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domingo, 10 de julio de 2011

NINOSHKA

NINOSHKA
Corría  el primer mes del año 1971 y toda mi familia iba de vacaciones a San Bernardo, como siempre. Alquilábamos la misma casa, llegábamos el 2 de enero y nos quedábamos hasta terminar febrero. Éramos un montón: mi mami, mi papi, mi hermano y mi tíos y mis cuatro primas. Por supuesto, que papi y mi tío iban y venían los fines de semana, porque tenían que trabajar. Pero ese año, descubrimos que había un lugar nuevo en la playa. Era una choza erguida sobre 6 pilotes y toda cubierta de paja: techo y paredes. 
El primer día de playa, pasó un joven barbudo con su guitarra invitándonos a ir por la noche a “La Cabaña del Oso”, que no era otra que esa choza. Se dirigió a mis padres y a mis tíos y les contó que le encantaba la música y poder compartirla con amigos. Mi papi dijo que esa noche iríamos todos a su cabaña. Y así fue. El batallón después de cenar, partió caminando, hasta “la cabaña del oso”.  Éramos los únicos que estábamos en el lugar.  Adentro, sentado en una banqueta y tomando vino barato, estaba cantando el barbudo de la playa. A su lado, estaba una perra ovejera alemán que evidentemente había parido hacía muy poquito, con tres cachorritos mamando de sus tetas con fruición. Recuerdo que el barbudo dejó de cantar y nos ofreció sentarnos en unos almohadones que había en el piso y nos preguntó qué queríamos tomar: limonadas, cocacola o vino Toro Viejo. Hechos los pedidos,  el barbudo nos sirvió todo en vasos de vidrio que no eran más baratos porque no existían. Pasamos una noche espectacular, cantando todos con el barbudo, que nos dijo que lo llamaban “El Indio”.  Al partir, mi papá lo invitó a almorzar a nuestra casa al mediodía siguiente, ya que como todos los domingos comeríamos los típicos ravioles amasados por mi mamá y mi tía y obvio, previamente la picadita con vermut. Y así fue, comimos y mientras comíamos, “el Indio”, nos contó un poco de su vida. Sacó la guitarra y cantó, pero todos teníamos una pena inmensa después de haber escuchado su historia. Recuerdo que cuando se despidió mi papá le recomendó que pusiera más bebidas en la “choza” y le regaló dos botellas de güisqui, con la condición que él no se las tomara, sino que las vendiera y que seguramente le iría mejor si moderaba su adicción al alcohol.
A partir de ahí, durante dos meses, fuimos todas las noches a la Cabaña , que día a día tenía más concurrencia. El Indio, cantaba y cantaba. Nosotros, o sea mi prima Nora, mi hermano y yo le ayudábamos como mozos. Cuando volvíamos a nuestra casa nos reíamos a carcajadas porque jamás nuestros padres nos hubieran permitido ir si no fuera porque “El Indio”, los había convencido que era un buen tipo. Mis primas mayores no iban nunca porque el lugar era aburrido para ellas que estaban en plena época de baile en discotecas. Nora y yo teníamos 14 años y mi hermano 11. ¡Unos niños!
En eso dos meses, nos enamoramos una de las hijas de su perra, Ninoshka, y yo. Entraba a la Cabaña y ella corría a buscarme. “El Indio” nos cuidaba noche a noche y éramos sus amigos.
Así llegó el 28 de febrero y él vino a despedirnos a nuestra casa. Traía en sus manos a Ninoshka. Me la regaló porque él sentía que debía ser mía. Mi sonrisa y me felicidad podría haber cubierto nuestro mundo.
Al Indio no lo vi más personalmente. Lo vi en la tele y me enteré de quién era y del éxito que tenía. Era Facundo Cabral. Un gran tipo, generoso, cálido, divertido y amigo por sobre todo.
Ninoshka vivió conmigo hasta que me casé. Al año murió, con 11 años. Pero nunca me voy a olvidar que cuando volviendo de mi vijae de luna de miel, mi mami que habìa hecho una reunión, al ver que me iba, bajó corriendo las escaleras y se metió en el Fitito de Abel, mi marido, para irse con nosotros.
Hoy siento lo mismo que cuando la dejé. Dejé ir a un amigo por obligación, no por falta de amor.
Te quiero Facundo.

