martes, 8 de marzo de 2011

MUERTE Y RESURRECCIÓN (c/Adela)



Lo ganó el desencanto y tuvo que desprenderse de una fe ciega que lo había chupado como un agujero negro para lanzarlo muy lejos de su punto de partida. Hoy se daba cuenta que su vida había sido perseguir, día tras día, el espejismo de la salvación. Y sólo bastaron unas palabras dichas por Silo para que su cabeza hiciera click y su mirada cambiara para siempre.

Abandonó la secta y volvió con sus padres, pero pronto supo que era imposible retomar la vida que había dejado. Entonces se derrumbó en su pieza. Y allí dentro se sentía como en una cueva, sin ventilación ni luz, y desesperaba por salir. Sin embargo, los espacios abiertos le daban miedo.

Una tarde un recuerdo lo asaltó. Caminaba en plena selva y el suelo era de un color rojo ladrillo como nunca antes había visto. Nubes de polvo bañaban los árboles de un tono cobrizo desde el tronco hasta la copa. Siempre la imaginé en distintas tonalidades de verdes –pensó- pero aquí… ¡todo es granate! Estaba fascinado. Notó que las melenas de los árboles se desteñían paulatinamente y recuperaban su color natural. Se preguntó cómo era posible? Pronto entendió que sobre su cabeza llovía. Lo que pasaba es que el bosque era tan cerrado que el agua no alcanzaba a mojarlo. Y aquella remembranza lo iluminó: en el bosque se sentiría oculto y protegido, y el aire y la luz lo harían olvidar del encierro.

Así fue que Efraín escapó al destino vaticinado por Silo: “en un futuro no lejano, vendrá un mundo nuevo con nuevos valores y fe renovada. El mundo de hoy será cambiado como no hubo antes cambio alguno. Yo lo auguro. Pero que nadie se asuste cuando antes llegue el momento de la violencia general, el momento de la confusión total. Es inevitable…” Fue ese oráculo, y la promesa vaga de un “yo me iré, y en el llano hablaré para todos los que quieran escucharme... entonces me alejaré para siempre”, lo que le hicieron ver que el gurú los abandonaba sólo porque ya no tenían nada más para darle. Descartado como un forro –pensó, y desde ese día el desencanto lo invadió.

Se fue al bosque y un delirio místico lo atrapó. Veía por todas partes señales de un destino misterioso: una luz en el claro del bosque, el silbido de un pájaro, la sombra avisadora de un ave que huye. Por el camino interno puedes andar oscurecido o luminoso, –recordaba- atiende a las dos vías que se abren ante ti. Y aprende a reconocer los signos de lo sagrado en ti y fuera de ti. Es que para él, en la selva palpitaba el misterio mágico de la creación.

Aprendió a sobrevivir a fuerza de enfermarse y curarse, de equivocarse y acertar. Conoció la uva purgante, la pelusa de la liana que inflama la piel, la pepa de la fruta que tiene ceniza cáustica. Supo distinguir los retumbos del puerco salvaje, el siseo de la víbora, el cascabeleo de la serpiente venenosa. Todas eran señales que lo mantenían despierto y vivo. Pero su yo interior flaqueaba. No te imagines encadenado a este tiempo y a este espacio –se decía- ni eternizado en la soledad. Encuentra esa fuerza luminosa, esa energía interior que habita en ti. Sin embargo, la falta de compañía lo estaba alterando. Sus nervios eran resortes comprimidos que nunca se aflojaban y su mente buscaba ansiosa el prodigio divino…

El destino quiso que apareciera una niña mulata. Estaba perdida en la selva. Efraín la tomó de la mano, y consolándola, la llevó a su choza. Con el tiempo le enseñó las doctrinas de Silo y, a su manera, él fue su gurú. ¡Libérate del miedo! –le decía. No temas perder lo que tuviste, ni temas porque tus seres queridos te hayan abandonado. No temas a la muerte. Teme únicamente a quien destruye tu espíritu.

Una noche no resistió su urgencia carnal y la poseyó con la fuerza bruta de un animal en celo. La selva lo había transformado en una bestia sin alma ni conciencia. Bajo su poder, el hombre fue sólo un instrumento de dominación, ya que al poseer a la niña lograba su anhelo de muerte y resurrección. La selva es la Muerte disfrazada, es el Mal necesario para que resurja la vida. En ella el árbol más alto tapa al más bajo y se apodera de su espacio, mientras la enredadera lo abraza asfixiándolo hasta matarlo y la podredumbre del suelo, carcomiendo sus raíces, lo voltea. Al caer, también muere la enredadera que lo supo vencer. Dos luchadores formidables que yacen abrazados mientras la vida se apodera de sus despojos para nutrirse y resurgir feliz y rozagante, pletórica de triunfo, en el retoño del árbol caído que comienza la lucha por ganar su espacio.

La niña murió esa noche y su conciencia le hizo sentir que su vida había tomado una nueva dirección. Era como si un alud lo hubiera arrastrado hacia territorios desconocidos. Atropellado por la desdicha, supo que, de ahora en más, la selva era su enemigo y que sin saber a quién combatir, sólo le quedaba esperar, paciente, la hora de su muerte.

El odio sucedió al amor, la venganza al perdón y la selva guardará el secreto, porque está en su naturaleza sádica alimentarse del despojo de su destrucción.

