LA SILLA VACIA
Todo lo que aconteció aquel día lo vi y lo oí con mis propios sentidos, entonces, creo tener autoridad suficiente como para relatar los hechos y escribir el informe que firmo por separado.
Otros funcionarios de la empresa juzgarán su importancia.
Destacado por la Compañía Británica de las Indias Orientales llegué a Pa-An capital de Karen (Birmania) en el mes de marzo de 1892, precisamente el día en que, el oficial Coronel Sir James Beresford del Real Ejército Británico, comandante de la colonia, cumplía años.
Durante el almuerzo, que transcurrió aburrido como todos los almuerzos de cumpleaños, cantamos “God Save The King” y brindamos por la salud del Coronel, por la salud del Rajá, por mi salud, por las damas presentes y por tantas otras cosas que no puedo recordar.
Cuando noté qué había una silla sin ocupar al lado del comandante, pregunté cual era la razón de ello. Por un momento pensé en la ausencia de alguna persona importante pero en voz baja y al oído me informaron que nadie se sentaba a la derecha del Coronel Sir James Beresford.
Por orden expresa del militar la silla debía permanecer siempre vacía.
Si bien hubo algunos intentos de ocuparla por parte de caballeros y hermosas damas inglesas, según me dijeron, los mismos nunca tuvieron éxito. ¿Y cual era la razón de tan raro proceder? -volví a preguntar.
Me dieron dos versiones, una oficial y la otra no tanto; casado en Inglaterra con Lady Rosa Winderm (con m final) muy joven, por cierto, su esposa lo acompañó tal como corresponde, a su primer destino como oficial de la Real Fuerza Británica en el Regimiento asentado en Pa-An (Birmania). No tuvieron hijos de inmediato. Mucho tiempo después relacioné ese hecho, el no tener hijos, digo, con lo sucedido. El matrimonio cumplía fielmente con todas las obligaciones sociales que imponía el protocolo; Iglesia Anglicana, paradas militares, agasajos, cocktails, cenas, bailes y los importantes juegos de cricket, como el de esa tarde.
Pero hace más de quince años una rara enfermedad asiática había terminado con la vida de Lady Winderm.
La otra explicación fue el tremendo disgusto que el Coronel propinó a su mujer y que la sumió en un estado de profunda tristeza, que la llevó a su muerte
Ese lugar, a la derecha del coronel, era el que en vida siempre ocupó Lady Winderm. Ahora su espíritu rondaba por allí y nadie supuestamente, nadie, puede sentarse encima de un espíritu.
Hasta llegué a imaginar que, lo que no veíamos en la silla vacía, tenía vida propia y que con algún sentido especial nos observaba a todos y a cada uno de los presentes Cuando se pierde a un ser querido pienso que hace bien hablar con los demás, muy por el contrario el comandante Beresford se encerró en un silencioso mutismo y solo hablaba con sus oficiales por razones de trabajo.
Al arribar al terreno de juego de cricket ya estaba todo preparado. Los locales controlados por el juez del encuentro, habían colocado los wickets en sus posiciones correctas.
En uno de los laterales del campo las sillas para los oficiales y sus esposas, y más atrás para los jóvenes. A la derecha del comandante; la silla vacía.
Algunos sirvientes sostenían sombrillas blancas para refresco de las damas que no habían llevado sombrero.
En el otro lateral, de pié, los locales. Inmediatamente de comenzado el juego los oficiales se pusieron en ventaja con varias corridas a su favor. Inclinándose a su izquierda y sin poder disimular su sonrisa el Coronel me dijo: -estos nativos no aprenderán nunca a jugar al cricket -y agregó -no entiendo como no les atrae un juego tan hermoso y divertido.
Yo solo pude asentir...
Como confirmando lo expresado, por un camino secundario, vecino al río, avanzaba lentamente un carro tirado por un buey, cargando un pesado tronco de teca. No pude imaginar, siquiera, cual sería su destino. Seguramente lo sorprendería la noche antes de llegar.
-En este país no existe el apuro -observé en voz alta.
Ni el hombre ni el buey giraron sus cabezas para observar el juego.
Durante el entretiempo y muy cerca de nuestros lugares, seis jóvenes hicieron una demostración de su deporte nacional: el chinlone (pelota de caña), que parece mas bien un baile con pelota. A decir verdad gustaron mucho y se fueron aplaudidos, no solo por los locales sino también por las jóvenes inglesas a quienes les encantó el armonioso y sensual movimiento de los birmanos
Después... un repentino silencio cubrió el campo de juego. Todos estuvimos expectantes, como esperando algo que podía suceder. Y sucedió. Una hermosa joven karen, ataviada con su colorido longy, aunque sin los collarines de bronce que estiran sus cuellos, ni los dolorosos tatuajes negros en su rostro, cruzando el terreno de juego caminaba decididamente hacia el Comandante.
Tomándola de un brazo un sargento cipayo, no la detenía, sino más bien la ayudaba a cruzar el campo.
Ellos, sin duda, conocían la historia de la joven.
Entonces, algunas de sus compañeras comenzaron a entonar con sus dulces voces birmanas una deliciosa melodía que, seguramente, pensé yo, sería una plegaria al Cielo.
A esas voces se le agregaron otras y otras y de pronto todas ellas estaban cantando.
Militares, civiles y mujeres inglesas que observaban lo que sucedía se pusieron de pié y se escuchó un breve pero grave murmullo de desaprobación.
Cuando estuvo cerca del Coronel, la joven, en perfecto inglés que todos a su alrededor escucharon, preguntó: -¿Padre mío, puedo sentarme? -señalando con su mirada la silla vacía.
-Si, si –respondió el Coronel -puedes sentarte. Y cuando ella lo hubo hecho la abrazó y después de besarla en la mejilla, le preguntó:
-¿Rosa, hija mía, quieres tomar un helado?
jueves, 21 de abril de 2011
LA SILLA VACIA
miércoles, 20 de abril de 2011
CAMINOS- (POEMA F/C)
SENDEROS
He caminado senderos que me dictó la razón,
Caminos de desencantos y caminos de ilusión.
He marchado en línea recta, en subidas y bajadas,
Tropezones y caídas y glorias nunca soñadas.
La vida me fue llevando por rutas desconocidas.
Y conocí mucha gente que no ve donde camina.
Atemoriza emprender caminos desconocidos
Es difícil descubrir la ruta que va a la dicha
Es más fácil deslizarse en la de libre caída.
Con los años, el camino es una cuesta
Se va estrechando y se convierte en sendero.
No debemos olvidar los caminos transitados
Porqué ellos guardan la historia de la vida que ha pasado.
He caminado senderos que me dictó la razón,
Caminos de desencantos y caminos de ilusión.
He marchado en línea recta, en subidas y bajadas,
Tropezones y caídas y glorias nunca soñadas.
La vida me fue llevando por rutas desconocidas.
Y conocí mucha gente que no ve donde camina.
Atemoriza emprender caminos desconocidos
Es difícil descubrir la ruta que va a la dicha
Es más fácil deslizarse en la de libre caída.
Con los años, el camino es una cuesta
Se va estrechando y se convierte en sendero.
No debemos olvidar los caminos transitados
Porqué ellos guardan la historia de la vida que ha pasado.
martes, 19 de abril de 2011
UNA LECCIÓN (f/c)

Observar al prójimo, escucharlo, desentrañar el contexto para tenerlo en cuenta al momento de hacer el análisis. Ojos y oídos en permanente atención. Nada de andar por las calles ensimismados, al contrario, tendrán que adquirir o potenciar la capacidad para mirar todo, escuchar todo y retener sólo lo importante. Ésa es la única forma que conozco y que puedo transmitirles a ustedes, para ser buenos periodistas.
Aquí aprenderán las teorías de la comunicación, cómo redactar, cómo expresarse, cómo analizar los discursos pero si no aplican lo primero que les dije, no van a develar las noticias, sino a cubrirlas.
¿Cuántas veces escucharon decir que Fulano cubrió tal noticia para el diario de la tarde? ¿En qué quedamos? ¿A las noticias hay que cubrirlas o es al revés, hay que intuirlas, descubrirlas, investigarlas y probarlas, chequeando por lo menos tres fuentes distintas, para después transmitirlas?
Pietroni era un tipo grande ya, con muchos años de experiencia en la gráfica y sus clases, inolvidables. Apostábamos a que no se jubilaría nunca, a juzgar por su entusiasmo.
Así comenzó, hace tres meses, mi primera clase en la Facultad y hoy, haciendo fila en la caja del supermercado obtuve mi título, aunque suene exagerado.
El señor que estaba detrás de mí se saludó con otro que paseaba su changuito buscando ese producto capaz de quitar las manchas de chocolate de las camisas y dejar así felices a las mujeres, porque no hay nada que produzca más tristeza que una prenda sucia, sólo comparable a la sensación de frustración personal que dan la grasa de los platos y las zapatillas con barro en los pisos recién lustrados.
Después de preguntarse por sus respectivas esposas (felices, a juzgar por la cantidad de productos de limpieza que ambos tenían en sus carritos) escuché un diálogo increíble.
–¿Hace mucho que no vas a tus pagos? Che, ¿qué fue del Tuerto?
–Mirá, desde que murió mi vieja no fui más. Y bueno, al Tuerto yo tampoco lo vi más. Al que no puedo ni ver es a uno que cada vez que sale por televisión con algún reclamo, ése que se dice chacarero, me da vergüenza ajena ser entrerriano.
Por el “je, je” noté que el amigo entendió que se trataba de De Ángelis, que está gozando de sus quince minutos de fama mediática hablando de las retenciones a la soja.