(Historia real de cuando yo tenía 14 y Facundo Cabral 24 años)

lunes, 23 de mayo de 2011

"LA POBRE NÉLIDA ( El Tren - Capítulo 6)



Nélida, siente el fuego que le sube desde el ombligo, que le vibran los labios y se persigna, mientras mira asombrada , con la boca abierta,el graffiti pintado en la pared de su pueblo: "¿Quien mierda mató a Zalaberry?"



La vida de Nélida nunca había sido fácil. Siempre se supo malquerida. Por esa razón es que buscaba y escondía “sus abriguitos”. Eran su protección, eran su manera de sentirse querida o de querer. No tenía amor en una casa donde el odio, la venganza y el rencor reinaban. Ella sabía que no tenía muchas luces. No entendía la mayoría de las frases que le decían, pero sí sentía. Ella sabía, que su mamá que no era su mamá, la despreciaba, y sentía que su papá la rechazaba. Nunca una caricia, nunca un beso, nunca un abrazo. Estaba sola y aprendió a defenderse de ese mundo hostil creando su propio mundo. El de “los abriguitos”.

Se miraba al espejo y no se veía fea, aunque nunca le habían expresado un elogio a su rostro o su cuerpo. Tenía 20 años y sentía que su cuerpo se movilizaba ante la presencia de ciertas personas. No entendía muy bien cuál era la sensación, pero sabía que su corazón latía muy fuerte y su parte sangrante, desde los 15 años, ardía como un brasero.

La mañana que René tocó la puerta de su casa, tuvo esas sensaciones y respondió al pobre muchacho con hosquedad porque no sabía cómo manejar sus sentimientos. Lo mismo le había pasado cuando conoció a Zeta, pero cuando lo vio muerto, su sensación fue otra y sólo pensó en su protección y le sacó todo lo que tenía encima. El dedo separado del cuerpo la espantó y pensó que algún perro hambriento se lo habría arrancado, por lo deshuesado que estaba.



Hoy siente miedo. Sabe que le mintió a su mamá que no es su mamá y salió cuando debía haberse quedado en la casa. Pero ahora hablan de otras huellas en el difunto, y ella sabe que son de ella, y que su mamá, que no es su mamá, la va a castigar y no va a poder conseguir su protección. Tiene miedo, porque supone que le van a hacer preguntas que ella no sabe ni puede contestar. Pero el castigo vendrá igual.



Nélida se persigna y reza. Que sus huellas no sean las huellas que buscan. Lo pide desesperada, mirando al cielo.

domingo, 15 de mayo de 2011

UN MUNDO INCONSCIENTEMENTE PARALELO. (Graciela Tórtora)





UN MUNDO INCONSCIENTEMENTE PARALELO







Emilia creció sin saber quienes eran sus padres. La dejaron en la puerta de una iglesia a los pocos días de nacida. El invierno era cruel y sobrevivió gracias a un perro que alertó al cura de que algo extraño pasaba en la puerta de su casa. Estaba apenas cubierta con bolsas de plástico y papel de periódico. Lloraba desesperadamente por el frío y el hambre que sentía dentro de esa caja de zapatos donde la habían abandonado.







Emilia trabaja en una multinacional como asistente del Gerente General de la empresa. Quiere ser administradora de empresas y estudia con mucha dedicación en la U.B.A. Es callada y seria. Nadie conoce nada sobre su vida. No sacan palabras de su boca ni con sacacorchos.







Emilia fue recogida por el sacerdote que la entregó, como era su obligación, a la justicia. Sufrió hambre y frío en el internado, hasta que a los cuatro años fue adoptada por un hermosa familia que le dio educación y cariño. Pero Emilia recordaba en su entrañas el hambre y el frío. Lo llevaba adentro y ella no sé explicaba cómo podía sentir esa sensación de frío siempre. Se arropaba en su cama en invierno y verano. Odiaba todo lo plástico y nunca supo el por qué. Si le daban un vaso plástico para tomar su leche, decía que se ahogaba al tragarla.



