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sábado, 27 de agosto de 2011

LOS MENDIGOS




Los mendigos
Alejandro Luque

Eplaneta había cambiado profundamente. Las especulaciones en las bolsas del mundo habían logrado enriquecer a unos pocos sin hacer nada, pero al fin el débito pudo con todos: tanta deuda se había creado para satisfacer el ansia de tener, de poseer, de más y más, que el mismo sistema terminó dando una convulsión y se cayó, sin penas ni gloria. Todos pensamos entonces que el tan mentado fin del mundo había llegado, sobre todo porque el último estertor del sistema económico global aconteció a fines de 2012, cuando las reservas en oro de los estados más poderosos anunciaron su colapso y su incapacidad de hacer frente a tanto dinero inexistente.

Y dejamos de consumir. Las industrias y los grandes transportes cayeron como castillos de cartas. El hambre nos tocó a todos y ahí nos dimos cuenta del horror que habían sufrido aquellos desheredados de África que se morían como moscas en campos de refugiados. Al mismo tiempo desapareció la novedad inmediata, el capricho de las noticias en tiempo real que supo desinformarnos durante décadas. Los políticos y gerentes de las soberanías se esfumaron en el silencio, y todos supimos entonces que nunca estuvieron preparados para la adversidad de sus posiciones. El poco petróleo que quedaba en las tripas del planeta descansaba finalmente en paz a falta de combustible y operarios, y el hombre lobo que todos esperábamos (ése que nos habían convencido las incontables series norteamericanas de anticipación que habría de surgir) nunca se manifestó. Unos menos mal que otros, todos estábamos expectantes de que algo pasara, como siempre.

Pero nada pasó, excepto que el hambre y la necesidad nos azotaron como un mazazo en nuestras cabezas. Con el paso de las semanas y los meses intentamos organizarnos sobre las bases conocidas, pero a cada organización sobrevenía de forma ineluctable el fracaso. Nuestras diferencias y capacidades de aceptación se hicieron cada vez más infranqueables. De hecho, y diría que como único acuerdo posible, cada vez que algún líder se manifestaba una horda de arengados espontáneos se encargaba de eliminarlo, de enrazarlo. Las familias se separaban ya no por falta de sentimientos sino por necesidad de sobrevivir. Y esa supervivencia no respetaba ni religiones ni morales heredadas. En poco tiempo comenzamos a darnos cuenta de que la trillada idea de juntos somos más fuertes era una excusa más de quienes pretenden controlarnos para contenernos en la adversidad que se retroalimenta. Abandonamos los dioses justicieros y prometedores que mucho tenían que ver con la hecatombe. Dejamos de creer en promesas que no tuvieran una factura inmediata. De hecho, dejamos de creer en el futuro porque nos dimos cuenta de que no existía.

El tiempo del reloj también nos había abandonado. Todo se convirtió en día y noche, frío o calor, sequedad o lluvias. Y no es que no hiciéramos nada; al contrario, ese tiempo de horas y minutos que tanto solíamos contar y que ya no existía se había convertido en espacio y energía que debíamos saber aprovechar de forma vital. Si era tarde para muchas cosas, la tardanza y la espera dejaron de tener sentido. Las inmediateces que tanto nos habían dividido y diversificado, por las que habíamos perdido nuestras almas, dejaron lugar a los intervalos de posibilidad sin obstáculos. No obstante tuvimos que reaprender el valor del tiempo real, fuimos obligados a escuchar los relojes internos y a leer las agujas de la naturaleza que nos resultó más que nunca extraña e incomprensible… pero también intransigente. Si bien se nos había acabado la vieja necedad, tuvimos que aprender a someternos a las leyes del tiempo que no le pertenecen a nadie.     

Dejamos de leer porque a la luz había que utilizarla para subsistir, y en la oscuridad que nos abrigaba descansábamos. Abandonamos el romanticismo por praxis y nos volvimos lo que siempre fuimos en el fondo: solitarios que comparten por un instante sus soledades para seguir el camino. Volvimos a estirar el cuello para asombrarnos de las estrellas, pero esta vez no les adjudicamos nombres ni formas que las unieran. Tampoco dejamos que otra abstracción les quitara sus realidades incomprensibles. Dejamos que nos llovieran y arreciaran todas las inclemencias del planeta, y nos permitimos que el aliento de progresar nos abandonara. No volvimos a enterrar a nuestros muertos porque aprendimos que sus cuerpos no nos pertenecían; de hecho, dejaron de ser nuestros.

Nos volvimos muy austeros con la palabra. No hacía falta comentar lo que veíamos del otro y lo otro frente a nuestros ojos. Sin volvernos las bestias que seguramente éramos en el fondo, nos permitíamos el roce, la caricia simple, el hombro desnudo, y la piel así de simple. El abuso, como idea y concepto, desaparecieron. También las falsas diferencias que siempre pretendieron enmarcar nuestros géneros. Estábamos todos solos por igual. Estábamos todos abandonados por igual. Nos habíamos abandonado hacía mucho tiempo con mentiras y justificaciones. Habíamos perdido mucho el tiempo que hubiese posibilitado reunirnos e igualarnos. Pero ya era tarde para volver atrás.

Aprendimos a cazar y a cosechar para alimentarnos. La naturaleza cobró para nosotros un respeto que habíamos perdido y huimos de las corazas que supimos prodigarle. Nos convertimos en presa y predador en términos iguales y logramos un equilibrio impensado tiempo atrás. Perdimos nuestros egos como se pierden los dientes de leche: uno a uno e inexorablemente. Abandonamos esa pretensión de domar el fuego y nos sometimos a la voluntad de los elementos.

En realidad, cuando lo pienso en función de la vida que llevábamos antes, nos veo como mendigos, seres humanos sin techo y sin futuro, sin asistencia y sin poder contar con nadie, esparcidos en los nichos que quedaron y avasallados por una realidad que nos sobrepasa. Hay entre nosotros aquellos que se recuestan en un rincón y allí se quedan. Hay otros que no dejan de errar como fantasmas por los mismos lugares. Hay muchos que desaparecen sin que nadie sepa cómo o por qué, y hay resto que subsiste a su manera.

Y aquí y ahora estoy yo, revolviendo desesperado algo así como un tacho de basura, un agujero olvidado. Un espacio de cemento que hace tiempo el rigor salvaje de las hiedras y los eucaliptos comenzara a desgranar. Un símbolo del olvido inexorable que huele a papel y a tinta y que me recuerda lo mejor de otra época, lo mejor de mí, lo mejor que ha perdido el hombre: la lectura.  

