Mostrando entradas con la etiqueta 1° Concurso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1° Concurso. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de marzo de 2011

¡¡¡Felicitaciones a los ganadores del 1er. concurso!!!


1. Alejandro con su cuento "SIN IMPORTANCIA"
2. Javier F. Castillo Naranjo con su cuento "EL SEÑOR ANDRADE"
3. Alicia Prack con su cuento "LAS TRES LUNAS"



Propongo un brindis en este pueblo nuevo de Villa Cimera para festejar la escritura, y celebrar entre todos, con Alejandro, Javier y Alicia.


Un beso a todos y uno especial a cada uno de los ganadores,

Adela

martes, 22 de marzo de 2011

SOLIDÄO

-Te falta educación vocal, no manejas bien el aire y en tu puta vida hiciste escalas ni siquiera calentaste haciendo doremi, pero tenés impostación natural y buen oído. Hay cosas que ya no vas a poder hacer como por ejemplo cazar esta nota después de esta, ¿oís? No es por cabeza dura o que de golpe se te fue el oído a la mierda, claro que no…Bueno en realidad algo de eso hay, ¿Sabés lo que es la sinapsis? ¿Si? Bueno, todo se relaciona con todo, como se suele decir el uso hace al órgano, algo así, venís mas o menos bien haciendo escala y de golpe no entendés, te desconectás igual que la mujer que entró antes que vos y no cazaba una porque tiene un cigarro en la oreja. La pobre, bah, pobre relativamente, nunca hizo sinapsis porque lo de ella no es esto, quiere esto, ama esto pero sus células se encargaron de otra cosa, hicieron sinapsis otras, estas durmieron o, que se yo, nunca las tuvo. La desgracia es que yo no puedo decirle eso, yo tengo que decirle que lo suyo es cuestión de trabajo, esto queda entre nosotros. Tarea imposible, vos podés hacer un puente eléctrico para traer luz a una habitación que no tiene instalación, pero acá no hay tutía. Con ella no puedo hacer como el doctor Frankenstein y cambiarle las cuerdas vocales, porque el problema no tiene un pito que ver con eso, se trata de conexiones, y pura química, una cosa extraordinaria, la gente, nosotros, no tenemos idea de la cantidad de procesos complejos y sutiles que son el alma y el cuerpo de esta nota cuando conseguís emitirla. ¿Pero a qué iba? Sí que en vos esta nota y seguido este sostenido, se te perdió, lo perdiste. Si se fue, se perdió, entonces será como un diente que perdiste. Y si es una muela que tiene una carie y con un conducto la salvamos, veremos.
Pero no te preocupés con las maquinas se simula casi todo. Estamos hablando de lo que es, de lo que está, porque si no terminamos siempre hablando de resultados mediados no por la propia técnica sino por una técnica ajena y entonces chau, dejemos de existir, dejemos acotado lo real a un escenario lírico, al piano del living de casa,a la ducha. ¿Se entiende?
-Entiendo, y que hay del repertorio…
-El repertorio lo trabajás de a poco si querés algo pulido que saque lo mejor de vos y, fundamental, el arreglo. Del arreglo depende la sobrevivencia de una versión, empezamos con dos, los temas siguientes irán mas rápido, son poco frecuentados estos dos que te elegí de acuerdo a lo que vos pedís y lo que yo juzgo de lo que podés realmente, blablabla, trabajamos limpio para que en el vivo no cambie demasiado blablablabla, tu actitud blablabla, “Llorando por dentro” y “Solidäo”.
“Llorando por dentro” no es que no me gustó, me pareció que no cumplía con la exigencia de ser una canción poco frecuentada por los músicos de esta época, pero no quise discutir. El contrato ya estaba firmado. El hombre sabía su trabajo, apabullaba con su determinación y elegí dejarme llevar.
Putié a Tina primero pero después fui justo y entonces me putié a mí. Yo era el culpable.
¿ Porqué no hacerlo a mi manera en lugar de deslindar en otro/a que se supone que tiene conocimiento del medio porque aparece el imperativo social del especialista y debo transitar los caminos reconocidos?
¿No es suficiente acaso con participar de comidas institucionales en los que debo hacer hincapié en el conocimiento de los territorios que no me son permitidos y pido entonces perdón por el atrevimiento de incursionar aunque me chupen un huevo los supuestos prestigios?
Recurrir a Tina no me pareció una buena idea y me amargó toda la tarde.
También casi todo el día siguiente. Digo casi todo porque al mediodía todavía obnubilado por la bronca, me puse a repasar la historia.
Yo quería hacer un disco con veinte canciones.
Un día de invierno del año pasado no podía decir una frase completa por la ronquera que me afectaba. No puedo tomar nada que tenga cubos de hielo y de visita en lo de Gerardo la novia me sirvió un whiskey con tres tremendos cubos de hielo sin siquiera preguntarme como lo quería.
La ronquera me duró lo suficiente como para pensar que disponía de una buena voz y algún día dejaría de tenerla. ¿Por qué no grabar un disco? Y con canciones, buenas canciones que o ya pocos cantan o hay generaciones nuevas que se criaron sin ellas. Y ahí aparece Tina, que trabaja de administrativa en una productora independiente y el rollo conocido. Como cuando escribí un ensayo sobre la capacidad de regeneración en el mundo vegetal y se me ocurrió acercarle el borrador a un tipo con una abundante producción. Me lo devolvió con tantas correcciones y consideraciones sobre como encarar tal tema y eliminar tales capítulos (además de reemplazarme toda la bibliografía) que habiendo perdido toda motivación cancelé el proyecto.
Antes dije que me amargó CASI todo el día siguiente.
Es que de pronto caí en que “Solidäo” de Dolores Durán yo no la conocía. Me puse a buscar.
Una canción perfecta que hasta yo había olvidado. Desde el primer acorde me sentí de nuevo en el barrio de Botafogo en Río donde fuimos a vivir a principios de los años 60. Yo no paraba en casa porque siempre mamá lloraba por la ausencia de mi impiadoso padre que saltaba de mujer en mujer y nunca traía a casa ni un ramo de flores. Mi madre gastaba la púa interminablemente con esta canción. Y hasta acompañaba la letra a los gritos desde el patio del consorcio cuando tendía la ropa. Y también cuando lloraba acostada boca abajo en la pieza oscurecida.
Pero mi madre ya se olvidó o por lo menos así parece; me dice no recordarla cuando le coloco los audífonos.
Me dice que tiene sueño, me devuelve los audífonos, me pide que baje la persiana y se acuesta boca abajo.
Fuera del cuarto también hace calor, este mes de marzo porteño parece carioca.
http://www.youtube.com/watch?v=WR59yE0w2P8