–Bueno, loco, tampoco es para tanto, o sí, claro, ustedes tienen ese sentimiento de amor propio por todo lo que venga de allá que nosotros, por ahí a lo mejor está mal, qué sé yo, pero no tenemos. Porque yo me acuerdo, cuando vivíamos todos en la casa grande, ¡cómo se peleaban el Tuerto y Raulito! Horas pasaban después de comer discutiendo sobre Rosas y Urquiza, enfrentados a muerte, loco. ¡Y cómo sabían los dos sobre ese tema! Yo, argentino, no me metía, viste, porque los contadores andamos por otros carriles, tenemos alguna idea de la Historia, nada más. Pero ellos se trenzaban fijando fechas, mencionando documentos, típico de los de abogacía. Andá a saber si eran ciertos, si existieron todo esos pactos espurios...
–Mirá, Negro, a mí con el Tuerto me pasaba lo mismo. Los dos veníamos de la misma ciudad, del mismo Colegio pero yo no puedo tolerar que digan que Urquiza fue un patriota y que tal y cual, cuando el desgraciado traicionó a los entrerrianos. ¿Puede ser que no se den cuenta? El tipo se cargó la muerte de varios de sus amigos y aliados, la del Chacho Peñaloza, por ejemplo, no lo apoyó, le soltó la mano. Hizo todo lo que Mitre quería, manejó la provincia como si fuera su estancia y llenó sus estancias con plata de la provincia, hizo guita con el contrabando de carne o el ganado en pie, lo que viniera le servía. Si Rosas no le ganaba de mano, ya tenía preparado un pacto con ingleses y franceses para separarse y hacer un paisito con Entre Ríos y Corrientes, yo vi el documento en...
–¡O Pavón! ¡No me digás que no hizo un arreglo con Mitre! Lo único que saqué en limpio fue que Rosas y Urquiza se peleaban por cuestiones económicas más que por patriotismo. La plata mueve al mundo...
–¡Por eso te digo! Dale que te toca pagar a vos, yo me voy a buscar el coso ese si no me mujer me mata...Un alegrón, Negro, haberte visto.
–Lo mismo digo, che. ¡Llamame, a ver cuándo nos juntamos a comer un asadito!
Cada uno hizo lo que debía menos yo, que recién al llegar a casa me di cuenta de que no había contado el vuelto por estar tan atenta a esos diez minutos de Historia Argentina.
Si me hubiera visto el profe Pietroni...
09/05/09
lunes, 18 de abril de 2011
ÑANDUBAY (c/Alicia)


–Árbol de la familia de las bombacáceas, género chorisia, de elegante y dulce nombre si se lo llama Ñandubay; más basto y bonachón si, como dicen los habitantes del Litoral, es nada más que un simple palo borracho.
En ésa y otras apreciaciones, la carrera de biología se hacía evidente en David, aunque estuviera, como ahora, caminando feliz con Alejandra por el boulevard en dirección a la Costanera.
David prosiguió, ya cruzando la hermosa glorieta, con las características propias de las tipas, jacarandaes, eucaliptus y lapachos de variados colores. Ella pensó en la enorme cantidad y variedad de árboles, arbustos y plantas decorativas que hay en la Costanera al tiempo que buscaba en su cabeza algún otro tema de conversación.
Anonadada, no siempre entendía todo lo que él le explicaba. David hacía una disección de la vida y de la muerte, pero ciertos o inventados, sus argumentos eran verosímiles. A sus espaldas, los amigos le decían Petete, como el personaje que conocieron por sus padres.
–¡Qué suerte que remodelaron un poco la estación del ferrocarril Belgrano! Daba pena verla, ahora por lo menos hay eventos culturales. Mi mamá viajaba a Buenos Aires en tren y siempre se acuerda de los desayunos, que tenían que hacer equilibrio para no volcarse. Dice que no le gustaba pasar de un vagón a otro, por miedo a caerse– dijo ilusionada, porque era un tema alejado de la plantas.
No contaba con que David tenía cuerda como para dar la vuelta al mundo.
–Hay infinidad de anécdotas de esta estación y los trenes– comenzó. Son historias que se cuentan tantas veces que nunca uno puede estar seguro de que así hayan sucedido. Igual que las casas, se subdividen, refaccionan, modifican, amplían para arriba o para atrás y con la última mano de pintura ya nadie recuerda cómo era la original.
–A mí me entusiasma ver fotos viejas y en eso que decís de las casas tenés razón– acotó Alejandra no sólo para acompañar la conversación, sino para estar segura de que ya no se iba a hablar de nada que fuera verde y tuviera raíces, floreciera o no.
–¿Seguimos por la Costanera o cruzamos el Puente Colgante?– preguntó David y al instante se arrepintió de darle a elegir: del otro lado del puente está la reserva ecológica, un paraíso, para él.
Por haber pensado lo mismo, Alejandra quiso evitarse más sufrimiento y optó por la costanera.
Después del impacto que causa la gran laguna, que al ponerse el sol refleja dorados tonos de marrón, lo primero que se ve es el faro. Por ese punto, Petete comenzó su exposición.
–Un faro en la ciudad que menos lo necesita. El puerto queda más al sur y no llegan barcos de gran calado. ¿Para qué lo construyeron? Los yates, veleros y canoas que quieran navegar por aquí de noche, tienen luz suficiente con las farolas de las dos costaneras, este y oeste, además de las propias. Una ridiculez. Antes de eso, nosotros no habíamos nacido, había una aerosilla para cruzar la laguna pero fue un emprendimiento con poca suerte. Todo para utilizar la cabeza y los pilares del viejo puente ferroviario que, como pasó con tantos otros puentes, se cayó por la creciente del ’26. Un camalotal enorme rompió los pilaretes pero unos meses antes, esas vías del Ferrocarril Santa Fe fueron escenario de un asesinato.
–¿En serio?
–Para serte sincero, estuve buscando en los diarios de esa época, y no encontré ninguna referencia, ni siquiera como suicidio. Martita pertenecía a la alta sociedad y es evidente que su familia tapó todo pero te cuento lo poco que sé, lo que trascendió.
Martita tenía un novio, otro chico de buen apellido, que era más o menos de su misma edad, dieciséis años y que solía esperarla a la salida del colegio. Los padres ignoraban el romance pero estoy seguro de que se hubieran opuesto de haberse enterado. Pasados varios meses, los vieron en la estación, subiendo al tren, o por lo menos, hay testigos que dicen que eran ellos. Martita estaba con lágrimas en los ojos y cara de asustada y él, con gestos de preocupación hasta parecía enojado cuando le hablaba.
Si pretendían llegar a Colastiné, destino final de ese tren, no queda claro para qué, porque las lanchas de pasajeros que iban a Paraná no salían de ahí sino del puerto de Santa Fe. Si lo que querían era viajar a Rosario o Reconquista, no era ése el convoy correcto. Sea como fuere, que tuvieran mala información o que la intención fuera otra, al tren subieron. Según dicen, el empleado aseguró que el chico compró dos boletos para esa formación.
Al cruzar la laguna, el tren disminuía su velocidad al mínimo porque, a eso sí lo corroboré en los diarios, el puente estaba en peligro debido a la gran crecida del río.
Alguien escuchó el ruido y cuando se asomó vio un cuerpo sumergirse en el agua. El maquinista, prudente y responsable de la seguridad de los demás pasajeros, continuó viaje hasta tierra firme y recién entonces dio la voz de alarma.
Nadie quiso arriesgarse en rescatar el cuerpo porque eran metros y metros cuadrados de camalotales traídos por la creciente y ya se sabe, entre las hermosas florcitas celestes vienen víboras y alimañas de todo tipo, hasta grandes felinos han llegado desde el norte.
Además, los isleños aún sostienen que es imposible encontrar a quien se ahoga cuando la laguna está alta porque el cuerpo se enreda en los camalotes y no flota, no vuelve a salir.
Tardaron varios días en sospechar que era Martita y menos tiempo en difundir que estaba embarazada y que él la tiró del tren. Por su parte, el chico de quien nunca nadie dijo el nombre, sostuvo que iba solo, sólo por gusto de conocer un lugar distinto y hasta negó conocerla, pero el hecho es que Martita desapareció y nunca más se supo de ella.
Habían llegado al faro y Alejandra miraba la laguna con tristeza pensando en la historia que David le había contado.
Él la abrazó, la giró hacia sí y, contrariamente a lo que ella esperaba, dijo señalando la vereda de enfrente:
–Mejor mirá para allá, qué hermoso, todos los palos borrachos están florecidos.
Alejandra no pudo evitar una carcajada y reconoció que era una bonita postal.
sábado, 16 de abril de 2011
DEMASIADO TARDE ( C/ ALICIA)
Cómo te explico Julián lo que me pasa, si el amor que descubrimos en nuestra adolescencia fue tan maravilloso que se podría decir “de vinos y rosas”.
Cómo te explico que fue algo que se fue gastando de a poco, casi sin darnos cuenta el gusano del desamor nos fue invadiendo silencioso, devorando nuestros sueños compartidos.
Claro, aparentamos una pareja perfecta, en realidad, vos forjaste tu vida lejos de los problemas cotidianos, tu grupo de amigos, tus partidos de tenis, salidas los viernes
Yo relegada a cuidar hijos y atender abuelas solitarias, negándome a ver la realidad
Me gustaba mi papel, me sentía el hada protectora, sin darme cuenta que no tenía vida propia.
Me costó irme de vacaciones con mis amigas, esos quince días me redescubrieron el mundo que yo hacía tiempo no compartía.
En una reunión conocí a alguien que despertó mi alma adormecida por la tediosa rutina y con gestos y palabras encendió los fuegos devoradores en mi sangre.
Seguimos viéndonos y resultó ser mucho más que eso, es el amor invitándome otra vez a compartir y disfrutar con madurez un real compromiso.
Por eso digo con dolor, ya no, es demasiado tarde Julián
Hoy me marcho, dispuesta a buscar las rosas escondidas.
Cómo te explico que fue algo que se fue gastando de a poco, casi sin darnos cuenta el gusano del desamor nos fue invadiendo silencioso, devorando nuestros sueños compartidos.