OBLIVION

"Obelisco at nigh" foto de Frans Swaalf

oblivion
Alejandro luque


tránsito mental de buenos aires hora cero y humedad cien por ciento
cuando los semáforos en la aturdidora cabezaciudad funcionan tan al pedo correctamente
que uno tiene la sensación de estar en la ciudadcabeza ideal

el ruido fií­zzzzzz de los neumáticos sobre el asfalto
satinados por los slaloms surrealistas entre los baches

pararse en una esquina y observar cómo algún perdido
vaya uno a saber con qué destino e intención
toma la próxima a la derecha y pone el guiño
después de haber girado

su ruta y nada importa

levantar la cabeza y desconocer las constelaciones
a través de los destellos desdibujados por la lluvia
esa sensación de estar presenciando
tal vez
la gran escena de la vida con la sola certeza de saberse empapado

ser tan poca cosa en medio de cualquier metrópolis y
sin embargo
osar hacerse la pelí­cula en la que uno es el único protagonista
y aún así­ disfrutarse como si fuera un logro trascendental

lastima bandoneón mi corazón

pero aquí­ se está, empapado de buenos aires y de ausencia
y eso es mucho
es la herida abierta
un desangrarse maravilloso

por eso se le cae a uno una pajera lágrima en la mejilla
que se mezcla con el chorro que tributa desde la frente

y en ese momento
el tipo se da cuenta de que existe un atlántico inexorable
entre su necesidad de estar sobre una nueve de julio y su diagonal
y su realidad de oblivion en una avenida encharcada de nombre impronunciable


sábado, 9 de julio de 2011

LA CHANCE

La chance (con Osvaldo)

En la madrugada de un bar perdido, alguien le había hablado de lo mágico que era el programa, pero también le había advertido de su peligro. El hombre, de quien no recordaba un sólo rasgo, le ofreció una caja que contenía un DVD sin etiqueta y un par de lentes oscuros. Luego ya no lo volvió a ver.

Salió a los tumbos del bar con la ayuda de su mejor amigo que había acudido a buscarlo luego de recibir un confuso mensaje de texto que delataba su estado. Cuando se despertó bien tarde al otro día, se encontró retorcido en el sofá del living de su casa. Todo estaba desordenado a su alrededor y el aire –que olía a una mezcla de tabaco y abandono– infestado de moscas de tamaños diversos. Con esfuerzo se incorporó pero perdió el equilibrio. La cabeza le daba vueltas al ritmo del martillo que la azotaba y sentía en la boca el sabor rancio de un hígado que abandonó la lucha. Con esfuerzo se arrastró hasta la mesa. Se incorporó ayudándose con una de las sillas y al lado de varios platos sucios pudo leer las líneas que le había dejado su amigo. Pablo, no podés seguir así y yo no puedo despertarme y salir corriendo a buscarte cada madrugada. Necesitás ayuda para salir de esta espiral demencial. Nada volverá a ser como antes, lo sabés, nada puede cambiar lo definitivo ni para vos ni para mí. Pero llamá a este número ya, que ellos sí podrán darte la mano que necesitás. Un abrazo, querido, Julián. Con un gesto impávido espantó una mosca que libaba frenética el acento de la última palabra. Aferrándose de las paredes logró llegar al baño. Casi desnudo se dejo masajear por una ducha tibia durante una eternidad.

Se sintió despejado, infinitamente cansado pero renovado. Se quitó el calzoncillo y las medias empapados, hizo un bollo y lo tiró en un rincón. Cuando volvió a entrar al living lo abofeteó el silencio, esa ausencia que le laceraba el corazón como un bisturí en las manos de un inconsciente. Así lo volvió a embargar esa desesperación cegadora. Revolvió todo el departamento hasta encontrar debajo de un almohadón la botella de whisky que había abierto la noche anterior. Se la empinó como si fuera una gaseosa y al bajar la vista vio la caja. La abrió, sacó los lentes y apareció un cable con una ficha de entrada al ordenador en el extremo. Fue hasta su PC y lo desenterró del cúmulo de facturas impagas, resúmenes de internación y ropa sucia. Se sentó, encendió el aparato y conectó el cable de los lentes. Se negó a ver el fondo de pantalla hasta que el escritorio se atiborró de carpetas e íconos y volvió a beber. Insertó el DVD en el lector y obedeció la consigna del mensaje que apareció en la pantalla:

Póngase los lentes y pulse la tecla enter.

Una sensación como la de estar bajo una lluvia de partículas de plomo se expandió desde sus sienes al resto del cuerpo. Enseguida apareció en su campo de visión el planeta tierra, celeste y flotando en una inmensidad oscura. En ese momento se dio cuenta de que su cuerpo ya no estaba en su departamento sino en el espacio. Percibió como si una especie de dedo muy fino hurgara en su cerebro y comenzó a descender sumido en un vértigo que jamás había vivido. Vio la capa luminosa de la atmósfera hacerse cada vez grande, penetró los primeros estratos sin quemarse y atravesó las nubes como si fueran un banco de neblina. Sus ojos vieron cómo se acercaba la región en la que vivía, la ciudad, el barrio de Julián, su propia figura acercándose a los tumbos al coche.

