que viniera le servía. Si Rosas no le ganaba de mano, ya tenía preparado un pacto con ingleses y franceses para separarse y hacer un paisito con Entre Ríos y Corrientes, yo vi el documento en...
–¡O Pavón! ¡No me digás que no hizo un arreglo con Mitre! Lo único que saqué en limpio fue que Rosas y Urquiza se peleaban por cuestiones económicas más que por patriotismo. La plata mueve al mundo...
–¡Por eso te digo! Dale que te toca pagar a vos, yo me voy a buscar el coso ese si no me mujer me mata...Un alegrón, Negro, haberte visto.
–Lo mismo digo, che. ¡Llamame, a ver cuándo nos juntamos a comer un asadito!
Cada uno hizo lo que debía menos yo, que recién al llegar a casa me di cuenta de que no había contado el vuelto por estar tan atenta a esos diez minutos de Historia Argentina.
Si me hubiera visto el profe Pietroni...

09/05/09

lunes, 18 de abril de 2011

ÑANDUBAY (c/Alicia)





–Árbol de la familia de las bombacáceas, género chorisia, de elegante y dulce nombre si se lo llama Ñandubay; más basto y bonachón si, como dicen los habitantes del Litoral, es nada más que un simple palo borracho.
En ésa y otras apreciaciones, la carrera de biología se hacía evidente en David, aunque estuviera, como ahora, caminando feliz con Alejandra por el boulevard en dirección a la Costanera.
David prosiguió, ya cruzando la hermosa glorieta, con las características propias de las tipas, jacarandaes, eucaliptus y lapachos de variados colores. Ella pensó en la enorme cantidad y variedad de árboles, arbustos y plantas decorativas que hay en la Costanera al tiempo que buscaba en su cabeza algún otro tema de conversación.
Anonadada, no siempre entendía todo lo que él le explicaba. David hacía una disección de la vida y de la muerte, pero ciertos o inventados, sus argumentos eran verosímiles. A sus espaldas, los amigos le decían Petete, como el personaje que conocieron por sus padres.
–¡Qué suerte que remodelaron un poco la estación del ferrocarril Belgrano! Daba pena verla, ahora por lo menos hay eventos culturales. Mi mamá viajaba a Buenos Aires en tren y siempre se acuerda de los desayunos, que tenían que hacer equilibrio para no volcarse. Dice que no le gustaba pasar de un vagón a otro, por miedo a caerse– dijo ilusionada, porque era un tema alejado de la plantas.
No contaba con que David tenía cuerda como para dar la vuelta al mundo.
–Hay infinidad de anécdotas de esta estación y los trenes– comenzó. Son historias que se cuentan tantas veces que nunca uno puede estar seguro de que así hayan sucedido. Igual que las casas, se subdividen, refaccionan, modifican, amplían para arriba o para atrás y con la última mano de pintura ya nadie recuerda cómo era la original.
–A mí me entusiasma ver fotos viejas y en eso que decís de las casas tenés razón– acotó Alejandra no sólo para acompañar la conversación, sino para estar segura de que ya no se iba a hablar de nada que fuera verde y tuviera raíces, floreciera o no.
–¿Seguimos por la Costanera o cruzamos el Puente Colgante?– preguntó David y al instante se arrepintió de darle a elegir: del otro lado del puente está la reserva ecológica, un paraíso, para él.
Por haber pensado lo mismo, Alejandra quiso evitarse más sufrimiento y optó por la costanera.
Después del impacto que causa la gran laguna, que al ponerse el sol refleja dorados tonos de marrón, lo primero que se ve es el faro. Por ese punto, Petete comenzó su exposición.
–Un faro en la ciudad que menos lo necesita. El puerto queda más al sur y no llegan barcos de gran calado. ¿Para qué lo construyeron? Los yates, veleros y canoas que quieran navegar por aquí de noche, tienen luz suficiente con las farolas de las dos costaneras, este y oeste, además de las propias. Una ridiculez. Antes de eso, nosotros no habíamos nacido, había una aerosilla para cruzar la laguna pero fue un emprendimiento con poca suerte. Todo para utilizar la cabeza y los pilares del viejo puente ferroviario que, como pasó con tantos otros puentes, se cayó por la creciente del ’26. Un camalotal enorme rompió los pilaretes pero unos meses antes, esas vías del Ferrocarril Santa Fe fueron escenario de un asesinato.
–¿En serio?
–Para serte sincero, estuve buscando en los diarios de esa época, y no encontré ninguna referencia, ni siquiera como suicidio. Martita pertenecía a la alta sociedad y es evidente que su familia tapó todo pero te cuento lo poco que sé, lo que trascendió.
Martita tenía un novio, otro chico de buen apellido, que era más o menos de su misma edad, dieciséis años y que solía esperarla a la salida del colegio. Los padres ignoraban el romance pero estoy seguro de que se hubieran opuesto de haberse enterado. Pasados varios meses, los vieron en la estación, subiendo al tren, o por lo menos, hay testigos que dicen que eran ellos. Martita estaba con lágrimas en los ojos y cara de asustada y él, con gestos de preocupación hasta parecía enojado cuando le hablaba.
Si pretendían llegar a Colastiné, destino final de ese tren, no queda claro para qué, porque las lanchas de pasajeros que iban a Paraná no salían de ahí sino del puerto de Santa Fe. Si lo que querían era viajar a Rosario o Reconquista, no era ése el convoy correcto. Sea como fuere, que tuvieran mala información o que la intención fuera otra, al tren subieron. Según dicen, el empleado aseguró que el chico compró dos boletos para esa formación.
Al cruzar la laguna, el tren disminuía su velocidad al mínimo porque, a eso sí lo corroboré en los diarios, el puente estaba en peligro debido a la gran crecida del río.
Alguien escuchó el ruido y cuando se asomó vio un cuerpo sumergirse en el agua. El maquinista, prudente y responsable de la seguridad de los demás pasajeros, continuó viaje hasta tierra firme y recién entonces dio la voz de alarma.
Nadie quiso arriesgarse en rescatar el cuerpo porque eran metros y metros cuadrados de camalotales traídos por la creciente y ya se sabe, entre las hermosas florcitas celestes vienen víboras y alimañas de todo tipo, hasta grandes felinos han llegado desde el norte.
Además, los isleños aún sostienen que es imposible encontrar a quien se ahoga cuando la laguna está alta porque el cuerpo se enreda en los camalotes y no flota, no vuelve a salir.
Tardaron varios días en sospechar que era Martita y menos tiempo en difundir que estaba embarazada y que él la tiró del tren. Por su parte, el chico de quien nunca nadie dijo el nombre, sostuvo que iba solo, sólo por gusto de conocer un lugar distinto y hasta negó conocerla, pero el hecho es que Martita desapareció y nunca más se supo de ella.
Habían llegado al faro y Alejandra miraba la laguna con tristeza pensando en la historia que David le había contado.
Él la abrazó, la giró hacia sí y, contrariamente a lo que ella esperaba, dijo señalando la vereda de enfrente:
–Mejor mirá para allá, qué hermoso, todos los palos borrachos están florecidos.
Alejandra no pudo evitar una carcajada y reconoció que era una bonita postal.