Claro, aparentamos una pareja perfecta, en realidad, vos forjaste tu vida lejos de los problemas cotidianos, tu grupo de amigos, tus partidos de tenis, salidas los viernes
Yo relegada a cuidar hijos y atender abuelas solitarias, negándome a ver la realidad
Me gustaba mi papel, me sentía el hada protectora, sin darme cuenta que no tenía vida propia.
Me costó irme de vacaciones con mis amigas, esos quince días me redescubrieron el mundo que yo hacía tiempo no compartía.
En una reunión conocí a alguien que despertó mi alma adormecida por la tediosa rutina y con gestos y palabras encendió los fuegos devoradores en mi sangre.
Seguimos viéndonos y resultó ser mucho más que eso, es el amor invitándome otra vez a compartir y disfrutar con madurez un real compromiso.
Por eso digo con dolor, ya no, es demasiado tarde Julián
Hoy me marcho, dispuesta a buscar las rosas escondidas.
LA MUDANZA (CUENTO)
La quietud del barrio se ve alterada por un barullo infernal, las vecinas chusmas no se resisten y con disimulo levantan los visillos para espiar a los Barrientos que se están mudando de casa
El camión semidestruido está estacionado justo en la puerta de la casa, ya cargaron algunos trastos, y ahora el viejo cascarrabias grita, ¡Cuidado con el espejo! Es recuerdo de mi mama, se lo saqué enterito al ropero antes de desarmarlo para hacer el asado de despedida.
La Doña con los ruleros atados y los labios pintados de rojo coquetea con el camionero un gordo bigotudo, mientras le pide que le acomode bien las macetas con plantas finas.
Los chicos corren al perro que no quiere subir al camión y la nena escondida tras el montón de desperdicios que dejaron en el patio delantero aprovecha para besuquearse con el novio, el flaco que anda con los pantalones rotos, el pelo desgreñado y la cara llena de granos y piercing, según las vecinas, es de dudosa moral!
Cargado hasta el tope el camión parece una gran mole, no alcanza a arrancar, resopla , bufa y tose como un fuelle asmático.
Entre todos lo empujan y cuando toma envión se desliza a noventa por hora, la calle en pendiente termina contra un paredón que lo frena desparramando todos los muebles en la calle.
Ambulancias, policías y volquetes, los Barrientos en el hospital, el gordo bigotudo detenido por infracción y la municipalidad cargando todo el desparramo en el volquete
Las vecinas curiosas y escandalizadas se persignan en la vereda.
El camión semidestruido está estacionado justo en la puerta de la casa, ya cargaron algunos trastos, y ahora el viejo cascarrabias grita, ¡Cuidado con el espejo! Es recuerdo de mi mama, se lo saqué enterito al ropero antes de desarmarlo para hacer el asado de despedida.
La Doña con los ruleros atados y los labios pintados de rojo coquetea con el camionero un gordo bigotudo, mientras le pide que le acomode bien las macetas con plantas finas.
Los chicos corren al perro que no quiere subir al camión y la nena escondida tras el montón de desperdicios que dejaron en el patio delantero aprovecha para besuquearse con el novio, el flaco que anda con los pantalones rotos, el pelo desgreñado y la cara llena de granos y piercing, según las vecinas, es de dudosa moral!
Cargado hasta el tope el camión parece una gran mole, no alcanza a arrancar, resopla , bufa y tose como un fuelle asmático.
Entre todos lo empujan y cuando toma envión se desliza a noventa por hora, la calle en pendiente termina contra un paredón que lo frena desparramando todos los muebles en la calle.
Ambulancias, policías y volquetes, los Barrientos en el hospital, el gordo bigotudo detenido por infracción y la municipalidad cargando todo el desparramo en el volquete
Las vecinas curiosas y escandalizadas se persignan en la vereda.
viernes, 15 de abril de 2011
LA RUTA - C/Ale y Alicia.
Escalada briosa empinado riesgo
Que por conocido lo transito en sesgo
Templado atajo el absurdo tiempo
Es vano el intento
Abatido palpo el fin de la ruta
Territorio hermético
Allí me detengo.
Lento voy hundiendo
Mi topografía y me quedo
Ya no, es demasiado tarde
Lo siento.
Iris. (Poema)
miércoles, 13 de abril de 2011
FE DE ERRATAS-
quiero aclarar que me equivoqué , liricamente de nombre, ya que ambos estan en La Falda,- el nombre real de la finca de mi historia es El Castillo- Eden es otro fabuloso hotel inaugurado y usado por los alemanes del nazismo- gracias y perdón
teresita
teresita
LA NOVIA
la noche
igualadora
de hombres
de hombres
y de gatos
plena de
susurros
miedos
y pestillos
esperando la luna
y el crepúsculo
para disolver las tinieblas
y perdonar
ladridos
lejanos
buscadores de sombras
acechan
los pastizales
los bosques
y las plazas vacías
pero
los niños arropan las camas
mientras
lúdicos veladores
disipan fantasmas
una mujer
la novia
(dicen los visillos) abandonada
con su vestido blanco
ilumina las calles
sin miedo
va la mujer
la mujer ida
la infeliz
lo peor
el espanto
y el viejo terror
ya pasaron de ella
en la oquedad del altar
de una iglesia
vacía
josé
martes, 12 de abril de 2011
CASTILLO "EL EDEN"
EL EDEN
El país despierta con las exigencias del progreso, comienza la traza y construcción de caminos a través de las altas cumbres de Córdoba, en un intento de comunicar a todos los pueblos diseminados en la zona agreste e inhóspita.
Hasta donde abarca la vista solo se divisan montañas y bosques vírgenes.
Pobladores de antigua raza merodean sobreviviendo entre los cerros, asombrados observan los extraños movimientos de máquinas desconocidas y de gente moviéndose entre nubes de polvo y piedras que vuelan por los aires tras grandes explosiones.
La construcción es confiada a una empresa extranjera, en el obraje hay instalados obreros, capataces, agrimensores e ingenieros viales.
Se destaca entre ellos un joven y talentoso ingeniero Italiano, contratado como jefe de la gran obra, al poco tiempo de vivir en esas soledades comienza a sentir nostalgias del terruño.
Decide volver a su país en busca de su novia, una bellísima mujer de largos cabellos ensortijados y bellos ojos glaucos que lo acompañará en esa increíble aventura.
Regresa feliz junto a su flamante esposa, como regalo de boda decide construir en su honor un castillo al estilo de los que hay en su tierra, donde no falta nada, desde un magnifico portal para la entrada de los carruajes, hasta una enorme pileta de natación, canchas de tenis, de jockey, salones de juego, preciosas terrazas orientadas al poniente desde donde se disfrutan diamantinas puestas de sol que quitan el aliento
Imagina una vida maravillosa viviendo en el Edén y criando una numerosa familia.
El destino cruel espera agazapado para destruir esa felicidad.
Su dulce y bella esposa no se adapta a vivir en un solitario paraíso, ajena al idioma y costumbres, entre gente ruda, sin nada que rompa la monotonía de los largos días.
Tratando de paliar el desaliento, se dedica a la cría de caballos de raza, mientras una legión de sirvientes atiende el castillo y cría a sus hijos.
Giorgio muchas veces absorbido por sus tareas pasa varios días lejos del hogar trabajando en el trazado de los riesgosos caminos, sola y angustiada, se aficiona a realizar cabalgatas por lo abruptos cerros, montada en su brioso caballo blanco, con los cabellos al viento es una onírica imagen volando por los tortuosos senderos de las montañas.
El día amanece fresco y con perezosas nubes coronando los cerros mas bajos.
La audaz amazona no teme al viento, lo desafía en una alocada carrera y al fustigar a su caballo para adelantarse, no prevé que tras la etérea nube que cruza delante de ellos se esconde la trampa mortal.
Cae la tarde y ella no regresa, hay muchas víboras por la zona y se teme lo peor
Salen en su búsqueda, tras una extenuante caminata la encuentran muerta junto a su corcel, en un profundo precipicio.
Abrumado por la pena, él decide abandonar el país junto a sus hijos.
El majestuoso castillo queda bajo la custodia de un amigo que lo atiende durante años.
Los hijos regresan a reclamar su herencia de amor, lo restauran y se dedican a la cría de caballos, siguiendo el ejemplo de su madre, finalmente fue cedido a una obra social de trabajadores.
En la actualidad lo regentea una empresa que montó un esplendido y exclusivo spa.
La historia , convertida en leyenda corre rumorosa como el río que baña los alrededores donde se yergue solitario y envuelto en misteriosa aureola el castillo “El Edén”
El país despierta con las exigencias del progreso, comienza la traza y construcción de caminos a través de las altas cumbres de Córdoba, en un intento de comunicar a todos los pueblos diseminados en la zona agreste e inhóspita.
Hasta donde abarca la vista solo se divisan montañas y bosques vírgenes.
Pobladores de antigua raza merodean sobreviviendo entre los cerros, asombrados observan los extraños movimientos de máquinas desconocidas y de gente moviéndose entre nubes de polvo y piedras que vuelan por los aires tras grandes explosiones.
La construcción es confiada a una empresa extranjera, en el obraje hay instalados obreros, capataces, agrimensores e ingenieros viales.
Se destaca entre ellos un joven y talentoso ingeniero Italiano, contratado como jefe de la gran obra, al poco tiempo de vivir en esas soledades comienza a sentir nostalgias del terruño.
Decide volver a su país en busca de su novia, una bellísima mujer de largos cabellos ensortijados y bellos ojos glaucos que lo acompañará en esa increíble aventura.
Regresa feliz junto a su flamante esposa, como regalo de boda decide construir en su honor un castillo al estilo de los que hay en su tierra, donde no falta nada, desde un magnifico portal para la entrada de los carruajes, hasta una enorme pileta de natación, canchas de tenis, de jockey, salones de juego, preciosas terrazas orientadas al poniente desde donde se disfrutan diamantinas puestas de sol que quitan el aliento
Imagina una vida maravillosa viviendo en el Edén y criando una numerosa familia.