SIN IMPORTANCIA

Cuando la enfermera del Centro de Seguridad Social le preguntó cómo se llamaba, él respondió Ernesto, dudando entre sopor y entumecimiento. Lo llevaron en andas hasta una gran sala tapizada de azulejos blancos. Intentaron desnudarlo completamente, pero las medias se negaron. Alguien vestido enteramente de blanco (¿un hombre, una mujer?... a quién le importa) lo manguereó con agua ni fría ni caliente. Luego lo enjabonó y lo frotó enérgicamente con algo muy áspero.  
Después de secarlo, lo condujeron a otra habitación en la que lo recibió ese tipo que siempre preguntaba cosas y que ordenó incinerar sus ropas a alguien vestido de verde (¿hombre, mujer?... qué importa). Otro (¿era una mujer?... de todos modos, a quién le importa) le ofreció un bulto de ropa limpia.
A continuación, y como tantas otras veces, le preguntaron por su identidad a lo que él respondió desde su brumosa despreocupación porque, ¿de qué habría de preocuparse? Luego de pensar unos minutos, improvisó un apellido, pero escuchó que le decían que no era ése. Se esforzó, entonces, en aclarar que de su nombre se acordaba casi siempre al instante: Ernesto. Ernesto. Sí, Ernesto.
Todavía no se había vestido y apareció una enfermera (mujer, seguro que sí), con algodones, pinzas y frasquitos, que se puso a retirar las medias incrustadas en la carne. A un costado, ese tipo que siempre preguntaba cosas ahora quería saber qué pasaba con la familia, que si había ido a verlos. Y la respuesta le surgió como tantas otras veces en un mismo vómito: que qué familia, que lo dejen tranquilo. Y por qué, insistía el tipo, y la respuesta volvía a sepultar un dolor inconmensurable: porque es así. El tipo ese le repetía que estaba casado, que tenía una hija mayor, que había sido contador, que tenía que hacer algo ya, que era una vergüenza terminar en ese estado.
Pero no había nada que entender, nada importante. Porque a pesar de los andrajos de sus ropas que ya estarían ardiendo en el horno, o de los pedazos de las medias que la enfermera extraía de su carne y que caían a los costados de los pies hediondos y ulcerados, o de los piojos desalojados por los chorros de agua desinfectante y eso áspero con que lo frotaban siempre, la puerta abierta del Centro, la que da a la calle, era la única posibilidad real. Ernesto era eso ahí y ahora, y a nadie le importaba; ni siquiera a Ernesto cuyo apellido ya no existía.
Lo dejaron salir a la mañana siguiente, luego del desayuno que casi no probó. Con los centavos que le dieron en el Centro tomó el subte, e intentó volver al yermo de la ciudad que solía cobijarlo de asfalto y monedas sobrantes. Los pies vendados dentro de las pantuflas le dolían mucho.
Al recoveco que había conseguido ayer, hoy ya otro (¿un hombre, una mujer?... qué importa) lo había ocupado, así que a seguir caminando. Pero antes de continuar se sacó las vendas. En la costanera debe haber lugar, pensó.
Percibía un olor nauseabundo trepándole desde sus propios pies que supuraban una baba amarillenta, y se dijo que el río sería un buen lugar para aliviar su malestar. Caminó más allá de los muelles y descendió por una explanada hasta el barro: avanzó sin pensar y no le produjo casi nada sentir el agua a la altura de las rodillas. Miró el horizonte y vio la bola de fuego tocándolo. Pensó en las ropas que le quitaron en el Centro y sintió una especie de vieja frustración que venía y se iba.
A lo lejos alguien pescaba robando (un hombre, una mujer?... ¡pst!). Algo así como una cascada de imágenes de su pasado estaba a punto de desbordarse en su interior. Pero no lo hizo porque él ya sabía cómo dejar pasar aquello que duele inútilmente. Lo que no podía eliminar era el ardor de las llagas en los pies. El agua era una especie de confortable caldo barroso.
La bola de fuego menguaba su fin. Quizá después habría que pensar en comer, en beber algo aunque la tripa todavía no se quejara ni tampoco el hígado. Acercó al agua su mano temblorosa y llena de cascarones. Quiso sentir asco y miedo, pero no pudo, y finalmente la sumergió.
Una ráfaga perdida de viento le azotó las mejillas, y en ese momento se dio cuenta de que también alguien en el Centro (¿un hombre, una mujer?... qué importancia) lo había afeitado.
Se dejó absorber enteramente por el agua y no pensó otra cosa que en la absurda molestia de los pies. Espantó con un gesto vacío una mosca empedernida en libarle el párpado izquierdo. Se dijo que era mejor flotar y dejar de sentir el dolor de las insoportables llagas de los pies que hoy olían distinto.
El horizonte se había tragado completamente el sol cuando Ernesto, acunado por el agua, se dejó llevar como siempre.  Soplaba una brisa insulsa y el aguijón  de Escorpio picaba el oeste. Sin pretenderlo, como todo lo que en definitiva le había acontecido en su vida, terminó por diluirse en el río como una mancha de leche en agua barrosa. Ernesto Vargas debe haber dejado de serlo entre los 49 y los 51 años, sin que a nadie le importara.   