Manoteo las llaves en el bolsillo, las saco y se me resbalan de los dedos. Me  niego a escuchar lo que dice el exagerado de Julián, me agacho y las recojo, no sin antes darme la cabeza contra la puerta. No pasa nada, exclamo mientras me incorporo, está todo bajo control, es este llavero de morondanga que siempre hace lo que quiere. Subí, mi amor, que en media hora estamos en casa. Pablo, me dice ella, a mi me parece que. Pero no la dejo terminar la trillada frase. Entonces aparece el pesado de Julián que me vuelve a repetir eso de que no estoy en condiciones de conducir y que le de las llaves. Y yo lo mando al diablo, porque me harta con sus niní-naná niní-nanú. A parte, cómo se le ocurre pedirme las llaves de mi coche, como si yo no supiera hasta dónde puedo y hasta dónde no. Dale, Ceci, subí que nos vamos. Pero el estúpido de Julián me arrebata las llaves y me dice que me las devuelve si entramos a su casa y tomamos el café que ya habría preparado su mujer. Un café y después se van, Pablo. Pero por el tono entrecortado de su voz, por la expresión con la que me mira y mira a Ceci como si yo fuera una legión que me precede, por sus ojos comprendo que me miente. Entonces me pongo como una fiera y ya me lanzo sobre él para recuperar las llaves. Empiezo a recordar lo que pasará después, la curva, el árbol, la sangre, los pedazos de mi familia desparramados en la banquina y yo con heridas leves. Es como una descarga eléctrica que atraviesa de hito a hito mi cuerpo y que me obliga a girar la cabeza para encontrarme con la mirada de Cecilia que contiene a la nena aferrándose a un presente que depende sólo de mí. Entonces miro mi puño a punto de descargarse sobre el rostro de Julián que me observa con terror, y me dejo caer a un lado, rendido y borracho. Julián se levanta, se sacude la ropa y se mete las llaves del coche en el bolsillo. Ayuda a que me incorpore y me conduce al interior de su casa. Ceci con la nena en los brazos aún dormida agradece sin decir una palabra y la recuesta en el sofá.

Está tomando de a sorbos y en silencio el café. Nadie habla. Siente el cosquilleo que lo vuelve a atravesar y un mensaje aparece en su campo de visión:

¿Desea continuar o desconectarse del programa?
Atención, su decisión será irrevocable y definitiva,
y afectará el sentido de todas las cosas.

Continuar, responde. Continuar, repite. Continuar, implora.    

jueves, 7 de julio de 2011

VIDA

Vida (con Osvaldo)

Me estoy muriendo. Lo sé a medias porque el oncólogo les había aconsejado a los míos que no me lo dijeran, pero con el tiempo todo se hizo silenciosamente evidente: el cuerpo y la cabeza escapándose de mis manos y cada convulsión que me enterró más y más en ese aislamiento que consuela la infantil esperanza de los futuros deudos.

Durante el lapso indefinible de algunos sopores saturados de una morfina de calidad reprochable, logré sentirme una especie de buzo sin escafandra, sin snorkel, sin piel de neoprene, fondeando lo que me quedaba de humanidad. En realidad vagaba en mis profundidades como uno de aquellos surubíes que había probado en Misiones con aquella mujer. ¿Cómo se llamaba? ¡Tamadre! Sí, la francesa con aquellas tetas alucinantes. ¡Esa! Qué linda Misiones y las cataratas, y qué bueno el surubí. Sentía el gusto dulzón de la carne generosa en la boca adormecida y pastosa. ¿Silvie? No puede ser porque ya cría nietos con otro. ¿Silvie?

No hay caso. Intento ser conciente de esta atrocidad que es la muerte inminente, pero no logro asirme a nada. Es como si la morfina inexorable me quitara la posibilidad de vivir mi propia muerte. El médico de turno acaba de pasar y algo le dijo a… algo dijo y la sombra que está mi lado se agitó y se acercó. Sentí sobre el brazo la humedad de las lágrimas. Pero ¿quién es? ¿Silvie?

Estoy tan cansada que todo se me confunde. El dolor aparece y todo desaparece cuando viene la enfermera y me pincha. Hay días en los que logro abrir los ojos para percibir la ventana a unos metros. Me asombra el cambio de luz, pero ni bien quiero ponerme a pensar en eso, siento el gusto a manzanas en la boca y me atacan los recuerdos agitados como una bandada de pájaros que no se decide a partir. Silvie tengo sed.

Fue en San Luis con ese tipo, ¿Julián?... No Julio… No, no, Juan… bueno, no sé, con él fue que vimos la migración de mirlos. Casi que los estoy viendo, un verdadero enjambre que se arremolinaba en el cielo, hacia el este, hacia el oeste, todos a las árboles, para volver a catapultarse al azul profundo y perderse en el norte.

Sí, era Silvie con esa piel de orca que tanto me excitaba. ¿Y porqué llora? Silvie, Silvie, por favor. Ahí viene la enfermera (¿o es el doctor?) y ya siento que Silvie no es ella. Y cuando el terror de desaparecer vuelve me aferro a aquella calesita en Sierras Bayas. Saqué la sortija y me dieron un helado. Papá (¿o fue mamá?) frunció el seño, pero yo me sentí tan feliz.

Tan feliz… No llores Silvie. Yo te amo. No llores querida que aquí estoy, muriéndome. Mirá la ventana. Mirá los mirlos. Mirá cómo forman tu rostro tan lindo, y ahí bajan y te marcan esas tetas tan lindas que tenés. ¿Te acordás del pescado ese tan rico? No me acuerdo, esperá, la corvina. Que sí, la corvina dorada en Misiones. Que era tan rica, y el mozo que me miraba, pero a vos más que a mí.

¿Silvie? ¿Silvie? ¿Juan? GildaRenédian

Nada

DECONTEXTISMOS

No sé ustedes, pero yo siento que vivo en un mundo francamente de mierda. Atención que reconozco mis privilegios: hice una carrera (que con frecuencia pienso que fue al pedo), tengo un trabajo estable (privado… o sea…), puedo  visitar a mi familia en el tercer mundo casi una vez por año… ¡ah, sí! Porque vivo en el primer mundo. Y me las arreglo para escribir.  

El mundo de mierda (y disculpen el modo calle de este relato) me jode por muchas cosas. La primera, quizá la más mierdera, es el tema del individualismo, que yo se lo adjudico a la cultura norteamericana, en lo que “excelsan”. Basta encender la tele aquí, allá o en cualquier parte para ver el mismo triquitriqui: expertos científicos sin máculas que resuelven con una ciencia inexistente (y una moral que siempre deja duda) los casos patafísicos que esa misma sociedad crea; el juego de la justicia (que tanto adulan aquí y allá) y la frasesitasardóonica esa que todos conocemos “tiene derecho de guardar silencio, lo que diga puede ser utilizado en su contra”, que en realidad es “si tenés plata para pagar un abogado tenés una posibilidad”; y la irrealidad de la telerealidad que me parece increíble que enganche a la gente; y los finales ho-ren-dos de películas de las majors con buenos guiones que terminan en el beso, en el heroísmo, en el súper héroe que salva a la humanidad un 4 de julio, o cualquier otro día pero desde NYC o desde LA.