El destino cruel espera agazapado para destruir esa felicidad.
Su dulce y bella esposa no se adapta a vivir en un solitario paraíso, ajena al idioma y costumbres, entre gente ruda, sin nada que rompa la monotonía de los largos días.
Tratando de paliar el desaliento, se dedica a la cría de caballos de raza, mientras una legión de sirvientes atiende el castillo y cría a sus hijos.
Giorgio muchas veces absorbido por sus tareas pasa varios días lejos del hogar trabajando en el trazado de los riesgosos caminos, sola y angustiada, se aficiona a realizar cabalgatas por lo abruptos cerros, montada en su brioso caballo blanco, con los cabellos al viento es una onírica imagen volando por los tortuosos senderos de las montañas.
El día amanece fresco y con perezosas nubes coronando los cerros mas bajos.
La audaz amazona no teme al viento, lo desafía en una alocada carrera y al fustigar a su caballo para adelantarse, no prevé que tras la etérea nube que cruza delante de ellos se esconde la trampa mortal.
Cae la tarde y ella no regresa, hay muchas víboras por la zona y se teme lo peor
Salen en su búsqueda, tras una extenuante caminata la encuentran muerta junto a su corcel, en un profundo precipicio.
Abrumado por la pena, él decide abandonar el país junto a sus hijos.
El majestuoso castillo queda bajo la custodia de un amigo que lo atiende durante años.
Los hijos regresan a reclamar su herencia de amor, lo restauran y se dedican a la cría de caballos, siguiendo el ejemplo de su madre, finalmente fue cedido a una obra social de trabajadores.
En la actualidad lo regentea una empresa que montó un esplendido y exclusivo spa.
La historia , convertida en leyenda corre rumorosa como el río que baña los alrededores donde se yergue solitario y envuelto en misteriosa aureola el castillo “El Edén”
viernes, 8 de abril de 2011
UNA ENTRE DIEZ
Existe una probabilidad, digamos entre diez, de que la acción llegue a buen término. Depende de muchos factores, el estado de ánimo por ejemplo; si la persona esta relajada, optimista, juguetona, se trata de un estado receptivo y las posibilidades de éxito aumentan. Otra cosa es que te encuentren atractivo: si tu imagen provoca comezón en las tripas, sonrisas nerviosas, brillo en la mirada, pues ya tienes una buena pista para aterrizar. Aspectos favorables lo constituyen también: la ausencia de novio, amigo u otra figura masculina acompañante; un evocador trasfondo musical (tipo Coldplay); un atardecer al estilo isla Santorini; o un tapete de flores de guayacán amarillo cubriendo el suelo, de preferencia con pétalos mecidos suavemente por el viento...
En esta ocasión no tengo nada a mi favor. Llueve a cántaros, ella parece enfadada por haberse mojado el cabello, un jayán de dos metros le ronda como un chacal a su presa y, en lugar de la música, los zumbidos de una ciudad atestada atoran los oídos. La he visto sólo un par de veces y hace una semana cruzamos unas pocas palabras, las suficientes para que su sonrisa se adhiriera a mi mente como un chicle a la suela del zapato. Ahora la veo con su húmedo malhumor resbalando por su cara y se me ocurre que me gustaría probar un chicle para endulzarme la boca. Solo para poder volver a ver brillar esa sonrisa me acerco para besarla. Tengo una oportunidad contra 10 de que no me partan la cara, o de que no me den una buena cachetada y me manden a la mierda, pero bien vale la pena el riesgo de un beso robado cuando el botín puede llegar a ser la misma felicidad.
Así que, allá voy...
En esta ocasión no tengo nada a mi favor. Llueve a cántaros, ella parece enfadada por haberse mojado el cabello, un jayán de dos metros le ronda como un chacal a su presa y, en lugar de la música, los zumbidos de una ciudad atestada atoran los oídos. La he visto sólo un par de veces y hace una semana cruzamos unas pocas palabras, las suficientes para que su sonrisa se adhiriera a mi mente como un chicle a la suela del zapato. Ahora la veo con su húmedo malhumor resbalando por su cara y se me ocurre que me gustaría probar un chicle para endulzarme la boca. Solo para poder volver a ver brillar esa sonrisa me acerco para besarla. Tengo una oportunidad contra 10 de que no me partan la cara, o de que no me den una buena cachetada y me manden a la mierda, pero bien vale la pena el riesgo de un beso robado cuando el botín puede llegar a ser la misma felicidad.
Así que, allá voy...
miércoles, 6 de abril de 2011
JULIÁN MANTERO (c. Alejandro)
Un par de orejas enormes, tiernas como mariposas según su madre, abiertas como pantallas, para la burla de sus amigos. El padre no tenía autoridad para hablar del tema ni se necesitaba ser muy avispado para comprender por qué.Imposible discenir a la distancia en qué pudo haberle modificado el carácter esa peculiaridad suya. Desde el primer grito, el único que se le escuchó, Julián Contú fue un niño tímido, que pasado el tiempo necesario se transformó en adolescente circunspecto, introvertido. De hablar pausado y muy bajito, siempre como susurrando y pidiendo disculpas por semejante osadía, era necesario acercársele bastante para entender lo que decía.
Pocas buenas amigas, uno o dos amigos de los que nunca estuvo seguro hasta dónde lo eran, parecían ser suficientes para alguien que amaba las palabras cruzadas, los solitarios con cartas francesas y la computadora. Jugaba sin competir contra otro, si perdía nadie se daba por enterado. Agilizaba su vocabulario y aprendía, encerrado en su dormitorio, más de lo que se le escurría en la escuela entre las risotadas de sus compañeros de aula.
Con ese talante apocado no es de extrañar que practicara natación en lugar del fútbol o el básquet, más tradicionales, sí, pero que lo obligarían a integrarse a un grupo. Como anillo al dedo le venía parecer una rana todas las tardes en el club: mientras se nada no se habla.
Alba era su mejor amiga, su compinche, la única que podría, si quisiera, dar pistas de los pensamientos de un Julián que, sin que pudiera preverse, descolló como excelente alumno en la carrera de ingeniería informática.
La casa de Alba fue su refugio para el estudio, lejos de una madre pegajosa, preguntona, que necesitaba controlar cada paso de su hijo y un padre que no podría decirse ausente pero tampoco merecedor de la portada de “Ser padres hoy”.
Ese maratón estudiantil tenía altibajos, algunos luminosos días de confraternidad y otros que no eran, precisamente, un jardín de flores. Solían tener largas discusiones que Alba pretendía ganar, lo que no ocurría muy a menudo. Entonces, optaba por la muletilla: “Bueno, basta Julián, callate y vamos a estudiar”. En ese momento, hacía su entrada triunfal la respuesta que la enojaba tanto: “Sí, doña Bernarda”. Esa alusión a la obra de García Lorca terminaba por hacerla reír y mientras ella remedaba a la señorona de luto permanente, él mutaba en Martirio.
El título llegó acompañado por la terrible crisis de fin de siglo y el obituario de Abelardo Contú, que había solucionado la pérdida de sus ahorros con un infarto masivo, sumándole a Julián impensados problemas de subsistencia.
Mientras Gladis, esa mujer que los había asfixiado siempre, develaba sus habilidades manuales cosiendo ropa ajena, Julián aprendía los secretos de la bijouterie que Alba transmitía con amistad incondicional.
Tal vez sea una generalidad decir que un cambio trae otros. Lo cierto es que una mañana no se vio las orejotas, tomó una vieja manta y la instaló en la acera de una plaza decidido a ofrecer su producción. Al cabo de cierto tiempo, le avisó a Gladis (así la llamó, asombrado) que no lo esperara despierta, que comería cualquier cosa con otros “manteros” y no sabía a qué hora volvería. Por fin, alguna noche, bien tarde, rebautizado como Julián Mantero entró a un servicio de chat.
Gladis insistía en su necesidad de saber: dónde vas, con quién, a qué hora volvés, comés conmigo, por qué te acostás tan tarde.
A esa primera pregunta, Julián Mantero sólo contestó, un lluvioso tres de mayo en que estrenaba sus veintiséis años:
– A Inglaterra, a visitar a un amigo… Y, doña Inquisición, que no se te ocurra molestar a Alba, no te va a responder.
05/04/2011
LA FLEXIBILIDAD DEL PAPEL (Viejo cuento)
-El viaje es corto pero, a veces, los viajes más cortos son los que más lejos nos llevan. Tres horas hasta llegar a Toulouse y la estación repleta de gente en estas fechas pre-vacacionales. Al tren de Sonia suben menos viajeros de los que ella preveía; supone que la mayoría aguarda los trenes de alta velocidad con destino a Madrid o a Barcelona y, en medio de este pensamiento, la palabra “destino” se le queda atascada en la garganta como una espina o una blasfemia.
Asiento 15V. Sonia se acomoda y mira por la ventanilla. Hay otro tren estacionado en la vía paralela, y una mujer que la mira desde ese tren y desde su propia ventanilla. Otro tren, otro destino y un cruce de miradas: dos vidas en colisión, dos historias que nada saben la una de la otra y, sin embargo, Sonia ha advertido reconocimiento en los ojos de esa mujer desconocida, un fondo de complicidad; quizá la otra mujer también ha notado lo mismo en la fugaz mirada de Sonia; quizá ambas saben que no van a ninguna parte, que, simplemente, se dejan llevar por un tren, por un destino…
En la malla del asiento de delante hay algo abultado, tal vez un paquete. Sonia lo saca con cuidado, con dedos de por si acaso. Los hallazgos inesperados están llenos de recelos y prejuicios, también lo conocido porque todo lo conocido lo acabamos convirtiendo en reliquia, en nuestra propia reliquia, y las reliquias causan aprensión.