Y AHORA EL MAR

azul profundo
me lleva a su seno
profundo e impiadoso
dulce y sereno
oscuro y frío
una caída lenta
sin freno
un viaje interminable
hasta el fondo

yaceré en la arena
de la que salí
hace años
dormiré a pesar
de los besos inquietos de los peces
que me dan su último amor
y seré carne de gusanos
limpiadores
hasta que mi esqueleto
descanse sin tiempo
y sin dioses
la nada merecida
en burdas letras
macha
cadas

RELOJES BLANDOS (C. Adela)

-Había algo brutal en la máscara, algo que la desvinculaba tanto de lo humano como de lo animal. Aquellos rasgos, por llamar de algún modo a esa serie de protuberancias y sinuosidades, conformaban un amasijo atroz, una monstruosidad imposible de emparentar con nada existente en la naturaleza; tampoco con ninguna de las imágenes que pueden ofrecernos nuestras peores pesadillas.
La máscara formaba parte de un lote, metódicamente signado por la casa de subastas, procedente del legado de un inglés, uno de aquellos aventureros que se arriesgaban a contestar un anuncio del “Times” en el que se solicitaban hombres para conquistar los Polos, explorar territorios incógnitos o participar en cualquier empresa desquiciada de éxito discutible e improbable supervivencia.
Un diario de viajes inconcluso, una colección de fotografías desvaídas, un cuaderno- herbario que sugería la vocación botánica del personaje y la máscara constituían el total del lote. El más barato de la subasta. El único que “Antigüedades Arregui” podía permitirse comprar en una época en la que el negocio se columpiaba entre balances negativos y amenazas de cierre.
Ni el contenido del diario ni las fotografías desvelaron ningún dato de interés que revalorizara la adquisición. El inglés, si un día estuvo animado por alguna clase de espíritu aventurero, lo perdió todo durante sus viajes convirtiéndose en un hombre tedioso que dedicaba su tiempo a la cosecha de plantas exóticas y su posterior descripción. Nada personal, ni una sola impresión íntima, deslizó en sus comentarios. El diario no era más que un aburrido y detallado catálogo en el que, por fechas y horas, se incluía el análisis de centenares de especimenes vegetales cuya evidencia física, reseca y polvorienta, se anexaba en el herbario.
Las fotos mostraban a los miembros de la expedición en improvisados campamentos: tiendas de campaña protegidas por tenues mosquiteras, fuegos extinguidos, algunas armas apoyadas contra el tronco de un baobab y, en el centro, cuatro hombres blancos y un par de nativos que con seguridad oficiarían de guías y cargadores del grueso de la impedimenta. Todos ellos posaban ante la cámara con aire cansado y aspecto de querer estar en cualquier otro lugar. También los nativos-o especialmente ellos- causaban idéntica sensación de incomodidad.
Entre aquel triste legado la máscara resaltaba como una tremenda impropiedad, como un ser que se hubiese confundido de elemento: un pez sobrevolando una cordillera, una orquídea brotando del hielo. ¿De dónde procedía? ¿A quién había pertenecido? ¿Por qué estaba ahí, entre los monótonos despojos de un naturalista soso y pragmático?

Desde el primer día le dejé claras dos cosas a Fidel Arregui, propietario de “Antigüedades Arregui” y mi jefe: que la máscara me daba miedo y que olía. Cuando me preguntó que a qué olía no pude precisarlo o, más bien, no supe. La máscara olía a olores desconocidos, ni buenos ni malos, simplemente desconocidos para mi olfato.
El segundo día incluí un añadido más a mi repertorio de recelos: la máscara palpitaba, latía, como una mezcla densa en perezosa ebullición. Mi jefe, ante este símil, me tildó de fantasiosa y me señaló una exquisita palabra en el diccionario: “nefelibata”. Siempre admiré a mi jefe en su vertiente de anticuario de las palabras. Si se hubiese dedicado a la Etimología hubiese llegado lejos, probablemente a regentar un negocio precario llamado “Antigüedades Arregui”.
El tercer día, llevada por atavismos culturales, pensé que la máscara podría cobrar vida y me mantuve alerta, incapaz de dejar de observarla más de cinco minutos. A media tarde la máscara adquirió un extraño brillo. No cobró vida pero comprobé que estaba mojada, como si una fina lluvia hubiese caído sobre ella. Por entonces, la máscara me aterrorizaba en igual medida que me fascinaba.
Fidel Arregui dijo que con seguridad esa máscara procedía de alguna tribu habitante de una selva africana y que la selva, como es sabido, guarda secretos difícilmente extrapolables a otros mundos que no se rijan por sus enigmáticas leyes. “En la selva todo es uno y lo mismo” –concluyó mi jefe, dando por sentado que esta frase lo explicaba todo, incluido el comportamiento de una espeluznante máscara que cada día que pasaba parecía ocupar más espacio en mi vida.
Transcurrida una semana, habituada ya al olor, al lento latir y las súbitas exudaciones de la máscara, me atreví a tocarla y dejé que mis dedos acariciaran las profundas muescas de la madera, todo aquel conjunto de protuberancias y sinuosidades que alimentaban la sinrazón. Y la noté blanda al tacto, como arcilla dispuesta para su moldeado, y casi temí que perdiera sus horripilantes formas entre mis dedos. Me sorprendí a mí misma deseando que no cambiase, que por nada del mundo mudase sus rasgos atroces, tan desvinculados de lo humano y lo animal. Y deseé más: la deseé a ella, que fuese mía, de mi propiedad. Para siempre.
Fidel Arregui me la vendió por un precio simbólico y envuelta en un paño de terciopelo la llevé a mi casa. Y aquí sigue hoy, treinta años después, en el mismo lugar: presidiendo la salita donde James, el naturalista soso y pragmático, mi compañero, rellena cuadernos y cuadernos con todo aquello que vio hace un siglo.
Es cierto que la máscara ha perdido sus rasgos, que ahora no es más que una masa informe. Pero el rostro de James…su regreso…Todo esto son cosas que la selva sabe, que la selva guarda, que la selva otorga a quienes aceptan regirse por sus enigmáticas leyes.