Bueno, reconozco que el planteo es bastante superficial. Habría que hablar de la plata y de los que la manejan. Pero soy científico y suelo relacionarme con los ídem del círculo. El mes pasado, en Viena, me encontré con un eximio doctor en física de fluidos que me decía en un perfecto francés: hace más de quince años que podríamos haber salido de la dependencia del automóvil a nafta, pero son los intereses de las grandes automotoras multinacionales los que hacen que los gobiernos se bajen los pantalones (obviamente traduzco mal) y no adjudiquen presupuesto a las investigaciones que buscan una manera de mover el auto con otras transformaciones energéticas. Y le pregunté, existe alguna forma de mover un auto sin usar los derivados de petróleo, y su respuesta fue contundente: sí, desde hace décadas, pero eso no conviene el lobby petrolero de los estados unidos. Estuve buscando en Internet, y ese tipo de información, como la contraria, siempre se encuentra. Pero, ¿la verdad? La verdad es eso que se consume.

Otra cosa que me jode de este mundo de mierda es el decontextismo. Es un nuevo síndrome no tan nuevo pero nuevamente utilizado a mansalva para fines individuales. El último ejemplo galo que vale la pena de mencionar es el de una joven candidata de color cuasi-oficialista que dijo textualmente –según uno de los pasquines que comercian con eso– a los empleados durante su visita a una fábrica a punto de cerrar, yo estoy aquí entre ustedes, a pesar del desinterés del gobierno. Demás está decir que la susodicha se vio obligada a dejar su puesto en el seno de ese gobierno desagraviado en menos de 24 horas. Lo que dijo la muchacha en un discurso de unos diez minutos fue que ella estaba allí, entre ellos, a pesar del desinterés del gobierno que algunos pretendían ensalzar, pero que el gesto hablaba por sí mismo. Se llama Rama Yade, una tipa brillante, y participó del gobierno de Sarkosy hasta ese evento, hace un año. 

En el mundo de las comunidades virtuales, el tema es básicamente el mismo. No voy a decir que sea una mundo virtual de mierda, porque si no me sepultan. Pero hay de una mierderismo y mierderos. Al menos es lo que percibo o sufro, salvo que yo sea también un mierdero –cosa que no me extrañaría. Por ejemplo: cuando en 2005 o 2006 se supo que Bucay plagiara casi un cuarto de su best seller copiando los escritos de una colega (M. Cavallé), la defenestraron a ella en todo espacio de divulgación posible. Hasta se pueden leer hoy en la red espacios en los que –pro Bucay– gente escribió testimonios en contra de la mujer, a niveles que llegan a la prostitución. Bucay, antes de declinar frente a la justicia su error, decontextuó (ya sé que no existe el verbo) cada una de las demandas de Cavallé. Por ejemplo, cuando Cavallé le citaba párrafos enteros de sus seminarios presenciados por cientos de personas pidiéndole explicaciones, él montaba notas o blogposts (era fuerte en eso de usufructuar la red) usando frases de la mujer sacadas de contexto. Si bien hoy ya hubo justicia y Jorge Bucay tuvo que pedir disculpas e indemnizar a Mónica Cavallé, toda una masa de lectores lo sigue leyendo y gasta plata en la esperanza de autosuperarse. Miente, miente, y algo quedará, dicen, dicen, y parece que pasa.

Tengo otros ejemplos, menos people (Bucay ya pertence a ese triste jet-set de la mediocridad) que me tocan. Yo escribo, muuuuucho menos que Bucay y decididamente muuuuuuuucho menos vendible. Pero me rozo con gente que escribe. He tenido la posibilidad de conocer enormes escritores que admiro. Y luego está la vida, el mundo de mierda, o esa cultura (que sigo pensando es herencia de los norteamericanos que se alimentan a pop-corns y que han hecho de este mundo… un mundo de mierda).

Entonces uno se encuentra releyendo una de sus frases en un contexto de discusión por opiniones distintas, frase que dice textualmente: no creo que hayas leído mi aporte; para verla transformada en una factura que una víctima utiliza para justificarse, más allá del recuerdo que esa frase tenía (y tiene) en una realidad fáctica simple y que no fue emitida con ningún tipo de demanda, salvo la que se pidiera después, que tampoco fue considerada. En el mismo decontexto aparece otra mención que califica a su creador de monstruo desconsiderado: No voy a adaptar mi texto a la nueva norma. La frase citada tiene un punto que agrega el citador, pero en la realidad del texto original hay una coma y una construcción que sigue y que modifica (y de eso se trata) la frase principal: porque francamente no tengo tiempo. Y más aún: uno se convierte en victimario (¿fascista? me pregunto) cuando se lee parcialmente en la frase que se cita ‘tiene que ser "claro, simple y sin mayores innovaciones"’. Sí, al leerlo parece una orden, un principio irrefutable. Pero la frase en su contexto señalaba que el espacio donde se leen y escriben textos literarios tiene que tener esas características.

El decontextismo tiene eso que a mí me recuerda que vivimos en un mundo de mierda donde el mierdero que tiene la oportunidad (porque también tiene la esencia) nos hace la vida más de mierda. Lo único que sé que puedo hacer para modificarlo es esto. Escribir. Aunque seguramente alguien, el mierdero o quien lo siga, se las ingeniará para sacar de contexto ciertas frases que aquí he escrito. Y eso que yo no estoy a la altura mierdera de Bucay ni en la mierda de profundo desconocimiento de Cavallé o enterrado en el merdum inquisicional de Yade… Pero qué mundo de mierda, mecagum!

lunes, 4 de julio de 2011

Daniel, intendencia

Hola Daniel,
No creo que hayas leído mi aporte, por eso te señalo que los últimos cambios que hiciste en la interfase del blog (asumo que fuiste vos) resultaron en que mi texto se llenara de líneas en blanco que no sólo no me gustan sino que quedan muy mal para lo que armé con bastante meticulosidad. Insisto con mi opinión en el tópico que ya te señalé hace unos días: este es un blog de cuentos, por lo que el espacio en el que sus autores los desarrollan y en el que se exhiben para la lectura de todo el mundo (o quien sea) tiene que ser "claro, simple y sin mayores innovaciones". No voy a adaptar mi texto a la nueva norma porque francamente no tengo tiempo, por lo que te agradecería que revieras las últimas modificaciones. Por supuesto que esto vale para Greis, si fue ella quien hizo los cambios.

