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sábado, 18 de junio de 2011

LA FARMACIA






Historia y pormenores de la Farmacia de Villa Cimera en próximos capítulos.
Gracias mil al Chino, cuyas instrucciones he entendido sin problema merced a mi dominio del mandarín, y gracias a Adela, cuyas instrucciones enviadas por correo electrónico he entendido sin problema merced a nuestra lengua común.

¡Glacias, caballelo!

¡Gracias, señora!

Besos,

Celia,

jueves, 9 de junio de 2011

ESA MUJER DEL PARAGUAS

-Esa mujer, la del paraguas, ¿la ves? Mírala bien, esa a la que el paraguas verde le oculta la mitad de la cara, ¿la ves ahora? ¿Qué piensas, que es Rita o que es su hermana? Como se parecen tanto… claro que son gemelas y eso ayuda pero no sé, no sé… ¿la distingues tú? Fíjate que ahora no recuerdo cómo se llama su hermana, lo tengo en la punta de la lengua, espera, ¿empieza por “a”’? No, por “a” no, estoy segura, sí, sí, eso es, tienes razón, Laura, así se llama, haberlo dicho antes, mujer, me ponen nerviosa estos lapsus de memoria. Espera, que se acerca… ¡Ay no! Se para ante aquel escaparate, cierra el paraguas y entra en la tienda… Pues yo de aquí no me muevo hasta saber si es Rita, aunque me extraña que sea ella, tan delgada, con lo gorda que estaba en los tiempos de la Uni, ¿te acuerdas? No sé cómo pudo engatusar a ese relamido de Gonzalo pero el caso es que la muy golfa lo engatusó, cualquiera sabe qué encantos ocultos debe de tener, porque si los tiene están encerrados bajo siete llaves, no hay más que ver lo poco que vale, que además de fea es una sosa de campeonato. Qué barbaridad, cuánto tiempo lleva dentro de la tienda, seguro que es de las que piden que les saquen un montón de trapitos para luego marcharse sin comprar nada, como si la viera, porque dinero no ha tenido nunca y Gonzalo sería todo lo que quieras, guapo, sí, o más bien resultón, pero más pobre que las ratas y sin porvenir de ninguna clase, tú me dirás, con un padre medio alcohólico al que cada poco tenían que ingresar en un centro de rehabilitación. Es verdad que después les perdimos la pista a ambos y lo de Gonzalo no acabó de cuajar, vete a saber si Rita se marchó a otra parte o si ha encontrado algo mejor, lo mismo hasta se casó, pero no creo, no era ella de compromisos sólidos sino de andar picoteando por aquí y por allá, la muy pájara. No te lo vas a creer pero hasta lo intentó con Paco, sí, sí, cuando Paco ya salía conmigo, por Dios, ¿cómo iba Paco a fijarse en semejante guiñapo? Mira, mira, ya sale, pero no viene hacia aquí, ni siquiera ha abierto el paraguas, ahora entra en esa cafetería y lleva una bolsa, habrá comprado algo después de todo, algo barato, por supuesto, y sí, sí que es Rita, ahora estoy convencida, esa forma de contonearse es inconfundible. Y está delgada, ¿estará enferma o serán los disgustos? ¿Que qué disgustos? Pues no sé, chica, lo digo en general, algún disgusto tendrá, todos los tenemos, a ver por qué ella iba a ser una excepción, y por supuesto que sus disgustos serán muchísimo peores que los nuestros, no te quepa ninguna duda, no hay punto de comparación entre nuestras vidas y la suya, pero fíjate, ya sale de la cafetería y no está sola, ¿quién le ha abierto la puerta? ¿Quién le abre con tanta galantería el paraguas? ¿Puedes reconocerlo? Pero, pero…¡si es Paco! ¿Qué hace Paco con esa arpía? Y le está dando algo, puedo verlo, no sé qué le da pero acaba de ponerle algo en la mano. Ya está, seguro que se la ha encontrado ahí dentro, ella se ha hecho la pedigüeña y ya sabes cómo es Paco de generoso y lo fácil que se deja embaucar. Dinero, eso es lo que ha debido de darle, vete a saber qué historia le habrá contado Rita para ablandarlo. Pero, ¿qué dices? ¿Cómo puedes asegurar que Paco le ha dado una rosa, estás ciega? Que no, mujer, ¡una rosa, qué cosas tienes! Paco y yo somos como una piña, la pareja perfecta, pero si somos la envidia del club y, además, todo el mundo sabe que nuestra vida es maravillosa, maravillosa… Lo que pasa es que el paraguas abierto no permite que veamos bien las caras, eso es lo que pasa…Que no es Rita, que no es Paco, eso es lo que pasa…

(P.D.Con la esperanza de que regrese Rita, la genuina, mi peluquera favorita...)

lunes, 6 de junio de 2011

LOS PEPINOS, LAS GALLINAS Y DIÓGENES (C. Alejandro)

-A las seis en punto de una tarde plácida y veraniega estaba yo sentada en mi butaca con los pies sobre la mesita, leyendo el diario, cuando entró Germán por la puerta acristalada con ese aspecto de espantapájaros que adoptan todos los cincuentones cuando se aficionan a la horticultura y convierten su indumentaria en expresión visual de su nuevo hobbie.
-“Tenemos un problema con los pepinos”- dijo con voz derrotada.
-“No exageres” –le contesté sin levantar la vista del diario-.
-“No exagero” – me replicó al mismo tiempo que emitía un sonido metálico. Quizá el sonido provenía de algún utensilio que llevaba en las manos o quizá no. Quizá se le estaba oxidando la voz. También.
-“Sí, sí exageras y, además, doblemente. Ni “tenemos” ese problema ni, sobre todo, existe más que un pepino problemático Uno solo.”

