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miércoles, 27 de julio de 2011

ALGUNOS MICRORRELATOS

El Doble
Dicen que todos tenemos un doble oculto, el día que ves al tuyo, es el de tu muerte. Él dijo que no lo creía, que si lo llegaba a ver, se le reiría en la cara. Un día, al bajar del subte, se le cruzó el doble. Corrió para reírsele en la cara. Pero, cuando el subte arrancaba, resbaló y cayó bajo las ruedas.

El sofá
El juguete cayó bajo el sofá. El abuelo no se podía doblar. El niño lo buscó. ¿Habría cuevitas de ratones en ese zócalo? ¡Sí, claro, había una! Y de ella salió, orondo, un elefante azul.

Me gustaría que compartieran el microrrelato premiado en http://revistamicrorrelatos.blogspot.com

viernes, 22 de julio de 2011

¡FELICITACIONES TERESITA Y OSVALDO!

Tere, acabo de entrar en el blog de los microrrelatos y vi que, además de ganar vos el primer premio, Osvaldo sacó el tercero.
¡FELICITACIONES CHICOS!

jueves, 7 de julio de 2011

CONSIGNAS

Hola a todos,

Hoy me toca proponer mis consignas, que son:

1. Bandada de recuerdos.

2. Incluir esta o parecida frase: "Por sus ojos comprendí que me mentía"

Un abrazo

Osvaldo

miércoles, 25 de mayo de 2011

CUENTO TREN - CAPÍTULO 7: OTRAS HUELLAS Y UNA LLAMADA

Sentado frente a su escritorio, el comisario Achával masticaba sus pensamientos. Al lado, el cabo Gómez, un morocho aindiado y servicial, peleado con el uniforme, le cebaba mate. De vez en cuando le alcanzaba uno al único preso, Gumersindo, el borrachín del pueblo, que no por estar preso no se merecía un amargo. Achával, viudo desde hacía años, pensaba que merecía otra suerte que la de estar en ese pueblo. Había tenido que postergar su jubilación y soportar el traslado por aquel caso que le tocó en la capital que no pudo resolver y en cambio fue resuelto por un oficial más joven.
-- Mirá, Gómez, este temita que tenemos entre manos me tiene a mal traer. Acá aparece un cuerpo desnudo, todo dice que fue muerte natural pero huele a asesinato, un dedo faltante, ropa que desaparece, una huella digital que no corresponde, ¡en fin! Y a vos ¿cómo te fue?
-- Comisario, fui como me dijo a revisar el lugar del hecho, o digamos donde se encontró el occiso. Ud. sabe que había llovido el día anterior, y a pesar del tiempo que pasó, se conservaban algunas huellas.
-- ¡Ajá! ¿Huellas, eh? Me imagino las de la chata del René ése, ¿no? ¿O algo más? Pisadas…difícil que quedaran, me parece.
-- Estaban las de las gomas de la chata de Guidice, pero encontré medio aisladas pero cerca del lugar, en el barro, las de unos neumáticos de camioneta de esas 4 x 4, ¿vió? Para mí, eran neumáticos bien nuevitos.
-- ¿Le sacaste fotos?
-- Si, si, tal como me dijo. Espero haberla usado bien -- dijo Gómez alcanzándole una vieja Reflex propiedad del comisario.-- Había algunas pisadas, donde había barro, ¿vió?. Para mí que eran de la alemana, pero había unas de zapatillas que eran diferentes.
El comisario hizo rezongar el mate, inaugurando otra pava sin notar el agua casi hirviendo pasando por su garganta. En eso sonó el teléfono. Achával atendió.
-- ¡Hola! Achával habla. ¡Dorita! ¡Tanto tiempo!¿Qué pasa?
Dorita Düsseldorf, enfermera profesional, 53, ayudante del doctor Montes. Tras una brillante carrera en el Mater Dei en la capital, por razones desconocidas venida a parar al pueblo hacía unos diez años. Separada con hijos, pero los hijos no vivían con ella y nadie del pueblo los conoció. Como en un pueblo se sabe todo o si no se inventa, se rumoreaba que había tenido varios amoríos en la Villa. Decían que con el comisario, y también con el doctor. Pero de eso había pasado mucho tiempo. Y Dorita dijo lo siguiente:
-- Achával, tengo que ir a verlo. Hay algo importante que debo decirle.
-- ¡A-ajá! ¿Me podés adelantar algo?
Dorita dudó un poco, luego dijo:
-- Esto entre nosotros. El doctor Montes mintió con la hora de la muerte de Zeta. Además el cadáver presentaba algo que él no declaró. Si quiere voy a…
La comunicación se cortó.
El comisario se quedó pensando. Gómez, haceme un favor, llevale este rollo de fotos al Rolo, el de Kodak, decile que lo revele pero tenés que estar vos delante ¿eh? ¡Ah! Y de paso pasá por la clínica, decile al Dr. Montes si puede venir a verme. Quiero ver si sabe algo de esto…
Y mientras hablaba, sacó una carpeta y se la alcanzó a su subordinado.
-- Gómez, este es el informe que pedí a la ciudad donde vivía Zeta. Me llegó hoy.
Gómez leyó en la carátula “Roberto Zalaberry “. Adentro, una hoja con datos, fotos, antecedentes, y luego unas fotocopias de una póliza de seguro de vida.
El comisario se quedó solo. La llamada del especialista que había consultado no llegaba. Se acercó a la ventana. Por la calle, pasaba una camioneta. -- Ahí va Dorita, pensó.
Nélida, aprovechando que sus padres que no lo eran no estaban, estaba deleitándose revolviendo sus “tesoros” es decir abriguitos varios, en su escondite secreto. Tanto revolver, aparecieron otros tesoritos que no recordaba bien y se quedó mirándolos: envueltos en un papel de diario manchado, había un bisturí bien afilado, y unos dedos humanos. Se puso a pensar cuándo había ido la última vez al cementerio del pueblo.