lunes, 7 de marzo de 2011

ANTES DE QUE LLUEVA


Terry levantó el hocico, lo movió de izquierda a derecha, recomenzó el movimiento como si estuviera leyendo y llegó a la conclusión de que, en breve, llovería.
Tieso, con la cola caída y recta, parecía una bella estatua a la que la leve brisa le hamacaba los pelos del pecho. El setter olfateaba ese inconfundible olor a tierra mojada que reconocen quienes alguna vez han paseado por el campo. Enterró su hueso, dio varios rodeos al paraíso, hizo lo que el árbol esperaba de él, y displicente, se metió en la cucha con sus tiernos ojos mirando el sur.
Había mucho movimiento en la casa, cosa que tampoco le pasó desapercibida. Como todo cachorro era muy juguetón, pero había aprendido que si pretendía cómplices para sus correrías debería esperar.
La familia había decidido ir a la casita que tenían en la costa del río Coronda. Todos parecían hormigas en su camino al auto, cargados con cajas y bolsas.
Mimí estaba seria. En parte, le disgustaba estar dos días preparando los bártulos, desarmándolos nomás llegar para hacer el recorrido inverso apenas dos días después. La rutina, tan amiga suya, se quebraba el viernes y de cualquier detalle que faltara, ella sería la única responsable. ¿Por qué? Porque así era y había sido.
Ese fin de semana fueron con dos familias amigas, además del Terry que viajaba en la última camioneta de la caravana, parado, como vigilando que “su” auto estuviera más adelante.
Para llegar había que atravesar caminos arenosos coronados con eucaliptus altísimos, rodeados de frutillas, zapallos y enormes sandías que esperaban el sol del verano para madurar.
Una vez estacionados los coches, chicos y perro corrieron hacia la playa; los hombres se calzaron al hombro espineles, cañas, trasmallos y partieron en las canoas.
Las tres mujeres se encargaron de ordenar la pequeña mudanza y comenzaron a preparar el fuego. No creyeron que la pesca fuera fructífera, por lo que dejaron el asado sobre la mesa. Recogieron ciruelas y duraznos que guardaron en la heladera y se sentaron bajo el olivo mirando el río, hablando de hijos y finanzas, asuntos concretos, jamás de “bueyes perdidos”.
Después de comer, carne de vaca por supuesto, se repitió la escena con los elementos para pescar, sólo que esta vez se escucharon viriles voces prometiendo traer desde mojarritas hasta surubíes para la noche.
Bajo las estrellas, iluminados por cientos de luciérnagas y un coro de ranas que envidiarían los Niños cantores de Viena, jugaron a las cartas, se rieron y disfrutaron de un riquísimo guiso carrero. El río estaba crecido, tumultuoso, pero avaro.
De madrugada, un sol pálido, como pintado con el único lápiz amarillo que había, se asomaba entre algunas nubes rechonchitas, nada peligrosas.
Para esos hombres, americana fusión de Calabria y Euskadi, ya la pesca era una cuestión de honor, lo mismo daba que sirviera para la parrilla, cacerola o sartén. Y a la voz de “aura”, las islas del Paraná abrieron sus brazos.
Los chicos fueron a juntar frutillas en la quinta de atrás bajo la mirada del chacarero, que les indicaba cuáles recoger y cuáles no. Les enseñaba, inconsciente de ello, a ser pacientes.
Las mujeres cambiaron la sombra del olivo por la del higuerón, que no era el guapo’y porque no asfixiaba a nadie, simplemente lo llamaban así.
Mimí se aburría. Miró el cielo que ya tenía tonalidades grises y lilas. Bajó la vista al río y notó que comenzaba a encresparse. Las totoras se inclinaban obedeciendo al viento sur. Pensó en las canoas con inquietud creciente y se incorporó resuelta a ocupar su tiempo antes de que lloviera. Buscó en el galpón una caña de pescar y se dirigió, seguida por sus intrigadas amigas, hasta la orilla escarpada.
Nunca se había metido en el río, tampoco había visto un anzuelo a menos de medio metro, de la carnada apenas conocía el nombre y el olor a tripa podrida.
Haciendo arcadas, logró su objetivo y lanzó la tanza lo más lejos de la orilla que pudo.
Terry se acercó inquieto porque la tormenta se les venía encima. Detrás de él, los chicos gritando: ¡Mimí va a pescar! Ella era ahora la novedad. Había conseguido entretener y paliar la espera.
En el silencio, el oleaje se escuchaba tenebroso. Allá lejos, la otra orilla lucía relámpagos y cortinas de lluvia.
Sintió el tirón justo cuando dejó de ver la boyita roja. Se asustó, quiso levantar la caña pero no pudo. Otra sacudida la hizo trastabillar.
Entonces, esa platea que se mantenía callada y quieta, se puso en movimiento. En fila, tomándose de atrás por la cintura todos ayudaron para que no se cayera. Finalmente, el rey del río aterrizó boqueando y retorciéndose, aceptando su derrota.
Con el primer chaparrón llegaron los hombres cargando un par de bogas como consuelo, diciéndose felices que eran riquísimas a la parrilla.
Sin fotos que prueben el tamaño del dorado que pescó Mimí ni muestren las caras de ellos cuando lo vieron, tendrán que creer en mi palabra, porque el Paraná ha cambiado, ya no regala dorados por aquí y los protagonistas se fueron río abajo.