(Pobre Germán. Es tan, tan literal. Insistió en que teníamos un problema con los pepinos porque esa era su única preocupación y porque no ha nacido él para la metáfora y los símiles, ni aun para los más rudimentarios, burdos y lamentables. ¿Cómo explicarle que desde hacía una década yo ya había resuelto “ese” problema gracias a su amigo David? ¿Y cómo explicarle que sus pepinos literales y toda su pequeña plantación hortícola del fondo del jardín me tienen por completo sin cuidado? Y, para empeorarlo más, no me gustan los pepinos. Me repiten, sobre todo por la noche. Igual que el melón.)

Veinticinco años de matrimonio crean, lo queramos o no, un vínculo. Germán tiene muchos defectos pero no es veleidoso y esa seguridad tan suya me provoca una oleada de cariño irreprimible. Un día, en un documental de animales, vi un mono afanado en botar una pelota. No había nada que lo apartara de su obsesión por la pelota, por botarla, y lo intentaba una y otra vez, y una y otra vez fracasaba. Sentí por el mono la misma oleada de cariño que me produce Germán. Siempre he admirado mucho la tenacidad.
En este triple contexto de admiración, cariño y vínculo matrimonial expresé la pregunta que debería haber formulado desde el principio para no impacientar a Germán y para ahorrarme - y ante todo ahorrarles- este penoso exordio.
La pregunta- no podía ser otra- fue la siguiente:

-“¿Y cuál es ese problema que “tienes” con “tus” pepinos?” (Soy comprensiva, me dejo llevar por los sentimientos, pero hasta cierto punto).
-“Se han vuelto amarillos, de un color amarillo pálido y, ¿sabes qué significa eso?”
-“Una tragedia. El amarillo pálido no se lleva nada esta temporada.”
-“Por Dios, no banalices - (por Dios, ¿cómo no iba a banalizar?)-. ¿Es que no te das cuenta de que se han perdido todos, de que ya no valen para nada? No los he cortado a tiempo y ahora los pepinos se han vuelto amarillos y, por lo tanto, amargos.”
-“Germán –aquí levanté la vista del diario. La situación imponía un poco de cordura y la cordura se transmite por los ojos-, ¿qué importancia tiene? No son más que… ¿cuántos? ¿Diez, doce pepinos?”
-“¡Treinta y nueve, y uno de ellos siamés!”
-“De acuerdo. Treinta y nueve y el siamés. Mira, no pasa nada, tíralos o, mejor, ¿por qué no se los das a Julián y Vicky? No quiero decir para que se los coman ellos, no me mires así, sino para las gallinas. Seguro que las gallinas los comen, las gallinas se lo comen todo, no son tan exquisitas como para darse cuenta de que amargan.”

(Julián y Vicky son nuestros vecinos. En un cincuentón hay aficiones peores que la horticultura como comprobé el día que Julián decidió criar sus propias gallinas.
Detesto las gallinas. Son sucias, invasoras y rompen mi relax con sus molestos cacareos. Por no hablar del gallo. Porque el gallo es indispensable para la puesta de huevos. Y Julián quiere huevos frescos.
Mentar la posibilidad de nutrir las gallinas de nuestros vecinos con los malogrados pepinos fue todo un acierto, como ya había anticipado para mí misma. A Germán le horroriza tirar cosas, es conservador por naturaleza y, con el tiempo, estoy convencida de que desarrollará uno de esos espantosos síndromes, el de Diógenes en concreto.
No se lo pensó dos veces. Arrancó los pepinos y los llevó a casa de Julián que, agradecido, le regaló a Germán una botella de un vino sólo apto para curar heridas en tiempo de guerra.)

-“Nunca pensé que los pepinos se volverían amarillos. Hasta ayer eran completamente verdes, de un verde precioso, ¿cómo ha sido posible?”
-“No lo pienses más –lo tranquilicé. A las gallinas les encantarán-. Duérmete y deja de darle vueltas.”
Y se quedó dormido, porque esta conversación la mantuvimos esa misma noche.

De madrugada el gallo ya no cantó.
Transcurrida una semana ya habían muerto todas las gallinas de Julián. Ya no invadían mi jardín; ya no ensuciaban la verja divisoria con sus repugnantes excrementos; ya no rompían mi relax con sus inoportunos cacareos.
Muertas. Todas.
¡Bravo!

La escopolamina es un alcaloide que se extrae del beleño. Produce amnesia y, en dosis elevadas, una amnesia mucho más duradera. Eterna, podríamos decir. Lo que yo no sabía es que, además, decolora las plantas.
La probé en la maceta de begonia y la begonia amarilleó y murió. Luego rocié los pepinos con la seguridad de que empalidecerían y Germán tendría que deshacerse de ellos. Si la escopolamina no hubiese causado ese efecto en los pepinos los hubiera arrancado yo misma y alguna excusa habría inventado para justificarme ante Germán. Él siempre está dispuesto a creer cualquier cosa, la más elemental. O eso pensaba yo.
Mi propósito siempre fue librarme de las asquerosas gallinas de Julián. Y mi propósito se cumplió.
¡Bravo!