sábado, 19 de marzo de 2011

COSAS DE MUJERES

Estaba tan nerviosa como antes de salir a escena. La plaza bramaba y pedía escuchar su voz matriarcal que calmaba ansias y anhelos, la esperaban. Sentía que era madre sin haberlo sido y que su presencia era como la aparición de la virgen, había algo místico o religioso en esa combinación que formaban el pueblo en la plaza y ella, en el balcón.

Miró sus zapatos número treinta y cinco mientras trataba de acomodar sus pies en esa horma que le apretaba y pensó que no había sido la mejor elección, a pesar de que la gamuza marrón claro –al tono casi exacto de sus medias- combinaba a la perfección con el trajecito beige. Caminó alrededor del escritorio moviendo con dificultad los dedos comprimidos y renunció a la intención de ablandar su incomodidad. Fue directo al espejo, se acomodó la solapa del saquito entallado y arregló el cuello de la camisa blanca e impecable, por fuera.

Su corazón latía con la fuerza que su vida ya no tenía; se miró por última vez antes de salir para confirmar la pulcritud de su imagen, llevó sus manos blancas y finas a la cintura entallada y se molestó al descubrir el esmalte saltado del dedo índice. El bullicio aumentaba puertas afuera: la aclamaban.

—Es hora, señora. El general pide que se acerque, la está esperando. En la puerta del balcón.
—Que ya voy. Estoy terminando de arreglarme. Él sabe. Dígale que ya voy, por favor.
—Bien, señora —dijo la asistente y cerró la puerta despacio.

Sola, sintió el vértigo de su poder. Le subió un hormigueo desde el pubis y creyó tener ganas de hacer pis, pero no, era el vacío burbujeante que se instalaba en la boca de su estómago, como siempre antes de salir.
Afuera, el sentido de su vida, la reparación y la gloria.
Se pasó la palma de la mano alisando su raya al costado y abultó el rodete en la nuca, se peinó las cejas con el índice en el que resaltaba el esmalte saltado, enderezó la espalda y bajó los hombros tensos.

Cuando le abrieron las puertas, atravesó una pared de vidrio y le golpeó la cara el rugido humano como un huracán. La garganta se le tapizó de lija y creyó que nunca volvería a humedecerse.

Dio un discurso histórico en el que dejó instrucciones de lealtad que sobrevivieron más allá de lo que ella podía suponer, después se la fotografió abrazada y acurrucada en el cuello de su marido.

Cuando terminó el acto anheló la intimidad de su cuarto, se acostó exhausta y satisfecha por la respuesta de los miles que la amaban. También los amaba. Antes de dormirse llamó a su asistente y le pidió que Dorita, su manicura, se presentara a primera hora.

viernes, 18 de marzo de 2011

LA ESCUELA

La guerra se acerca. Durante días, las auroras pintan el cielo de gris. Por las noches, hay una oscuridad maciza que se toca. Las bombas traen tinieblas que lamen los cuerpos. Ahora es de día y vivimos un silencio transitorio cargado de temores. Afuera, la lluvia no cesa ni perdona. Las calles brillan y resbalan. Los invasores están cerca. El chirriar metálico de sus máquinas, traído por el viento, los anuncia, clausurando todo lo demás. El ocaso deshabita la ciudad, los techos han volado, cambiando de casa. Ya no se ve la aguja de la iglesia que vieron mis abuelos, la cruz ha flotado hasta el cielo. Sólo la escuela está en pie, con treinta chicos y yo, la maestra. Como un ardor, la urgencia frenética de estar lejos, pero sin tener a dónde ir. Hoy tuvimos una clase de idioma. Es difícil dar una clase con el llanto sujetado en la garganta. Los chicos saben pero nada dicen, saben porque la realidad flota entre nosotros. Han crecido años en unas horas. Las explosiones se van apagando. Ahora las máquinas están en la ciudad. Hay gritos, pasos entre los escombros, palabras en otro idioma y también en otro miedo, algunos disparos. He agrupado a los chicos en un aula, ellos tan jóvenes y esta vieja maestra abrazados en un solo temblor, en el suelo. Rezar no alcanza. Las pinturas infantiles desde las paredes nos miran y nos dicen que no pertenecen a este mundo. Lento, con estruendo, destrozando la calle, pasa un enorme tanque frente a la escuela. Lo veo a través de un boquete abierto en la pared. Una mesa, las paredes se tambalean, temblando. Un pizarrón cae con estrépito, las tizas se hacen añicos en el suelo, levantando un polvo blanco que se mezcla con el gris del humo que se nos pega. Miro las cabecitas pegadas unas a otras, esperando no saben qué, y quiero llorar, pero no debo. Treinta pares de ojos muy abiertos me están mirando. Afuera, las voces suben de volumen. Son ahora un griterío sin sentido como el estertor del miedo que se escapa porque el miedo vive soberano en los dos bandos de la guerra. El escape de una moto barre en primer plano el fragor de la calle por un momento. No sé porqué se me antoja que el que va en la moto es un mensajero, un hombre en uniforme y casco gris, con antiparras gruesas, quizá era un carpintero o un cartero en una aldea lejana, o un empleado municipal como fue mi marido, que el destino dijo que tiene que estar aquí hoy como me toca a mí de este lado de la frágil pared del frente. Frágil como un papel. El aire trae alguna palabra en nuestro idioma. Un niño se desprende y vuela a la ventana. Cree que escuchó la voz de su padre, lo llama. El peligro se mete adentro más aún. Hay disparos cercanos y el niño despierta de su ilusión y vuelve para caer de nuevo en la bruma que rodea nuestro abrazo. Pasan los minutos y entonces nos damos cuenta que, poco a poco, voces y chirriar de metales y el ruido insolente de los motores se van amortiguando. Muy lentamente se apagan los ruidos, y muy lentamente se enciende la esperanza. Va cesando el temblor en las paredes y en el suelo. Va cediendo el ardor que creció adentro, insoportable. Al fin el silencio reverbera en las paredes de la vieja escuela. Las sombras nos abrazan sin soltarnos. Horas después, los chicos duermen en el suelo o sobre los pupitres polvorientos. Doblada, lloro sin remedio. Por el boquete que abrió la guerra en la pared del frente de la escuela, se insinúa un nuevo día.
FIN
Osvaldo