Lo que Sonia tiene en su mano es un libro que algún viajero habrá olvidado pero, ¿los libros se olvidan o se quedan en alguna parte con el propósito de que alguien concreto los encuentre? ¿Los libros aparentemente olvidados son, en realidad, libros que nos esperan? Sonia no había pensado leer durante el trayecto, tenía proyectado cerrar los ojos y, a intervalos, abrirlos para mirar el paisaje que seguramente a media tarde desaparecería engullido por el temprano anochecer de diciembre.
¿A quién se le ocurre envolver las tapas de un libro con papel de periódico? A Sonia se le viene la idea de que acaso se trate de un libro impopular o socialmente incorrecto, un texto que al propietario del libro le pareció lo suficientemente agresivo o transgresor como para secretearlo con un papel cargado de noticias con seguridad mucho más atroces e inmundas que el argumento que ocultaban. Fuera como fuese, la supuesta subversión del libro queda desmentida cuando lo abre y comprueba que se trata de “Amadís de Gaula”, un clásico medieval, una novela de caballerías de aquéllas que volvieron loco a don Quijote. Sonia la leyó hace años y no va a volver a leerla ahora, no le apetece sumirse en una historia fantástica de hechiceras, espadachines, traiciones, hijos furtivos y amores contrariados. Sonia viaja hacia Toulouse para encontrarse con el remate, bueno o malo, de una historia y por nada del mundo desea convocar pésimos finales como el de los amoríos entre Amadís y Oriana. Sonia recuerda que la novela tiene en realidad dos finales diferentes: uno, el de la obra original y otro, mucho más abierto, de una versión posterior. Sería maravilloso que la vida, su vida, también permitiese distintas versiones y diferentes finales. Sería maravilloso poder escoger uno u otro pero no es posible. La única certeza es un tren que la lleva hacia Toulouse, hacia un destino ahora incierto que será uno y sólo uno, sin opción, sin espacio tampoco para su voluntad.
Esta es su realidad.
No existe alternativa.
Una historia escrita posee la flexibilidad del papel sobre la que está impresa. Una historia que se vive debería ser todavía más flexible porque no está escrita en ninguna parte y ni aun la mínima rigidez del papel le afecta.
Una historia escrita sobre un papel puede doblarse, recortarse, hacer que las palabras de arriba se mezclen con las de abajo o las del medio, o se congreguen en reuniones imposibles o cuenten otra historia totalmente diferente.
Por su parte, una historia que se vive tiene todas las direcciones del mundo para hacer transitar su argumento; tiene todos los lugares y todos los cielos para cobijarse. La mujer llamada Oriana que hace siglos vio batirse en duelo a su querido Amadís y se arrojó desde una ventana cuando su amado murió está ahora enterrada entre las páginas de un libro que Sonia tiene entre sus manos. No ha querido volver a leer la novela y, sin embargo, no deja de pensar en ella. En ellas: en la novela y en Oriana.
Si Sonia quisiese podría escribir una tercera versión y redimir a Oriana, salvarla. Podría hacer que se enamorase del caballero Esplandián, el ganador del duelo, o convencer a la hechicera Urganda de que la resucitase por medio de un sortilegio. Podría escribir cualquier final, cualquier giro que la rescatase. Sonia, al pensar estas posibilidades, siente una punzada de envidia hacia Oriana.
Una voz grabada informa de la proximidad de Toulouse y algunos viajeros comienzan a removerse en sus asientos y a preparar bolsas y equipajes. Sonia está llegando a su destino, al final, bueno o malo pero sólo uno, de su propia historia. Ha pensado depositar el libro en alguna oficina de objetos perdidos de la estación de Toulouse pero antes siente curiosidad por ver las tapas ocultas bajo el papel de periódico. Nadie va a saber que las ha retirado, que ya las está retirando con cuidado, tratando de no hacer ruido, como si no quisiese despertar a los personajes que duermen a la espera de que un lector los obligue a reeditar su vieja historia.
La carátula del libro presenta una ilustración de Amadís a caballo, espada en ristre y vestido con su armadura. Al fondo se ve la torre de un castillo pero justo en la mitad del dibujo un retacito del papel del diario está pegado, como si se hubiese secado y amalgamado con la cubierta. Sonia tira de él y logra despegarlo casi del todo, sólo resta un pedazo de apenas un centímetro que oculta el centro de una ventana de la torre.
Al mismo tiempo que la voz grabada informa de la llegada a Toulouse, Sonia puede leer las palabras del diario que han quedado pegadas en la tapa de la novela. Sobre la ventana de la torre, allí donde seguramente Oriana vio combatir y morir a su amado, la flexibilidad del papel ha querido que queden a la vista dos palabras: “sálvate tú”.
Desde el andén de la estación un hombre ve a Sonia tras la ventanilla del tren. Ha llegado a última hora, en el instante en que el tren cierra sus puertas y, con un rechinar de ejes, se pone en movimiento. Con Sonia dentro.
Una mujer sube a un tren en la estación de Toulouse. El viaje es corto pero a veces los viajes más cortos son los que más lejos nos llevan. La mujer lleva en sus manos una novela con las tapas envueltas en papel de periódico. Quiere leer durante el trayecto pero cuando llega a su asiento -15V- y el tren arranca la inunda un agradable sopor y prefiere dormitar. La mujer guarda la novela en la malla del asiento delantero y se duerme. No se despierta hasta pasadas tres horas, hasta que llega a su destino, mira por la ventanilla y en un tren estacionado en la vía paralela sus ojos se cruzan con los de una mujer desconocida que va a emprender viaje en la dirección contraria, hacia Toulouse. Antes de apearse busca y rebusca: no comprende cómo ha podido desaparecer su novela de la malla del asiento delantero.
Asiento 15V. Sonia se acomoda y mira por la ventanilla. Hay otro tren estacionado en la vía paralela, y una mujer que la mira desde ese tren y desde su propia ventanilla. Otro tren, otro destino y un cruce de miradas: dos vidas en colisión, dos historias que nada saben la una de la otra y, sin embargo, Sonia ha advertido reconocimiento en los ojos de esa mujer desconocida, un fondo de complicidad; quizá la otra mujer también ha notado lo mismo en la fugaz mirada de Sonia; quizá ambas saben que no van a ninguna parte, que, simplemente, se dejan llevar por un tren, por un destino…
En la malla del asiento de delante hay algo abultado, tal vez un paquete. Sonia lo saca con cuidado, con dedos de por si acaso. Los hallazgos inesperados están llenos de recelos y prejuicios, también lo conocido porque todo lo conocido lo acabamos convirtiendo en reliquia, en nuestra propia reliquia, y las reliquias causan aprensión.
Lo que Sonia tiene en su mano es un libro que algún viajero habrá olvidado pero, ¿los libros se olvidan o se quedan en alguna parte con el propósito de que alguien concreto los encuentre? ¿Los libros aparentemente olvidados son, en realidad, libros que nos esperan? Sonia no había pensado leer durante el trayecto, tenía proyectado cerrar los ojos y, a intervalos, abrirlos para mirar el paisaje que seguramente a media tarde desaparecería engullido por el temprano anochecer de diciembre.
¿A quién se le ocurre envolver las tapas de un libro con papel de periódico? A Sonia se le viene la idea de que acaso se trate de un libro impopular o socialmente incorrecto, un texto que al propietario del libro le pareció lo suficientemente agresivo o transgresor como para secretearlo con un papel cargado de noticias con seguridad mucho más atroces e inmundas que el argumento que ocultaban. Fuera como fuese, la supuesta subversión del libro queda desmentida cuando lo abre y comprueba que se trata de “Amadís de Gaula”, un clásico medieval, una novela de caballerías de aquéllas que volvieron loco a don Quijote. Sonia la leyó hace años y no va a volver a leerla ahora, no le apetece sumirse en una historia fantástica de hechiceras, espadachines, traiciones, hijos furtivos y amores contrariados. Sonia viaja hacia Toulouse para encontrarse con el remate, bueno o malo, de una historia y por nada del mundo desea convocar pésimos finales como el de los amoríos entre Amadís y Oriana. Sonia recuerda que la novela tiene en realidad dos finales diferentes: uno, el de la obra original y otro, mucho más abierto, de una versión posterior. Sería maravilloso que la vida, su vida, también permitiese distintas versiones y diferentes finales. Sería maravilloso poder escoger uno u otro pero no es posible. La única certeza es un tren que la lleva hacia Toulouse, hacia un destino ahora incierto que será uno y sólo uno, sin opción, sin espacio tampoco para su voluntad.
Esta es su realidad.
No existe alternativa.
Una historia escrita posee la flexibilidad del papel sobre la que está impresa. Una historia que se vive debería ser todavía más flexible porque no está escrita en ninguna parte y ni aun la mínima rigidez del papel le afecta.
Una historia escrita sobre un papel puede doblarse, recortarse, hacer que las palabras de arriba se mezclen con las de abajo o las del medio, o se congreguen en reuniones imposibles o cuenten otra historia totalmente diferente.
Por su parte, una historia que se vive tiene todas las direcciones del mundo para hacer transitar su argumento; tiene todos los lugares y todos los cielos para cobijarse. La mujer llamada Oriana que hace siglos vio batirse en duelo a su querido Amadís y se arrojó desde una ventana cuando su amado murió está ahora enterrada entre las páginas de un libro que Sonia tiene entre sus manos. No ha querido volver a leer la novela y, sin embargo, no deja de pensar en ella. En ellas: en la novela y en Oriana.
Si Sonia quisiese podría escribir una tercera versión y redimir a Oriana, salvarla. Podría hacer que se enamorase del caballero Esplandián, el ganador del duelo, o convencer a la hechicera Urganda de que la resucitase por medio de un sortilegio. Podría escribir cualquier final, cualquier giro que la rescatase. Sonia, al pensar estas posibilidades, siente una punzada de envidia hacia Oriana.