(Veníamos del entierro de David cuando Germán me dijo:
-“Lo que mata a los pepinos y a las gallinas, por este orden, también mata a las personas. Qué pálido estaba el pobre David, y no sólo porque estuviera muerto con ser ésta una muy buena razón. Que tenga un buen sueño eterno. Eso le deseo, ¿qué otra cosa si no?”
Me quedé mirando fijamente a Germán que cabeceó en un gesto afirmativo de una elocuencia atroz.
-“Lo sabía desde hacía tiempo. También lo de los pepinos. No soy tan tonto como parezco aunque he de reconocer que fallé la primera vez. “Este coñac huele como el perfume de tu mujer”, me dijo David. Me había equivocado de frasco. Creí que la ponzoña que usaste para los pepinos la habías guardado en un frasco de tu perfume favorito pero no, conservaste lo que te sobró en otro diferente. Tú siempre guardándolo todo. Cuando seas vieja padecerás uno de esos síndromes raros, el de Diógenes en concreto. En fin, no pasa nada. Todo se ha solucionado. Tú te has desecho de las gallinas y yo de… bueno, prefiero no decirlo. Si no lo digo es como si no hubiera sucedido, ¿verdad?)

Y esto aconteció dos meses después de que los pepinos empalidecieran y las gallinas murieran.
Es cierto que veinticinco años de matrimonio crean un vínculo férreo…

miércoles, 6 de abril de 2011

LA FLEXIBILIDAD DEL PAPEL (Viejo cuento)

-El viaje es corto pero, a veces, los viajes más cortos son los que más lejos nos llevan. Tres horas hasta llegar a Toulouse y la estación repleta de gente en estas fechas pre-vacacionales. Al tren de Sonia suben menos viajeros de los que ella preveía; supone que la mayoría aguarda los trenes de alta velocidad con destino a Madrid o a Barcelona y, en medio de este pensamiento, la palabra “destino” se le queda atascada en la garganta como una espina o una blasfemia.
Asiento 15V. Sonia se acomoda y mira por la ventanilla. Hay otro tren estacionado en la vía paralela, y una mujer que la mira desde ese tren y desde su propia ventanilla. Otro tren, otro destino y un cruce de miradas: dos vidas en colisión, dos historias que nada saben la una de la otra y, sin embargo, Sonia ha advertido reconocimiento en los ojos de esa mujer desconocida, un fondo de complicidad; quizá la otra mujer también ha notado lo mismo en la fugaz mirada de Sonia; quizá ambas saben que no van a ninguna parte, que, simplemente, se dejan llevar por un tren, por un destino…
En la malla del asiento de delante hay algo abultado, tal vez un paquete. Sonia lo saca con cuidado, con dedos de por si acaso. Los hallazgos inesperados están llenos de recelos y prejuicios, también lo conocido porque todo lo conocido lo acabamos convirtiendo en reliquia, en nuestra propia reliquia, y las reliquias causan aprensión.
Lo que Sonia tiene en su mano es un libro que algún viajero habrá olvidado pero, ¿los libros se olvidan o se quedan en alguna parte con el propósito de que alguien concreto los encuentre? ¿Los libros aparentemente olvidados son, en realidad, libros que nos esperan? Sonia no había pensado leer durante el trayecto, tenía proyectado cerrar los ojos y, a intervalos, abrirlos para mirar el paisaje que seguramente a media tarde desaparecería engullido por el temprano anochecer de diciembre.
¿A quién se le ocurre envolver las tapas de un libro con papel de periódico? A Sonia se le viene la idea de que acaso se trate de un libro impopular o socialmente incorrecto, un texto que al propietario del libro le pareció lo suficientemente agresivo o transgresor como para secretearlo con un papel cargado de noticias con seguridad mucho más atroces e inmundas que el argumento que ocultaban. Fuera como fuese, la supuesta subversión del libro queda desmentida cuando lo abre y comprueba que se trata de “Amadís de Gaula”, un clásico medieval, una novela de caballerías de aquéllas que volvieron loco a don Quijote. Sonia la leyó hace años y no va a volver a leerla ahora, no le apetece sumirse en una historia fantástica de hechiceras, espadachines, traiciones, hijos furtivos y amores contrariados. Sonia viaja hacia Toulouse para encontrarse con el remate, bueno o malo, de una historia y por nada del mundo desea convocar pésimos finales como el de los amoríos entre Amadís y Oriana. Sonia recuerda que la novela tiene en realidad dos finales diferentes: uno, el de la obra original y otro, mucho más abierto, de una versión posterior. Sería maravilloso que la vida, su vida, también permitiese distintas versiones y diferentes finales. Sería maravilloso poder escoger uno u otro pero no es posible. La única certeza es un tren que la lleva hacia Toulouse, hacia un destino ahora incierto que será uno y sólo uno, sin opción, sin espacio tampoco para su voluntad.
Esta es su realidad.
No existe alternativa.