martes, 8 de marzo de 2011

EL SEÑOR ANDRADE

Tal vez porque era calvo, tal vez porque era feo, tal vez porque era viejo, tal vez porque era grande, tal vez porque siempre parecía enojado, tal vez porque vivía solo o tal vez por todo eso junto, los chicos de la pandilla creíamos que el Señor Andrade era un ogro de esos de las fábulas, pero de verdad.
Sólo lo veíamos cuando salía al balcón; miraba pa´ lejos, a la nada, y se quedaba como pensando, quieto, inmutable. Pasaba unos minutos así y luego entraba, tal como salió, como un espectro penante. Los de la pandilla solíamos jugar al futbolín en la misma acera al frente de su casa de dos plantas y a veces, cuando salía al balcón, alguno que levantaba la vista para dar un cabezazo, lo encontraba y se le quedaba viendo; al momento los demás lo imitábamos y era cuando el partido se interrumpía a la espera que el ogro saltara sobre nosotros; pero el Señor Andrade nunca saltó del balcón, ni siquiera nos dirigió una mirada. Miraba hacia arriba, hacia las montañas, como buscando brujas volando en escobas o quién sabe qué.

El "Piquiña" decía que el hombre sólo salía de casa en la noche para cazar gatos y beberse la sangre de los borrachines que quedaban por ahí mal parqueados los fines de semana. Eso decía él y los demás le creían; menos yo, porque qué le iba a creer a un crío que a los nueve años todavía se tiraba pedos y se comía los mocos; aparte que su mamá no le dejaba salir por la noche, luego, ¿qué podría saber él de nada? En cambio yo creía, pero no se lo decía a los demás porque no me gustaba ser chismoso, que el Señor Andrade era un zombi; lo sabía por las ojeras púrpuras, por su caminar cansino y porque parecía estar mirando siempre para adentro de sí, como los ciegos.

Si le temíamos era por lo que nos imaginábamos de él, aunque en el fondo veíamos a ese monstruo vecino como a un león en su jaula, peligroso, pero inofensivo detrás de los barrotes. Para nosotros terminó siendo una especie de atracción de feria, un personaje de telefilme de horror serie "B" sin ningún alcance más allá de esa pantalla en que se convertía su balcón. Por eso, cuando me lo encontré en la tienda, fuera de su entorno natural, supe por primera vez cómo era helárseme la sangre en las venas.

Como todas las tardes, mi mamá me mandó a comprar el pan a la tienda de la esquina. Ya tenía la bolsa llena de medias lunas, molletes y pan de yucas cuando me detuve a ojear el último número del Asombroso Hombre Araña que se exhibía en una de las estanterías. Sabía que tenía poco tiempo, ya que si me demoraba mucho con la revista en la mano el gruñón de don Eugenio, el tendero, me regañaría con el consabido: "!que esto no es la biblioteca, niño!, si no la vas a comprar no la manosees, que se gasta". ¡Viejo pendejo el don Eugenio!¡A mal que me caía! Así que rápidamente pase las hojas y me enteré al vuelo del desenlace de la lucha entre el Hombre Araña y el Armatoste. Justo cuando don Eugenio me empezaba a mirar feo dejé la revista en su lugar apresuradamente; cuando di un paso atrás para retirarme fue cuando choque con él. Sentí tropezarme con una pared; cuando me giré y reconocí su rostro encaramado allá arriba a dos metros de altura, se me cortó la respiración y quedé congelado del miedo, ¡la bestia había salido de su casa!, ¡el zombi quería cerebros frescos y el mío era el primero de su jornada! Sin mediar palabra, el Señor Andrade tomo la revista del Hombre Araña, me miró arqueando las cejas y dijo: "¿La quieres?". Imagino que respondí que sí, porque el señor Andrade se dirigió al tendero y le dijo: "Cárgueme ésta también a la cuenta". "Claro Señor Andrade, a su servicio", respondió don Eugenio.

En ese instante supe no sólo que el Señor Andrade se llamaba Señor Andrade -porque hasta entonces ni a mi ni a los otros de la pandilla nos había interesado conocer su nombre-, sino también que no era ningún zombi; los muertos vivientes no compran huevos y frutas en las tiendas, ni le regalan revistas de historietas a los niños, ni mucho menos se despiden con una sonrisa.

