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domingo, 28 de agosto de 2011

La vida es redonda.

Matías corrió a la orilla a buscar la pelota después del último gol. Sus amigos del balneario de Santa Teresita lo apuraron con un grito mientras alzaban las ojotas que habían delimitado la cancha. El atardecer se había convertido en noche demasiado rápido y Matías demoró en distinguir aquello que asomaba entre los caracoles y había detenido a la pelota. Gritó a sus amigos ya arrodillado y escarbando para desenterrarlo.

Los cuatro chicos discutían en el comedor de Matías cómo sacar el corcho de esa botella, sin romperla, y poder leer lo que parecía un papel enrollado en su interior. Hacían conjeturas sobre algún náufrago en una isla desierta pidiendo auxilio o en una broma que, entonces, les quitaría la ilusión de aquel misterio. Decidieron romperla en el patio y Matías se convirtió en el propietario de un tesoro: un mensaje escrito en el año 1960 que, increíblemente se había conservado dentro de esa botella durante cincuenta años. Se sintieron arqueólogos. Acababan de ser protagonistas de un hallazgo prehistórico.

―¡Abuelo, te buscan en facebook!

―¿A mí?

―Acá, abuelo. En la compu, en Facebook. Recibí un mensaje. Alguien envió un mensaje a todos los que nos llamamos Tedesco. Pregunta si tengo algún pariente llamado Pablo Tedesco.

―A ver, mostrame Pablito. Y por qué me va a estar buscando a mí si yo no tengo computadora.

―Porque es así, abuelo. Si alguien quiere contactarse con algún amigo de hace mucho tiempo, lo busca por Facebook. ¿Ves? Acá ponés el nombre y el apellido del que buscás, te sale toda una lista y vas viendo quién puede ser. Si lo reconocés en la foto o por los datos del perfil le pedís una solicitud de amistad.

―¿Cómo del perfil?

―Cuándo naciste, a qué escuela fuiste, de qué ciudad sos, dónde vivís ahora…

―¡Ah! Pero si yo no escribí ningún perfil.

―Por eso, abuelo. Manda un mensaje a todos los que nos llamamos Tedesco a ver si alguien te conoce. Mirá, te leo: “Estoy buscando a Pablo Tedesco. Debe tener alrededor de setenta años. Sus padres viajaron desde Italia a la República Argentina cuando él tenía tres años. Se instalaron en un barrio llamado La Boca de la ciudad de Buenos Aires. Encontré una botella con un mensaje que tiró al Río de la Plata contando que quería ser pintor como Benito Quinquela Martín. Me llamo Matías, tengo nueve años y mi mamá me dejó publicar esta búsqueda. Si lo conocés, avisame”.

¿Y, abuelo? ¿Qué le contesto?

En la casa de su hija había muchos de sus cuadros. Casi todos óleos de Caminito y del puente sobre el Riachuelo, algunas acuarelas de viejas épocas y dos témperas de barcos anclados. Los recibiría allí porque su casa, impregnada con olor a trementina, era pequeña y las telas se amontonaban apoyadas sobre los zócalos en un desorden que sólo él comprendía. Su hija le repetía: “Es un lugar para pintar, no para vivir, papá”, y aunque siempre había hecho oídos sordos, en esa ocasión aceptó: se trataba de un acontecimiento que lo había mantenido conmovido desde hacía varios días.

Matías viajaría con su mamá y sus tres amigos para conocerlo ese fin de semana largo. Llegarían durante la tarde y era tal el revuelo por los preparativos que salió a la vereda a esperarlos solo.

Siempre había elegido alejarse del bullicio, ir a su ritmo, aquietarse y encontrar en su propia voz las respuestas.

Recordó el mediodía en el que sus pocos años lo hicieron asociar la vida con la nada. Su vocación y su deseo de aprender a pintar le habían costado una paliza de su padre y los ruegos de su madre para que sentara cabeza. Lloró a escondidas, eligió quedarse a solas y, sin pensarlo llegó con su bicicleta al estudio del Maestro. No supo cómo hablarle, le dio vergüenza. Luego, la impotencia lo sorprendió con la vista sobrevolando el río. Por ese río había llegado hacía quince años y ese era el río que quería pintar. Era su pasión y su obsesión. La tristeza lo impulsó a escribir en un papel tomado al azar y, como un juego, quiso contarle su dolor a un desconocido. Lo consoló compartir su deseo y su frustración con ese amigo manso y marrón al que arrojó la botella que contenía el mensaje. El riachuelo la fue alejando en un ir y venir pausados, se tomó su tiempo, lento y silencioso, igual que él.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Las mellizas Wolf, Rossano Di Rosso, Jan -el sensible- y Krístobal.