Una historia escrita posee la flexibilidad del papel sobre la que está impresa. Una historia que se vive debería ser todavía más flexible porque no está escrita en ninguna parte y ni aun la mínima rigidez del papel le afecta.
Una historia escrita sobre un papel puede doblarse, recortarse, hacer que las palabras de arriba se mezclen con las de abajo o las del medio, o se congreguen en reuniones imposibles o cuenten otra historia totalmente diferente.
Por su parte, una historia que se vive tiene todas las direcciones del mundo para hacer transitar su argumento; tiene todos los lugares y todos los cielos para cobijarse. La mujer llamada Oriana que hace siglos vio batirse en duelo a su querido Amadís y se arrojó desde una ventana cuando su amado murió está ahora enterrada entre las páginas de un libro que Sonia tiene entre sus manos. No ha querido volver a leer la novela y, sin embargo, no deja de pensar en ella. En ellas: en la novela y en Oriana.
Si Sonia quisiese podría escribir una tercera versión y redimir a Oriana, salvarla. Podría hacer que se enamorase del caballero Esplandián, el ganador del duelo, o convencer a la hechicera Urganda de que la resucitase por medio de un sortilegio. Podría escribir cualquier final, cualquier giro que la rescatase. Sonia, al pensar estas posibilidades, siente una punzada de envidia hacia Oriana.
Una voz grabada informa de la proximidad de Toulouse y algunos viajeros comienzan a removerse en sus asientos y a preparar bolsas y equipajes. Sonia está llegando a su destino, al final, bueno o malo pero sólo uno, de su propia historia. Ha pensado depositar el libro en alguna oficina de objetos perdidos de la estación de Toulouse pero antes siente curiosidad por ver las tapas ocultas bajo el papel de periódico. Nadie va a saber que las ha retirado, que ya las está retirando con cuidado, tratando de no hacer ruido, como si no quisiese despertar a los personajes que duermen a la espera de que un lector los obligue a reeditar su vieja historia.
La carátula del libro presenta una ilustración de Amadís a caballo, espada en ristre y vestido con su armadura. Al fondo se ve la torre de un castillo pero justo en la mitad del dibujo un retacito del papel del diario está pegado, como si se hubiese secado y amalgamado con la cubierta. Sonia tira de él y logra despegarlo casi del todo, sólo resta un pedazo de apenas un centímetro que oculta el centro de una ventana de la torre.
Al mismo tiempo que la voz grabada informa de la llegada a Toulouse, Sonia puede leer las palabras del diario que han quedado pegadas en la tapa de la novela. Sobre la ventana de la torre, allí donde seguramente Oriana vio combatir y morir a su amado, la flexibilidad del papel ha querido que queden a la vista dos palabras: “sálvate tú”.

Desde el andén de la estación un hombre ve a Sonia tras la ventanilla del tren. Ha llegado a última hora, en el instante en que el tren cierra sus puertas y, con un rechinar de ejes, se pone en movimiento. Con Sonia dentro.

Una mujer sube a un tren en la estación de Toulouse. El viaje es corto pero a veces los viajes más cortos son los que más lejos nos llevan. La mujer lleva en sus manos una novela con las tapas envueltas en papel de periódico. Quiere leer durante el trayecto pero cuando llega a su asiento -15V- y el tren arranca la inunda un agradable sopor y prefiere dormitar. La mujer guarda la novela en la malla del asiento delantero y se duerme. No se despierta hasta pasadas tres horas, hasta que llega a su destino, mira por la ventanilla y en un tren estacionado en la vía paralela sus ojos se cruzan con los de una mujer desconocida que va a emprender viaje en la dirección contraria, hacia Toulouse. Antes de apearse busca y rebusca: no comprende cómo ha podido desaparecer su novela de la malla del asiento delantero.