Por supuesto, nada de esto les conté a los de la pandilla; yo no soy chismoso y pa´ qué, con lo latosos que eran, al pobre Señor Andrade le convenía mantenerlos más lejos que cerca.

MUERTE Y RESURRECCIÓN (c/Adela)



Lo ganó el desencanto y tuvo que desprenderse de una fe ciega que lo había chupado como un agujero negro para lanzarlo muy lejos de su punto de partida. Hoy se daba cuenta que su vida había sido perseguir, día tras día, el espejismo de la salvación. Y sólo bastaron unas palabras dichas por Silo para que su cabeza hiciera click y su mirada cambiara para siempre.

Abandonó la secta y volvió con sus padres, pero pronto supo que era imposible retomar la vida que había dejado. Entonces se derrumbó en su pieza. Y allí dentro se sentía como en una cueva, sin ventilación ni luz, y desesperaba por salir. Sin embargo, los espacios abiertos le daban miedo.

Una tarde un recuerdo lo asaltó. Caminaba en plena selva y el suelo era de un color rojo ladrillo como nunca antes había visto. Nubes de polvo bañaban los árboles de un tono cobrizo desde el tronco hasta la copa. Siempre la imaginé en distintas tonalidades de verdes –pensó- pero aquí… ¡todo es granate! Estaba fascinado. Notó que las melenas de los árboles se desteñían paulatinamente y recuperaban su color natural. Se preguntó cómo era posible? Pronto entendió que sobre su cabeza llovía. Lo que pasaba es que el bosque era tan cerrado que el agua no alcanzaba a mojarlo. Y aquella remembranza lo iluminó: en el bosque se sentiría oculto y protegido, y el aire y la luz lo harían olvidar del encierro.

Así fue que Efraín escapó al destino vaticinado por Silo: “en un futuro no lejano, vendrá un mundo nuevo con nuevos valores y fe renovada. El mundo de hoy será cambiado como no hubo antes cambio alguno. Yo lo auguro. Pero que nadie se asuste cuando antes llegue el momento de la violencia general, el momento de la confusión total. Es inevitable…” Fue ese oráculo, y la promesa vaga de un “yo me iré, y en el llano hablaré para todos los que quieran escucharme... entonces me alejaré para siempre”, lo que le hicieron ver que el gurú los abandonaba sólo porque ya no tenían nada más para darle. Descartado como un forro –pensó, y desde ese día el desencanto lo invadió.

Se fue al bosque y un delirio místico lo atrapó. Veía por todas partes señales de un destino misterioso: una luz en el claro del bosque, el silbido de un pájaro, la sombra avisadora de un ave que huye. Por el camino interno puedes andar oscurecido o luminoso, –recordaba- atiende a las dos vías que se abren ante ti. Y aprende a reconocer los signos de lo sagrado en ti y fuera de ti. Es que para él, en la selva palpitaba el misterio mágico de la creación.

Aprendió a sobrevivir a fuerza de enfermarse y curarse, de equivocarse y acertar. Conoció la uva purgante, la pelusa de la liana que inflama la piel, la pepa de la fruta que tiene ceniza cáustica. Supo distinguir los retumbos del puerco salvaje, el siseo de la víbora, el cascabeleo de la serpiente venenosa. Todas eran señales que lo mantenían despierto y vivo. Pero su yo interior flaqueaba. No te imagines encadenado a este tiempo y a este espacio –se decía- ni eternizado en la soledad. Encuentra esa fuerza luminosa, esa energía interior que habita en ti. Sin embargo, la falta de compañía lo estaba alterando. Sus nervios eran resortes comprimidos que nunca se aflojaban y su mente buscaba ansiosa el prodigio divino…

El destino quiso que apareciera una niña mulata. Estaba perdida en la selva. Efraín la tomó de la mano, y consolándola, la llevó a su choza. Con el tiempo le enseñó las doctrinas de Silo y, a su manera, él fue su gurú. ¡Libérate del miedo! –le decía. No temas perder lo que tuviste, ni temas porque tus seres queridos te hayan abandonado. No temas a la muerte. Teme únicamente a quien destruye tu espíritu.

Una noche no resistió su urgencia carnal y la poseyó con la fuerza bruta de un animal en celo. La selva lo había transformado en una bestia sin alma ni conciencia. Bajo su poder, el hombre fue sólo un instrumento de dominación, ya que al poseer a la niña lograba su anhelo de muerte y resurrección. La selva es la Muerte disfrazada, es el Mal necesario para que resurja la vida. En ella el árbol más alto tapa al más bajo y se apodera de su espacio, mientras la enredadera lo abraza asfixiándolo hasta matarlo y la podredumbre del suelo, carcomiendo sus raíces, lo voltea. Al caer, también muere la enredadera que lo supo vencer. Dos luchadores formidables que yacen abrazados mientras la vida se apodera de sus despojos para nutrirse y resurgir feliz y rozagante, pletórica de triunfo, en el retoño del árbol caído que comienza la lucha por ganar su espacio.

La niña murió esa noche y su conciencia le hizo sentir que su vida había tomado una nueva dirección. Era como si un alud lo hubiera arrastrado hacia territorios desconocidos. Atropellado por la desdicha, supo que, de ahora en más, la selva era su enemigo y que sin saber a quién combatir, sólo le quedaba esperar, paciente, la hora de su muerte.