Una voz grabada informa de la proximidad de Toulouse y algunos viajeros comienzan a removerse en sus asientos y a preparar bolsas y equipajes. Sonia está llegando a su destino, al final, bueno o malo pero sólo uno, de su propia historia. Ha pensado depositar el libro en alguna oficina de objetos perdidos de la estación de Toulouse pero antes siente curiosidad por ver las tapas ocultas bajo el papel de periódico. Nadie va a saber que las ha retirado, que ya las está retirando con cuidado, tratando de no hacer ruido, como si no quisiese despertar a los personajes que duermen a la espera de que un lector los obligue a reeditar su vieja historia.
La carátula del libro presenta una ilustración de Amadís a caballo, espada en ristre y vestido con su armadura. Al fondo se ve la torre de un castillo pero justo en la mitad del dibujo un retacito del papel del diario está pegado, como si se hubiese secado y amalgamado con la cubierta. Sonia tira de él y logra despegarlo casi del todo, sólo resta un pedazo de apenas un centímetro que oculta el centro de una ventana de la torre.
Al mismo tiempo que la voz grabada informa de la llegada a Toulouse, Sonia puede leer las palabras del diario que han quedado pegadas en la tapa de la novela. Sobre la ventana de la torre, allí donde seguramente Oriana vio combatir y morir a su amado, la flexibilidad del papel ha querido que queden a la vista dos palabras: “sálvate tú”.
Desde el andén de la estación un hombre ve a Sonia tras la ventanilla del tren. Ha llegado a última hora, en el instante en que el tren cierra sus puertas y, con un rechinar de ejes, se pone en movimiento. Con Sonia dentro.
Una mujer sube a un tren en la estación de Toulouse. El viaje es corto pero a veces los viajes más cortos son los que más lejos nos llevan. La mujer lleva en sus manos una novela con las tapas envueltas en papel de periódico. Quiere leer durante el trayecto pero cuando llega a su asiento -15V- y el tren arranca la inunda un agradable sopor y prefiere dormitar. La mujer guarda la novela en la malla del asiento delantero y se duerme. No se despierta hasta pasadas tres horas, hasta que llega a su destino, mira por la ventanilla y en un tren estacionado en la vía paralela sus ojos se cruzan con los de una mujer desconocida que va a emprender viaje en la dirección contraria, hacia Toulouse. Antes de apearse busca y rebusca: no comprende cómo ha podido desaparecer su novela de la malla del asiento delantero.
LA RUTA Y LAS PARTÍCULAS
Sostengo que el momento justo, el elemental, es generado por el invisible universo de partículas—sea el plano que fuere—intentando modificar o mutar una realidad (en este caso, la nuestra). Las imagino arreando ideas a mentes abiertas, iluminando salidas en laberintos mentales, provocando casualidades para el descubrimiento. ¿Por qué? Conjeturo que es cómo ordenar el tránsito en la ruta del tiempo profundo: STOP. NO SIGA . ABISMO. GIRE. Parafraseando a Boyle sus analogías:” Cómo el alfabeto, que con unas pocas letras puede escribir toda la literatura”. “Cómo la llave y la cerradura, hecha la una para la otra”. Posiblemente, ese momento elemental, venga de la mano del Dr. Edgger. Cambiar mi genética, es la meta.
La posibilidad de generar sangre humana (cantidades industriales) a partir de células de la piel, produjo un sustancial cambio en todos los órdenes de la vida del planeta: Político-Social. Económico. Evolutivo. Pero, el mayor impacto, más espinoso que los robots con piel humana irrigada con sangre, fue el intento de inserción social de las dispersas y discretas comunidades vampíricas, donde pertenezco. No fue fácil, tampoco muy difícil. Hubo detractores hostiles, pacíficos, y demás. Pero también defensores de la misma naturaleza y demás. De todas maneras, una buena estrategia suma innumerables voluntades. Los de mi raza, poseemos dos tesoros que los humanos (o ciertos humanos) desean por sobre todo las cosas: inmortalidad e inmensa riqueza. Y, aquellos llamados líderes, vieron en nosotros este mayor anhelo. Los mismos que llamaron oro rojo a la sangre que irrigaba la piel de los robots. Y los mismos que no fabricaron humanoides con órganos artificiales para trasplantes, producidos por las impresoras tridimensionales desde una computadora. Sí, impresoras que no solo imprimen sobre papel, sino que van reproduciendo un objeto (un hueso o un riñón, por ejemplo). Supongo que así son los humanos. Arañan los límites, se encaraman a ellos, pero son contados con los dedos quienes los sobrepasan..
No fue la idea de abundancia de sangre, nuestro principal alimento, la que nos decidió solicitar igualdad social. ¡Fue la excusa! El motivo, lo que nos movilizó, era y es, la necesidad de pertenecer. La necesidad de sentir por la simple y patética certeza del humano: nacer para morir. Los avatares de los tiempos fueron cambiando también nuestra comunidad. La comprensión de la racionalidad del concepto de finitud como cualidad de vida (Vida finita, vida limitada) y, su inestabilidad como concepto, evangelizó nuestra cultura. La expresión de finitud, se convirtió en cambios, evolución, futuro, energía, fe, esperanza, sueños, anhelos, procreación y más, muchísimo más. En la finitud la paradoja del tiempo profundo y el tiempo lineal, se concilian. Se convierten, de alguna manera, en la expresión de infinito dolor e infinito placer de una madre pariendo.
El doctor Edgger es especialista en senescencia. Yo seré su conejito de India, el primer eslabón de un posible gran cambio. El mío y el de la mayoría de mis congéneres: morir, ser mortales. Y, el de aquellos humanos que desean la inmortalidad.
N/P: Aunque parezca que esta narración no guarda sentimientos o emociones; sí los tiene.
Quizás no logre leerse como un cuento, sino fuere así, léase como el principio de un cuento ficción que puede convertirse en realidad o como el principio de algo, el enunciado de un cuento que hubiese podido ser muy bien escrito por los que saben.
Es real que se ha conseguido fabricar sangre de una célula de la piel (ahora está en períodos de prueba su bondad)
Es real lo de la impresora tridimensional, que produce objetos desde una computadora, imprimiendo sobre células. Leer sobre el científico Anthony Atala .
Senescencia: Ciencia que estudia el envejecimiento y la forma de evitarlo o retrasarlo ( telomerasa y telómeros a la orden del día)
La posibilidad de generar sangre humana (cantidades industriales) a partir de células de la piel, produjo un sustancial cambio en todos los órdenes de la vida del planeta: Político-Social. Económico. Evolutivo. Pero, el mayor impacto, más espinoso que los robots con piel humana irrigada con sangre, fue el intento de inserción social de las dispersas y discretas comunidades vampíricas, donde pertenezco. No fue fácil, tampoco muy difícil. Hubo detractores hostiles, pacíficos, y demás. Pero también defensores de la misma naturaleza y demás. De todas maneras, una buena estrategia suma innumerables voluntades. Los de mi raza, poseemos dos tesoros que los humanos (o ciertos humanos) desean por sobre todo las cosas: inmortalidad e inmensa riqueza. Y, aquellos llamados líderes, vieron en nosotros este mayor anhelo. Los mismos que llamaron oro rojo a la sangre que irrigaba la piel de los robots. Y los mismos que no fabricaron humanoides con órganos artificiales para trasplantes, producidos por las impresoras tridimensionales desde una computadora. Sí, impresoras que no solo imprimen sobre papel, sino que van reproduciendo un objeto (un hueso o un riñón, por ejemplo). Supongo que así son los humanos. Arañan los límites, se encaraman a ellos, pero son contados con los dedos quienes los sobrepasan..
No fue la idea de abundancia de sangre, nuestro principal alimento, la que nos decidió solicitar igualdad social. ¡Fue la excusa! El motivo, lo que nos movilizó, era y es, la necesidad de pertenecer. La necesidad de sentir por la simple y patética certeza del humano: nacer para morir. Los avatares de los tiempos fueron cambiando también nuestra comunidad. La comprensión de la racionalidad del concepto de finitud como cualidad de vida (Vida finita, vida limitada) y, su inestabilidad como concepto, evangelizó nuestra cultura. La expresión de finitud, se convirtió en cambios, evolución, futuro, energía, fe, esperanza, sueños, anhelos, procreación y más, muchísimo más. En la finitud la paradoja del tiempo profundo y el tiempo lineal, se concilian. Se convierten, de alguna manera, en la expresión de infinito dolor e infinito placer de una madre pariendo.
El doctor Edgger es especialista en senescencia. Yo seré su conejito de India, el primer eslabón de un posible gran cambio. El mío y el de la mayoría de mis congéneres: morir, ser mortales. Y, el de aquellos humanos que desean la inmortalidad.
N/P: Aunque parezca que esta narración no guarda sentimientos o emociones; sí los tiene.
Quizás no logre leerse como un cuento, sino fuere así, léase como el principio de un cuento ficción que puede convertirse en realidad o como el principio de algo, el enunciado de un cuento que hubiese podido ser muy bien escrito por los que saben.
Es real que se ha conseguido fabricar sangre de una célula de la piel (ahora está en períodos de prueba su bondad)
Es real lo de la impresora tridimensional, que produce objetos desde una computadora, imprimiendo sobre células. Leer sobre el científico Anthony Atala .
Senescencia: Ciencia que estudia el envejecimiento y la forma de evitarlo o retrasarlo ( telomerasa y telómeros a la orden del día)
martes, 5 de abril de 2011
“VIVE LA LIBERTÉ!”