martes, 15 de marzo de 2011

HÁBITOS

-Concluido el funeral y las ceremonias posteriores, nos encaminamos todos hacia la casa. Tía Mabel prefirió tomar un taxi; Marité se subió a su utilitario y convidó al tío Ramón a que la acompañara, quizá no tanto porque se apiadase de su cojera como para mantener el boceto de una conversación, una excusa que espantase la temible soledad que ya se cernía sobre nosotros como un rumor de pájaros agonizantes. Los demás preferimos regresar andando, acaso con la idea de que la caminata mitigaría la tirantez de nuestros miembros y esa nebulosa sensación que llenaba nuestras cabezas y repicaba como campanas de madera, como las paletadas de tierra que acababan de estrellarse contra el ataúd de la Abuela Paula.
Del cementerio a la casa apenas nos dirigimos la palabra. Mamá caminaba del brazo de Papá, exactamente igual que a la Abuela Paula le gustaba verlos pasear por el jardín, como dispuestos a ser retratados por un fotógrafo muerto hace décadas, como decía Ella que paseaba con el Abuelo. Mi hermana Sandra se me acercó y, en un arrebato, me susurró que nada más llegar a su cuarto escucharía música a todo volumen. Yo le sonreí; Mi hermano Alberto, más contundente, afirmó que nunca más volvería a ponerse ese traje que le causaba la impresión de estar amortajado antes de tiempo. También le sonreí.
Cuando llegamos, Marité y el tío Ramón ya habían encendido las luces de la sala y nuestros ojos, sin pretenderlo o tal vez conducidos por la costumbre, se precipitaron sobre la mesita repleta de medicamentos y remedios. El tío Ramón dijo que habría que tirarlos. Mamá apuntó que lo mejor sería llevarlos a la farmacia, que los recogen para aliviar quién sabe qué necesidades o quizá para someterlos a reciclaje. Mientras lo decía, alargó una mano hacia la caja de parches de nitroglicerina pero no llegó a tocarla y se dio la vuelta.
Sandra subió de dos en dos las escaleras. Recuerdo que cerré los ojos y me concentré en la inminente irrupción de la música. Esperaba ese momento, llegué incluso a rezar para que la música se escuchase cuanto antes: estrepitosa, vibrante, lúcida de tan furiosa pero los minutos pasaban y pensé en todas las cosas absurdas por las que rezamos tal vez porque creemos que son las únicas que pueden ser realmente complacidas. Es lo absurdo, además, lo que nunca se discute, lo que se acata, lo que jamás se duda.
Alberto también se perdió por la escalera pero lo hizo con pausa, con la cadencia aprendida por todos en la casa, con el temor incrustado en el recuerdo de la voz quejosa, del suspiro amargo, del sempiterno reproche que provocaba cualquiera de nuestras minúsculas expansiones, cualquiera de nuestros olvidos.
Fueron unos minutos de absoluto desvalimiento pero lo absurdo siempre es escuchado y complacido y, por eso, todo se arregló cuando bajó Sandra con el habitual ramito de violetas para el jarrón de la mesa y lo compuso, como siempre, frente a la silla de la Abuela Paula. Y cuando, segundos después, bajó Alberto con el mismo traje y en sus manos el almohadón para que la Abuela Paula recostase su cabeza. Y cuando, por fin, llegó tía Mabel y con la misma voz que la Abuela Paula nos ordenó a todos que nos sentásemos a la mesa, que ya era hora de cenar, que tal vez después se sentiría mareada, que le acercásemos el frasco de gotas, por si acaso. Y se sentó en la silla de la Abuela Paula, frente al jarrón de violetas, y Alberto colocó el almohadón tras su cabeza, y el tío Ramón habló del mal tiempo o del buen tiempo, y yo le serví el puré y Marité mandó que tapasen la jaula de los canarios para que ningún ruido la importunase.
Miré a Tía Mabel y calculé que a sus sesenta años, si todo iba bien, podría mantenernos a todos en ese mismo estado de placidez que acabábamos de recuperar al menos durante otros treinta años…

martes, 8 de marzo de 2011

RELOJES BLANDOS (C. Adela)

-Había algo brutal en la máscara, algo que la desvinculaba tanto de lo humano como de lo animal. Aquellos rasgos, por llamar de algún modo a esa serie de protuberancias y sinuosidades, conformaban un amasijo atroz, una monstruosidad imposible de emparentar con nada existente en la naturaleza; tampoco con ninguna de las imágenes que pueden ofrecernos nuestras peores pesadillas.
La máscara formaba parte de un lote, metódicamente signado por la casa de subastas, procedente del legado de un inglés, uno de aquellos aventureros que se arriesgaban a contestar un anuncio del “Times” en el que se solicitaban hombres para conquistar los Polos, explorar territorios incógnitos o participar en cualquier empresa desquiciada de éxito discutible e improbable supervivencia.
Un diario de viajes inconcluso, una colección de fotografías desvaídas, un cuaderno- herbario que sugería la vocación botánica del personaje y la máscara constituían el total del lote. El más barato de la subasta. El único que “Antigüedades Arregui” podía permitirse comprar en una época en la que el negocio se columpiaba entre balances negativos y amenazas de cierre.
Ni el contenido del diario ni las fotografías desvelaron ningún dato de interés que revalorizara la adquisición. El inglés, si un día estuvo animado por alguna clase de espíritu aventurero, lo perdió todo durante sus viajes convirtiéndose en un hombre tedioso que dedicaba su tiempo a la cosecha de plantas exóticas y su posterior descripción. Nada personal, ni una sola impresión íntima, deslizó en sus comentarios. El diario no era más que un aburrido y detallado catálogo en el que, por fechas y horas, se incluía el análisis de centenares de especimenes vegetales cuya evidencia física, reseca y polvorienta, se anexaba en el herbario.
Las fotos mostraban a los miembros de la expedición en improvisados campamentos: tiendas de campaña protegidas por tenues mosquiteras, fuegos extinguidos, algunas armas apoyadas contra el tronco de un baobab y, en el centro, cuatro hombres blancos y un par de nativos que con seguridad oficiarían de guías y cargadores del grueso de la impedimenta. Todos ellos posaban ante la cámara con aire cansado y aspecto de querer estar en cualquier otro lugar. También los nativos-o especialmente ellos- causaban idéntica sensación de incomodidad.
Entre aquel triste legado la máscara resaltaba como una tremenda impropiedad, como un ser que se hubiese confundido de elemento: un pez sobrevolando una cordillera, una orquídea brotando del hielo. ¿De dónde procedía? ¿A quién había pertenecido? ¿Por qué estaba ahí, entre los monótonos despojos de un naturalista soso y pragmático?