El odio sucedió al amor, la venganza al perdón y la selva guardará el secreto, porque está en su naturaleza sádica alimentarse del despojo de su destrucción.

lunes, 7 de marzo de 2011

ANTES DE QUE LLUEVA


Terry levantó el hocico, lo movió de izquierda a derecha, recomenzó el movimiento como si estuviera leyendo y llegó a la conclusión de que, en breve, llovería.
Tieso, con la cola caída y recta, parecía una bella estatua a la que la leve brisa le hamacaba los pelos del pecho. El setter olfateaba ese inconfundible olor a tierra mojada que reconocen quienes alguna vez han paseado por el campo. Enterró su hueso, dio varios rodeos al paraíso, hizo lo que el árbol esperaba de él, y displicente, se metió en la cucha con sus tiernos ojos mirando el sur.
Había mucho movimiento en la casa, cosa que tampoco le pasó desapercibida. Como todo cachorro era muy juguetón, pero había aprendido que si pretendía cómplices para sus correrías debería esperar.
La familia había decidido ir a la casita que tenían en la costa del río Coronda. Todos parecían hormigas en su camino al auto, cargados con cajas y bolsas.
Mimí estaba seria. En parte, le disgustaba estar dos días preparando los bártulos, desarmándolos nomás llegar para hacer el recorrido inverso apenas dos días después. La rutina, tan amiga suya, se quebraba el viernes y de cualquier detalle que faltara, ella sería la única responsable. ¿Por qué? Porque así era y había sido.
Ese fin de semana fueron con dos familias amigas, además del Terry que viajaba en la última camioneta de la caravana, parado, como vigilando que “su” auto estuviera más adelante.
Para llegar había que atravesar caminos arenosos coronados con eucaliptus altísimos, rodeados de frutillas, zapallos y enormes sandías que esperaban el sol del verano para madurar.
Una vez estacionados los coches, chicos y perro corrieron hacia la playa; los hombres se calzaron al hombro espineles, cañas, trasmallos y partieron en las canoas.
Las tres mujeres se encargaron de ordenar la pequeña mudanza y comenzaron a preparar el fuego. No creyeron que la pesca fuera fructífera, por lo que dejaron el asado sobre la mesa. Recogieron ciruelas y duraznos que guardaron en la heladera y se sentaron bajo el olivo mirando el río, hablando de hijos y finanzas, asuntos concretos, jamás de “bueyes perdidos”.
Después de comer, carne de vaca por supuesto, se repitió la escena con los elementos para pescar, sólo que esta vez se escucharon viriles voces prometiendo traer desde mojarritas hasta surubíes para la noche.
Bajo las estrellas, iluminados por cientos de luciérnagas y un coro de ranas que envidiarían los Niños cantores de Viena, jugaron a las cartas, se rieron y disfrutaron de un riquísimo guiso carrero. El río estaba crecido, tumultuoso, pero avaro.
De madrugada, un sol pálido, como pintado con el único lápiz amarillo que había, se asomaba entre algunas nubes rechonchitas, nada peligrosas.
Para esos hombres, americana fusión de Calabria y Euskadi, ya la pesca era una cuestión de honor, lo mismo daba que sirviera para la parrilla, cacerola o sartén. Y a la voz de “aura”, las islas del Paraná abrieron sus brazos.
Los chicos fueron a juntar frutillas en la quinta de atrás bajo la mirada del chacarero, que les indicaba cuáles recoger y cuáles no. Les enseñaba, inconsciente de ello, a ser pacientes.
Las mujeres cambiaron la sombra del olivo por la del higuerón, que no era el guapo’y porque no asfixiaba a nadie, simplemente lo llamaban así.
Mimí se aburría. Miró el cielo que ya tenía tonalidades grises y lilas. Bajó la vista al río y notó que comenzaba a encresparse. Las totoras se inclinaban obedeciendo al viento sur. Pensó en las canoas con inquietud creciente y se incorporó resuelta a ocupar su tiempo antes de que lloviera. Buscó en el galpón una caña de pescar y se dirigió, seguida por sus intrigadas amigas, hasta la orilla escarpada.
Nunca se había metido en el río, tampoco había visto un anzuelo a menos de medio metro, de la carnada apenas conocía el nombre y el olor a tripa podrida.
Haciendo arcadas, logró su objetivo y lanzó la tanza lo más lejos de la orilla que pudo.
Terry se acercó inquieto porque la tormenta se les venía encima. Detrás de él, los chicos gritando: ¡Mimí va a pescar! Ella era ahora la novedad. Había conseguido entretener y paliar la espera.
En el silencio, el oleaje se escuchaba tenebroso. Allá lejos, la otra orilla lucía relámpagos y cortinas de lluvia.
Sintió el tirón justo cuando dejó de ver la boyita roja. Se asustó, quiso levantar la caña pero no pudo. Otra sacudida la hizo trastabillar.
Entonces, esa platea que se mantenía callada y quieta, se puso en movimiento. En fila, tomándose de atrás por la cintura todos ayudaron para que no se cayera. Finalmente, el rey del río aterrizó boqueando y retorciéndose, aceptando su derrota.
Con el primer chaparrón llegaron los hombres cargando un par de bogas como consuelo, diciéndose felices que eran riquísimas a la parrilla.
Sin fotos que prueben el tamaño del dorado que pescó Mimí ni muestren las caras de ellos cuando lo vieron, tendrán que creer en mi palabra, porque el Paraná ha cambiado, ya no regala dorados por aquí y los protagonistas se fueron río abajo.