Siempre estudiaba para ser la mejor alumna y lo consiguió. Abanderada en primaria y secundaria. Sus padres estaban orgullosos de ella. Fueron padres honestos que nunca le mintieron sobre su origen y nunca le negaron la posibilidad de encontrar su historia, pero ella siempre se negó a esto. Tranquilos, Juan y Elena, sus padres adoptivos, pusieron todas sus energías en darle apoyo su querida hija. La vieron crecer fuerte y segura. Vivían en un hermoso departamento en Villa Devoto, donde Emilia se crío sin darles problemas. Tuvo todos los juegos de acuerdo a sus pedidos y a su edad. Problemas económicos no existían en la familia. Juan era contador en una importante empresa americana establecida en el país hacía muchos años, y Elena era odontóloga y tenía su propia consultorio a pocas cuadras de su casa. Susana, que hacía las veces de cocinera, doméstica y niñera fue quien cuidaba a Emi, cuando volvía de la escuela. Para Emi, era una amiga muy importante que la escuchaba, la mimaba y le daba de comer. Sus amigos eran los de siempre, los hijos de los vecinos, los hijos de los amigos de sus padres, sus compañeros de estudio, que algunos se fueron quedando y otros fueron cambiando cuando entró en la universidad. En el trabajo no hizo amigos. Le molestaba que la criticaran. Sí. La criticaban porque que no se maquillaba, nunca se pintaba las uñas aunque vistiera bien y elegante. Era demasiada intromisión en su vida personal. Y no lo aceptaba.



En los veintidós años que tenía Emilia, jamás escuchó un grito o una mala reacción de parte de sus padres ni de Susana. Era toda paz en la familia Santos. Su familia.



El 13 de mayo de 2005 se recibió de Administradora de Empresas. Juan y Elena hicieron una fiesta enorme para festejar el triunfo de su hija y le regalaron un auto cero kilómetro. Emi estaba feliz y les dijo a sus padres que no iba subir al auto hasta que no tuviera el permiso para conducir. Elena se sintió apenada, porque pensó que por lo menos se sentaría la volante, pero ya estaba acostumbrada a las rarezas de Emilia. Hizo el curso para sacar su carnet de conducir y cuando lo consiguió los invitó a sus padres a cenar a un lugar elegante para poder estrenar el auto. Le pasó algo extrañó cuando subió. Sintió frío y sensación de ahogo. No le dio importancia y condujo sin tener problemas. El auto era maravilloso y ella estaba segura sus condiciones como conductora. La comida corrió sin problemas. Sus padres tomaron vino, ella gaseosa porque sabía que no debía beber si iba a manejar, comieron sus platos preferidos y luego partieron de regreso a la casa. Tomarían un champagne para festejar. En el camino, Elena, le regaló a Emilia un set de maquillaje. Le dijo que la quería ver más femenina y que le encantaría que algún día le presentase un novio. Juan la reprendió y le dijo que no la apurara a Emi, que tenía toda la vida por delante. Mientras ellos discurrían sobre el tema, Emilia volvió a sentir esa especie de angustia rara, inexplicable que le hacían sentir el auto y el plástico de sus asientos. Empezó a sentir frío y prendió la calefacción. Sus padres pararon la conversación inútil que estaban teniendo y le dijeron que hacía calor, pero ella alegó que sentía frío. Juan y Elena callaron. Cuando llegaron a la casa abrieron el champagne, brindaron por el futuro de Emi y sus padres le agradecieron a la vida tanta dicha. Antes de retirarse a sus cuartos, Elena no se olvidó de recordarle, entre risas, que el set de maquillaje era también para ser usado.