viernes, 18 de marzo de 2011

LA ESCUELA

La guerra se acerca. Durante días, las auroras pintan el cielo de gris. Por las noches, hay una oscuridad maciza que se toca. Las bombas traen tinieblas que lamen los cuerpos. Ahora es de día y vivimos un silencio transitorio cargado de temores. Afuera, la lluvia no cesa ni perdona. Las calles brillan y resbalan. Los invasores están cerca. El chirriar metálico de sus máquinas, traído por el viento, los anuncia, clausurando todo lo demás. El ocaso deshabita la ciudad, los techos han volado, cambiando de casa. Ya no se ve la aguja de la iglesia que vieron mis abuelos, la cruz ha flotado hasta el cielo. Sólo la escuela está en pie, con treinta chicos y yo, la maestra. Como un ardor, la urgencia frenética de estar lejos, pero sin tener a dónde ir. Hoy tuvimos una clase de idioma. Es difícil dar una clase con el llanto sujetado en la garganta. Los chicos saben pero nada dicen, saben porque la realidad flota entre nosotros. Han crecido años en unas horas. Las explosiones se van apagando. Ahora las máquinas están en la ciudad. Hay gritos, pasos entre los escombros, palabras en otro idioma y también en otro miedo, algunos disparos. He agrupado a los chicos en un aula, ellos tan jóvenes y esta vieja maestra abrazados en un solo temblor, en el suelo. Rezar no alcanza. Las pinturas infantiles desde las paredes nos miran y nos dicen que no pertenecen a este mundo. Lento, con estruendo, destrozando la calle, pasa un enorme tanque frente a la escuela. Lo veo a través de un boquete abierto en la pared. Una mesa, las paredes se tambalean, temblando. Un pizarrón cae con estrépito, las tizas se hacen añicos en el suelo, levantando un polvo blanco que se mezcla con el gris del humo que se nos pega. Miro las cabecitas pegadas unas a otras, esperando no saben qué, y quiero llorar, pero no debo. Treinta pares de ojos muy abiertos me están mirando. Afuera, las voces suben de volumen. Son ahora un griterío sin sentido como el estertor del miedo que se escapa porque el miedo vive soberano en los dos bandos de la guerra. El escape de una moto barre en primer plano el fragor de la calle por un momento. No sé porqué se me antoja que el que va en la moto es un mensajero, un hombre en uniforme y casco gris, con antiparras gruesas, quizá era un carpintero o un cartero en una aldea lejana, o un empleado municipal como fue mi marido, que el destino dijo que tiene que estar aquí hoy como me toca a mí de este lado de la frágil pared del frente. Frágil como un papel. El aire trae alguna palabra en nuestro idioma. Un niño se desprende y vuela a la ventana. Cree que escuchó la voz de su padre, lo llama. El peligro se mete adentro más aún. Hay disparos cercanos y el niño despierta de su ilusión y vuelve para caer de nuevo en la bruma que rodea nuestro abrazo. Pasan los minutos y entonces nos damos cuenta que, poco a poco, voces y chirriar de metales y el ruido insolente de los motores se van amortiguando. Muy lentamente se apagan los ruidos, y muy lentamente se enciende la esperanza. Va cesando el temblor en las paredes y en el suelo. Va cediendo el ardor que creció adentro, insoportable. Al fin el silencio reverbera en las paredes de la vieja escuela. Las sombras nos abrazan sin soltarnos. Horas después, los chicos duermen en el suelo o sobre los pupitres polvorientos. Doblada, lloro sin remedio. Por el boquete que abrió la guerra en la pared del frente de la escuela, se insinúa un nuevo día.
FIN
Osvaldo