miércoles, 6 de abril de 2011

JULIÁN MANTERO (c. Alejandro)

Un par de orejas enormes, tiernas como mariposas según su madre, abiertas como pantallas, para la burla de sus amigos. El padre no tenía autoridad para hablar del tema ni se necesitaba ser muy avispado para comprender por qué.
Imposible discenir a la distancia en qué pudo haberle modificado el carácter esa peculiaridad suya. Desde el primer grito, el único que se le escuchó, Julián Contú fue un niño tímido, que pasado el tiempo necesario se transformó en adolescente circunspecto, introvertido. De hablar pausado y muy bajito, siempre como susurrando y pidiendo disculpas por semejante osadía, era necesario acercársele bastante para entender lo que decía.
Pocas buenas amigas, uno o dos amigos de los que nunca estuvo seguro hasta dónde lo eran, parecían ser suficientes para alguien que amaba las palabras cruzadas, los solitarios con cartas francesas y la computadora. Jugaba sin competir contra otro, si perdía nadie se daba por enterado. Agilizaba su vocabulario y aprendía, encerrado en su dormitorio, más de lo que se le escurría en la escuela entre las risotadas de sus compañeros de aula.
Con ese talante apocado no es de extrañar que practicara natación en lugar del fútbol o el básquet, más tradicionales, sí, pero que lo obligarían a integrarse a un grupo. Como anillo al dedo le venía parecer una rana todas las tardes en el club: mientras se nada no se habla.
Alba era su mejor amiga, su compinche, la única que podría, si quisiera, dar pistas de los pensamientos de un Julián que, sin que pudiera preverse, descolló como excelente alumno en la carrera de ingeniería informática.
La casa de Alba fue su refugio para el estudio, lejos de una madre pegajosa, preguntona, que necesitaba controlar cada paso de su hijo y un padre que no podría decirse ausente pero tampoco merecedor de la portada de “Ser padres hoy”.
Ese maratón estudiantil tenía altibajos, algunos luminosos días de confraternidad y otros que no eran, precisamente, un jardín de flores. Solían tener largas discusiones que Alba pretendía ganar, lo que no ocurría muy a menudo. Entonces, optaba por la muletilla: “Bueno, basta Julián, callate y vamos a estudiar”. En ese momento, hacía su entrada triunfal la respuesta que la enojaba tanto: “Sí, doña Bernarda”. Esa alusión a la obra de García Lorca terminaba por hacerla reír y mientras ella remedaba a la señorona de luto permanente, él mutaba en Martirio.
El título llegó acompañado por la terrible crisis de fin de siglo y el obituario de Abelardo Contú, que había solucionado la pérdida de sus ahorros con un infarto masivo, sumándole a Julián impensados problemas de subsistencia.
Mientras Gladis, esa mujer que los había asfixiado siempre, develaba sus habilidades manuales cosiendo ropa ajena, Julián aprendía los secretos de la bijouterie que Alba transmitía con amistad incondicional.
Tal vez sea una generalidad decir que un cambio trae otros. Lo cierto es que una mañana no se vio las orejotas, tomó una vieja manta y la instaló en la acera de una plaza decidido a ofrecer su producción. Al cabo de cierto tiempo, le avisó a Gladis (así la llamó, asombrado) que no lo esperara despierta, que comería cualquier cosa con otros “manteros” y no sabía a qué hora volvería. Por fin, alguna noche, bien tarde, rebautizado como Julián Mantero entró a un servicio de chat.
Gladis insistía en su necesidad de saber: dónde vas, con quién, a qué hora volvés, comés conmigo, por qué te acostás tan tarde.
A esa primera pregunta, Julián Mantero sólo contestó, un lluvioso tres de mayo en que estrenaba sus veintiséis años:
– A Inglaterra, a visitar a un amigo… Y, doña Inquisición, que no se te ocurra molestar a Alba, no te va a responder.