Emilia llegó a su dormitorio. Se desvistió se dio un baño bien caliente y se arropó con un pijama bien abrigado. Sabía que era noviembre, y que no hacía frío pero ella sentía un frío interno que no la abandonaba jamás. No tenía sueño, no tenía ganas de leer ni de ver televisión. Se acordó del set de maquillaje. Se levantó y lo abrió. Tenía de todo. Sombras para los párpados, diferentes tipos de pintalabios, dos tipos de correctores de ojeras, delineadores negro y café, una gama de diferentes rubores, polvos secos y volátiles, cuatro colores de bases de maquillaje, dos tipos de embellecedores de pestañas y tres colores de esmaltes de uñas. Empezó a probarse la base que le parecía más adecuada, se aplicó el corrector de ojeras, el polvo, el rubor, el delineador, el rimel y por fin el labial. Era otra persona. Se miró las uñas y eligió un rosado suave. Se las pintó con esmero. Empezó a sentir ahogo. Se miraba al espejo y se sentía de plástico. Sobre todo el esmalte. Sus uñas le daban la sensación que se asfixiaban y la asfixiaban. Se miraba en el espejo, miraba sus manos y era peor la sensación de asfixia. Se acordó del auto nuevo. La misma sensación. Bajó al garaje. Subió al auto. La asfixia era mayor. Empezó a rasgar el plástico que cubría los asientos con desesperación. Tenía un frío tremendo. Prendió la calefacción. De repente vino a su mente la imagen de una niña abandonada envuelta en plástico y papel periódico. Fue una décima de segundo, como un rayo cruzando su cabeza. Se río a carcajadas porque ahora entendía todo. Era ella. Podría deshacerse de sus problemas porque sabía los porqués. Lloraba de alegría y de tristeza. Era una mistura rara de sentimientos lo que sentía. Debía vencer el miedo al plástico, debía vencer el frío. Cambió la calefacción por aire acondicionado. Agarró con fuerza un pedazo del plástico del auto, lo enroscó alrededor de su cabeza y sintió que era libre. Pensó que las lágrimas eran todas iguales, tanto las de alegría como las de tristeza e hizo un nudo alrededor de su cuello para probar que nunca más tendría frío ni miedo al plástico, mientras sus lágrimas empañaban todo. Pero la sensación de ahogo era mayor. El plástico, entre su respiración agitada por el llanto y la emoción se le adhería aún más en el rostro y Emi se dio cuenta de lo que estaba pasando. Trató inútilmente de deshacer el nudo. Sus manos no le respondían. Eran sus uñas pintadas, pensó, porque también se estaban asfixiando.







Un vecino la encontró a la mañana muerta. Nadie supo nunca el porqué del suicidio. Nadie supo que en realidad Emi, estaba queriendo comenzar a vivir.

jueves, 28 de abril de 2011

Villa Cimera: Mis consignas

Villa Cimera: Consignas del 28 de abril

Mis consignas son:

El regreso

Mi vida, tu vida


(Los títulos pueden incluirse o no en el texto)

lunes, 28 de febrero de 2011

LAS FOTOS Y EL ESPEJO, Graciela Tórtora

-Esperen que conecte mi lámpara nueva. Quiero disfrutar las fotos de la fiesta a toda luz….¡Qué noche!


( Tres días antes…)