Desde el primer día le dejé claras dos cosas a Fidel Arregui, propietario de “Antigüedades Arregui” y mi jefe: que la máscara me daba miedo y que olía. Cuando me preguntó que a qué olía no pude precisarlo o, más bien, no supe. La máscara olía a olores desconocidos, ni buenos ni malos, simplemente desconocidos para mi olfato.
El segundo día incluí un añadido más a mi repertorio de recelos: la máscara palpitaba, latía, como una mezcla densa en perezosa ebullición. Mi jefe, ante este símil, me tildó de fantasiosa y me señaló una exquisita palabra en el diccionario: “nefelibata”. Siempre admiré a mi jefe en su vertiente de anticuario de las palabras. Si se hubiese dedicado a la Etimología hubiese llegado lejos, probablemente a regentar un negocio precario llamado “Antigüedades Arregui”.
El tercer día, llevada por atavismos culturales, pensé que la máscara podría cobrar vida y me mantuve alerta, incapaz de dejar de observarla más de cinco minutos. A media tarde la máscara adquirió un extraño brillo. No cobró vida pero comprobé que estaba mojada, como si una fina lluvia hubiese caído sobre ella. Por entonces, la máscara me aterrorizaba en igual medida que me fascinaba.
Fidel Arregui dijo que con seguridad esa máscara procedía de alguna tribu habitante de una selva africana y que la selva, como es sabido, guarda secretos difícilmente extrapolables a otros mundos que no se rijan por sus enigmáticas leyes. “En la selva todo es uno y lo mismo” –concluyó mi jefe, dando por sentado que esta frase lo explicaba todo, incluido el comportamiento de una espeluznante máscara que cada día que pasaba parecía ocupar más espacio en mi vida.
Transcurrida una semana, habituada ya al olor, al lento latir y las súbitas exudaciones de la máscara, me atreví a tocarla y dejé que mis dedos acariciaran las profundas muescas de la madera, todo aquel conjunto de protuberancias y sinuosidades que alimentaban la sinrazón. Y la noté blanda al tacto, como arcilla dispuesta para su moldeado, y casi temí que perdiera sus horripilantes formas entre mis dedos. Me sorprendí a mí misma deseando que no cambiase, que por nada del mundo mudase sus rasgos atroces, tan desvinculados de lo humano y lo animal. Y deseé más: la deseé a ella, que fuese mía, de mi propiedad. Para siempre.
Fidel Arregui me la vendió por un precio simbólico y envuelta en un paño de terciopelo la llevé a mi casa. Y aquí sigue hoy, treinta años después, en el mismo lugar: presidiendo la salita donde James, el naturalista soso y pragmático, mi compañero, rellena cuadernos y cuadernos con todo aquello que vio hace un siglo.
Es cierto que la máscara ha perdido sus rasgos, que ahora no es más que una masa informe. Pero el rostro de James…su regreso…Todo esto son cosas que la selva sabe, que la selva guarda, que la selva otorga a quienes aceptan regirse por sus enigmáticas leyes.

jueves, 3 de marzo de 2011

ROMPECABEZAS

-Se le ocurrió una tarde viendo la televisión: lejanas imágenes de hambrunas y desastres, moscas acechadoras y topografías en las que cualquier agujero es un tumba y cualquier pedrusco una almohada. Para entonces, ya hacía tiempo que a Elisa se le había roto el cerebro.
No es que ella fuese consciente de la catástrofe errática de sus neuronas; muy al contrario, Elisa nunca se había sentido tan feliz como ahora, en esta gozosa actualidad donde volvía a ser una niña y su madre estaba siempre a su lado y los cojines, que antes sólo eran cojines, se habían convertido en sus muñecas favoritas. Elisa era dichosa así pero a veces, sin saber cómo ni por qué, se sorprendía sentada frente al televisor y su mente fragmentada se llenaba de imágenes que una extraña lógica recomponía después en una sola, como un puzzle mágico, o como si un ilusionista arrojase al tuntún un mazo de naipes y cayeran todos sobre una mesa perfectamente organizados.
Aquella tarde los añicos de su mente registraron hambre y desastres, moscas acechadoras, tumbas y yacijas improvisadas, y el caos original se ordenó siguiendo un enigmático código de líneas y formas que Elisa interpretó al instante, como si estuviese escrito en la más clara caligrafía. Y supo qué tenía que hacer. Y su madre y su colección de muñecas sonrieron mostrando acuerdo y complicidad.

A veces, un hilillo de baba se le escurre por la comisura de los labios pero no es por causa de su maltrecha cabeza sino por el esfuerzo y la atención. Elisa no se explica cómo le cuesta tanto doblar el papel e ir formando poco a poco, pliegue a pliegue, palomas y otras aves cuyos nombres desconoce pero que, está convencida, deben de estar muy ricas asadas, con esos muslitos que trata que sean lo más gruesos posible y esas pechugas tan tiernas…Hay una torpeza en sus manos que no se compagina con su íntima juventud. Hay momentos, incluso, en los que le parece ver en sus manos aquéllas de su abuela que tan bien conoce y que ni siquiera necesita recordar porque su abuela también suele visitarla a menudo. Su abuela es otra cómplice en la ocurrencia de los pájaros y también ríe y aplaude como Elisa, como su madre y la colección de muñecas cuando Elisa abre la ventana y lanza al viento sus aves de papel... ¡Y cómo vuelan, y qué rápidas se elevan y se estiran en el aire- la celulosa ya hecha carne y plumas- y desaparecen entre las nubes y las puntiagudas copas de los chopos! Ni una sola cae en el jardín. Todas van directas a su destino, a convertirse en alimento de esas gentes acechadas por moscas, que mueren en agujeros y reposan sus sueños sobre pedruscos.
¡Más papel –piensa Elisa-, necesitamos más papel! Y su madre asiente, y su abuela le guiña un ojo y las muñecas se ahuecan los vestidos y bailan a su alrededor con sus diminutos zapatos de charol.