miércoles, 2 de marzo de 2011

HISTORIAS CONTADAS (c. J. Luis)

¿Qué tienen de común el cementerio de Ezpeleta, Quilmes, y uno de Bournemouth, Inglaterra? Se diría que nada, ni siquiera los muertos en uno y otro hablarían el mismo idioma - suponemos. Sin embargo, tal vez pueda haber una relación.
Ciertas historias nos llegan dichas por gente que no ha conocido directamente a los protagonistas, sino que las oyó de otros. Se repiten por años, quedando así flotando en el tiempo, sostenidas por su misterio pero también por un sentimiento interior que nos impulsa a creerlas. Es el caso de lo que relato aquí, donde me limitaré a narrar simplemente lo que escuché.

La historia que tiene que ver con el cementerio de Ezpeleta es bien conocida, por lo menos en la zona sur. Una noche de invierno de hace unos cuantos años, un muchacho fue a bailar a Elsieland, por entonces la discoteca más concurrida de la zona. A Facundo, un veinteañero alegre y feliz, le encantaba ir a bailar, por lo que no había sábado que dejara de ir a la discoteca. Había conocido allí a varias chicas, pero ninguna tan linda como la de esa noche. Apenas la vio, quedó impactado como nunca lo había estado. Y cuando ella, Lucy, aceptó bailar con él, no lo podía creer. Podemos imaginar que a Facu entonces le pareció que la multitud y el ruido que los rodeaba habían desaparecido. Sólo estaban ella y él en el mundo, y la música. Y así pasaron horas bailando, mirándose, sonriendo uno al otro, como suspendidos en el tiempo. Pero el tiempo seguía corriendo y llegó el momento en que ella le dijo que basta, que era hora de irse. Cuando salieron a la noche y al frío cortante de la madrugada, él insistió en acompañarla a su casa. Fueron caminando dado que ella no vivía muy lejos de la discoteca. Caía una llovizna helada, por lo que Facundo le cubrió los hombros con su campera. Recién cuando, después de despedirla en la puerta, el muchacho había dado unos pasos, Facu se dio cuenta que Lucy se había quedado con su abrigo.

Quizá unos cuantos años antes y muy lejos de allí, el Sr. y la Sra. Weeks volvían a su casa en Bournemouth. Había empezado a llover desde la tarde, era ya noche cerrada y el limpiaparabrisas del viejo Vauxhall no daba abasto. No había nadie en las calles, pero al acercarse a un cruce, la Sra. Weeks vio a alguien que les hacía señas como pidiendo ser llevado. Era una muchacha apenas protegida de la lluvia por un paraguas quien, cuando subió al asiento trasero del Vauxhall, los Weeks pudieron ver que estaba empapada y que además era muy hermosa. La casa de la chica estaba en la dirección en que iban, por lo que el matrimonio gustosamente la dejó, tiempo después, frente a la puerta de una mansión que les pareció enorme. Cuando al fin llegaron a su casa, el matrimonio reparó que la joven - que se había presentado como Sally - había olvidado el paraguas en el auto.