 -“Bueno, ya estoy bañada y relajada. Esta noche será una gran noche sin lugar a dudas. Este color chocolate a lo Penélope Cruz que me hice en el pelo, me queda regio, sobre todo me quita como 10 años de encima y el esmalte que me puse en las uñas, queda espectacular con el vestido.
Mientras se hace la hora,  mejor como un pedazo de queso para no llegar con el estómago vacío, prendo la planchita de pelo porque con la humedad que hay, es necesario que me retoque el brushing. Enseguida aparecen mis rulos de mierda.
¡Uy!, ¿qué es esta mancha en la cara.? ¡Uff, qué susto! es nada más que un pedacito de la cáscara roja del queso. Ya me estaba imaginando que me había salido un granito. ¡Juro que me moría! Mejor me tomo otro vaso de agua que es bueno para la piel. Hoy ya me tomé como seis. Dicen que hay que tomar dos litros por día, pero quién se banca tanto líquido…
Son casi las ocho, tengo que estar lista en media hora que pasarán las chicas a buscarme. Me pongo la crema humectante, así cuando me maquille no se me va a correr la base. Otro pedacito de queso que proteje el estómago de los efectos del alcohol.
¡Transformación en curso! Primero, el corrector de ojeras, luego la base, el polvo translúcido, el rubor sonriendo para marcar los pómulos, un poco más de polvo, la sombra en los párpados, sobre las pestañas color café y un poco de dorado arriba para iluminar. Va a quedar sensacional.
Me gusta lo que estoy viendo, ¡Ja! ¡Matás esta noche, Wendy! A no perder el tiempo con tonteras… Falta una línea delgada bordeando el ojo y  el rimmel. Despacio, como te enseñó Feli, una capa de rimmel, peinar las pestañas, dejar que casi se seque y otra vez  rimmel.
Ahora el vestido. La verdad que el color verde me queda brutal y este escote en "V" va perfecto con mi cuello. Parezco salida de un cuadro de Modigliani… Genial…
Ahora las sandalias. ¡Ay! espero que no me lastimen las tiritas tan finitas que me dejan los dedos como chizitos y los ocho centímetros de taco aguja… pero vale la pena un poco de sufrimiento. Son un lujo.
¿Qué pongo en la cartera? Pañuelitos de papel, los cigarillos, el encendedor, spray bucal, el rouge… bueno, el rouge después de pintarme los labios y fumarme un cigarrillo antes de salir.
¡Me estoy olvidando del perfume! Unas gotitas detras de las orejas, un poco en las muñecas… Última pitada. Me lavo las manos y me pinto los labios.
Mejor hacer pis ahora, que no sé hasta qué hora no podré ir al baño, No voy a decirle a un desconocido, permitime pero tengo ganas de… ¡No! Se te ocurre cada cosa, Wendy…
Ya me pinto los labios. Primero el polvo, luego el lápiz delineador y el rouge, con pincel porque dura más y…¡Justo! Está sonando el interfone… ¡llegaron las chicas!
–Holaaaa, ya voy bajando.
Última miradita al espejo que no miente: sos una reina Wendy, estás sensacional, nadie te puede dar 45 años. ¡Byee!”

 -Estoy Horrible! ¡No me quiero ni mirar! ¡¿Por qué no me avisaron
 que estaba tan espantosa?! ¡Soy un mamarracho!
 -No, Wendy. Vos estabas linda, son las fotos… de repente no
 sos fotogénica. O la lámpara nueva que ilumina mal…
-No es que no sea fotogénica, boluda. Y la lámpara no tiene nada que ver. No digas pavadas. ¿Sabés que pienso?. Soy yo, que me miro al espejo y me vendo a mi misma que estoy regia, pero las fotos, las fotossss… son unas hijas de puta porque nunca mienten, no son como el espejo que te hace ver lo que una quiere ver...