05/04/2011

lunes, 4 de abril de 2011

VUELO 2428




En el aeropuerto, esta tarde de domingo el gentío se mira con una mueca cómplice, se alza de hombros en un “qué vamos a hacer” y camina hacia ningún lado. La mayoría opta por sentarse en algunos de los bares donde saciar la angustia, calmar los nervios y eliminar ese nudo acá cuesta casi tanto como pasar la noche en un hotel cinco estrellas.
La única vez que Renata estuvo en un aeropuerto fue cuando el gerente le indicó que tenía que ir a recibir y a acompañar a Mr. Williams hasta el hotel. Cumplió y hasta hoy no sabe de quién se trataba ni para qué venía.
Pero sucedió que el vuelo de Air Jamaica se atrasó y ella se encontró boyando a la deriva. Pasó por un puesto de revistas y a la izquierda, cerquita de su mano encontró un pequeño tesoro, una perla de inteligencia que trocó la molestia en sonrisas: Brutas Biografías de bolsillo, de César Bruto. Viejo por donde se lo mirara, al punto de tener que separar la hojas con un cuchillo, fue el más leído de su biblioteca, el más prestado. Después de pasar por todas las manos conocidas, terminó en el taller de un encuadernador.
Perdida en ése y otros recuerdos desordenados, se hizo de noche sin que hubiera comido nada, sólo había tomado café y gaseosas hasta que lo que parecía impensable, sucedió. Se anunciaba que el demorado vuelo 2428 partía rumbo a Santiago de Chile.
Había planificado un largo viaje que incluía puntos importantes de Asia y Europa, para finalizar en América. Dicho así, cualquiera podría presuponer que será un viaje de varios meses, pero no tratándose de ella.
Lo que para ciertas personas es imprescindible, como la Gran Muralla o la isla de Pascua, Renata las dejó pasar sin pestañear y con un mohín significando “cuatro piedras a quién le pueden interesar”.
De China sólo le llamó la atención la cantidad de gente y de carteles luminosos.
No se puede comer nada, certificó, a menos que una se gaste una bolsa de dólares en impresionantes restaurantes, únicos lugares donde el menú es aceptable. Notó que tienen razón los que dicen que los orientales son todos iguales, no supo distinguir chino de coreano ni de vietnamita.
La visita a la India fue poco agradable. Parecía que toda la pobreza del mundo se concentraba allí, a pesar de ser un país que, dicen los que saben, está emergiendo a pasos agigantados, y de que la comida es mejor que la de sus vecinos del este.
Turquía, a la que vio muy superficialmente, le resultó antipática. Sus amigos, los Aronian, son hijos de armenios y le han contado las barbaridades que hicieron los turcos allí. En Ankara, la capital, tienen edificios ultramodernos, preciosos y otros viejísimos pero bien pintaditos y con todos los detalles lustrados.
Eso es lo notable de Asia y Europa, conservan y cuidan todo lo antiguo y no está mal aunque a mí no me guste, pensó. En nuestro país, por ejemplo, la mayoría de las mansiones se mutilan para renacer como shopping, desierta plazoleta seca o, como dijo Teresa, “vieja que muere, edificio que se levanta”.
El periplo por el centro de Europa hasta Francia no le deparó ninguna sorpresa, había visto muchas películas donde muestran idénticos paisajes y las mismas iglesias, con la ventaja de que no molestan los olores, cosa fundamental para quien tiene la nariz delicada como ella.
En América, empezó por el Caribe. Zona hermosa del continente, sus aguas azules, verdes, turquesas la habrían tentado pero Renata tiene miedo, terror a cualquier masa de agua que no esté contenida en una bañera, como máximo y con precauciones.
Estaba observando las tortugas de las islas Galápagos, esperando que apareciera alguna iguana y en un instante no vio nada más. Sintió su desesperación, sumida en una negritud absoluta. Se retiró caminando despacio y a tientas.
Medio dormido, Rodolfo escuchó:
– Correte que estás acostado en mi lugar.
– ¿Eh, qué pasa?
– Se cortó la luz, ¡justo cuando estaba mirando las tortugas ecuatorianas! Cosa impresionante la internet, mientras dura.

sábado, 2 de abril de 2011

BORINQUEN (C/Alejandro)