Cuando George Berkeley dijo “ser es ser percibido” me aterró tanto terror, valgan el pleonasmo y la aliteración. Las criaturas de este espacio han nacido para vivir una vida de fracasos y de triunfos, de alegrías y tristezas. Ya nos tocaron, y nos siguen tocando, luchas contra las dictaduras del pensamiento y más luchas para combatir el totalitarismo unificador de cerebros. Nos toca la acción en contra de la falta de calidad de nuestra menesterosa ortografía, de nuestra infantil sintaxis. Somos lo que somos en el mundo y el mundo nos ignora porque nuestras veleidades lo superan, nuestra vanidad es un lujo y todo lujo es una vulgaridad.
Juan pensó un mundo y una vez que lo hubo pensado se lo contó a su padre quien no dudó ni un segundo en felicitarlo y enviarlo a cargar bolsas de papas. El pensamiento conduce a la duda, odia la desmesura de lo plano y la ferocidad de lo quieto (valga el oxímoron).
Somos capaces, los humanos digo, de las peores batallas, de las más horribles guerras, pero no siempre la consecuencia es el peor de los pecados; la causa siempre es la intolerancia, la infinita ensimismación de algunos que se creen portadores de verdades absolutas.
Juan dijo a los hombres que la libertad es libertad de pensamiento y que no hay seres superiores que piensen por nosotros. No todos comprendieron porque pensar significaba, con seguridad, equivocarse y resultaba mejor dejar que otro pensara por nosotros, lo cual, nos evitaba la dolorosa inquietud del error sin saber que solamente se es hombre cuando son las equivocaciones las que nos enseñan las mañas de la vida.
Siempre hay un ser en cada sociedad que toma el rol de los que temen equivocarse. Hace falta un ser decidido y suelto de cuerpo para creer en todas las mentiras que dice de sí mismo. Todo esto tiene nombre, se llama fascismo en el sentido de buen paternalismo, sin dudas el peor de todos porque es casi irresistible.
– No pienses Juan, es mucho trabajo, yo voy a hacerlo por vos.
– Gracias Jefe, ya estaba cansado de pensar, vos me salvaste y pensaste por mí.
– Tranquilo, Juan. Yo me hago cargo. Estoy seguro que algunos pocos se darán cuenta pero no es para preocuparse porque el temor es más fuerte que la razón.
– Pero, ¿no es la razón lo mejor que hay?
– Para nada Juan. La razón es fuente de inquietudes, de dudas, de razonamientos erróneos. De eso me encargo yo. Yo soy la primera persona del singular, soy el que soy, y mientras yo exista nadie se va a ver en la obligación de saber, de pensar, ni de ser libre.
Juan no creyó en lo que el Jefe decía y al ponerse en su contra se puso en contra de la gente. Eso hizo titubear a Juan porque nunca imaginó que el Jefe entendiera pero sí imaginó que la gente lo hiciera.
Juan quedó dudando y añorando secretamente la falta de dudas del Jefe. Es más fácil no pensar, es más fácil dejar que otro decida, decía la gente mientras adoraba al Jefe.
Pero Juan encontró algunos silencios y renació su esperanza. Esperanza en los silencios, esperanza en los que se expresaron sin palabras. Una vana esperanza lo alegró, una libertad en ciernes lo despertó y supo que nunca hay que bajar los brazos, que el Jefe jamás se va a rendir pero los amantes de la razón, con nuestras dudas e inquietudes, tampoco nos vamos a rendir.
Así, Juan decidió que era tiempo de emprender una lucha minuciosa y atroz, una lucha desmesurada y, tal vez, perdida de antemano. No se amilanó. Nunca lo haría y así, sin esperar éxito alguno, lucharía por la libertad en contra del totalitarismo. Y renació la esperanza aunque el pueblo no pudiera verlo o, aun viéndolo, nada hiciera.
“Vive la Liberté!”
lunes, 4 de abril de 2011
VUELO 2428

En el aeropuerto, esta tarde de domingo el gentío se mira con una mueca cómplice, se alza de hombros en un “qué vamos a hacer” y camina hacia ningún lado. La mayoría opta por sentarse en algunos de los bares donde saciar la angustia, calmar los nervios y eliminar ese nudo acá cuesta casi tanto como pasar la noche en un hotel cinco estrellas.
La única vez que Renata estuvo en un aeropuerto fue cuando el gerente le indicó que tenía que ir a recibir y a acompañar a Mr. Williams hasta el hotel. Cumplió y hasta hoy no sabe de quién se trataba ni para qué venía.
Pero sucedió que el vuelo de Air Jamaica se atrasó y ella se encontró boyando a la deriva. Pasó por un puesto de revistas y a la izquierda, cerquita de su mano encontró un pequeño tesoro, una perla de inteligencia que trocó la molestia en sonrisas: Brutas Biografías de bolsillo, de César Bruto. Viejo por donde se lo mirara, al punto de tener que separar la hojas con un cuchillo, fue el más leído de su biblioteca, el más prestado. Después de pasar por todas las manos conocidas, terminó en el taller de un encuadernador.
Perdida en ése y otros recuerdos desordenados, se hizo de noche sin que hubiera comido nada, sólo había tomado café y gaseosas hasta que lo que parecía impensable, sucedió. Se anunciaba que el demorado vuelo 2428 partía rumbo a Santiago de Chile.
Había planificado un largo viaje que incluía puntos importantes de Asia y Europa, para finalizar en América. Dicho así, cualquiera podría presuponer que será un viaje de varios meses, pero no tratándose de ella.
Lo que para ciertas personas es imprescindible, como la Gran Muralla o la isla de Pascua, Renata las dejó pasar sin pestañear y con un mohín significando “cuatro piedras a quién le pueden interesar”.
De China sólo le llamó la atención la cantidad de gente y de carteles luminosos.
No se puede comer nada, certificó, a menos que una se gaste una bolsa de dólares en impresionantes restaurantes, únicos lugares donde el menú es aceptable. Notó que tienen razón los que dicen que los orientales son todos iguales, no supo distinguir chino de coreano ni de vietnamita.
La visita a la India fue poco agradable. Parecía que toda la pobreza del mundo se concentraba allí, a pesar de ser un país que, dicen los que saben, está emergiendo a pasos agigantados, y de que la comida es mejor que la de sus vecinos del este.
Turquía, a la que vio muy superficialmente, le resultó antipática. Sus amigos, los Aronian, son hijos de armenios y le han contado las barbaridades que hicieron los turcos allí. En Ankara, la capital, tienen edificios ultramodernos, preciosos y otros viejísimos pero bien pintaditos y con todos los detalles lustrados.
Eso es lo notable de Asia y Europa, conservan y cuidan todo lo antiguo y no está mal aunque a mí no me guste, pensó. En nuestro país, por ejemplo, la mayoría de las mansiones se mutilan para renacer como shopping, desierta plazoleta seca o, como dijo Teresa, “vieja que muere, edificio que se levanta”.
El periplo por el centro de Europa hasta Francia no le deparó ninguna sorpresa, había visto muchas películas donde muestran idénticos paisajes y las mismas iglesias, con la ventaja de que no molestan los olores, cosa fundamental para quien tiene la nariz delicada como ella.
En América, empezó por el Caribe. Zona hermosa del continente, sus aguas azules, verdes, turquesas la habrían tentado pero Renata tiene miedo, terror a cualquier masa de agua que no esté contenida en una bañera, como máximo y con precauciones.
Estaba observando las tortugas de las islas Galápagos, esperando que apareciera alguna iguana y en un instante no vio nada más. Sintió su desesperación, sumida en una negritud absoluta. Se retiró caminando despacio y a tientas.
Medio dormido, Rodolfo escuchó:
– Correte que estás acostado en mi lugar.
– ¿Eh, qué pasa?
– Se cortó la luz, ¡justo cuando estaba mirando las tortugas ecuatorianas! Cosa impresionante la internet, mientras dura.
sábado, 2 de abril de 2011
BORINQUEN (C/Alejandro)
Cuando murió Lola, la mamá de Esteban, heredamos unos pesitos que ella tenía en el banco. Sí, apenas unos pocos, los que le quedaron cuando le pesificaron los dólares. Y no viene al caso que me explaye en otros detalles del tipo “el hermanito se jugaba la plata de él y la de la madre” porque no soy una quejosa. Después de todo, cuando murió mi viejo no nos dejó ni para el entierro, el pobre.
Yo quería arreglar la casa, cerrar la galería, modernizar la cocina, por lo menos cambiarle las baldosas rojas y poner unas preciosas cerámicas. Pero él no quiso, dijo que si su madre había vivido así, yo no tenía por qué hacerme la finoli.
Al final, decidimos (me incluyo de puro anhelo aunque, la verdad, él me dejó afuera) comprar un autito, así podríamos pasear por la Costanera y hasta ir al Parque Urquiza de Paraná, que es como si una estuviera en Córdoba, donde las calles suben y bajan.
Y la semana pasada lo trajo, todo blanco, una Kangoo usada me dijo y yo me puse tierna porque me encantó el nombre. Pero más emoción me agarró cuando se le ocurrió que para Semana Santa podríamos ir a visitar a su hermana Ofelia, que vive en Villa Regina.
No es que a mí me desviva visitar a mi cuñada, no por ella que es una santa sino por el turco insoportable con el que se casó. Además, Río Negro no conozco, no he viajado gran cosa en mi vida.
Salimos a la madrugada, apenas despuntando el sol. Esteban me primereó porque antes de que yo armara le mate, llenara el termo o alcanzara a poner las galletitas y las servilletas en un tupper, me dijo: “Negra, vos vas a ser azafata y copiloto. Agarrá el mate, el mapa y … ¡Abran cancha que allá va la chancha!”
-Y con el marido - contesté. A veces me da bronca cuando dice eso, ¡como si a él no le sobraran una punta de kilos!
No me resultó fácil hacer las dos cosas. Cuando él tomaba mate, yo podía mirar el mapa, pero cuando me tocaba a mí, no sabía qué hacer con tanto papel desplegado como bandera. Los hacen enormes e incómodos. Tanto le tapaba la visión como se me volaba por el viento, como se me manchaba de verde hasta quedar para propaganda de Greenpeace.