Un crepúsculo arrebolado avanza desde más allá del jardín, traspasando el horizonte de vallas y árboles, tiñendo de vino la geometría de la casa, la mesa y las sillas de forja: tres, ocupadas; una, vacía.
Carlos muestra su preocupación en el gesto de pinzarse la nariz con el índice y el pulgar, como si quisiese exorcizar una inminente jaqueca. Dice en voz alta:
“No podemos seguir así. Es imposible controlarla y tampoco sabemos qué consecuencias puede tener esa manía que le ha entrado a tu madre de comer papel.”
Su mujer, Lidia, levanta la mirada y replica con convicción:
“¡Pero yo no la visto nunca comer papel!”
Carlos esboza una media sonrisa y cuando responde su voz ha bajado un par de tonos:
“Ni yo tampoco, pero no cabe otra explicación. No sería la primera vieja demente que se come lo primero que cae en sus manos. La realidad es que se lleva papel a su cuarto y el papel desaparece: servilletas, diarios… ¡hasta rollos del baño!”
“¡Y mi libro de Geografía! –Exclama una voz quinceañera desde la tercera silla-. Mamá, seguro que fue la abuela quien se lo llevó.”
A Lidia los papeles de madre, esposa e hija se le arremolinan dentro de su cabeza en un huracán de obligaciones y devociones incontrolable. Las palabras “vieja demente” pronunciadas por Carlos se precipitan desde el vórtice y hieren su conciencia con sus afilados bordes. Palabras de sílex: “vieja demente”…
Carlos sigue hablando, casi musitando:
“¿Ves? hasta los libros de tu hijo, de su nieto. Tu madre ya no es tu madre, convéncete. Es menos que ese pájaro que revolotea sobre la buganvilla. Míralo: ese pájaro tiene un rumbo, un propósito, un instinto. Tu madre, a diferencia de ese pájaro, ya no es nada, ya no es nadie.”
Lidia, que estaba mirando en la misma dirección que su marido se asombra en voz baja por el error de éste:
“No hay ningún pájaro en la buganvilla, Carlos…”

Y, sin embargo, pareciera como si, de improviso, una rara brisa se hubiese levantado sobre los chopos. Hay una agitación en el aire, un conjunto de aleteos que no se corresponde con nada visible.
Arriba, en la casa, la ventana de la abuela Elisa está abierta…


Celia,

martes, 1 de marzo de 2011

CAIMANES EN LAS ALCANTARILLAS (C.JL)

Octubre. 2010

-Caimanes en las alcantarillas neoyorquinas, el cadáver congelado de Walt Disney, la chica de la curva… Puras patrañas, una colección de leyendas urbanas que siempre me han parecido ridículas pero necesarias. ¿O acaso no es necesario alentar una pequeña dosis de misterio en nuestras mentes anestesiadas? Y aunque, como en mi caso, estos esoterismos de pacotilla nos provoquen hilaridad, hay que reconocer que sirven para pasar el rato y amenizar conversaciones que, de otra forma, girarían alrededor de los mismos tocones muertos y podridos que jalonan nuestras rutinas.
Una dosis de misterio es necesaria, por supuesto. Y deseable. Y estimulante…
…Me llamo Sonia Aranguren, tengo cuarenta y cinco años y voy camino de una pequeña población denominada Aldeanueva que, según me he informado, hace siglos dejó de ser una simple aldea, razón sobre la que se afianza y deduce la doble mentira de su nombre.
Ignoro a qué distancia estoy de mi destino. Por sus características de extrema sinuosidad, pésimo asfaltado y nulos servicios, la palabra carretera es una hipérbole si con ella designamos a la estrecha cinta sobre la que hasta hace unos minutos transitaba con mi auto de alta gama y potente cilindrada que nunca debí comprar porque no me ha dado más que disgustos. Quizá sea un auto maldito, si es que existen los autos malditos, y si con esta suspicacia estoy potenciando el germen de una nueva leyenda urbana sólo puedo añadir que me tiene sin cuidado.
Lo que la razón me dicta es que en el combustible flotan algunas impurezas que impiden su normal llegada al carburador. Lo que la sinrazón me insinúa es que el vehículo se ha detenido precisamente aquí porque aquí precisamente tenía que detenerse. Como quien dice, por causa de un “fatum”. La noche, que hasta hace unos instantes sólo acechaba, se ha cerrado y me ha encerrado en su negra solemnidad. Tengo una linterna, una manta de viaje, una botella de agua y desde hace diez minutos la compañía de un fantasma. Es posible que sea la mundialmente famosa chica de la curva aunque no podría afirmarlo con rotundidad pues aún no le he preguntado al respecto.
Pongamos las cosas en su sitio desde el principio: la chica de la curva, si es que de ella se trata, dejó hace tiempo de ser una chica, quizá tanto como Aldeanueva dejó de ser una aldea y, por tanto, nueva. En su favor diré que desconozco desde hace cuánto se convirtió en fantasma y si la muerte permite, como su envés la vida, el dudoso honor del envejecimiento. Digamos que la chica ya ha dejado atrás la treintena y que, además, es poco agraciada. Tiene, eso sí, unos ojos cautivadores pero, ¿quién no se sentiría cautivado ante la mirada de un fantasma?
Es justamente por sus vulgares rasgos por lo que he corroborado que esta mujer que me ha venido a visitar quién sabe con qué fines no es un producto de mi imaginación. Si lo fuese, se correspondería con fidelidad a la idea que yo tenía preestablecida de la chica de la curva: muy joven, muy guapa, y vestida con una especie de túnica blanca vaporosa.
La túnica blanca vaporosa, si bien ajada y algo sucia en los vuelos –son muchos años de oficio, me digo- sí la viste aunque de forma desmañada y sosa.
Tampoco sé por dónde ha venido. Simplemente, en un momento dado, ha aparecido a mi lado. He girado la cabeza y allí estaba, de pie, muy seria, mirándome con sus ojos de alucinada. Si no pensase que es un fantasma creería que se ha fugado de una fiesta psicodélica tras haberse fumado unos porros de más.
No habla y no parece que vaya a modificar su actitud de mutismo que, francamente, me está comenzando a hastiar.