Cuando murió Lola, la mamá de Esteban, heredamos unos pesitos que ella tenía en el banco. Sí, apenas unos pocos, los que le quedaron cuando le pesificaron los dólares. Y no viene al caso que me explaye en otros detalles del tipo “el hermanito se jugaba la plata de él y la de la madre” porque no soy una quejosa. Después de todo, cuando murió mi viejo no nos dejó ni para el entierro, el pobre.
Yo quería arreglar la casa, cerrar la galería, modernizar la cocina, por lo menos cambiarle las baldosas rojas y poner unas preciosas cerámicas. Pero él no quiso, dijo que si su madre había vivido así, yo no tenía por qué hacerme la finoli.
Al final, decidimos (me incluyo de puro anhelo aunque, la verdad, él me dejó afuera) comprar un autito, así podríamos pasear por la Costanera y hasta ir al Parque Urquiza de Paraná, que es como si una estuviera en Córdoba, donde las calles suben y bajan.
Y la semana pasada lo trajo, todo blanco, una Kangoo usada me dijo y yo me puse tierna porque me encantó el nombre. Pero más emoción me agarró cuando se le ocurrió que para Semana Santa podríamos ir a visitar a su hermana Ofelia, que vive en Villa Regina.
No es que a mí me desviva visitar a mi cuñada, no por ella que es una santa sino por el turco insoportable con el que se casó. Además, Río Negro no conozco, no he viajado gran cosa en mi vida.
Salimos a la madrugada, apenas despuntando el sol. Esteban me primereó porque antes de que yo armara le mate, llenara el termo o alcanzara a poner las galletitas y las servilletas en un tupper, me dijo: “Negra, vos vas a ser azafata y copiloto. Agarrá el mate, el mapa y … ¡Abran cancha que allá va la chancha!”
-Y con el marido - contesté. A veces me da bronca cuando dice eso, ¡como si a él no le sobraran una punta de kilos!
No me resultó fácil hacer las dos cosas. Cuando él tomaba mate, yo podía mirar el mapa, pero cuando me tocaba a mí, no sabía qué hacer con tanto papel desplegado como bandera. Los hacen enormes e incómodos. Tanto le tapaba la visión como se me volaba por el viento, como se me manchaba de verde hasta quedar para propaganda de Greenpeace.
Todo tiene solución menos la muerte, como lo demostró la finada Lola y ya cuando estábamos por la ruta 33 se había terminado el agua. Descanso para la azafata. Después doblamos por la 188 y ya en La Pampa, por la provincial Nº 1, le pedí que fuera más despacio porque quería ver un ombú. ¿Pueden creer que no vi ninguno? Es mentira que La Pampa tiene el ombú, como decían los libros de la primaria. Es aburrida, no se ve ni una casa, ni una vaca y para colmo, el Esteban que se me dormía. Cansado de escuchar mis gritos y de cabecear contra el vidrio, paró al costado del camino, nos dormimos una siestita y bueno, “non la fai lunga” diría mi viejo, al final, llegamos a Villa Regina.
Esteban tenía agarrotadas las piernas y las manos, hay que ver que no está acostumbrado a manejar tanto tiempo, así que el primer día, descanso para la tropa, avisó, y se fue a la cucheta del Bobby. No, le están errando como a las bochas, Bobby es uno de mis sobrinos, que nunca quiso que le dijeran Roberto, ni Tito y menos que menos, Beto. Muchas ínfulas, como hijo del turco que es, pero igual es buen pibe.
A la mañana siguiente, Coco, porque el turco tiene nombre, ya tenía la hoja de ruta, es decir, nos subimos a los autos y les juro que no nos bajamos hasta el domingo. ¡Cuando ya teníamos que volver!
Es cierto que pasamos unos hermosos días y conocimos muchísimos lugares, pero es como irse a recorrer Europa en un mes, digo, porque no me acuerdo del nombre de ningún pueblo. Quen-quén, Fu- Fu, Tre-tren y así, como si los indios hubieran sido tartamudos.
A la vuelta, a Esteban se le ocurrió comprar manzanas a granel para que hiciera dulce, que es su debilidad. Paramos en una quinta y yo pegué el grito:
-¡Mirá, viejo, la cantidad de naranjas que hay!. Esteban se puso rojo de vergüenza y me explicó:
-Negra, naranjas hay en Entre Ríos, ésas son manzanas, estamos en Río Negro. ¿Nunca leíste los cajones?
Como tenía razón, me callé la boca y lo ayudé a subir la bolsa con las manzanas a la parte de atrás de la Kangoo. Cuando vean las fotos, se van a dar cuenta de que era fácil equivocarse, debe ser por el sol que parecían naranjas.
Volvíamos tranquilamente, silbando bajito por la 143, cuando en el empalme con la 152cerca de Algarrobo del Águila, salió de la nada una bicicleta con un carrito detrás.
Era mi primera travesía como copiloto, el mapa quedó hecho jirones, igual que el mate y la yerba, desparramados por el suelo pampeano. Porque para evitar atropellar al de la bici, Esteban hizo una mala maniobra, volcamos, se abrieron las puertas de atrás y todas las manzanas terminaron encima del pobre hombre. No lo chocó pero le abolló la cabeza.
Si no fuera tan tremendo, diría que era gracioso verlo al señor ese, con su gorrita celeste y blanca tejida al crochet, pantalón y camisa al tono, mirando las frutas que lo rodeaban como si fueran regalo del cielo. Se notaba a la legua que no le había pasado nada, ni un rasguño tenía. El problema era la bicicleta. Las ruedas quedaron en ángulo recto y el manubrio para atrás. El carrito, tirado en la cuneta.
Esteban se agarraba la cabeza y caminaba a la izquierda y a la derecha y daba vueltas, siempre así, de un lado para el otro. Traté de calmarlo diciéndole que por lo menos estábamos todos bien, algún codo raspado nomás. Pero él me fulminó con la mirada y quedé mudita de nuevo.
Me di vuelta, miré al viejo sentado en el manzanal, le vi los ojos, me enternecí y le dije, como una manera de paliar los daños:
-Llévese, señor, las que quiera, todas lléveselas.
Después lo volví a mirar a Esteban con sonrisa cómplice, pensando que me había entendido… ¡Ay madre mía! ¡Me quería comer! Así nomás, en un chasquido, por culpa del tipo de la bicicleta tendría que pagar el lifting de la camioneta, se le iba la mermelada que más le gustaba y si yo seguía hablando, hasta le tendría que dar unos pesos al pobre viejo.
Apelé entonces a mi bondad, lo miré como carnero degollado y volví a la carga. Susurrando un grito, lo puse de nuevo sobre la tierra:
-Agradecé que no te pasó nada a vos, ni a mí, ni al viejo, que si no, encima lo tenés que pagar por bueno.
Ahí entendió, porque tan tonto no es y terminó ayudándole al pobre hombre a juntar las manzanas y ponerlas en el carrito.
Cuando el tipo se fue, Esteban llamó a los del Automóvil Club, que vinieron batante rápido para acomodar a la pobre Kangoo herida para poder seguir viaje. Después de varias horas, ya de nuevo camino a casa, se me escapó un suspiro:
-Hicimos la buena acción del día, ¿no estás contento, mi boiescau?
Por toda respuesta, se puso a cantar.