En el hotel donde se hospedaba Celina Wolf se llevaba a cabo un congreso de oftalmología, que había saturado las instalaciones y las líneas telefónicas. La imposibilidad de utilizar los celulares la hizo esperar varias horas hasta que la operadora pudo comunicarla con su hermana melliza, Cris.

Acababa de ducharse y con la toalla aún enrollada en la cabeza, corrió al teléfono:

―¡Hola! ―atendió descubriendo su oreja.

―¡Hola, Celina! Soy Cris. ¿Qué pasa? Estoy preocupadísima por el mensaje que dejaste. ¿Cómo estás?

―¡Ay, Cris! ¡Qué suerte que pudieron comunicarnos! Acá hay un lío bárbaro por unos médicos y un congreso que tienen totalmente copado el hotel. ¡No tengo señal de wi-fi! Estoy desesperada.

―Pero, ¿qué es lo que te pasa?, ¿está ahí con vos, Rossanno?

―No. Él está tomando sol en la pileta. Yo no puedo ni asomarme porque estoy muy descompuesta por el viaje. No pude dormir nada. Además algo me cayó mal y no paro de ir al baño. Cris, me quiero volver.

―Celina, ya hablamos de esto. Son las vacaciones de tu marido, tenés que acompañarlo. Además no es tan grave, estás en un lugar maravilloso, te vas a poder comprar de todo. Acordate lo que te encargué, traeme todo en talle médium porque estoy más flaca. ¡Ah! Y no te olvides la cámara para Jan. Está inaugurando su muestra y no tiene tiempo de nada, le prometí que vos se la comprabas allá. Pobre, está tan entusiasmado que ni siquiera puede ir al negocio. Viste cómo es. En época de exposiciones se pone más sensible que nunca, a veces ni vuelve a casa, se pasa la noche seleccionando fotos…

―¡Cris! ¿Lo único que te importa es lo que te pasa a vos?, como siempre, desde chicas, mamá siempre lo dijo. ¡Sos una egoísta! ― Celina se sentó en la cama, lloraba con el auricular en la oreja y el pelo le chorreaba sobre los hombros― ¿No entendés que estoy harta de ser la señora de Di Rosso? ¡Me voy a divorciar!

―¡No, Celina! ¡Pensalo, por favor! ¿Qué vas a hacer sin él? ―intentó Cris.

―Qué “vamos” a hacer sin él ―corrigió Celina.

―Ay, Celi, calmate. Ponete la biquini, esa tan linda fucsia que te regaló Rossanno después de la cirugía. Dale, andá un rato a la pileta con él y tratá de cambiar la cara. Te mando un beso, tomá sol vos que podés.

Alrededor de la pileta, una hilera de reposeras blancas, contrastaba con el bronceado de sus ocupantes. Rossano Di Rosso untaba su prominente abdomen con “Caribean Hawwaing Bronce”. Se acomodó sus anteojos de sol y, disimulado, cubrió también su frente y su calvicie para evitar ardores. Se sacó las ojotas Adilettes, que todavía llevaba puestas en sus rechonchos pies y las acomodó a su lado. Alzó la mano, en la que lucía un anillo con piedra de rubí en el dedo meñique y llamó al camarero.

― ¿Cómo me has dicho que te llamas?―le preguntó al joven cuando acudió con libretita y lapicera en mano.

―No le dije mi nombre, señor ―contestó mientras Rossano lo observaba con detenimiento― Krístobal, soy el mettre de piscina, señor.

―Krístobal, un Martini –encargó ―Y ¿a qué te dedicas en tus ratos de ocio? Porque un chico tan guapo como tú no puede dedicarse únicamente a servir Martinis, ¿verdad?

―Soy cantante ―dijo tímidamente― y actor. Hago un pequeño número de stand up en el show del hotel, esta noche, durante la cena. ¿Con ingredientes?