domingo, 6 de marzo de 2011

RECUERDOS DE BARRIO









Camino.
Una música conocida me lleva hasta el bar de Humberto y Defensa. El bandoneón deja oír los primeros acordes de un tango lastimero y sentido que va pintando con su “Tinta Roja” adoquines del pasado en el gris del ayer. Caen las notas empujando recuerdos de un tiempo que pasó.
Dos malevos se dan cita en la noche oscura, a uno lo llama la venganza, al otro el dolor de la mujer infiel. Los hombres se miran sin verse. No quieren saber el color de la piel de ese otro que oculta la inquietante dolencia de un cuerpo con tajaduras del pasado. El olvido faltó a la cita. Los ojos se encuentran desafiantes, seguros, midiendo distancia.
En instantes comenzará a mancharse de rojo el negro empedrado con la sangre del rencor y el odio contenido que persiste. El saco envuelve el brazo del amparo, aunque poco ha de servir cuando el cuchillo atraviese las entrañas en la noche fatal. Noche oscura sin luna. Casi no se ven los malevos, pero se presienten. Los pasos medidos los acercan y los pegan cuerpo a cuerpo. Caen al mismo tiempo. No se conocían, ahora los acerca el fin. Saben que son de buena tinta cuando las notas de aquel tango inconcluso les trae en el instante final, el recuerdo de aquella que amaron hasta morir. Malena tiembla al ver los cuerpos inertes. Una última mirada y se va casi corriendo. Sobre sus espaldas pesa la culpa de un hombre no querido, y el dolor de un amor perdido. Amó a Julián. Lo conoció en un tugurio del Bajo Flores, era noche de carnaval.
Le había pedido a Pedro, su marido, que la llevara al festejo, él accedió de mala gana. Se perdía el partido de truco con amigos. Nunca salían juntos. No había pasado demasiado tiempo en el lugar de la fiesta cuando Pedro le dijo que se aburría. Le pidió dos horitas, el bar estaba a tres cuadras de allí y era seguro que todavía los amigos lo esperaban. Pasala bien, es toda gente conocida, vuelvo a buscarte, dijo y se fue. Malena se quedó sola apenas unos minutos, Julián se acercó para invitarla a bailar, se miraron a los ojos, él la tomó con fuerza de la cintura. Un tango de dos por cuatro y el abrazo sensual hicieron el resto. Se amaron. Pedro los vio juntos un domingo en el que volvía a su casa dos horas antes de lo previsto. Juró matarlo. Juramento que cumplió y pagó con su vida.

Camino.
Balcarce, y la vieja casa que me vio nacer. El almacén de Don Taquito, nos peleábamos por ir a comprar porque sabíamos que venía “la yapa”. Me gustaba ver como envolvía los fideos dándole forma de empanada al papel. Dice mi mamá que me lo anote Don Taquito. Mamá siempre con la libreta, claro si no tenía un peso partido al medio.
Mi barrio huele a magnolias, el árbol florido de la escuela perfuma el aire. El olfato pide más y se lo guarda. Tal vez porque al cruzar la calle empedrada, espera en su casa de la vieja iglesia San Pedro Telmo, el Cristo Redentor. Allí la ofrenda de la blanca magnolia y su perfume llenan de luz el espíritu. Una larga alfombra roja me lleva hasta el altar sagrado, el mismo que conserva a través del tiempo la emoción en el recuerdo del vestido blanco y un sí quiero para toda la vida.
Camino.
San Telmo, barrio de taitas y matones, ya no quedan. Sí, algunos conventillos con chapa en la puerta “Aquí vivió…” Sí el parque, ahora lleno de artesanos sin permiso.
¿Te acordás papá?...tardes de domingo de calesita, museo y juegos que disfrutábamos con vos.
Eras todo nuestro. Te extraño. Más tarde el progreso te pasó por encima y la autopista te partió al medio. Sí quedan también los recuerdos sin tiempo y algún poema afligido para sentirte cerca.


Barrio, mi barrio San Telmo
Aquel que huele a nostalgia
Y un bandoneón que hipa lento
La melodía de un tango
Barrio, mi barrio San Telmo
Calle de esquina empedrada
Del café en la madrugada
De manos entrelazadas
Barrio, mi barrio San Telmo
Te extraño.
Amurado a mi destino
San Telmo
Hoy me hacés falta.


Iris Faba.

sábado, 5 de marzo de 2011

AVENTURERO

Esa finca abandonada y cubierta de maleza, donde la selva se enseñorea cubriendo la enorme casona y sus tierras, alguna vez albergó sueños de riquezas, de amor, traiciones y muertes.
Dice la gente más anciana que en las tardecitas suelen ver el fantasma de una mujer rubia vestida como una antigua dama que vaga llorando por los senderos.
El Conde de Brigthon desheredo a su primogénito a causa de su vida disipada, éste no tuvo otra opción más que emigrar a América.
Recaló en un país nuevo que ofrecía grandes oportunidades de progreso a mediano plazo.
Era el auge de los cafetales, aventureros de toda calaña llegaban con el propósito de comprar tierras e iniciar un negocio que los enriquecería en poco tiempo.
La mano de obra era prácticamente esclava así que ellos, instruidos, ricos y audaces, se adueñaron de grandes extensiones y comenzaron a armar sus feudos.
El trabajo era arduo y difícil, los nativos no estaban acostumbrados a trabajar de sol a sol bajo el látigo de los capataces, los patrones eran insensibles y exigentes.
El desheredado Conde pronto se dio cuenta que para la vida social que comenzaba a tomar vuelo necesitaba contar con una esposa adecuada.
Solicitó a una de sus hermanas que vivía en Inglaterra que le buscara una joven bien educada, sumisa y muy bella para desposar y luego traerla a estas tierras semisalvajes, para que cumpliera el rol de anfitriona.
Cuando Eloisa arribó deslumbró a todos con su belleza y modales de verdadera dama.
Si se sintió decepcionada o temerosa por el frío recibimiento que le brindó el administrador de la finca, lo disimuló con suaves sonrisas, pero no logró entender porqué su nuevo esposo, al que aún no conocía no acudió a recibirla- al cabo de un mes lo vio escuetamente una tarde y él le explicó que se estaba recuperando de unas fiebres contraídas en la selva.
Así transcurrió un largo año sin consumarse el matrimonio, desconcertada pensó mil posibilidades, pero no halló respuesta a sus dudas.
El conde feliz, en su mente perversa tramaba manipularla para sus fines y cubrir apariencias, ya que un persistente rumor que se expandía rápidamente por la comarca, hablaba de sus costumbres disolutas y de su relación con uno de sus jóvenes capataces.
No pasó mucho tiempo y todo esto llegó a oídos de Eloisa.
Se sintió ultrajada en su honor y sensibilidad de mujer, comenzó a espiar disimuladamente el comportamiento de su esposo y los descubrió en un claro de la selva en pleno acto sexual.
Desencajada volvió a la Casona, tomó un fusil, serena y en silencio se encaminó al lugar señalado como el escondrijo de los amantes,
Con un certero tiro fusiló a los dos traidores, muertos y abrazados yacían en la espesura regresó a la casona, limpió y guardó el arma, se dispuso a esperar los acontecimientos..
Cuando el patrón y el capataz desaparecido, no llegaron esa noche ni en los días siguientes se los declaró perdidos o muertos en algún sitio enmarañado, tal vez devorados por las fieras.
Ella regresó a su patria y se internó en un convento de monjas de clausura.
A la hora de su muerte, en la confesión pudo liberar su alma de la terrible carga.
La selva guardó el secreto.