Pasa loco de contento con su cargamento
para la ciudad, ay, para la ciudad
lleva en su pensamiento todo un mundo
lleno de felicidad, ay, de felicidad.
Piensa en remediar la situación
del hogar que es toda su ilusión
y alegre, el jibarito va cantando así
diciendo así, bailando así por el camino:
si yo vendo la carga, mi dios querido
un traje a mi viejita voy a comprar"

Un nudo en la garganta se me hizo.
- ¿Te acordás de cómo se llamaba esa del jibarito?- me preguntó.
- Lamento Borincano. Tu mamá tenía el disco de Cuco Sánchez... Fijate en los carteles que el mapa no está y no te duermas que mate tampoco hay.

29/04/08

http://www.youtube.com/watch?v=u1dXHFj0JcE

Algo pasa,,,

A ver los "licenciados en blog" si me ayudan a dilucidar el problemita. Publiqué Borinquen con imagen. No tomó los puntos y aparte. Lo borré. Volví a subirlo sin imagen y vuelve a pasar lo mismo. ¿Alguien sabe si hay un máximo de palabras o de espacios? No sé cómo fijarme, porque éste es un cuento largo y por eso se me ocurre. Voy a seguir investigando, a ver si algún día aprendo! Cariños y gracias Lulú

lunes, 7 de marzo de 2011

ANTES DE QUE LLUEVA


Terry levantó el hocico, lo movió de izquierda a derecha, recomenzó el movimiento como si estuviera leyendo y llegó a la conclusión de que, en breve, llovería.
Tieso, con la cola caída y recta, parecía una bella estatua a la que la leve brisa le hamacaba los pelos del pecho. El setter olfateaba ese inconfundible olor a tierra mojada que reconocen quienes alguna vez han paseado por el campo. Enterró su hueso, dio varios rodeos al paraíso, hizo lo que el árbol esperaba de él, y displicente, se metió en la cucha con sus tiernos ojos mirando el sur.
Había mucho movimiento en la casa, cosa que tampoco le pasó desapercibida. Como todo cachorro era muy juguetón, pero había aprendido que si pretendía cómplices para sus correrías debería esperar.
La familia había decidido ir a la casita que tenían en la costa del río Coronda. Todos parecían hormigas en su camino al auto, cargados con cajas y bolsas.
Mimí estaba seria. En parte, le disgustaba estar dos días preparando los bártulos, desarmándolos nomás llegar para hacer el recorrido inverso apenas dos días después. La rutina, tan amiga suya, se quebraba el viernes y de cualquier detalle que faltara, ella sería la única responsable. ¿Por qué? Porque así era y había sido.
Ese fin de semana fueron con dos familias amigas, además del Terry que viajaba en la última camioneta de la caravana, parado, como vigilando que “su” auto estuviera más adelante.
Para llegar había que atravesar caminos arenosos coronados con eucaliptus altísimos, rodeados de frutillas, zapallos y enormes sandías que esperaban el sol del verano para madurar.
Una vez estacionados los coches, chicos y perro corrieron hacia la playa; los hombres se calzaron al hombro espineles, cañas, trasmallos y partieron en las canoas.
Las tres mujeres se encargaron de ordenar la pequeña mudanza y comenzaron a preparar el fuego. No creyeron que la pesca fuera fructífera, por lo que dejaron el asado sobre la mesa. Recogieron ciruelas y duraznos que guardaron en la heladera y se sentaron bajo el olivo mirando el río, hablando de hijos y finanzas, asuntos concretos, jamás de “bueyes perdidos”.
Después de comer, carne de vaca por supuesto, se repitió la escena con los elementos para pescar, sólo que esta vez se escucharon viriles voces prometiendo traer desde mojarritas hasta surubíes para la noche.
Bajo las estrellas, iluminados por cientos de luciérnagas y un coro de ranas que envidiarían los Niños cantores de Viena, jugaron a las cartas, se rieron y disfrutaron de un riquísimo guiso carrero. El río estaba crecido, tumultuoso, pero avaro.
De madrugada, un sol pálido, como pintado con el único lápiz amarillo que había, se asomaba entre algunas nubes rechonchitas, nada peligrosas.
Para esos hombres, americana fusión de Calabria y Euskadi, ya la pesca era una cuestión de honor, lo mismo daba que sirviera para la parrilla, cacerola o sartén. Y a la voz de “aura”, las islas del Paraná abrieron sus brazos.
Los chicos fueron a juntar frutillas en la quinta de atrás bajo la mirada del chacarero, que les indicaba cuáles recoger y cuáles no. Les enseñaba, inconsciente de ello, a ser pacientes.
Las mujeres cambiaron la sombra del olivo por la del higuerón, que no era el guapo’y porque no asfixiaba a nadie, simplemente lo llamaban así.
Mimí se aburría. Miró el cielo que ya tenía tonalidades grises y lilas. Bajó la vista al río y notó que comenzaba a encresparse. Las totoras se inclinaban obedeciendo al viento sur. Pensó en las canoas con inquietud creciente y se incorporó resuelta a ocupar su tiempo antes de que lloviera. Buscó en el galpón una caña de pescar y se dirigió, seguida por sus intrigadas amigas, hasta la orilla escarpada.
Nunca se había metido en el río, tampoco había visto un anzuelo a menos de medio metro, de la carnada apenas conocía el nombre y el olor a tripa podrida.
Haciendo arcadas, logró su objetivo y lanzó la tanza lo más lejos de la orilla que pudo.