― ¿El show lo haces con ingredientes? ―rió a carcajadas Rossano― Bueno, bueno, habrá que verlo entonces. Era una broma, Krístobal. No pongas esa carita, que te afeas. No, tráemelo solo.

En la mesa de los Di Rosso, el plato de Celina permanecía servido. Había dejado que se enfriase sin tocarlo y bebía, de a sorbos, el champagne con el que Rossano acompañara la cena. El vestido largo y ceñido era un modelo exclusivo de las Oreiro, había pasado la tarde en el spa, en sus manos y sus pies resaltaban uñas impecables color carmín y el cabello brillaba por las luces del escenario que se encontraba a escasos metros. Miraba a su alrededor sin mucho interés y bostezaba tapándose delicadamente la boca.

― ¿Qué?, ¿ya tienes sueño? ―increpó Rossano mientras terminaba su volcán de chocolate y dulce de leche.

― ¡Sabés que el avión me hace mal, Rossano!

― Ma sí, ¡qué humor!, Celina. ¿Por qué no vuelves al cuarto y duermes? Mañana te sentirás mejor. Yo me quedo al show.

― Hasta mañana ―Celina se secó la boca con la servilleta y se paró al mismo tiempo que anunciaban la continuación del espectáculo.

―Chau ―contestó Rossano viéndola desaparecer entre las mesas.

Al joven Krístobal no le cambió la vida, pero Rossano fue generoso con él durante su estadía en el International. Esa temporada pudo ahorrar lo suficiente y no lo pasó mal. Se encontraban al finalizar el show, casi todas las noches y hasta que Rossano regresaba a la cama en la que Celina dormía profundamente.

Celina salió de shopping a diario y, para el regreso, había ocupado tres maletas tamaño grande. No olvidó la Nikon para su cuñado, Jan, ni las ofertas en talle M. Pensó que, después de todo, su hermana tenía algo de razón, durante la charla telefónica de ese día la había convencido. Ni bien pisara Buenos Aires le pediría que la acompañase. Ambas necesitaban volver al cirujano, era imprescindible algún retoque.

martes, 26 de julio de 2011

Encuentro.

Cruzaron sus miradas en el ascensor y ella se impregnó con el placer de respirarlo cerca. Vio su mano cuando abrió la puerta para dejarla bajar y, una vez más, la imaginó sobre su hombro. Parpadeó. La mano bajó por su espalda y se apoyó en su cadera derecha. Parpadeó y dijo “gracias”. Las manos de ese hombre le encantaban. Sus manos y sus zapatos; sus manos, sus zapatos y sus rodillas marcadas a través del pantalón cuando se agachaba en cuclillas y se apoyaba contra la pared del hall de entrada durante las reuniones de consorcio.
Él no estaba enterado, pero formaba parte de la vida de Liz espiarlo cuando lo encontraba en las góndolas del supermercado. También estaba atenta a la ventana de su departamento y fantaseaba si veía la luz encendida. La noche en que Liz buscaba inútilmente las llaves en el fondo de su bolso, se asustó cuando alguien se paró detrás de ella pero enseguida sonrió sin poder prestar atención al comentario amable que él le hizo. Atravesaron la entrada y los pasos de ambos avanzaron por el pasillo que, a Liz, le pareció eterno. Ruborizada miraba el piso, parpadeó y vio sus zapatos número treinta y seis junto a los de él, y sus pies rozándose en un masaje suave y lento. Parpadeó, dijo “gracias” y bajó del ascensor. Vació el contenido de su cartera en el piso del palier y, cuando al fin las encontró, abrió, se sacó el abrigo primero y, con fastidio, el resto de la ropa después. Fue hasta la cocina descalza y se sirvió una copa de vino. Sin prender la luz, apoyada en el marco de la ventana, bebió de a sorbos lentos las manos, los zapatos, las rodillas, los pies y el hombro y la espalda. Respiró profundo.
El treinta y uno de diciembre festejaron con sus amigas, brindó y pidió tres deseos. No encontró taxi libre, caminó su regreso saturada de calor y respondió con la mano a quienes reían y le deseaban felicidades desde los balcones. A metros de llegar comenzó a buscar las llaves y el corazón se le encendió cuando, en ese mismo instante, lo vio llegar. Apuró el paso, se sentía liviana como si hubiera abandonado el peso de su equipaje. Cuando él abrió, la saludó y comentó algo pero ella respondió atropellada, sólo podía pensar en concentrarse para que ese ascensor no llegara nunca.
—Vos ya te vas a dormir? —soltó él con tono tímido.
—Sí —Liz apretó la respiración.
—Tengo el aire programado, para esta hora mi casa debe estar muy fresca. ¿Querés subir a brindar conmigo?
Las paredes, de tul. El espacio rectangular es una gran pecera sin vidrios y llena de aire porque el agua se ha evaporado. Con cada suspiro de Liz las telas se agitan y se aquietan. Él regresa con las copas en la mano, crujen imperceptibles cuando las apoya sobre la mesa. Sirve burbujas que se desparraman, cada esfera estalla y libera humedad y rocío sobre la piel templada de ambos. Pueden escuchar sus respiraciones. El primer roce tiene la temperatura justa para iniciar la levitación. La cabeza de Liz deja de pensar y un juego de contactos tenues comienza a transformar las superficies de sus bocas que se apoyan y recorren sin discreción. Él escucha el jadeo de Liz en un susurro y el calor de su aliento lo tapiza del gusto más rico que hubiera podido imaginar. Despacio. Los ojos cerrados y un encastre justo de labios que muerden labios y mezclan sus humedades. Liz lo acaricia, él le acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja y le sujeta la cara con las dos manos. Ella lo rodea con sus brazos y se cuelga de su cuello. Se detienen latentes. Sus bocas tiemblan, inspiran y se quedan juntas, ahora quietas y anhelantes; casi sin tocarse las comisuras se rozan y se mojan.
Escuchan alejarse un zumbido que estalla en fuegos de artificio. El mundo, afuera. Ahí, con ellos, el universo.