viernes, 4 de marzo de 2011

FELISBERTO ANDA POR AHÍ




Felisberto anda por ahí, no sé bien dónde se oculta pero está. No hace falta que lo vea, lo intuyo, lo huelo, lo presiento.

Debe ser tímido, nunca ha consentido un encuentro frontal pero me ronda, vigila mis pasos, controla mis anhelos. Por momentos lo adivino a mis espaldas, como un ángel o un asesino misterioso otras veces me atisba desde la tela de araña que adorna aquel rincón.

Hemos alcanzado un mudo acuerdo: él se esconde y yo no lo busco pero aprendí a oler en el aire sus huellas invisibles y eso me apacigua; aunque esté sola con mi alma sola, Felisberto anda por ahí. Algunas veces se enreda en mi sombra o es su sombra la que se esquina en el vano de la puerta. Lo descubrí en la mancha de humedad que flota sobre el techo del living, apenas le veo el perfil y su cabellera enrulada se mece con la brisa. También lo delatan el olor del chocolate -que lo aventaja como un pregón- o el canto de algún grillo perdido en pleno invierno.

Felisberto es y no es, no puedo abrazarlo ni acariciar su piel pero me ayuda a elegir las naranjas más dulces, hace que los fósforos no se apaguen hasta que el horno haya encendido, sopla sinónimos en mi oreja, siempre tengo monedas para el colectivo y jamás he vuelto a destaparme por las noches. Las plantas del balcón crecen fuertes aunque me olvide de regarlas y cuando sopla el viento sur es Felisberto quien sostiene las maderas y evita el ruidoso entrechocar de la persiana que antes aseguraba mi pasaporte al insomnio.

Le dejo regalos que él nunca acepta: un bombón de café, una copa de vino, un cascabel y hasta una bufanda roja y blanca tejida con mis propias manos.

Se quedará en casa, lo sé, porque ambos nos necesitamos para ser. Tal vez por eso ya no me preocupa la soledad pues aunque no pueda verlo, Felisberto anda por ahí.

SAFE CREATIVE Código: 1104078917631

La loca Margarita -- Aclaración

Disculpas a todos. He tenido que descolgar el cuento pues el formato con el que quedó luego de pegarlo desde Word no se correspondía totalmente con el original: la distribución de los espacios entre líneas no permitía distinguir los diferentes escenarios con lo cual el resultado final era bastante confuso. Intentaré encontrar una solución para volver a subirlo. Gracias.

Rolando

PD: este relato no participaba (ni lo hará) en el concurso. Es nada más que un pequeño aporte.