Al día siguiente del baile, Facundo no podía pensar en otra cosa que en Lucy. En su mente se le presentaba aquella figura adorable de tez muy blanca, el pelo renegrido, ojos color caramelo y un minúsculo lunar en el pómulo izquierdo que al contrario de afearla la volvía aún más hermosa. Facundo decidió ir a la casa de la muchacha, con la excusa de reclamar su campera. Le abrió la madre de Lucy y mientras él explicaba el motivo de su presencia, notó que los ojos de la mujer se nublaban. Lo invitó a pasar y allí en el cuarto de Lucy (que olía a viejo y encerrado) le mostró el vestido celeste y los zapatos blancos que él reconoció. -- Todo está igual que cuando ella murió hace diez años -- le dijo. -- Está enterrada aquí, en Ezpeleta. Facundo fue, apenas pudo, al cementerio. Buscó y al fin encontró la tumba de Lucy. Atrás de la cruz descolorida con una fecha remota, estaba su campera.

La Sra. Weeks se quedó con la curiosidad de conocer la mansión donde dejaron a Sally y unos días más tarde, después de presionar a su marido para volver con la excusa de devolver el paraguas, estaba golpeando el llamador de la residencia. Les abrió una anciana que dijo ser la abuela de Sally. Aunque reconoció el paraguas, les dijo que debía haber un error. Sally había muerto hacía varios años. -- Está en el cementerio de St. John, aquí cerca -- dijo. Cerca de la entrada, ustedes podrán ver la tumba fácilmente. La madre había muerto también y ella, la abuela, había mantenido el cuarto de Sally tal cual había quedado. Los invitó a pasar a verlo. La Sra Weeks se emocionó al ver colgado allí un retrato de la muchacha. Sally parecía sonreírle desde la pared, con su tez muy blanca, el pelo renegrido, ojos color caramelo y un minúsculo lunar en el pómulo izquierdo que al contrario de afearla la volvía aún más hermosa.
FIN
Osvaldo 2/3/11

martes, 22 de febrero de 2011

LAS ZAPATILLAS

Viejo y solo, vivía desde hace más de treinta años en este departamento hasta que la dueña decidió no renovarme el contrato. La inminente necesidad de mudarme me obligó a la desagradable tarea de revisar mis pertenencias. Y allí en un estante oscuro, durmiendo en una caja, sucias y desgastadas, olvidadas, estaban mis viejas zapatillas.

Tengo casi setenta años. Cuando mi columna vertebral era derecha y fuerte, mi estatura era de un metro noventa y cinco; el tiempo se encargó de curvar una y achicar la otra. Como habrán imaginado, fui basquetbolista. Desde los 9 años me la pasaba rebotando la pelota en el club del barrio, tirando al cesto, eludiendo a los rivales. Era mi pasión y era todo lo que quería en la vida. El bum-bum del rebote en el piso de la cancha fue mi música preferida por mucho tiempo. Llegué a jugar en primera, representé a la provincia y luego fui internacional. Y seguí jugando hasta que, ya pasados los treinta años, me ocurrieron dos accidentes: una fractura que me impidió seguir en el básquet y mi casamiento con Carolina. Cuando me recuperé de mi fractura estaba tan enamorado de Carolina que no me importó no poder encestar triples nunca más. Luego vino mi vida sin básquet y mi vida de casado, tan desastrosa una como la otra.

Al verlas, me emocioné como el que encuentra un querido amigo al que creía muerto. ¡Cuántos recuerdos de pronto surgieron de esa caja de cartón! Aquellas zapatillas viejas y pasadas de moda como el dueño, mostrando las heridas de mil combates, con cordones deshilachados y ojalillos faltantes, acolchadas a la vieja usanza, deformadas por tanto uso, me miraban desde el fondo de su caja-sarcófago como pidiéndome que las alzara como a un niño que aun no camina. Que me las calzara como antes, para que juntos volviéramos a vivir, saliendo del encierro en que ellas y yo estuvimos durante tanto tiempo. De la caja salió un olor que era una mezcla de vahos de caucho y de aire de cancha. Sentí otra vez el ruido de rebotes en el tablero, los gritos del público, los silbatos. Todo lo que me rodeaba desapareció y yo estaba en una cancha, saltando en esas zapatillas. Que por cábala usaba y volvía a usar en cada partido. En un momento, ellas se me unieron gritando con esa su voz del chirrido de las suelas patinado sobre el piso. Sí eran ellas, juro que las escuché. Miré hacia arriba y me di cuenta de que no había ningún tablero. Bajé los brazos que levantaban una pelota inexistente. Las saqué como si fueran de cristal y las abracé. Las miré bien, viejas e inútiles como yo, porque al final fueron parte de mi vida. Y ellas no me abandonaron, al contrario yo las tenía enterradas en el estante y en mi pensamiento.


Osvaldo