Con dos cuentos diferentes que colgué para el viejo, viejísimo foro de La Nación, escribí este con varios cambios. Lo comparto con ustedes.

miércoles, 20 de julio de 2011

¡Gracias!

Un beso grande para todos ustedes, queridos compañeros de blog.
Ale.

viernes, 15 de julio de 2011

José, tus palabras resuenan y resuenan en medio de mi pecho. Lo vuelvo a leer. Me conmuevo. Qué discreta y rotunda manera de decir. ¡Muchas gracias!
Ale.


Mi computadora está en el "service" por unos días y desde aquí -en el trabajo- no puedo comentar, veo si me lo permite por "nueva entrada".

lunes, 13 de junio de 2011

¡Besos a los ganadores!

¡Felicitaciones a Jorge, Adela y Dante!
¡Gracias a quien le gustó mi cuento y lo votó!
Mi agradecimiento a Greis, diosa de los sufragios.
A los ocho que votamos: qué poquitos pero ¡Presentes!
Igual creo que es para pensar: invertimos un montón de espacio decidiendo si publicábamos los cuentos con seudónimo o no, algunos defendieron mucho su postura en aquel momento y al final fue mayor el interés que despertó discutir las bases del concurso que participar escribiendo y/o votando.

Cariños para todos,
Ale.

PD: Imposible publicar en comentarios...

martes, 7 de junio de 2011

Mudanza

Hola a todos, terminé de mudarme y posiblemente el fin de semana ya tenga internet. Por ahora, leo desde mi trabajo, en algún ratito de recreo, y tengo dificultades para publicar comentarios (veo que a todos les está pasando parecido). Sólo quería saludarlos después de algunos días en los que estuve como en una "bisagra", la casa anterior la vacié y la entregué y la nueva todavía ni la armé ni la reconozco como mía. Raro. ¡Los extrañé y les mando un cariño grande!
Ale.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Pequeños milagros.

―Señorita Lucero, si un comerciante tiene asegurado el setenta y cinco por ciento de su mercadería y en un siniestro pierde la mitad, ¿cuánto le cubre la compañía aseguradora? ―preguntó el profesor.

―El setenta y cinco por ciento del cincuenta por ciento, señor ―contestó sin dudar.

―Muy bien ―sonrió satisfecho y mirando hacia ambos lados, agregó―: si ustedes no desean interrogar más a la alumna, por mi parte la considero aprobada.

Ana Lucero acababa de recibirse de perito mercantil. Hubiera sido el logro más importante de su vida excepto porque su panza crecía y por primera vez no le importaba ser huérfana.