jueves, 3 de marzo de 2011

ANIVERSARIO

Don Juan Antonio y Catalina, sentados bajo la parrita de uvas chinche- que ya empieza a mostrar los primeros racimos que prometen dulces y suculentos frutos - conversan mientras toman mates-
-¡Como pasa el tiempo!- parece que fue ayer que preparando ese festejo no dormíamos de la emoción y el arduo trabajo.
¡Que fiesta! Nunca vi tanta gente reunida, vinieron de todos los pueblos vecinos a compartirla
Emocionante fue cuando la primera maestra – que lamentablemente ya no está entre nosotros- izo por primera vez la bandera en el nuevo Mástil que se hizo con la contribución de todo el pueblo.
-Y sí- fue realmente inolvidable-
La Capilla lucía todas sus galas y vino el cura a celebrar la misa de agradecimiento,- no recuerdo su nombre-, era de otro pueblo, claro acá nunca tuvimos un cura propio.
¿Te acordás de Doña Marcelina? Como eran los más ricos ella se creía la dueña del Pueblo.
¡Claro! El primer automóvil que circuló por estas calles era de don Luís, ¡paseaba orgulloso para lucirlo y despertar envidia!
Si, retrucó Don Juan Antonio, pero el presidente de la Honorable Comisión de Fomento, ¡Era yo! Y como me respetaban, levante el Club Deportivo, armé canchas de bochas, y se organizaban carreras cuadreras y de sulkis, torneos de fútbol interzonales…
y… ¿quién fue el promotor de la fiesta y el baile del Centenario, eh?- hasta elegimos a una reina para que nos representara, cosa nunca vista en este Pueblo.
Cambiaron muchas cosas, todas para mejorar la vida de la comunidad, lástima que sigue siendo un pequeño infierno con los comadreos, pero en fin, acá vivimos bien.
Lágrimas calladas durante diez años, corren libremente y en silencio por la sufrida cara de la mujer.
Con fingida dureza, él le recrimina, - ¿para que lloras’- ya pasó tanto tiempo y ni una sola noticia nos llegó de esa desagradecida que nos cubrió de vergüenza y nos hundió en la mas negra desesperación.
Tenes razón, pero Clarita es nuestra única hija y no puedo consolarme , cunado recuerdo que en el apogeo de la fiesta desapareció.
Roberto y ella se fugaron -¡que vergüenza Dios mío!
Mis padres enfermaron del disgusto y los tuyos se mudaron a vivir a la ciudad vecina.
Se levanta el hombre y con cariño la abraza, le murmura palabras de consuelo.
La camioneta marcha raudamente por la ruta, la joven mujer callada y ensimismada en sus recuerdos, no presta atención al camino ni a sus mellizos que alborotan en el asiento de atrás, su esposo maneja en silencio, faltan pocos kilómetros para llegar Plaza San José - parece tan lejano el día que se marcharon sin mirar atrás.-
Clarita, recuerda vividamente aquella noche, la fiesta, su traje de organdí bordado con perlas, la preciosa corona que ansiaba lucir.
Y vuelve a experimentar la ciega urgencia del amor que le inspiró su adorado Roberto.
Se instalaron en el lejano sur, los primeros años fueron durísimos, hasta que lograron conchabarse en una gran estancia donde se criaba ganado ovino, La nostalgia y el deseo imperioso de volver al terruño los anima.
Es el atardecer cuando entran al poblado, el sol va declinando y pinta de un irreal y luminoso color el chato caserío, los recuerdos llegan en tropel, la gente mira con curiosidad esa camioneta que no pertenece al pueblo.
Desde el patio, Juan Antonio divisa esa camioneta se pregunta quién llega en ese coche desconocido, va hacia el frente de la casa y un torbellino de bracitos y piernas chocan contra él, llamándolo ¡Abuelo! Los mira asombrado, sin atinar a moverse.
Su mujer viene tras él y al reconocerlos corre a abrazarlos ente llantos y risas- Su hija al fin regresó a casa, quedan atrás las penas y soledades- hoy recuperaron a su familia gloriosamente amada.
Anclas

ROMPECABEZAS

-Se le ocurrió una tarde viendo la televisión: lejanas imágenes de hambrunas y desastres, moscas acechadoras y topografías en las que cualquier agujero es un tumba y cualquier pedrusco una almohada. Para entonces, ya hacía tiempo que a Elisa se le había roto el cerebro.
No es que ella fuese consciente de la catástrofe errática de sus neuronas; muy al contrario, Elisa nunca se había sentido tan feliz como ahora, en esta gozosa actualidad donde volvía a ser una niña y su madre estaba siempre a su lado y los cojines, que antes sólo eran cojines, se habían convertido en sus muñecas favoritas. Elisa era dichosa así pero a veces, sin saber cómo ni por qué, se sorprendía sentada frente al televisor y su mente fragmentada se llenaba de imágenes que una extraña lógica recomponía después en una sola, como un puzzle mágico, o como si un ilusionista arrojase al tuntún un mazo de naipes y cayeran todos sobre una mesa perfectamente organizados.
Aquella tarde los añicos de su mente registraron hambre y desastres, moscas acechadoras, tumbas y yacijas improvisadas, y el caos original se ordenó siguiendo un enigmático código de líneas y formas que Elisa interpretó al instante, como si estuviese escrito en la más clara caligrafía. Y supo qué tenía que hacer. Y su madre y su colección de muñecas sonrieron mostrando acuerdo y complicidad.

A veces, un hilillo de baba se le escurre por la comisura de los labios pero no es por causa de su maltrecha cabeza sino por el esfuerzo y la atención. Elisa no se explica cómo le cuesta tanto doblar el papel e ir formando poco a poco, pliegue a pliegue, palomas y otras aves cuyos nombres desconoce pero que, está convencida, deben de estar muy ricas asadas, con esos muslitos que trata que sean lo más gruesos posible y esas pechugas tan tiernas…Hay una torpeza en sus manos que no se compagina con su íntima juventud. Hay momentos, incluso, en los que le parece ver en sus manos aquéllas de su abuela que tan bien conoce y que ni siquiera necesita recordar porque su abuela también suele visitarla a menudo. Su abuela es otra cómplice en la ocurrencia de los pájaros y también ríe y aplaude como Elisa, como su madre y la colección de muñecas cuando Elisa abre la ventana y lanza al viento sus aves de papel... ¡Y cómo vuelan, y qué rápidas se elevan y se estiran en el aire- la celulosa ya hecha carne y plumas- y desaparecen entre las nubes y las puntiagudas copas de los chopos! Ni una sola cae en el jardín. Todas van directas a su destino, a convertirse en alimento de esas gentes acechadas por moscas, que mueren en agujeros y reposan sus sueños sobre pedruscos.
¡Más papel –piensa Elisa-, necesitamos más papel! Y su madre asiente, y su abuela le guiña un ojo y las muñecas se ahuecan los vestidos y bailan a su alrededor con sus diminutos zapatos de charol.

