Existe una probabilidad, digamos entre diez, de que la acción llegue a buen término. Depende de muchos factores, el estado de ánimo por ejemplo; si la persona esta relajada, optimista, juguetona, se trata de un estado receptivo y las posibilidades de éxito aumentan. Otra cosa es que te encuentren atractivo: si tu imagen provoca comezón en las tripas, sonrisas nerviosas, brillo en la mirada, pues ya tienes una buena pista para aterrizar. Aspectos favorables lo constituyen también: la ausencia de novio, amigo u otra figura masculina acompañante; un evocador trasfondo musical (tipo Coldplay); un atardecer al estilo isla Santorini; o un tapete de flores de guayacán amarillo cubriendo el suelo, de preferencia con pétalos mecidos suavemente por el viento...
En esta ocasión no tengo nada a mi favor. Llueve a cántaros, ella parece enfadada por haberse mojado el cabello, un jayán de dos metros le ronda como un chacal a su presa y, en lugar de la música, los zumbidos de una ciudad atestada atoran los oídos. La he visto sólo un par de veces y hace una semana cruzamos unas pocas palabras, las suficientes para que su sonrisa se adhiriera a mi mente como un chicle a la suela del zapato. Ahora la veo con su húmedo malhumor resbalando por su cara y se me ocurre que me gustaría probar un chicle para endulzarme la boca. Solo para poder volver a ver brillar esa sonrisa me acerco para besarla. Tengo una oportunidad contra 10 de que no me partan la cara, o de que no me den una buena cachetada y me manden a la mierda, pero bien vale la pena el riesgo de un beso robado cuando el botín puede llegar a ser la misma felicidad.
Así que, allá voy...
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viernes, 8 de abril de 2011
martes, 8 de marzo de 2011
EL SEÑOR ANDRADE
Tal vez porque era calvo, tal vez porque era feo, tal vez porque era viejo, tal vez porque era grande, tal vez porque siempre parecía enojado, tal vez porque vivía solo o tal vez por todo eso junto, los chicos de la pandilla creíamos que el Señor Andrade era un ogro de esos de las fábulas, pero de verdad.
Sólo lo veíamos cuando salía al balcón; miraba pa´ lejos, a la nada, y se quedaba como pensando, quieto, inmutable. Pasaba unos minutos así y luego entraba, tal como salió, como un espectro penante. Los de la pandilla solíamos jugar al futbolín en la misma acera al frente de su casa de dos plantas y a veces, cuando salía al balcón, alguno que levantaba la vista para dar un cabezazo, lo encontraba y se le quedaba viendo; al momento los demás lo imitábamos y era cuando el partido se interrumpía a la espera que el ogro saltara sobre nosotros; pero el Señor Andrade nunca saltó del balcón, ni siquiera nos dirigió una mirada. Miraba hacia arriba, hacia las montañas, como buscando brujas volando en escobas o quién sabe qué.
El "Piquiña" decía que el hombre sólo salía de casa en la noche para cazar gatos y beberse la sangre de los borrachines que quedaban por ahí mal parqueados los fines de semana. Eso decía él y los demás le creían; menos yo, porque qué le iba a creer a un crío que a los nueve años todavía se tiraba pedos y se comía los mocos; aparte que su mamá no le dejaba salir por la noche, luego, ¿qué podría saber él de nada? En cambio yo creía, pero no se lo decía a los demás porque no me gustaba ser chismoso, que el Señor Andrade era un zombi; lo sabía por las ojeras púrpuras, por su caminar cansino y porque parecía estar mirando siempre para adentro de sí, como los ciegos.
Si le temíamos era por lo que nos imaginábamos de él, aunque en el fondo veíamos a ese monstruo vecino como a un león en su jaula, peligroso, pero inofensivo detrás de los barrotes. Para nosotros terminó siendo una especie de atracción de feria, un personaje de telefilme de horror serie "B" sin ningún alcance más allá de esa pantalla en que se convertía su balcón. Por eso, cuando me lo encontré en la tienda, fuera de su entorno natural, supe por primera vez cómo era helárseme la sangre en las venas.
Como todas las tardes, mi mamá me mandó a comprar el pan a la tienda de la esquina. Ya tenía la bolsa llena de medias lunas, molletes y pan de yucas cuando me detuve a ojear el último número del Asombroso Hombre Araña que se exhibía en una de las estanterías. Sabía que tenía poco tiempo, ya que si me demoraba mucho con la revista en la mano el gruñón de don Eugenio, el tendero, me regañaría con el consabido: "!que esto no es la biblioteca, niño!, si no la vas a comprar no la manosees, que se gasta". ¡Viejo pendejo el don Eugenio!¡A mal que me caía! Así que rápidamente pase las hojas y me enteré al vuelo del desenlace de la lucha entre el Hombre Araña y el Armatoste. Justo cuando don Eugenio me empezaba a mirar feo dejé la revista en su lugar apresuradamente; cuando di un paso atrás para retirarme fue cuando choque con él. Sentí tropezarme con una pared; cuando me giré y reconocí su rostro encaramado allá arriba a dos metros de altura, se me cortó la respiración y quedé congelado del miedo, ¡la bestia había salido de su casa!, ¡el zombi quería cerebros frescos y el mío era el primero de su jornada! Sin mediar palabra, el Señor Andrade tomo la revista del Hombre Araña, me miró arqueando las cejas y dijo: "¿La quieres?". Imagino que respondí que sí, porque el señor Andrade se dirigió al tendero y le dijo: "Cárgueme ésta también a la cuenta". "Claro Señor Andrade, a su servicio", respondió don Eugenio.