El agua caliente de la ducha había sido lo más normal del mundo hasta que se fue a vivir a Villa Cimera y se empleó en un bar ubicado frente a la ruta y de espalda al campo. Ayudaba en la cocina y atendía las mesas a cambio de la pieza y la comida para ella y para el hijo, cuando llegara el momento. Aprendió a bombear agua, a calentarla en un tacho grande y a usar lo justo para lavarse por partes. Acostumbrada a encerar parquet, le llevó un tiempo aprender a salpicar el piso de tierra apisonada sin inundarlo, y a rociar con acaroina para espantar las moscas. Cuando las nubes no ocultaban la luna, atravesaba sin linterna el alero que bordeaba el gallinero hasta llegar al baño, un retrete en el suelo con tres paredes de adobe y una puerta de chapa para dar cierta intimidad. La madrugada previa al día en que parió a su hijo iluminó a un sapo que se le interpuso frente a la entrada. Pensó que era un buen presagio para las horas siguientes a los primeros síntomas.

Se levantaba al alba y cargaba sin ayuda los modulares y las bajo mesadas en la chata mueblera hasta que su tía lo llamaba para almorzar. Después dormía dos horas de siesta antes de volver al chirrido de la sierra y al cepillado áspero de la amoladora, todos los días de su vida menos los domingos.

Se llamaba Raquel y ya nadie se burlaba por ese error del juez de paz que sabía visitar los ranchos de vez en cuando para anotar nacimientos y defunciones. Aquella vuelta mandó llamar, entre confusiones y apuros, a los familiares y a quienes quisieran llegarse. Debía repartir a siete hermanos desnutridos y piojosos, después del incendio en el que habían muerto los padres. Los tíos no se enteraron hasta la vuelta a las casas, la habían elegido porque parecía la más chiquita y cuando la desvistieron para fregarla y tirar la ropita mugrienta, se dieron cuenta: era un varón.

En tercer grado, la maestra llamó a su tía y le explicó lo inútil de seguir mandándolo. Se peleaba a trompada viva con todos los chicos sin importarle el tamaño y además, no aprendía.

―No habla, señora. Y es muy grandote para su edad, compare con los otros niños del grado. ¿Usted está segura que en la partida la fecha de nacimiento es correcta? ¿No será como con lo del nombre? Vea, es un niño que puede ayudar a su marido en la carpintería, aprender el oficio, aquí en la escuela se le burlan y así no prestan atención. Terminan lastimados y las madres se me quejan, ¿vio?

Tenía todo listo para el bebé y un canasto con volado como moisés. Acostada practicaba respiración inflando el abdomen, y jadeos cortos como un perrito. Miró por la ventana y extrañó el puerto. Supo que era ajena, partiría en algún momento a buscar su lugar, pero no tenía apuro porque su hijo era el motivo para poderlo todo. Era más valiente de lo que había creído y se sorprendió al pensar que dentro de ella, él era tal cual como lo vería en unos días cuando decidiera nacer. Ana no podía controlar a la naturaleza, su capacidad de albergar la asombraba y la llenaba de heroísmo, la fuerza que le imprimía la maternidad se le notaba porque andaba de aquí para allá dejando a su paso un brillo de amor ancestral que la protegía, esta vez, de cualquier tragedia que pudiera interrumpir su vida y arrojarla al desamparo.

―¡Ana, hay gente! ―llamó la gringa con urgencia.

―Ya estoy, estaba mirando que todo esté en el bolso ―dijo mientras se ponía el delantal y se dirigía a la mesa recién ocupada por un camionero y su acompañante.

―¿Otra vez? Pero si ya lo revisaste chiquicientas veces, Ana. ¿Tenés todo o falta algo? ―intuyó la dueña del bar.

―Para él, todo –contestó con timidez mientras pasaba la rejilla a la mesa.

―¿Y?, si para el bebé está todo, ¿entonces?

―Para mí. No tengo camisón.

El domingo se lavó y se peinó con Lord Cheselin hacia atrás. Abrochó el primer botón de la camisa, acomodó las puntas del cuello un poco voladas y se subió el pantalón ajustando el cinto; dejó las alpargatas de trabajo debajo de la cama y buscó las otras. Se despidió de su tía con un beso en la frente. Le gustaba emborracharse y tocar su guitarra en la rueda hasta la madrugada. Después, la enfundaba como podía y se volvía en la bicicleta zigzagueando.