sábado, 26 de febrero de 2011

RUTINA INTERRUMPIDA


Esto de levantarse a las seis y media de la mañana no le sentaba para nada a Francisco. Era noctámbulo. Esencialmente noctámbulo. No funcionaba de mañana. Pero el trabajo le interesaba y por sobre todo lo necesitaba.
Ponía el despertador a las cinco y media y automáticamente se despertaba porque si se quedaba en la cama, no se iba a levantar por lo menos hasta las once. Prendía una hornalla y ponía el agua a calentar. Encendía la radio. Iba a hacer pis. Luego se miraba en el espejo sacando la lengua para afuera. Se lavaba los dientes. Volvía a la cocina se preparaba un café cortado con un centímetro de leche y se comía unas galletitas de agua con mermelada. Prendía el primer cigarrillo del día. Miraba la hora y se desesperaba. Se estaba haciendo tarde. Todas las mañanas pasaba lo mismo. Era lento, muy lento. Prendía la ducha y  metía de cabeza bajo el agua para despabilarse. El baño debía ser rápido, pero cuando el agua le caía por todo su cuerpo, era como un manantial que lo arrullaba y entrecerraba los ojos con somnolencia. Inmediatamente un cabeceo, hacía golpear su cabeza contra el azulejo y se despertaba rápidamente. Se secaba, se ponía desodorante, el mismo perfume de siempre, se peinaba sacudiendo su cabeza de un lado al otro , mientras las gotas del pelo, chorreaban por el espejo y las paredes. Salía corriendo para hacer las cinco cuadras que lo separaban del subte. Llegaba junto con el convoy. Se sentaba cuando tenía suerte y de inmediato el ronroneo monótono sumado al calor del ambiente, lo hacían cabecear. Literalmente se dormía muy profundo, así estuviese parado, y soñaba lo que no había soñado durante la noche.
Pero ese día, viernes 2 de mayo, no se durmió. Tuvo una sensación extraña, que si le preguntaban no hubiese sabido explicar cómo era. Sentía que llevaba cosas de más en su maletín.
Una señora, que por increíble que parezca se bajó a las tres estaciones de haber subido, le dio espacio para sentarse y revisar su desvencijado portafolio. Estaban los folletos, estaban los papeles carta con su nombre, las lapiceras de diferentes colores, sus tarjetas y la laptop. La abrió con pereza y lo primero que vio fue la imagen de Lucía sonriendo.
Lucía ya no estaba en su vida. Se había casado con Manuel el miércoles 30 de abril. Hacía menos de dos días. La fiesta había sido maravillosa y ella estaba radiante, como toda novia que se casa con el hombre que ama y que además es un ganador en la vida.
Él, Francisco, ¿qué era en definitiva?. Un tonto empleado de la bolsa, que alquilaba un mono-ambiente, que ni siquiera tenía auto, que recién ahora estaba empezando a asomar la cabeza, un luchador, eso sí, pero todavía le faltaba mucho camino por recorrer.
Estaba hablando de envidia. Manuel no era mucho más que él, pero había enamorado a Lucía con su sonrisa, su buen humor, ¡bah! porque sí.
Se preguntó por qué guardaba ese retrato. El viaje fue largo hasta llegar a Catedral, como nunca antes en su rutina diaria. Había tomado la decisión y en 9 de Julio pulsó cambiar fondo de pantalla. Una foto de una playa apareció por arte de magia. Volvió a sacudir sus pelos de un lado al otro. Sonrió. Se bajó en Catedral, prendió el segundo cigarrillo del día, miró la hora y se dijo que se merecía un café como Dios manda.

lunes, 21 de febrero de 2011

¿POR QUÉ? Graciela Tórtora




Llegaron juntos, felices, al pequeño puerto de Bel.
La luna de miel tan soñada estaba comenzando.
Todo era asombro.
Las aguas cristalinas, los cardúmenes haciéndoles cosquillas en sus tobillos, los besos bajo el agua…
Durante la noche, la luna gigante y extrañamente amarilla reflejaba sus luces en la bahía e iluminaban sus rostros plenos de felicidad.     
Caminaron a orillas del mar prometiéndose una y mil veces amor eterno. 
Eran lindos como todo aquel que se siente dichoso ante tanto amor y tanta maravilla. Bel fue testigo de la pasión que los envolvía.
Ellos eran toda luz. Brillaban.
No pasó mucho tiempo y ella tuvo que viajar a otro puerto. Esta vez por trabajo. Esta vez sin su amor.
El calor tropical de Puerto Barrios, el ron, la cerveza, y vaya a saber qué más, la hicieron caer en los brazos de otro. Nadie.
Dejó repentinamente de brillar. Todo fue oscuridad.
No pudo soportar su flaqueza. La aventura absurda la agobiaba.
Se fue quedando sin palabras, sin miradas.
Un día, ante los cuestionamientos de él, simplemente dijo -me voy.
Fue al puerto de Buenos Aires y lloró hasta inundar el Río de la Plata.
Él se pregunta por qué. Ella también.

Graciela Tórtora ( Porteña07)