un saludo y gracias por ocuparte(se),
Alejandro

sábado, 2 de julio de 2011

RAÍCES SUBTERRÁNEAS DE VC Y ALREDEDORES (I)


Primera entrega: Los archivos Recalde y Laterza (*)


“…También hay un hospital en Cosquín…”
“…ni bien tenga más noticias te vuelvo a escribir…”
“…el agua del río es calentita…”
“…vos también estás lejos…”
“…pero cada vez que leo tu carta me vuelve la confianza…”

Boquitas pintadas, Folletín de Manuel Puig

Abrir-último-correo-entrante
>Abriendo mensaje… >Terminado

De: w.yzabc@ippt.fcgc
Para: ade.ele@uni-libre.fcgc.nar
Asunto: Decod arch Recalde ult + factura
Fecha de envío: 11/07/15, 18:33:02

Fortaleza del Centro
IPPT- DEDERENUM

Estimado Doctor,

A continuación, y a su pedido, adjunto a este mensaje una trascripción fiel en formato texto de los últimos párrafos del memo vocal que Enrique Recalde dejara en el ho-Buzón de Martín Nguyen, editor del desaparecido diario La Estrella Federal de la exciudad autónoma, también último archivo según el registro del occiso. Los corchetes corresponden a frases o palabras incomprensibles. No quiero dejar de hacerle notar la mención clara que Recalde hace del “agujero sureste”, refiriéndose al antiguo pasaje utilizado por “los nativos”. Mi equipo de restauración numérica conviene que corresponde al décimo tercer párrafo vocal. Lamentablemente una gran parte de los archivos aún presentes en el rígido del pad del periodista parecen irrecuperables, pero considero que todas las pruebas que le he hecho llegar en estas dos semanas, sumadas a esta última, le permitirán confirmar sus sospechas: la explotación de lantánidos ya había dejado de funcionar bien antes de haberse declarado la epidemia en la región que usted investiga.

Adjunto también facturación s/detalle del monto debido por los servicios prestados, esperando su pronta cancelación.

Sin otro particular, lo saluda con sincera atención,

Lic. Walter X. Yeats-Zabece
IPPT - Inteligencia Privada Para Todos
Departamento de Decodificación y Restauración Numéricas
Fortaleza Autonómica De Gran Cimera


Abrir-adjunto-uno
>Decomprensión en curso del archivo… >Terminada

10 [ ] que la curiosidad, en este caso, no quita lo valiente. Por eso decidí echarle un vistazo a los muy vigilados campos de explotación. Vale aclararte que mis contorsiones acrobáticas sobre los árboles te serán recordadas antes de asignar las bonificaciones de fin de año. Aquí van algunas fotos del amurallado y la entrada para que empiecen a jugar los chicos de maquetado y [ ] fuertemente armados que muestra el clip video.

11 Te imaginarás que tal vigilancia no es para menos con semejante cultivo organizado de coca. Ya leo la portada de La Estrella a todo color [risas]. Y mi nombre bien legible al final [más risas]. Este…Sí, volviendo al tema, fijate en esta sexta foto y a los tres minutos doce del clip que te acabo de mandar que los hangares se extienden casi hasta la colina sur, donde termina la pista de aterrizaje. Con el zoom de la última foto quise tomar lo que para mí es el famoso agujero que hicieron los explotadores norteamericanos. Espero que tus pibes puedan trabajarla para darle más nitidez, ya hay poca luz, pero me parece ver que la entrada está obstruida por rocas. Este… o sea que inaccesible, ¿se entendiende? Putamadre casi me caigo de esta magnolia de mierda, ¡aia! [ ] el zumbido de una avioneta que se acerca y de la 4X4 [ ].

12 [ ] cierro el pico y dejo correr la video-cámara a ver si logro captar lo que dicen [saturación por ruidos varios]. Miralo vos al cara de mosquita muerta de Ferrando. De este malandra te envié ayer el clip en cámara oculta de nuestra breve entrevista. ¿Viste la mansión en medio de ese pueblo fantasma? De no creer. Este… Bueno, necesito tocar tierra, esto no da para más. Sigo en el coche [fuerte saturación].

13 Este… necesito una ducha urgente y sacarme el tufo que exuda este pueblo y sus inmediaciones lo más rápido posible. Para terminar este reporte, así te mando esto enseguida, te resumo mis sospechas como te [ruido de papel]. Primero, la riqueza actual de este pueblucho no tiene nada que ver con las tierras raras. Segundo, este… sí. Si el mítico tesoro del primer linaje de los tehuelches-araucas existió, y según los datos que recabé para la investigación, éste se encuentra o se encontraba en las inmediaciones de la explotación de lantánidos, ya que tengo pruebas de que los nativos dejaron un sendero seguramente ritual, quizás mortuorio, que se pierde en la colina sur donde hace unos años se abrieran las galerías para la explotación de la cantera. Este… o sea el agujero al sureste que fotografié y filmé. Tercero, la zona es en la actualidad un sistema de cultivo de coca altamente tecnológico que maneja impunemente el dueño de Villa Cimera, enriquecido hasta los tuétanos. Quinto… este, no, cuarto: desconfío cada vez más de tu amiguita Rocío. No me recibió aún, y por lo que presumo [ ]

14 Me debés una buena cena en el Sofiá’s y por favor mandá noticias. Me preocupa que no hayas respondido a mi primer reporte. Demás está aclararte que la nota es MIA. Besitos, ya sabés dónde, a tu nueva scort-girl, y pasame los datos de la agencia de encuentros que en eso voy a utilizar mis merecidas bonificaciones una vez terminada la investigación que te ofrezco en fuente de oro [risas].