A veces los domingos, acompañaba al vecino en su camión, salían a la ruta y llegaban a la altura del km.26. Tomaban una grapa hasta que alguna de las chicas se desocupaba. Ya sabían que el que terminaba primero esperaba al otro en el camión. Volvían sin hablar y siempre paraban en algún boliche para un último trago antes del regreso.

La gringa la apuraba con el motor en marcha y Ana tenía una tranquilidad inesperada. Cuando llegaron al hospital la partera le dijo que hasta el día siguiente no nacería, que se quedara porque la iban a preparar y aconsejó:

―Vos, gringa, volvete que a las seis abrís. Dejá a la piba, es primeriza y esto va para largo. Date una vuelta mañana al mediodía.

Ese domingo, volvían del km. 26 y les llamó la atención que el bar de la ruta estuviera cerrado. Raquel recordó la última vez que había visto a la chica embarazada. Después de pasar el trapo a la mesa giró para buscar los vasos y fue recién ahí cuando vio la estela de luz que se desprendía de su espalda. No lo había comentado, eran cosas que nunca decía. En realidad, nunca decía nada.

A su tía le llamó la atención que a media mañana interrumpiera la carga y saliera sin darle el beso en la frente. Algunos lo vieron pasar apurado en su bicicleta, hacia el centro y comenzaron a rumorear alguna posible indisposición de la tía. Lo mismo ocurrió cuando entró decidido a la tienda de Don Godoy, quien sin disimulo le preguntó:

―¿Su tía está enferma, Raquel?

Con los ojos grandes le entregó el paquete sin decir palabra. Ana sonrió con la calma de haber atravesado el misterio convertida en la protagonista de un milagro. Era la primera persona que la visitaba y aunque no lo reconoció, la enterneció el gesto. Extendió sus brazos y orgullosa le ofreció sostener a la criatura, pero él negó con la cabeza. Entonces ella, con su instinto recién estrenado, volvió a su hijo al calor del pecho, miró el regalo como una niña sorprendida y rompiendo el papel desenvolvió el camisón.

sábado, 19 de marzo de 2011

COSAS DE MUJERES

Estaba tan nerviosa como antes de salir a escena. La plaza bramaba y pedía escuchar su voz matriarcal que calmaba ansias y anhelos, la esperaban. Sentía que era madre sin haberlo sido y que su presencia era como la aparición de la virgen, había algo místico o religioso en esa combinación que formaban el pueblo en la plaza y ella, en el balcón.

Miró sus zapatos número treinta y cinco mientras trataba de acomodar sus pies en esa horma que le apretaba y pensó que no había sido la mejor elección, a pesar de que la gamuza marrón claro –al tono casi exacto de sus medias- combinaba a la perfección con el trajecito beige. Caminó alrededor del escritorio moviendo con dificultad los dedos comprimidos y renunció a la intención de ablandar su incomodidad. Fue directo al espejo, se acomodó la solapa del saquito entallado y arregló el cuello de la camisa blanca e impecable, por fuera.

Su corazón latía con la fuerza que su vida ya no tenía; se miró por última vez antes de salir para confirmar la pulcritud de su imagen, llevó sus manos blancas y finas a la cintura entallada y se molestó al descubrir el esmalte saltado del dedo índice. El bullicio aumentaba puertas afuera: la aclamaban.

—Es hora, señora. El general pide que se acerque, la está esperando. En la puerta del balcón.
—Que ya voy. Estoy terminando de arreglarme. Él sabe. Dígale que ya voy, por favor.
—Bien, señora —dijo la asistente y cerró la puerta despacio.

Sola, sintió el vértigo de su poder. Le subió un hormigueo desde el pubis y creyó tener ganas de hacer pis, pero no, era el vacío burbujeante que se instalaba en la boca de su estómago, como siempre antes de salir.
Afuera, el sentido de su vida, la reparación y la gloria.
Se pasó la palma de la mano alisando su raya al costado y abultó el rodete en la nuca, se peinó las cejas con el índice en el que resaltaba el esmalte saltado, enderezó la espalda y bajó los hombros tensos.