Un crepúsculo arrebolado avanza desde más allá del jardín, traspasando el horizonte de vallas y árboles, tiñendo de vino la geometría de la casa, la mesa y las sillas de forja: tres, ocupadas; una, vacía.
Carlos muestra su preocupación en el gesto de pinzarse la nariz con el índice y el pulgar, como si quisiese exorcizar una inminente jaqueca. Dice en voz alta:
“No podemos seguir así. Es imposible controlarla y tampoco sabemos qué consecuencias puede tener esa manía que le ha entrado a tu madre de comer papel.”
Su mujer, Lidia, levanta la mirada y replica con convicción:
“¡Pero yo no la visto nunca comer papel!”
Carlos esboza una media sonrisa y cuando responde su voz ha bajado un par de tonos:
“Ni yo tampoco, pero no cabe otra explicación. No sería la primera vieja demente que se come lo primero que cae en sus manos. La realidad es que se lleva papel a su cuarto y el papel desaparece: servilletas, diarios… ¡hasta rollos del baño!”
“¡Y mi libro de Geografía! –Exclama una voz quinceañera desde la tercera silla-. Mamá, seguro que fue la abuela quien se lo llevó.”
A Lidia los papeles de madre, esposa e hija se le arremolinan dentro de su cabeza en un huracán de obligaciones y devociones incontrolable. Las palabras “vieja demente” pronunciadas por Carlos se precipitan desde el vórtice y hieren su conciencia con sus afilados bordes. Palabras de sílex: “vieja demente”…
Carlos sigue hablando, casi musitando:
“¿Ves? hasta los libros de tu hijo, de su nieto. Tu madre ya no es tu madre, convéncete. Es menos que ese pájaro que revolotea sobre la buganvilla. Míralo: ese pájaro tiene un rumbo, un propósito, un instinto. Tu madre, a diferencia de ese pájaro, ya no es nada, ya no es nadie.”
Lidia, que estaba mirando en la misma dirección que su marido se asombra en voz baja por el error de éste:
“No hay ningún pájaro en la buganvilla, Carlos…”

Y, sin embargo, pareciera como si, de improviso, una rara brisa se hubiese levantado sobre los chopos. Hay una agitación en el aire, un conjunto de aleteos que no se corresponde con nada visible.
Arriba, en la casa, la ventana de la abuela Elisa está abierta…


Celia,

Consigna

Hasta ahora, han aceptado la idea de proponer consignas:
  1. Adela
  2. Alejandra
  3. Alejandro
  4. Alicia (Rubia)
  5. Graciela (Porteña)
  6. Iris
  7. José Luis
  8. Lulú
  9. Osvaldo
  10. Randos
Estaba pensando que acaso, la propuesta de dos o tres consignas cada dos jueves, resultaría óptimo. Piensen qué preferirían ustedes, y, cómo les resultaría mejor que nos organicemos.

Para las dos semanas que siguen, les propongo escribir un cuento basado en la siguiente idea:
La selva guardó el secreto.

Aclaro que esta idea que les propongo, surge de un listado de consignas que habían sido propuestas en el ámbito de PN. Por lo que oportunamente comprendí, sobre la misma no se había escrito.
Espero les agrade y los motive.

Saludos a todos,

miércoles, 2 de marzo de 2011

Saludos!!

Por fin los encuentro! Un abrazo a todos.

HISTORIAS CONTADAS (c. J. Luis)

¿Qué tienen de común el cementerio de Ezpeleta, Quilmes, y uno de Bournemouth, Inglaterra? Se diría que nada, ni siquiera los muertos en uno y otro hablarían el mismo idioma - suponemos. Sin embargo, tal vez pueda haber una relación.
Ciertas historias nos llegan dichas por gente que no ha conocido directamente a los protagonistas, sino que las oyó de otros. Se repiten por años, quedando así flotando en el tiempo, sostenidas por su misterio pero también por un sentimiento interior que nos impulsa a creerlas. Es el caso de lo que relato aquí, donde me limitaré a narrar simplemente lo que escuché.

La historia que tiene que ver con el cementerio de Ezpeleta es bien conocida, por lo menos en la zona sur. Una noche de invierno de hace unos cuantos años, un muchacho fue a bailar a Elsieland, por entonces la discoteca más concurrida de la zona. A Facundo, un veinteañero alegre y feliz, le encantaba ir a bailar, por lo que no había sábado que dejara de ir a la discoteca. Había conocido allí a varias chicas, pero ninguna tan linda como la de esa noche. Apenas la vio, quedó impactado como nunca lo había estado. Y cuando ella, Lucy, aceptó bailar con él, no lo podía creer. Podemos imaginar que a Facu entonces le pareció que la multitud y el ruido que los rodeaba habían desaparecido. Sólo estaban ella y él en el mundo, y la música. Y así pasaron horas bailando, mirándose, sonriendo uno al otro, como suspendidos en el tiempo. Pero el tiempo seguía corriendo y llegó el momento en que ella le dijo que basta, que era hora de irse. Cuando salieron a la noche y al frío cortante de la madrugada, él insistió en acompañarla a su casa. Fueron caminando dado que ella no vivía muy lejos de la discoteca. Caía una llovizna helada, por lo que Facundo le cubrió los hombros con su campera. Recién cuando, después de despedirla en la puerta, el muchacho había dado unos pasos, Facu se dio cuenta que Lucy se había quedado con su abrigo.

Quizá unos cuantos años antes y muy lejos de allí, el Sr. y la Sra. Weeks volvían a su casa en Bournemouth. Había empezado a llover desde la tarde, era ya noche cerrada y el limpiaparabrisas del viejo Vauxhall no daba abasto. No había nadie en las calles, pero al acercarse a un cruce, la Sra. Weeks vio a alguien que les hacía señas como pidiendo ser llevado. Era una muchacha apenas protegida de la lluvia por un paraguas quien, cuando subió al asiento trasero del Vauxhall, los Weeks pudieron ver que estaba empapada y que además era muy hermosa. La casa de la chica estaba en la dirección en que iban, por lo que el matrimonio gustosamente la dejó, tiempo después, frente a la puerta de una mansión que les pareció enorme. Cuando al fin llegaron a su casa, el matrimonio reparó que la joven - que se había presentado como Sally - había olvidado el paraguas en el auto.