He probado con la provocación directa: “¿A qué has venido, a pedirme precaución? ¿Es que piensas que en este camino de cabras alguien puede pisar el acelerador? ¿O me vienes a comunicar que ya he sufrido un accidente hace unos minutos y he pasado a formar parte de tu mundo de ultratumba? Porque, permíteme aclarártelo, no me vas a convencer. Reserva tu actuación para los crédulos y olvídame.”
También lo he intentado con buenas palabras. “¿Podrías decirme, por favor, quién eres, de dónde vienes y, sobre todo, qué se supone que haces a mi lado?” Pero, ni por las buenas ni por las malas, ella persevera en su silencio y en su fija mirada estupefaciente.
Me gustaría decir que tengo miedo. Todo a mi alrededor conspira para que lo sienta: el silencio impenetrable, la densa oscuridad, las formas que, en mayor grado de negrura que la propia noche, se agitan en las lindes de la ruta movidas por un viento inexistente. Y ella, sobre todo ella y su pertinaz presencia. La chica de la curva o quienquiera que sea.
Pero no tengo miedo y me gustaría tenerlo. El miedo, estoy convencida, me haría reaccionar de algún modo; el miedo me liberaría de esta sensación de dejadez que me embarga, de este embotamiento de los sentidos que no es sueño ni cansancio sino una especie de íntima claudicación. ¿Será eso lo que ella quiere? ¿Que me deje arrastrar por esta pereza de los sentidos para ganar mi voluntad y llevarme a su mundo de espectros? Si me duermo, ¿despertaré habiéndome convertido en una cuarentona errante que vaga por las rutas ataviada con una túnica y con aspecto de haber participado en algún Woodstock ultraterreno?
Con el objeto de no rendirme, hablo. Hablo y hablo. Le hablo a ella y le cuento cosas de mi infancia. Le cuento cosas que jamás le había contado a nadie y no sólo de mi infancia sino de todas las etapas de mi vida. Me doy cuenta de que le hago confesiones que nunca me había hecho a mí misma. Ella calla. Me mira y calla, pero no parece molesta por mi cháchara.
Algo indefinible me impele a hablar más. A ratos lloro y a ratos río; a ratos me enojo y otros me pongo alegre, casi eufórica, casi borracha. Y ella calla. Y me mira. Y no parece molesta.
La noche se cierra más y más me encierra en su negra solemnidad. Ya no me quedan palabras, ya lo he dicho todo, no puedo hacer más que intentar por enésima vez arrancar el auto que, inopinadamente, ahora se pone en marcha a la primera.
La dejo allí, de pie, quieta, mirándome, y yo, colmada de una extraña serenidad, recorro un trecho por esa ruta a la que el nombre de carretera le viene tan grande.
“Aldeanueva 4 kilómetros”, reza un cartel en la margen. Dentro de unos minutos llegaré a la engañosa población, al hotelito que he contratado y dormiré. Y mañana, temprano, cuando me levante, me asee y desayune, recordaré el motivo de mi viaje a esta pequeña ciudad cuyo nombre se compone de dos mentiras.
Estoy segura de que mañana sabré por qué he venido… Antes de detenerme lo sabía…

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Octubre. 1965

-La niña llora, ¿por qué lloran los bebés cuando duermen? ¿Qué puede soñar un bebé?
-Déjala, no le ocurre nada, debe de ser algo normal, mira, ya se le pasa, ¿ves?, ya vuelve a quedarse dormidita.
-¿Has escondido la carta?
-Sí, tranquilo. No hay ningún papel que pueda relacionarla con esa población y ya no lo habrá nunca… Aldeanueva… Ese nombre no debemos pronunciarlo en su presencia jamás, ¿lo entiendes? ¡Nunca! La niña es legalmente nuestra, nuestra, y sólo nuestra.
-Mírala, vuelve a llorar.
-A soñar…
-¿Con qué soñará si no tiene pasado?
-Ella no, pero “ella” sí…
-Esa “ella” ya no cuenta…