domingo, 6 de marzo de 2011

RECUERDOS DE BARRIO









Camino.
Una música conocida me lleva hasta el bar de Humberto y Defensa. El bandoneón deja oír los primeros acordes de un tango lastimero y sentido que va pintando con su “Tinta Roja” adoquines del pasado en el gris del ayer. Caen las notas empujando recuerdos de un tiempo que pasó.
Dos malevos se dan cita en la noche oscura, a uno lo llama la venganza, al otro el dolor de la mujer infiel. Los hombres se miran sin verse. No quieren saber el color de la piel de ese otro que oculta la inquietante dolencia de un cuerpo con tajaduras del pasado. El olvido faltó a la cita. Los ojos se encuentran desafiantes, seguros, midiendo distancia.
En instantes comenzará a mancharse de rojo el negro empedrado con la sangre del rencor y el odio contenido que persiste. El saco envuelve el brazo del amparo, aunque poco ha de servir cuando el cuchillo atraviese las entrañas en la noche fatal. Noche oscura sin luna. Casi no se ven los malevos, pero se presienten. Los pasos medidos los acercan y los pegan cuerpo a cuerpo. Caen al mismo tiempo. No se conocían, ahora los acerca el fin. Saben que son de buena tinta cuando las notas de aquel tango inconcluso les trae en el instante final, el recuerdo de aquella que amaron hasta morir. Malena tiembla al ver los cuerpos inertes. Una última mirada y se va casi corriendo. Sobre sus espaldas pesa la culpa de un hombre no querido, y el dolor de un amor perdido. Amó a Julián. Lo conoció en un tugurio del Bajo Flores, era noche de carnaval.
Le había pedido a Pedro, su marido, que la llevara al festejo, él accedió de mala gana. Se perdía el partido de truco con amigos. Nunca salían juntos. No había pasado demasiado tiempo en el lugar de la fiesta cuando Pedro le dijo que se aburría. Le pidió dos horitas, el bar estaba a tres cuadras de allí y era seguro que todavía los amigos lo esperaban. Pasala bien, es toda gente conocida, vuelvo a buscarte, dijo y se fue. Malena se quedó sola apenas unos minutos, Julián se acercó para invitarla a bailar, se miraron a los ojos, él la tomó con fuerza de la cintura. Un tango de dos por cuatro y el abrazo sensual hicieron el resto. Se amaron. Pedro los vio juntos un domingo en el que volvía a su casa dos horas antes de lo previsto. Juró matarlo. Juramento que cumplió y pagó con su vida.

Camino.
Balcarce, y la vieja casa que me vio nacer. El almacén de Don Taquito, nos peleábamos por ir a comprar porque sabíamos que venía “la yapa”. Me gustaba ver como envolvía los fideos dándole forma de empanada al papel. Dice mi mamá que me lo anote Don Taquito. Mamá siempre con la libreta, claro si no tenía un peso partido al medio.
Mi barrio huele a magnolias, el árbol florido de la escuela perfuma el aire. El olfato pide más y se lo guarda. Tal vez porque al cruzar la calle empedrada, espera en su casa de la vieja iglesia San Pedro Telmo, el Cristo Redentor. Allí la ofrenda de la blanca magnolia y su perfume llenan de luz el espíritu. Una larga alfombra roja me lleva hasta el altar sagrado, el mismo que conserva a través del tiempo la emoción en el recuerdo del vestido blanco y un sí quiero para toda la vida.
Camino.
San Telmo, barrio de taitas y matones, ya no quedan. Sí, algunos conventillos con chapa en la puerta “Aquí vivió…” Sí el parque, ahora lleno de artesanos sin permiso.
¿Te acordás papá?...tardes de domingo de calesita, museo y juegos que disfrutábamos con vos.
Eras todo nuestro. Te extraño. Más tarde el progreso te pasó por encima y la autopista te partió al medio. Sí quedan también los recuerdos sin tiempo y algún poema afligido para sentirte cerca.


Barrio, mi barrio San Telmo
Aquel que huele a nostalgia
Y un bandoneón que hipa lento
La melodía de un tango
Barrio, mi barrio San Telmo
Calle de esquina empedrada
Del café en la madrugada
De manos entrelazadas
Barrio, mi barrio San Telmo
Te extraño.
Amurado a mi destino
San Telmo
Hoy me hacés falta.


Iris Faba.

viernes, 4 de marzo de 2011

FELISBERTO ANDA POR AHÍ




Felisberto anda por ahí, no sé bien dónde se oculta pero está. No hace falta que lo vea, lo intuyo, lo huelo, lo presiento.

Debe ser tímido, nunca ha consentido un encuentro frontal pero me ronda, vigila mis pasos, controla mis anhelos. Por momentos lo adivino a mis espaldas, como un ángel o un asesino misterioso otras veces me atisba desde la tela de araña que adorna aquel rincón.

Hemos alcanzado un mudo acuerdo: él se esconde y yo no lo busco pero aprendí a oler en el aire sus huellas invisibles y eso me apacigua; aunque esté sola con mi alma sola, Felisberto anda por ahí. Algunas veces se enreda en mi sombra o es su sombra la que se esquina en el vano de la puerta. Lo descubrí en la mancha de humedad que flota sobre el techo del living, apenas le veo el perfil y su cabellera enrulada se mece con la brisa. También lo delatan el olor del chocolate -que lo aventaja como un pregón- o el canto de algún grillo perdido en pleno invierno.

Felisberto es y no es, no puedo abrazarlo ni acariciar su piel pero me ayuda a elegir las naranjas más dulces, hace que los fósforos no se apaguen hasta que el horno haya encendido, sopla sinónimos en mi oreja, siempre tengo monedas para el colectivo y jamás he vuelto a destaparme por las noches. Las plantas del balcón crecen fuertes aunque me olvide de regarlas y cuando sopla el viento sur es Felisberto quien sostiene las maderas y evita el ruidoso entrechocar de la persiana que antes aseguraba mi pasaporte al insomnio.