Terry se acercó inquieto porque la tormenta se les venía encima. Detrás de él, los chicos gritando: ¡Mimí va a pescar! Ella era ahora la novedad. Había conseguido entretener y paliar la espera.
En el silencio, el oleaje se escuchaba tenebroso. Allá lejos, la otra orilla lucía relámpagos y cortinas de lluvia.
Sintió el tirón justo cuando dejó de ver la boyita roja. Se asustó, quiso levantar la caña pero no pudo. Otra sacudida la hizo trastabillar.
Entonces, esa platea que se mantenía callada y quieta, se puso en movimiento. En fila, tomándose de atrás por la cintura todos ayudaron para que no se cayera. Finalmente, el rey del río aterrizó boqueando y retorciéndose, aceptando su derrota.
Con el primer chaparrón llegaron los hombres cargando un par de bogas como consuelo, diciéndose felices que eran riquísimas a la parrilla.
Sin fotos que prueben el tamaño del dorado que pescó Mimí ni muestren las caras de ellos cuando lo vieron, tendrán que creer en mi palabra, porque el Paraná ha cambiado, ya no regala dorados por aquí y los protagonistas se fueron río abajo.



martes, 1 de marzo de 2011

EL DOCTOR LEONI

EL DOCTOR LEONI

¿Era un jaquet con el pantalón a rayas finitas y el saco cubierto de botones de diferentes tamaños y colores?
¿Tenía, en cambio, un pantalón que había sido negro y un grueso y gastado saco a cuadros dicen unos o, quizás, estilo Príncipe de Gales según otros?
Llevaba un bastón como signo de elegancia, en eso concuerdan todos.
¿El sombrero era un bombín brillante como los que formaban parte de un disfraz de carnaval o, por el contrario, uno de copa?
De lo que sí están seguros es de que en ese sombrero tenía una hermosa pluma verde sujeta con una cinta.
¿Llevaba guantes de lana negros, aún en el ardiente verano santafesino? Para algunos ese detalle ha pasado desapercibido.
Lo infaltable era la flor en el ojal, sin dudas robada de cualquier plaza.
Hay quien asegura que su nombre era Víctor, pero la mayoría jamás supo siquiera si Leoni era el verdadero apellido de este pintoresco personaje que transitó la mañana santafesina desde fines de la década del ’30.
No hay más datos que los de la memoria de cada uno.
Por increíble que parezca, muchos lo recuerdan pero no hay fotos, ni siquiera una descripción coincidente de quien se hacía llamar “Doctor Leoni”.
Se lo podía ver caminando a pasos cortitos por calle San Martín, entrar en cualquier comercio, sacar la flor del ojal con delicadeza, aspirar su aroma y depositarla en las manos de alguna empleada, que agradecía con una sonrisa y el habitual “Gracias, Doctor”.
El loco Leoni saludaba quitándose el sombrero, giraba y salía indiferente a continuar el recorrido, porque tenía que cumplir con una tarea autoimpuesta.
Todos los días calculaba sus pasos para llegar a la Iglesia del Carmen cuando el gran reloj diera las doce campanadas. Entonces, ceremoniosamente, controlaba la hora con el que sacaba de su bolsillo para dar comienzo a aquello que lo distinguía de otros linyeras.
En esa esquina, ofrecía a los transeúntes que se detenían, profundos aunque un tanto disparatados, discursos filosóficos y, tras el aplauso que siempre recibía, se despedía con la misma frase: “Ahora me retiro a mis aposentos”. Inclinaba la cabeza sacándose el gracioso sombrero y desandaba el camino.
Esos aposentos eran en realidad obra de una familia bondadosa que le había equipado su propio garage como vivienda, donde comía de la caridad de los vecinos.
Aunque le regalaran ropa adecuada, el loco Leoni la rechazaba en términos muy amables y persistía en usar ese atuendo que lo hizo famoso.
Dicen algunos que, haciéndole una broma, hubo quien lo propuso como funcionario del gobierno de turno. Otros porfían que él mismo originó su candidatura a diputado provincial.
Lo cierto es que, en sus mitines del mediodía exponía sus estrafalarios proyectos: alambrar las orillas del río Salado, que atraviesa la provincia, para que los borrachos no se cayeran al agua; colocar un toldo a lo largo de la ruta que une las ciudades de Santa Fe y Esperanza así los linyeras caminarían a la sombra y la donación de su sueldo a los efectos de comprar un ojo de vidrio gigante para la ciudad de Venado Tuerto.
Nuevamente las opiniones se bifurcan.
Por un lado, estaban sus constantes seguidores intelectuales, quienes no encontraban mucha diferencia entre lo imaginado por el Dr. Leoni y las promesas, siempre exageradas y por lo general incumplidas, de sus potenciales rivales en las elecciones.
El grupo opuesto cree que sólo fueron habladurías y que el tema de la candidatura nunca sucedió, aunque, teniendo en cuenta sus discursos del mediodía, aceptan que tales proyectos pueden haber existido.
Consultando la hemeroteca del diario local se encontrará, sin dudas, alguna referencia a su muerte. La desaparición de un personaje público tan notorio y estrafalario no puede haber pasado desapercibida.
Años más tarde, un intendente de la ciudad fue capaz de prometer que “embalsamaría” la laguna Setúbal. De esa manera, explicó por televisión, los santafesinos no se quedarían sin playas durante las crecidas del río ni sufrirían, en pleno verano, la escasez de agua en épocas de sequía.
El Dr. Leoni había dejado su huella.