Cuando le abrieron las puertas, atravesó una pared de vidrio y le golpeó la cara el rugido humano como un huracán. La garganta se le tapizó de lija y creyó que nunca volvería a humedecerse.

Dio un discurso histórico en el que dejó instrucciones de lealtad que sobrevivieron más allá de lo que ella podía suponer, después se la fotografió abrazada y acurrucada en el cuello de su marido.

Cuando terminó el acto anheló la intimidad de su cuarto, se acostó exhausta y satisfecha por la respuesta de los miles que la amaban. También los amaba. Antes de dormirse llamó a su asistente y le pidió que Dorita, su manicura, se presentara a primera hora.

jueves, 17 de marzo de 2011

Consigna

Gracias a Adela que me envió un mail recordándome que hoy es jueves de consignas y que me toca a mí "consignar", les propongo -continuando con aquella de Adela: "los besos", que recuerdo despertó gran entusiasmo- escribir ahora sobre:
hacer y/o recibir masajes.
¡Ojalá nos inspiremos! Cariños a todos,
Ale.

sábado, 26 de febrero de 2011

¡Qué emoción!

¡Felicitaciones a los autores de Tierras Raras -El Cuentón-!
Pudieron hacerlo, quedó hermoso, es un gran trabajo de equipo y colaboraciones generosas. Aparte, me encantó. Les haré comentarios, pero no ahora. Sólo decirles que es un enorme placer estar entre ustedes y, por supuesto: estoy muy orgullosa de mis compañeros.
Todo mi cariño,
Ale.

LA PALOMA DEL LLANTO. (C/ de José Luis) Alejandra Glauber.

Se había encadenado a la valla que circunda el edificio del Congreso Nacional, cuando se le agotaron las ganas de seguir reclamando que le devolvieran su casa, ocupada por clandestinos; y sus ahorros, depositados en el banco de la vieja Caja Nacional de Ahorro y Seguro. Atrapó el interés de algunos medios durante el noticiero del mediodía y de la noche de aquel día. Se asustó cuando se le hizo evidente que su huelga la mataría, sin transeúntes que lo advirtieran ni deudos que la lloraran, y se desencadenó. Disimulada y digna esperó y, cansada por la intemperie acumulada de su alma, se durmió agachadita contra la reja.

Protegida por un nylon, dormía sobre un colchón de goma espuma sin funda, que iba perdiendo pedacitos de esponja con cada aparición de las palomas que picoteaban las migas que ella compartía. La plaza y las ventanas del edificio oficiaban de palomar y, en bandada, la rodeaban con sus aleteos infernales mientras se disputaban el alimento que desaparecía con la voracidad del hambre compartido. Algunas parecían domesticadas porque sobre las pertenencias callejeras bamboleaban sus cuerpos en caminatas confianzudas y hasta llegaban a acurrucarse dentro de sus cuellos, quietas y alineadas como estatuas. A veces arrullaban acompañando el discurso monocorde y ya no se sabía si las incongruencias dichas por ella se escuchaban entrecortadas por su llanto senil o por el grito de las aves alocadas.

Después del primer invierno alguien le acercó una planta dentro de una cacerola enlozada y ella la incorporó a su cajón de manzanas, a su colchón y a su soga para colgar ropa que nadie sabía dónde lavaba. Las palomas esperaban mientras ella terminaba de trenzar sus canas y, en cuclillas, hundía la mano en la bolsa de pan para desgranar con sus uñas los trozos que su puño contenía hasta que decidía abrirlo y arrojaba el señuelo, ávida de compañía.

Era parte del folclore, quizás por eso no se notaban sus elementales necesidades insatisfechas ni la función interrumpida de su condición humana. Ni su olor ni su extremada delgadez molestaban porque estudios sobre las sociedades y sus comportamientos explicaban su existencia. Todos se acostumbraron y fue sólo después de una gran tormenta de verano que inundó y estropeó mercaderías de negocios aledaños, que lo advirtieron. Ella faltaba. Entonces, hubo que nombrarla. Todos la llamaron la Paloma del Llanto.

miércoles, 23 de febrero de 2011

ONCE DÍAS PARA NAVIDAD. Alejandra Glauber.