Le dejo regalos que él nunca acepta: un bombón de café, una copa de vino, un cascabel y hasta una bufanda roja y blanca tejida con mis propias manos.

Se quedará en casa, lo sé, porque ambos nos necesitamos para ser. Tal vez por eso ya no me preocupa la soledad pues aunque no pueda verlo, Felisberto anda por ahí.

SAFE CREATIVE Código: 1104078917631

jueves, 3 de marzo de 2011

ROMPECABEZAS

-Se le ocurrió una tarde viendo la televisión: lejanas imágenes de hambrunas y desastres, moscas acechadoras y topografías en las que cualquier agujero es un tumba y cualquier pedrusco una almohada. Para entonces, ya hacía tiempo que a Elisa se le había roto el cerebro.
No es que ella fuese consciente de la catástrofe errática de sus neuronas; muy al contrario, Elisa nunca se había sentido tan feliz como ahora, en esta gozosa actualidad donde volvía a ser una niña y su madre estaba siempre a su lado y los cojines, que antes sólo eran cojines, se habían convertido en sus muñecas favoritas. Elisa era dichosa así pero a veces, sin saber cómo ni por qué, se sorprendía sentada frente al televisor y su mente fragmentada se llenaba de imágenes que una extraña lógica recomponía después en una sola, como un puzzle mágico, o como si un ilusionista arrojase al tuntún un mazo de naipes y cayeran todos sobre una mesa perfectamente organizados.
Aquella tarde los añicos de su mente registraron hambre y desastres, moscas acechadoras, tumbas y yacijas improvisadas, y el caos original se ordenó siguiendo un enigmático código de líneas y formas que Elisa interpretó al instante, como si estuviese escrito en la más clara caligrafía. Y supo qué tenía que hacer. Y su madre y su colección de muñecas sonrieron mostrando acuerdo y complicidad.

A veces, un hilillo de baba se le escurre por la comisura de los labios pero no es por causa de su maltrecha cabeza sino por el esfuerzo y la atención. Elisa no se explica cómo le cuesta tanto doblar el papel e ir formando poco a poco, pliegue a pliegue, palomas y otras aves cuyos nombres desconoce pero que, está convencida, deben de estar muy ricas asadas, con esos muslitos que trata que sean lo más gruesos posible y esas pechugas tan tiernas…Hay una torpeza en sus manos que no se compagina con su íntima juventud. Hay momentos, incluso, en los que le parece ver en sus manos aquéllas de su abuela que tan bien conoce y que ni siquiera necesita recordar porque su abuela también suele visitarla a menudo. Su abuela es otra cómplice en la ocurrencia de los pájaros y también ríe y aplaude como Elisa, como su madre y la colección de muñecas cuando Elisa abre la ventana y lanza al viento sus aves de papel... ¡Y cómo vuelan, y qué rápidas se elevan y se estiran en el aire- la celulosa ya hecha carne y plumas- y desaparecen entre las nubes y las puntiagudas copas de los chopos! Ni una sola cae en el jardín. Todas van directas a su destino, a convertirse en alimento de esas gentes acechadas por moscas, que mueren en agujeros y reposan sus sueños sobre pedruscos.
¡Más papel –piensa Elisa-, necesitamos más papel! Y su madre asiente, y su abuela le guiña un ojo y las muñecas se ahuecan los vestidos y bailan a su alrededor con sus diminutos zapatos de charol.

Un crepúsculo arrebolado avanza desde más allá del jardín, traspasando el horizonte de vallas y árboles, tiñendo de vino la geometría de la casa, la mesa y las sillas de forja: tres, ocupadas; una, vacía.
Carlos muestra su preocupación en el gesto de pinzarse la nariz con el índice y el pulgar, como si quisiese exorcizar una inminente jaqueca. Dice en voz alta:
“No podemos seguir así. Es imposible controlarla y tampoco sabemos qué consecuencias puede tener esa manía que le ha entrado a tu madre de comer papel.”
Su mujer, Lidia, levanta la mirada y replica con convicción:
“¡Pero yo no la visto nunca comer papel!”
Carlos esboza una media sonrisa y cuando responde su voz ha bajado un par de tonos:
“Ni yo tampoco, pero no cabe otra explicación. No sería la primera vieja demente que se come lo primero que cae en sus manos. La realidad es que se lleva papel a su cuarto y el papel desaparece: servilletas, diarios… ¡hasta rollos del baño!”
“¡Y mi libro de Geografía! –Exclama una voz quinceañera desde la tercera silla-. Mamá, seguro que fue la abuela quien se lo llevó.”
A Lidia los papeles de madre, esposa e hija se le arremolinan dentro de su cabeza en un huracán de obligaciones y devociones incontrolable. Las palabras “vieja demente” pronunciadas por Carlos se precipitan desde el vórtice y hieren su conciencia con sus afilados bordes. Palabras de sílex: “vieja demente”…
Carlos sigue hablando, casi musitando:
“¿Ves? hasta los libros de tu hijo, de su nieto. Tu madre ya no es tu madre, convéncete. Es menos que ese pájaro que revolotea sobre la buganvilla. Míralo: ese pájaro tiene un rumbo, un propósito, un instinto. Tu madre, a diferencia de ese pájaro, ya no es nada, ya no es nadie.”
Lidia, que estaba mirando en la misma dirección que su marido se asombra en voz baja por el error de éste:
“No hay ningún pájaro en la buganvilla, Carlos…”

Y, sin embargo, pareciera como si, de improviso, una rara brisa se hubiese levantado sobre los chopos. Hay una agitación en el aire, un conjunto de aleteos que no se corresponde con nada visible.
Arriba, en la casa, la ventana de la abuela Elisa está abierta…


Celia,