27/02/2011







lunes, 21 de febrero de 2011

INGENIERO CHANOURDIE Por Lulú

-Usted empieza en la primera casa a deletrear Ingeniero Chanourdie y cuando termina, se le acabó el pueblo, mire.
Así fue mi recibimiento en ese pequeño caserío del desértico norte santafesino, que si uno lo busca en un mapa no sé si lo encuentra, pero allí nació mi padre. Habiendo pueblitos con nombres preciosos como Los Amores, Los Laureles o aquellos que se llaman como la mujer, la amante o la hija de su fundador, él tuvo que nacer en ése.
Preguntar quién fue el Ingeniero es, en el mejor de los casos, encontrarse con un par de hombros levantados, la boca casi con “pucherito” y un arqueo de cejas que aseguran más asombro que respuesta. Hasta es posible que, luego de un rato de ojos bien abiertos y cabecear en el aire, se escuche un “nnnsép”.
Pues bien, Chanourdie no fue un prócer de la Independencia, muy lejos de eso, apenas uno de los tantos Directores del ex Ferrocarril Santa Fe.
Insisto, más lindo hubiera sido nacer en Florencia o Margarita.
Llegué corrido por las circunstancias, que fueron dos: el cierre de la fábrica de perchas y que el patrón me pescara con mi actual mujer, que en ese momento era suya.
Todavía vivían allí mis tíos Fermín y Emilia, verdaderos ejemplos de tesón y candidez.
Convengamos que lo más importante que le ha pasado a Chanourdie fue el ferrocarril, que en paz descanse. Sin embargo, este hermano de mi padre sigue esperando que el tren vuelva y guarda en esa pequeña estación, entre otras cosas oxidadas, el farol para hacer señales, un arado, una imprenta (¿de dónde y para qué?) y una máquina de coser Singer, con su pedal y correa.
A pesar de que si suma los años que tienen sus reliquias pasan los tres siglos, mi tío piensa que todo puede ser útil. Y lo guarda.
El despoblado Chanourdie nos ofreció la vieja casa paterna que con Carola fuimos arreglando de a poco, así que durante los primeros meses vivimos con Fermín y Emilia.
La felicidad de estar juntos era tan grande que no nos importó trabajar en el campo, actividad que ninguno de los dos conocía más que por lo que enseñaban en la escuela.
El primer día, cuando apenas despuntaba el sol, fuimos con Fermín hasta la pequeña huerta, a recoger las pocas verduras y hortalizas que crecían prácticamente sin agua, mientras planeábamos si poner o no en marcha la imprenta.
De repente, escucho: “Andá que allá debajo de esos árboles hay plantitas de tomates culeros, traete algunos para la ensalada”
Me pareció que dijo lo que dijo pero cuando quise asegurarme ya se estaba yendo al gallinero a recoger huevos.
Después de acomodar en la chata los productos de su quinta, arregló el cuero de oveja, se sentó, me pidió a los gritos “¡Hacé el fuego que ya vengo!” y partió para Las Garzas a venderlos.
Con timidez, casi con vergüenza, le pregunté a tía Emilia, mientras le entregaba los tomates si era cierto que se llamaban culeros. ¿O yo había escuchado mal?
Su carcajada me dejó perplejo pero su mano en mi hombro, cariñosa, hizo que me diera cuenta de que se reía más de mi cara que de la pregunta.
-Son plantas salvajes. Crecen a la buena de Dios y la gente cuenta que hace muchos años, cuando esta tierra era fértil porque no habían talado los quebrachos, la gente trabajaba de sol a sol, sin volver a las casas. Comían asaditos en pleno campo y hacían sus necesidades debajo de los árboles. Esos son los tomates culeros, los que crecen de las semillas que los hombres siembran sin querer y forzosamente, por no tener un baño cerca.
No pude comer la ensalada.
A los pocos días le mostré la imprenta a Carola, que atribulada y sonriente se quejó de que era de la época de Matusalén.
-De Gutenberg será, le respondí condescendiente porque, claro, yo fui hasta tercer año en el Comercial y ella apenas terminó la primaria y aunque no parezca, tres años son tres años.
-Bueno, de quien sea, quise decir que es muy vieja, no te va a servir ni para imprimir los panfletos de la Comuna…
Ahora el sorprendido era yo.
-¡Así que este pueblín tiene Comuna! ¿Y vos cómo sabés?
-Porque mientras vos juntabas tomates culeros yo me fui a pasear para conocer gente. Es lo primero que uno debe hacer si quiere buscar trabajo.
Tuve que reconocer que será ignorante pero es inteligente mi Carola y encima, aguantar que me cargara con los tomates.
-¿C-c-c-cómo sabés lo de los tomates?
- ¡Jajaja! ¡Tu tío se lo contó a Emilia! ¡Por eso no comiste! Ya te vas a costumbrar. ¿Nunca te pusiste a pensar de dónde salen los huevos? O creíste que los fabrican en los supermercados…
Volví inmediatamente a la conversación sobre la imprenta, no podía soportar tanta burla.
A pesar de mi hombría y orgullo heridos reconozco, no públicamente, que la astucia de mi mujer, carne y uña con el cura y el Presidente Comunal, hizo que nuestra imprenta “La Única”, rudimentaria pero eficaz, funcionara a pleno.
En Chanourdié, Las Garzas y sus alrededores.