15 Fin-eme-eme-reporte… Enviar.

>¿Desea guardar el archivo “Recalde-vox-ult.dcxm”? Si – No – Anular
>Guardando… >Archivo “Recalde-vox-ult.dcxm” guardado en carpeta “Tesoro Tehuelche-arauca conf”

Cerrar – abrir-nuevo-mensaje-Guillermo-Balaguer – escribir
>Cerrando mensaje… >Abriendo nuevo mensaje para gbalaguer… >Escuchando…

De: ade.ele@uni-libre.fcgc.nar
Para: gbalaguer@geobiz.fcgc.nar
Asunto: Canteras VC
Fecha de envío: 11/07/15, 23:03:17

Hola Guillermo coma-a-la-línea
Un mensaje corto y a las apuradas punto Salgo para el centro con la certeza de poseer las coordenadas exactas de la entrada a las catacumbas tehuelches que mencionaba tu viejo en sus delirios etílicos punto Te adjunto la factura del IPPT para que la honores a la brevedad punto Estoy muy excitado punto Confío en tu siempre fiel discreción punto En caso de problemas ya sabés dónde están todos mis documentos y últimas disposiciones punto Te tendré al tanto punto-a-la-línea

Un fuerte abrazo coma-a-la-línea
Antón firma
--
Antón de Lamia
Teólogo en Espeleología
Centro de Reunificación de Creencias y Cultura
Fortaleza Autonómica de Gran Cimera

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Además de acusar a mi padre y a la camándula que lo rodea con las pruebas que le remito gracias a la ayuda del difunto Ramón Ordóñez, también acuso a la gobernación cuya manifiesta inoperancia en la explotación de tierras de Villa Cimera deja en claro su solapada complicidad.

El hecho de que mi padre conociera y ocultara la información sobre las riquezas subterráneas de la región de Villa Cimera queda más que puesto en evidencia por la alocada adquisición de tierras con un fondo “non sanctum” organizado con el apoyo de sus secuaces. Los mismos que se encuentran al origen de la muerte de Ramón Ordoñez, quien conocía los pormenores que se desarrollaban en la municipalidad con la venia del destacamento policial.

Es más: yo misma he frecuentado las inmediaciones al sur de las tierras en conflicto a pocos kilómetros de Villa Cimera y he podido constatar vestigios innegables de antiguas explotaciones o excavaciones trogloditas que penetran la tierra y que se encuentran repletas de materiales que juzgo como indefectiblemente valiosos para la indigente gobernación y para la cultura de la nación, en general.

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jueves, 23 de junio de 2011

LAS MANOS


Alejandra nació gracias a las manos del médico de guardia que asistió a su madre al borde de unos increíbles veinte centímetros de dilatación. También le debe la vida a las espaldas del mismo enguardapolvado que la cubrió cuando el techo del quirófano se desplomó sobre la parturienta, el médico y la recién nacida luego del estallido de la bomba. En ese momento de un nacimiento accidentado, Alejandra perdió la maternidad que le correspondía pero no así el cuerpo de su madre que la acompañaría como una legumbre durante sus primeros quince años. Sin maternidad, entonces, pero bien protegida por su padre, Alejandra aprendió a masticar la carne que alguna mano le acercaba a la boca con una cuchara a medida, a levantarse sobre sus pies sabiendo que una mano habría de sostenerla y contenerla, a completar sus deberes con una mano amiga que imitaba su letra, a guardar a sus íntimos en el repertorio del teléfono que una mano protectora supo conducir, a cerrarle los ojos a la madre el día que unas manos la desconectaron de aquella horripilante existencia llena de tubos. Alejandra se hizo más grande que su piel y su conciencia y abandonó el abrigo de aquellas manos para hacer su eclosión. Y fue genial porque conoció a Lautaro, quien necesitaba abrigar a alguien. Y vivieron felices.

José nació de casualidad. Su madre no pudo comprar la píldora, y todos los intentos que hizo la mujer por abortar fracasaron. El pendejo se le había metido por ahí, y por ahí saldría. Compresas de perejil mojado en vinagre, tenedores de a pares atados con una banda elástica y a no moverse por dos días, golpes y caídas premeditadas cuando la panza estaba por explotar. No hubo caso, José nació a toda costa. Y la casualidad fue porque nació en el lugar menos pensado para él: en un hospital. Su madre hizo el último intento de aborto ingiriendo veneno para ratas. Una vecina se preocupó cuando oyó los gritos de un dolor desgarrante, llamó a la policía y a continuación llegaron los bomberos y una ambulancia. El veneno adelantó el parto que la mano de uno de los enfermeros contuvo hasta que la ambulancia llegó al hospital. Y así nació José con una madre que finalmente lo abandonó en el portal de una iglesia una semana después. La mano del orfelinato le marcó los límites a cachetazos hasta que se escapó por primera vez. En la calle perdió su civilidad pero ganó independencia. Todo estaba ahí. Las manos de la cordura lo capturaron para meterlo otra vez en esa prisión para niños que nunca lo fueron y entregarlo a otras manos que se desvivieron en buenas intenciones. José declinó la proposición de esos padres ajenos y se casó con la calle y sus oportunidades que lo recibió con las manos abiertas. Y vivieron felices.

Fernando, el tercer varón, nació una mañana inhóspita de julio en su propia casa. La partera no vio motivo para alarmarse cuando las dilataciones de la futura madre se sucedían con un ritmo matemático. De hecho, se alegró de que el gurrumín no necesitara mayores esfuerzos en su trayecto, no más que el de sus manos que contenían el cuerpito mientras iba aflorando. Tampoco hubo necesidad de cachetearle las nalgas. Fernando nació llorando a todo pulmón. La madre se quejó del frío, entonces la partera se apuró a limpiar al bebé y lo recostó en su seno. El bebé estiró la mano arrugada y la apoyó sobre la cara de su madre. La partera se puso a ordenar el material. Unos minutos después llamaba al hospital con el bebé en brazos. La madre de Fernando había dejado de respirar para siempre. Pero la criatura tuvo todo el apoyo de su padre. Las manos del hombre lo llevaron a los brazos de su nueva mamá. Las manos de esa mujer lo vistieron con las mejores ropas, y más tarde esas mismas manos firmaron los cheques para que Fernando estudiara en el mejor colegio bilingüe de la zona. Allí conoció a Juan Carlos y se enamoró de él. Y aunque un tiempo después tuviera que casarse con María Emilia para separarse de ella antes de terminar la facultad, volvió a encontrarlo de casualidad en una despedida de soltero. Fernando le tapó la boca con las manos y lo besó. Y vivieron felices.