          Faltaban once días para Navidad. Angelita e Isabel Dorrego, amparadas bajo el alero que cubría la galería, bordaban las iniciales de su padre en pañuelos blancos que habían elegido como obsequio mientras su madre, Doña Ángela Baudrix, dormitaba en un sopor premonitorio.
            A pocos kilómetros de Buenos Aires, el joven coronel había sido apresado y aguardaba, impaciente,  en un carruaje que oficiaba de celda. Ensayaba frases para la conversación que había suplicado mantener con su adversario político porque sabía que esa única oportunidad le permitiría, quizás, salvar su vida. 
            Se golpeó la frente apelando a Dios cuando por toda respuesta obtuvo que no iba a ser visto ni oído y que contaba con dos horas antes de ser fusilado. Aturdido, no comprendió de inmediato la magnitud de las palabras pero sintió su cuerpo atravesado por el agobio más desolador de su vida.
            —¡Padre Castañer! —gimió por la ventanilla, el vaho de la siesta pampeana le cerró la voz y la sequía anudó su estómago—, por favor, que venga aquí mismo mi compadre Castañer.
            Sus sienes latían y el corazón se agrandaba acelerado mientras las imágenes desordenadas le impedían decidir a qué recuerdos dedicaría su memoria, limitada a un tiempo ínfimo que le parecía eterno.
            —Manuel, hijo —el aliento entrecortado del cura llegó hasta él junto con la señal de la cruz dibujada en el aire.
            —Gracias, gracias por venir —suspiró y sus pensamientos cobraron entonces un orden urgente e inesperado— lápiz, Padre. Lápiz y papel, necesito despedirme de Ángela y de las niñas. ¿Cómo es posible? Voy a morir sin volver a verlas. Moriré y no comprendo por qué.
            Castañer sintió el dolor de su compadre y quiso decir palabras que no supo; apoyó su mano en el hombro del amigo desesperado y se prometió encontrar la manera de ayudarlo a morir sin temores.
            —Dígame, Padre, ¿duele la muerte?— preguntó sin mirarlo.
            —Tranquilo, yo estaré a tu lado mientras tu alma esté unida a ti. Luego, será el Señor quien te reciba en su regazo. Confía en Él, no te abandonará, su Amor Divino te acompañará en todo momento. Procuraré conseguir lo que pides para que puedas escribir.
            —No se vaya todavía, espere un momento, prométame que usted me acompañará. Por favor, asegúreme que el Señor me estará esperando.
            —Hijo mío, aquí estoy contigo y bienvenido serás en el Reino de los Cielos. Iré por papel y lápiz y dejarás tu alma en paz dando testimonio a tus seres queridos e instrucciones a deudos y compatriotas. No tardaré.
            Manuel Dorrego agradeció los trozos de papel y pidió quedarse solo. Comenzó a escribir con apuro y tristeza cartas de afecto con palabras que sabía, eran las últimas.
            La siesta era implacable y muda. Castañer lo esperaba parado al lado de la puerta del carruaje, erguido, con la cabeza gacha y las manos unidas en rezo. El agobio por el calor concentrado hizo trastabillar al condenado al bajar del birlocho*, su amigo adelantó un paso y estiró el brazo para sostenerlo.
            —No me deje solo, Castañer— susurró.
            Comenzaron a caminar con paso lento, transpirados y aferrados del brazo hacia la formación alineada que  divisaban a unos metros.
            —Gracias, Padre, estoy listo —dijo. Cruzaron sus miradas y se abrazaron en una despedida sacudida por el temblor de la emoción.

            Las niñas dormían en el cuarto que aún conservaba el calor del día y las criadas descansaban de la jornada sofocante. Ángela vigilaba el cielo estrellado de diciembre; giró la cabeza hacia la puerta al escuchar el llamador y supo que eran malas noticias. Las primeras palabras de condolencias le confirmaron que había padecido las inconfundibles señales que preceden a lo irremediable.




*Carruaje ligero de cuatro ruedas

Documentos Históricos:
(Carta de Manuel Dorrego a su esposa)
Navarro, Diciembre 13 de 1828
Mi querida Angelita:
En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.
Mi vida: Educa a esas amables criaturas: sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado
Manuel Dorrego

(A sus hijas)
Mi querida Angelita: Te acompaño esa sortija para memoria de tu desgraciado padre.
Manuel Dorrego

Mi querida Isabel: Te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre
Manuel Dorrego
Sed católicas y virtuosas que esa religión es lo que me consuela en este momento.