17/11/2008

VIAJE INÚTIL por Lulú

¡Aghh! ¡Aghh! ¡Por fin llegué! …515, 517. ¡Ufff! Para el otro lado…515, 513, aquí está. Aghh…Aghh… Esperá que me siente, descanse, reponga un poco de aire y me contás qué hiciste hoy. O qué pretendías hacer, mejor dicho, como todos los días, porque mirá que sos insufrible vos, ¿eh? ¿Qué querés que te diga? ¿Que te felicite? Sí, ¡por supuesto que ya sé! Me contaron ni bien pregunté en qué habitación estabas. “¡Ay, qué arrojado el señor! ¡Pero qué tieeerno! Mire que querer salvar un pichoncito de paloma… Menos mal que estaba en un primer piso, que si no, no cuenta el cuento el señor… Disculpe, señora, no debí haber hecho ningún comentario.” Y yo, pura sonrisa, ¿qué podía decir? ¿Que no es arrojo sino irresponsabilidad, o peor aún, imbecilidad? ¿Que me tenés podrida? ¿Que estoy harta de atenderte, que las dietas, que la gimnasia, que cuidado de aquí, que cuidado de allá, que los controles mensuales, semanales, diarios? Total, al final el tipo hace lo que se le canta, que después viene la mujer, lo cuida y ¡oootra vuelta a la noria! Pero esta vez, basta, ni falta que hace que contestes, se terminó, conmigo no cuentes más. Te las arreglarás solito…a ver cómo hacés. Hace veinticinco años que me cuentan la misma historia de lo delicado del asunto ése del corazón y yo, estúpida, les creo. Pero como vos no creés ni en Dios, todo lo ponés en duda…Entonces, ¿qué pasa? Otro susto, otro estudio y dale que va. El señor sigue pretendiendo hacer lo que no puede, pero resulta que cuando podía, prefería la reposera. Ni abrás la boca, mirá, qué me importa, hace un montón de tiempo que ya no me escuchás, diga lo que diga. Hablo, hablo, hablo…al “cuete”. ¿Entendiste lo que te acabo de decir? Si, por supuesto que entendiste, lo que pasa es que no lo querés reconocer, creés que me tenés atada. Lo único que sabés, es decir “terminala”. Y yo me tengo que callar, por tu salud, pero a vos no te importa la mía, porque sos egoísmo en estado puro y bruto. Te conozco, mascarita. Si hasta juraría que la habitación en este quinto piso la pediste a propósito, para joderme la vida, porque sabés que le tengo terror a los ascensores. Mirame si tenés agallas y decime que no, gilún de cuarta, que fue casualidad. ¡Ah! Pero esta vez saliste trasquilado, Jorgito, porque me subí los cinco pisitos de a un escaloncito, tesorito y, sí, tenés razón (o la tendrías si te dignaras a responderme en algún momento) llegué boqueando pero no me importa, porque no te iba a dar el gusto. ¿Blanca, lívida, descompuesta? Ni ahí. Che, ¿me escuchás? ¡Mirame aunque sea, tarado! Se ve que esta vez te sedaron potente, viejo. Voy a llamar por las dudas.
- ¿Sí, señora, qué necesita?
-¿Yo? Nada, pero mi marido no me contesta. ¿Lo sedaron o, para variar, vino nadando en whisky?
-A ver… Señora, voy a buscar al médico pero, por favor, quédese sentada, si no me equivoco su esposo ha fallecido.”
-¡¡Noooo!! ¡Y encima, ahora tengo que bajar los cinco pisos, desgraciado!