Obligado, un 29 de febrero nació Amílcar con seis meses de gestación porque su madre hizo una sobredosis mortal. Como su padre había muerto días antes en un asalto en la puerta de su casa, a Amílcar lo criaron sus abuelos paternos. Fueron las manos de esas dos personas las que lo metieron en un corralito que definía todos los límites. Esas mismas manos lo condujeron a la primera comunión y poco después a los “boy scouts” de la parroquia. Sin méritos en los estudios, Amílcar erró por las zonas oscuras de la desocupación hasta que la mano de su abuelo le indicó la única dirección posible: la de la gendarmería. Lo tomaron más que nada por recomendación, aprendió a usar sus manos con un revólver y a transcribir las declaraciones de víctimas y acusados en una perfecta tipografía. Conoció a varias personas con las que tuvo relaciones inciertas y contradictorias y lo pasaron a vigilancia externa. Un día se sintió casi satisfecho en su departamento alquilado de 30 metros cuadrados con jardín y se dijo que un perro le vendría bien. Compró en una veterinaria del centro un labrador español al que bautizó Fátima, sin importarle el sexo del animal, y decidió que eso le era suficiente. Y vivieron felices.

Es tarde y hace frío. Fátima no puede contenerse y mea en el rincón de la cocina. Amílcar se da cuenta, acorrala a Fátima contra la puerta cerrada que da al jardín y levanta la mano para castigar la incontinencia. El perro ve venir el azote, golpea varias veces con desesperación el vidrio de la puerta hasta que lo rompe. Atraviesa el jardín, salta el ligustro y se aleja por la calle hacia el centro. Amílcar putea, automáticamente se calza en la cintura el arma de servicio y sale a recuperar su mascota.
Es tarde y Juan Carlos otra vez no llega, se queja Fernando. No lo incomoda la ausencia previsible de su pareja sino ese estado de incertidumbre que lo agobia cada vez que se siente solo. Si bien le quedan cigarrillos, decide salir a comprar un paquete por las dudas. Ya en la calle y en plena noche invernal, se abriga el cuello, se refriega las manos y avanza contra el frío que él mismo sabe se impone.
Es tarde y necesito guita, se dice y redice José justo antes de abrir la puerta del poli-rubro. Su mano derecha empuña una vieja Beretta 92S comprada unas semanas atrás a los gitanos y se siente en su salsa.
Es tarde, le dice Alejandra a Lautaro que se desparrama en el sillón del living. Ordena las páginas también desparramadas sobre la mesa y le agradece, sin tu apoyo y tus manos dispuestas nunca hubiese podido terminar la novela. Lautaro agrega que con una cerveza todo sería perfecto, y Alejandra responde que ella se hace cargo porque la heladera está vacía. Se abriga, lo besa y sale a la calle pensando en las posibilidades, en todas las posibilidades y en unas buenas latas de cerveza a esta hora.

Alejandra entra en el local y luego de un nznchs protocolar se dirige hacia los refrigeradores. Fernando está pidiendo un atado de cigarrillos que no fumará y entabla conversación con el empleado. José atraviesa la puerta, apunta a todo el mundo con la Beretta y ni siquiera dice arriba las manos. Fernando se asusta y obtempera la orden implícita haciéndole al asaltante el gesto de calmarse con sus manos abiertas. El empleado con los ojos desorbitados abre la caja y comienza a sacar los billetes. Alejandra aparece desde el fondo con dos latas de cerveza en las manos y no puede contener el grito. Amílcar, siguiendo las supuestas pisadas de Fátima, pasa en ese mismo momento por el poli-rubro y se da cuenta del incidente. Desenfunda su arma y entra al local. Las manos de Alejandra suben casi de forma automática a su boca para acallarla. Las manos de José que empuñan el arma sobre el empleado del poli-rubro giran y ahora apuntan a la cabeza de Alejandra. Fernando, siempre con sus manos alzadas, se inclina primero y luego se interpone entre Alejandra y José. Amílcar en el vano de la puerta comienza a gritarle a José, que gira la cabeza y aprieta el gatillo del arma.

Los dos disparos repercutieron casi al unísono y Fátima aulló en la esquina como un lobo. La bala de José atravesó la mano derecha de Fernando, lo que impidió que el proyectil alcanzara a Alejandra. La de Amílcar penetró la nuca de José para a continuación arrancarle los ojos y parte de la nariz.
Hubo después manos que vendar, manos que se apoyaron sobre hombros, manos que se refregaban unas con otras, manos que contenían cabezas, manos que señalaban, que no dejaban de señalar, y las manos abiertas de José en el piso. Durante un momento inimaginable dejó de hacer frío en el local. El mismo momento en el que a unas pocas cuadras unas manos traían al mundo a Cecila y cerraban los ojos de su madre.


sábado, 21 de mayo de 2011

LA GÁRGOLA DE INVIERNO


Le repos de la Gargouille, de Pierre Moysant
(un poco con Iris)