Todo tiene solución menos la muerte, como lo demostró la finada Lola y ya cuando estábamos por la ruta 33 se había terminado el agua. Descanso para la azafata. Después doblamos por la 188 y ya en La Pampa, por la provincial Nº 1, le pedí que fuera más despacio porque quería ver un ombú. ¿Pueden creer que no vi ninguno? Es mentira que La Pampa tiene el ombú, como decían los libros de la primaria. Es aburrida, no se ve ni una casa, ni una vaca y para colmo, el Esteban que se me dormía. Cansado de escuchar mis gritos y de cabecear contra el vidrio, paró al costado del camino, nos dormimos una siestita y bueno, “non la fai lunga” diría mi viejo, al final, llegamos a Villa Regina.
Esteban tenía agarrotadas las piernas y las manos, hay que ver que no está acostumbrado a manejar tanto tiempo, así que el primer día, descanso para la tropa, avisó, y se fue a la cucheta del Bobby. No, le están errando como a las bochas, Bobby es uno de mis sobrinos, que nunca quiso que le dijeran Roberto, ni Tito y menos que menos, Beto. Muchas ínfulas, como hijo del turco que es, pero igual es buen pibe.
A la mañana siguiente, Coco, porque el turco tiene nombre, ya tenía la hoja de ruta, es decir, nos subimos a los autos y les juro que no nos bajamos hasta el domingo. ¡Cuando ya teníamos que volver!
Es cierto que pasamos unos hermosos días y conocimos muchísimos lugares, pero es como irse a recorrer Europa en un mes, digo, porque no me acuerdo del nombre de ningún pueblo. Quen-quén, Fu- Fu, Tre-tren y así, como si los indios hubieran sido tartamudos.
A la vuelta, a Esteban se le ocurrió comprar manzanas a granel para que hiciera dulce, que es su debilidad. Paramos en una quinta y yo pegué el grito:
-¡Mirá, viejo, la cantidad de naranjas que hay!. Esteban se puso rojo de vergüenza y me explicó:
-Negra, naranjas hay en Entre Ríos, ésas son manzanas, estamos en Río Negro. ¿Nunca leíste los cajones?
Como tenía razón, me callé la boca y lo ayudé a subir la bolsa con las manzanas a la parte de atrás de la Kangoo. Cuando vean las fotos, se van a dar cuenta de que era fácil equivocarse, debe ser por el sol que parecían naranjas.
Volvíamos tranquilamente, silbando bajito por la 143, cuando en el empalme con la 152cerca de Algarrobo del Águila, salió de la nada una bicicleta con un carrito detrás.
Era mi primera travesía como copiloto, el mapa quedó hecho jirones, igual que el mate y la yerba, desparramados por el suelo pampeano. Porque para evitar atropellar al de la bici, Esteban hizo una mala maniobra, volcamos, se abrieron las puertas de atrás y todas las manzanas terminaron encima del pobre hombre. No lo chocó pero le abolló la cabeza.
Si no fuera tan tremendo, diría que era gracioso verlo al señor ese, con su gorrita celeste y blanca tejida al crochet, pantalón y camisa al tono, mirando las frutas que lo rodeaban como si fueran regalo del cielo. Se notaba a la legua que no le había pasado nada, ni un rasguño tenía. El problema era la bicicleta. Las ruedas quedaron en ángulo recto y el manubrio para atrás. El carrito, tirado en la cuneta.
Esteban se agarraba la cabeza y caminaba a la izquierda y a la derecha y daba vueltas, siempre así, de un lado para el otro. Traté de calmarlo diciéndole que por lo menos estábamos todos bien, algún codo raspado nomás. Pero él me fulminó con la mirada y quedé mudita de nuevo.
Me di vuelta, miré al viejo sentado en el manzanal, le vi los ojos, me enternecí y le dije, como una manera de paliar los daños:
-Llévese, señor, las que quiera, todas lléveselas.
Después lo volví a mirar a Esteban con sonrisa cómplice, pensando que me había entendido… ¡Ay madre mía! ¡Me quería comer! Así nomás, en un chasquido, por culpa del tipo de la bicicleta tendría que pagar el lifting de la camioneta, se le iba la mermelada que más le gustaba y si yo seguía hablando, hasta le tendría que dar unos pesos al pobre viejo.
Apelé entonces a mi bondad, lo miré como carnero degollado y volví a la carga. Susurrando un grito, lo puse de nuevo sobre la tierra:
-Agradecé que no te pasó nada a vos, ni a mí, ni al viejo, que si no, encima lo tenés que pagar por bueno.
Ahí entendió, porque tan tonto no es y terminó ayudándole al pobre hombre a juntar las manzanas y ponerlas en el carrito.
Cuando el tipo se fue, Esteban llamó a los del Automóvil Club, que vinieron batante rápido para acomodar a la pobre Kangoo herida para poder seguir viaje. Después de varias horas, ya de nuevo camino a casa, se me escapó un suspiro:
-Hicimos la buena acción del día, ¿no estás contento, mi boiescau?
Por toda respuesta, se puso a cantar.
“Pasa loco de contento con su cargamento
para la ciudad, ay, para la ciudad
lleva en su pensamiento todo un mundo
lleno de felicidad, ay, de felicidad.
Piensa en remediar la situación
del hogar que es toda su ilusión
y alegre, el jibarito va cantando así
diciendo así, bailando así por el camino:
si yo vendo la carga, mi dios querido
un traje a mi viejita voy a comprar"
Un nudo en la garganta se me hizo.
- ¿Te acordás de cómo se llamaba esa del jibarito?- me preguntó.
- Lamento Borincano. Tu mamá tenía el disco de Cuco Sánchez... Fijate en los carteles que el mapa no está y no te duermas que mate tampoco hay.
29/04/08
http://www.youtube.com/watch?v=u1dXHFj0JcE
Algo pasa,,,
A ver los "licenciados en blog" si me ayudan a dilucidar el problemita. Publiqué Borinquen con imagen. No tomó los puntos y aparte. Lo borré. Volví a subirlo sin imagen y vuelve a pasar lo mismo. ¿Alguien sabe si hay un máximo de palabras o de espacios? No sé cómo fijarme, porque éste es un cuento largo y por eso se me ocurre. Voy a seguir investigando, a ver si algún día aprendo! Cariños y gracias Lulú
viernes, 1 de abril de 2011
EL VIAJE (c/Alejandro)

Subió sin pedir permiso. Sabía que había un lugar reservado para él, sólo tenía que imponerse. Empujó, y con gritos y llantos, logró hacerse un espacio. Entonces durmió complacido. El rodar lo mecía rítmicamente.
Su viaje fue largo. Duró casi una eternidad. Pero él no lo sintió. Cada día era una etapa distinta, y aunque a veces la monotonía le hacía pensar que no, miraba hacia atrás y se daba cuenta que había superado un montón de obstáculos, y eso lo hacía feliz.
El recorrido tuvo escalas, y en cada parada bajaron y subieron personas que fueron amigos o enemigos, seres casi mágicos que resultaron adorables o repugnantes. Pero a todos se acostumbró. Ése era su viaje, y cada etapa tenía un sabor diferente. Era como un helado dulce y agrio por fuera, seductor y escalofriante en su interior.
Aquel periplo por tierras desconocidas se transformó en su iniciación, en su crecimiento personal. En él alcanzó la iluminación. Aprendió a confiar en extraños. A amar. A soñar y a sufrir. Supo soportar dolores y tolerar angustias. Se acostumbró a esperar y desesperar. El viaje se transformó en su vida, en el único pasatiempo adictivo que ocupó su mente y su ser.
¿Cuánto duró? Nunca lo supo. El tiempo cronometró millares de horas y las noches marcaron miles de amaneceres, pero el verdadero tiempo de su marcha nunca lo pudo medir con exactitud: fue una acumulación de sensaciones permanentes y pasajeras, durables y efímeras. El tiempo le resultó variable e inconstante.
Un día, cansado, sintió que ya no le interesaba conocer lo desconocido. Que era más placentero recordar. Sin embargo no tenía fuerzas para abandonar la ruta. Entonces, un acontecimiento extraño, fabuloso, lo obligó a descender.
Una noche oscura, mientras estaba en duermevela, abrió los ojos y vio un túnel. Al entrar, la oscuridad se hizo cada vez más intensa. Sintió pavor. El pulso se aceleró. El corazón comenzó a latir con más fuerza y notó que su cuerpo se agitaba cada vez más. No podía controlarse. Alguien, desde afuera, lo llamaba desesperado. Era una voz conocida, muy querida, pero no lograba identificar… finalmente apareció una tímida luz que indicaba el final del corredor. De pronto sintió que una alegría indescriptible lo levantaba en brazos, lo sacaba de su asiento y lo transportaba directamente hacia ella.
Aquel día comprendió que su viaje había terminado. Había muerto, y desde ese momento su vida no sería más que recordar, día tras día, el viaje que en suerte le tocó recorrer.
EL VERBO
EL VERBO
Si las sombras del tiempo como signo de castigo, borrasen el verbo para siempre, la humanidad se aislaría, mustia y silenciosa, su ausencia dolería lacerando el alma y rodaríamos cual hojas muertas por los caminos de la vida.
Más si el enigma se develara antes de llegar a la última morada y el ánfora de la sabiduría volviese a llenarse de bellos sentimientos y palabras justas, el mundo volvería ser el paraíso perdido.
Si las sombras del tiempo como signo de castigo, borrasen el verbo para siempre, la humanidad se aislaría, mustia y silenciosa, su ausencia dolería lacerando el alma y rodaríamos cual hojas muertas por los caminos de la vida.
Más si el enigma se develara antes de llegar a la última morada y el ánfora de la sabiduría volviese a llenarse de bellos sentimientos y palabras justas, el mundo volvería ser el paraíso perdido.
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