En ese instante supe no sólo que el Señor Andrade se llamaba Señor Andrade -porque hasta entonces ni a mi ni a los otros de la pandilla nos había interesado conocer su nombre-, sino también que no era ningún zombi; los muertos vivientes no compran huevos y frutas en las tiendas, ni le regalan revistas de historietas a los niños, ni mucho menos se despiden con una sonrisa.
Por supuesto, nada de esto les conté a los de la pandilla; yo no soy chismoso y pa´ qué, con lo latosos que eran, al pobre Señor Andrade le convenía mantenerlos más lejos que cerca.
Sólo lo veíamos cuando salía al balcón; miraba pa´ lejos, a la nada, y se quedaba como pensando, quieto, inmutable. Pasaba unos minutos así y luego entraba, tal como salió, como un espectro penante. Los de la pandilla solíamos jugar al futbolín en la misma acera al frente de su casa de dos plantas y a veces, cuando salía al balcón, alguno que levantaba la vista para dar un cabezazo, lo encontraba y se le quedaba viendo; al momento los demás lo imitábamos y era cuando el partido se interrumpía a la espera que el ogro saltara sobre nosotros; pero el Señor Andrade nunca saltó del balcón, ni siquiera nos dirigió una mirada. Miraba hacia arriba, hacia las montañas, como buscando brujas volando en escobas o quién sabe qué.
El "Piquiña" decía que el hombre sólo salía de casa en la noche para cazar gatos y beberse la sangre de los borrachines que quedaban por ahí mal parqueados los fines de semana. Eso decía él y los demás le creían; menos yo, porque qué le iba a creer a un crío que a los nueve años todavía se tiraba pedos y se comía los mocos; aparte que su mamá no le dejaba salir por la noche, luego, ¿qué podría saber él de nada? En cambio yo creía, pero no se lo decía a los demás porque no me gustaba ser chismoso, que el Señor Andrade era un zombi; lo sabía por las ojeras púrpuras, por su caminar cansino y porque parecía estar mirando siempre para adentro de sí, como los ciegos.
Si le temíamos era por lo que nos imaginábamos de él, aunque en el fondo veíamos a ese monstruo vecino como a un león en su jaula, peligroso, pero inofensivo detrás de los barrotes. Para nosotros terminó siendo una especie de atracción de feria, un personaje de telefilme de horror serie "B" sin ningún alcance más allá de esa pantalla en que se convertía su balcón. Por eso, cuando me lo encontré en la tienda, fuera de su entorno natural, supe por primera vez cómo era helárseme la sangre en las venas.
Como todas las tardes, mi mamá me mandó a comprar el pan a la tienda de la esquina. Ya tenía la bolsa llena de medias lunas, molletes y pan de yucas cuando me detuve a ojear el último número del Asombroso Hombre Araña que se exhibía en una de las estanterías. Sabía que tenía poco tiempo, ya que si me demoraba mucho con la revista en la mano el gruñón de don Eugenio, el tendero, me regañaría con el consabido: "!que esto no es la biblioteca, niño!, si no la vas a comprar no la manosees, que se gasta". ¡Viejo pendejo el don Eugenio!¡A mal que me caía! Así que rápidamente pase las hojas y me enteré al vuelo del desenlace de la lucha entre el Hombre Araña y el Armatoste. Justo cuando don Eugenio me empezaba a mirar feo dejé la revista en su lugar apresuradamente; cuando di un paso atrás para retirarme fue cuando choque con él. Sentí tropezarme con una pared; cuando me giré y reconocí su rostro encaramado allá arriba a dos metros de altura, se me cortó la respiración y quedé congelado del miedo, ¡la bestia había salido de su casa!, ¡el zombi quería cerebros frescos y el mío era el primero de su jornada! Sin mediar palabra, el Señor Andrade tomo la revista del Hombre Araña, me miró arqueando las cejas y dijo: "¿La quieres?". Imagino que respondí que sí, porque el señor Andrade se dirigió al tendero y le dijo: "Cárgueme ésta también a la cuenta". "Claro Señor Andrade, a su servicio", respondió don Eugenio.
En ese instante supe no sólo que el Señor Andrade se llamaba Señor Andrade -porque hasta entonces ni a mi ni a los otros de la pandilla nos había interesado conocer su nombre-, sino también que no era ningún zombi; los muertos vivientes no compran huevos y frutas en las tiendas, ni le regalan revistas de historietas a los niños, ni mucho menos se despiden con una sonrisa.
Por supuesto, nada de esto les conté a los de la pandilla; yo no soy chismoso y pa´ qué, con lo latosos que eran, al pobre Señor Andrade le convenía mantenerlos más lejos que cerca.
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