La soledad impensable de la metrópolis tiene el poder de sumir a sus víctimas en la desesperación más absoluta. Quizá por eso los suicidios en la vías de los trenes, los ahogados en los ríos, o los saltos desde los grandes edificios. Quizá también sea la causa por la que tanta gente duerme en la calle, devastada por el necesario alcohol frente a la intemperie: doctores, ingenieros y don nadies como yo, con un pasado que se perderá en el olvido y el rigor del absurdo íntimamente comprensible. De esto último conozco bastante. Créame.
La piel resecándose de esa humedad que conoció alguna vez no piensa ni establece parangones. Se reseca, simplemente. Pierde su tonicidad e, incluso, su sensibilidad. Llega a enmohecerse, y no hay ducha ni jabón que logre borrar los signos del deseo metido en el olvido o en pausa. Uno se vuelve un hombre verde, con ira o sin ella, indefectiblemente. Y con ello se adquiere el documento de identidad de un extraterrestre. Sí, no se ría ni se fíe, porque como yo, usted puede terminar en la calle enmohecido y descastado de un imperio que ni siquiera le ha pertenecido.
Pero no es eso lo que le quiero contar. Hace unas cuantas noches llovía en París y la temperatura había bajado demasiado. Yo buscaba un hueco con techo debajo del cual poder sobrevivir a la inclemencia. Vagué durante horas por los muelles como un autómata que pretende mantener su piloto automático. Hay que decir que es tan difícil alquilar un departamento en París como encontrar un lugar vacío y resguardado sobre el que apoyar la osamenta. Fue debajo del Pont de La Chapelle donde mis huesos encontraron un espacio y la costra sobre mi piel, cobijo. Estaba intentando ahuyentar el frío desmesurado y dormir debajo de mis cartones y mis revistas gratuitas –esas que leen los que viajan en metro para ir al trabajo–, cuando una mano comenzó a escurrirse por entre las miles de capas que me cubrían. Como el tiempo que uno vive en la calle no se mide en días sino en horas, usted se imaginará que los minutos son valiosas experiencias. Así que me quedé quieto, sin respirar. La mano se multiplicó en dos, y mientras una acariciaba el enjambre grasiento de mis cabellos, la otra buscaba mi sexo olvidado y pretendidamente inerte. Sentía la respiración de la presencia agitándose cada vez más al borde de mi nuca y gimiendo la promesa del placer seguro. Hubiese querido comunicarle con mi mano la aceptación del contacto, pero el frío y el instinto de conservación me lo impedían. Usted sabrá que no hay nada peor que los dedos con sabañones cuando la temperatura del aire hace que los charcos se congelen. Así que me entregué a esas manos y al calor de aquel cuerpo, como quien se rinde a la evidencia de que no se puede hacer otra cosa.
Y aunque a usted le parezca mentira, mi cuerpo respondió, bien que el frío acumulado y el alcohol necesario para aguantar siempre se encarguen de anestesiar el deseo. Porque no se puede subsistir en la calle con hambre y con frío, desposeído de todo y sin ningún derecho, pensando en echarse un buen polvo. Eso se olvida, desaparece, porque uno deja de tener un sexo y se conviertye en un paria, en un pasajero que espera la muerte en el andén del desamparo de la única manera que puede hacerlo: solo y con un profundo olvido de lo que fue. Pero, decía, mi cuerpo respondió y el masaje de esas dos manos plenas de calor despertó los resquicios del hombre que dormía debajo de la cáscara.
La experiencia olvidada –que no es inexperiencia, no crea– hizo que me derramara antes de tiempo. Me recordó culpas mandatarias que, entonces, ya no tenían ningún sentido. Cuando la muerte nos acompaña y nos tiende la cama, que no es más que un rincón húmedo y atiborrado de ratas, el sentido de culpabilidad se transforma en algo sin importancia, y los aspectos de respeto y la contención se vuelven frivolidades. Quizá entusiasmado por esa cuota inesperada de calor, o tal vez porque creí sentir que la costra sobre mi piel se humedecía y cedía, fue que me volví entre el caos de mis cartones y pregunté a quién pertenecían aquellas manos. Como respuesta recibí un grito gutural cercano al de un pavo custodiando su terreno, y los cartones que me envolvían volaron hacia todos lados debajo del puente como si una bomba hubiese explotado. Y después nada.  
El frío caía como una maza que golpea suavemente pero con impúdica insistencia. Me puse a recoger mis sábanas y mi colchón cuando, entre la oscuridad más indescriptible, percibí un capullo al otro lado del puente que se entre abría. La negrura de mis manos se acercó y sacudió la sombra. Desde el interior de una maraña inconcebible de desperdicios surgieron los relieves de una criatura.
¡Eh! ¿Qué mierda querés?
Nada –respondí, y aclaré:– es que alguien se metió entre mis cartones y luego salió corriendo como alma que se lleva el diablo. Los estoy juntando.
–¡Carajo, que no se puede dormir tranquilo en ningún lado! –increpó la sombra a la nada húmeda y oscura que nos rodeaba.
La criatura, que tenía dos ojos inyectados impresionantes y un inconfundible acento del sur, miró para todos lados, bufó algo incomprensible y seguramente obsceno, y comenzó a reconstruir su caparazón de basura y oscuridad. Sobre mi cabeza podía sentir cómo el tránsito no sólo no se detenía, sino que nos pasaba por encima. El Sena estaba irónicamente calmo y el último bateau mouche atracaba en el minipuerto de la otra orilla. Un millar de estrellas brillaban innecesariamente en un cielo que recién se despejaba y que, despiadado, amenazaba con más frío.
–Y decime, vos, ¿sentiste un calor como cuando el vino hace efecto? ¿Escuchaste un chillido como de ave en el matadero? –preguntó con un inocultable dejo de temor la voz de la sombra aflorando la nariz entre las grietas del capullo y deteniendo todos su movimientos a la espera de mi respuesta.
–Sí –respondí con curiosidad y cautela–. Pero no entendí por qué reaccionó así… la estábamos pasando muy bien y yo…
–Entonces hay que salir disparando de este lugar y mantener los ojos bien abiertos –me interrumpió– porque las gárgolas de invierno salieron de caza… y no perdonan –aclaró recogiendo con una rapidez casi surrealista un puñado de sus bártulos y dejándose tragar a la carrera por la oscuridad más allá del puente.      
Reconstruí mi abrigo de cartones que supieron contener ordenadores, equipos de música, cafeteras expresso y televisores de 30 pulgadas (¡esos cartones son los mejores!), e intenté olvidar el incidente y al tipo con acento del sur. Pobre diablo supersticioso, ¿no?  Usted seguramente se preguntará quién podría haber sido aquel visitante que xpenetró la miseria de mi intimidad. ¿Una mujer hermosa tan perdida como yo? ¿Un depravado sexual? No, de esos estamos a salvo. ¿O habrá sido mi imaginación, mi deseo, el delirio que provoca el frío? Reconozco que, después de todo, sólo las ratas o algún extraterrestre podrían osar darle calor a este cuerpo olvidado y olvidable que insiste en existir. Pero…
Así que agité mi cabeza, organicé mis ideas y me dije: “Si mañana me despierto, voy a probar suerte en Notre Dame”. Como usted sabe bien, los turistas que vienen a sacar fotos de la catedral los domingos se conmueven y dejan buenas propinas al pie de las rarezas verdosas de la raza humana. Pero no conseguí muchas monedas ni tuve visita esa otra noche ni las siguientes. Por eso, desde aquella madrugada de domingo me voy cada mañana del lugar en el que dormí y me desperté entumecido para probar en otros. Busco el calor que me falta en este invierno desalmado que aplasta y que se pone cada vez más bravo. Y ahora lo dejo que ya es tarde.
El cielo está despejado y seguro que no va a llover, aunque el viento gélido lastime. Vamos a ver ese rincón que descubrí ayer cerca del Pont au Change, al pie de una de las escaleras que se sumergen en el río. Me pareció perfecto y esta botellita de tinto será la mejor frazada. Si me quedo quieto debajo de mis cartones, seguro que esta noche la gárgola volverá para abrazarme y sacarme el frío que se esconde en mi hojarasca. Pero esta vez no me volveré para preguntarle nada. Me quedaré tranquilo, en silencio, dejándome llevar y acariciar por su ansiado calor.