Al día siguiente del baile, Facundo no podía pensar en otra cosa que en Lucy. En su mente se le presentaba aquella figura adorable de tez muy blanca, el pelo renegrido, ojos color caramelo y un minúsculo lunar en el pómulo izquierdo que al contrario de afearla la volvía aún más hermosa. Facundo decidió ir a la casa de la muchacha, con la excusa de reclamar su campera. Le abrió la madre de Lucy y mientras él explicaba el motivo de su presencia, notó que los ojos de la mujer se nublaban. Lo invitó a pasar y allí en el cuarto de Lucy (que olía a viejo y encerrado) le mostró el vestido celeste y los zapatos blancos que él reconoció. -- Todo está igual que cuando ella murió hace diez años -- le dijo. -- Está enterrada aquí, en Ezpeleta. Facundo fue, apenas pudo, al cementerio. Buscó y al fin encontró la tumba de Lucy. Atrás de la cruz descolorida con una fecha remota, estaba su campera.

La Sra. Weeks se quedó con la curiosidad de conocer la mansión donde dejaron a Sally y unos días más tarde, después de presionar a su marido para volver con la excusa de devolver el paraguas, estaba golpeando el llamador de la residencia. Les abrió una anciana que dijo ser la abuela de Sally. Aunque reconoció el paraguas, les dijo que debía haber un error. Sally había muerto hacía varios años. -- Está en el cementerio de St. John, aquí cerca -- dijo. Cerca de la entrada, ustedes podrán ver la tumba fácilmente. La madre había muerto también y ella, la abuela, había mantenido el cuarto de Sally tal cual había quedado. Los invitó a pasar a verlo. La Sra Weeks se emocionó al ver colgado allí un retrato de la muchacha. Sally parecía sonreírle desde la pared, con su tez muy blanca, el pelo renegrido, ojos color caramelo y un minúsculo lunar en el pómulo izquierdo que al contrario de afearla la volvía aún más hermosa.
FIN
Osvaldo 2/3/11

martes, 1 de marzo de 2011

UN GAUCHO MALO - C/José Luis.


Don Hilario se sentó con su mate amargo y el abrigo de su poncho, en la rueda de amigos que le pedían que contara alguna experiencia vivida. Bonachón, el paisano accedió gustoso.
Esta historia me pertenece, ya que le pasó a mi mesmísima persona, y yo soy mi único testigo de lo ocurrido, pero es la purísima verdá, como que me llamo Don Hilario Gómez. Aún hoy se me paran los pelos cuando lo recuerdo.


Era un atardecer de pleno invierno, yo iba con el camión por el camino llano que lleva al pueblo, como toditos los días. Tranquilo, ya que oscurece más temprano con los fríos y no quería matar ningún bicho que se me cruzara de mientras no saliera de la solitaria Pampa. De pronto y sin aviso, se me atraviesa una potente luz, justito delante de mi viejo camión. Paré ahicito nomás y me quedé duro mirando. La extraña luz era tan fuerte que alumbraba todo el camino por delante y por detrás. No me animé a bajar y me quedé todito el tiempo allí pa observarla bien. Después me enteré que se la nombraba “La luz mala”, debió de ser por el susto que recibía uno cuando la veia, en el medio del campo y sin un ánima bendita cerca. Al día siguiente, ya precavido, cuando llegué al lugar me paré de golpe – por supuesto sin bajarme del camión – qué les viá contar, ella me esperaba, se encendió con más fuerza entuavía y yo no me le achiqué. Le pregunté qué quería de mí. Le dije que me hablara, qué era lo que más quería saber. No me contestó. Pero nos hicimos amigos. Yo atracaba mi camión y me ponía a conversarle, a contarle mis penurias. Hasta que un día, venía yo medio chispiau, un trago de vino tinto, por el frío ¿vio? cuando justito en el lugar en que aparecía “mi luz buena” – ya le había cambiado el nombre – se presenta ante mis propios ojos, una luminosidad fosforescente que me ciega, entonces sí que me asusté, les puedo asegurar por mi tata, que en cuantito la vi supe que no era la mesma, algo había cambiado, creo que el calor que desprendían sus rayos. Sentí que me quemaba vivo. Entonces no lo pensé más, me subí al camión y entré a correr, correr y correr acelerando a cuarenta, forzando al pobrecito con sus ruedas gastadas y no acostumbrado a tanta velocida .
No me detuve hasta llegar a mi rancho, y al abrazo calentito de mi china, que me esperaba a la luz del farol, luz conocida y amiga no como aquella.

Se que le prometí a la Jacinta que no volvería a pasar por ese camino, pero no se. A veces me vienen ganas de salirle al encuentro y esta vez si que no sería igual. De verla de nuevo ya sabría con quién me topo, y no hay ánima que me asuste ni me acorrale pué.
Esta vez nada ni naides me pararía, juntaría coraje y la enfrentaría pa preguntarle que anda queriendo de mí, que me deje tranquilo de lo contrario no respondo por lo que pudiera sucederle. Créanme que lo haría. Lo juro, como que me llamo Don Hilario Gómez. Un gaucho que llegado el caso puede ser más malo que la tan mentada “Luz mala”.



Iris.

CAIMANES EN LAS ALCANTARILLAS (C.JL)

Octubre. 2010

-Caimanes en las alcantarillas neoyorquinas, el cadáver congelado de Walt Disney, la chica de la curva… Puras patrañas, una colección de leyendas urbanas que siempre me han parecido ridículas pero necesarias. ¿O acaso no es necesario alentar una pequeña dosis de misterio en nuestras mentes anestesiadas? Y aunque, como en mi caso, estos esoterismos de pacotilla nos provoquen hilaridad, hay que reconocer que sirven para pasar el rato y amenizar conversaciones que, de otra forma, girarían alrededor de los mismos tocones muertos y podridos que jalonan nuestras rutinas.
Una dosis de misterio es necesaria, por supuesto. Y deseable. Y estimulante…
…Me llamo Sonia Aranguren, tengo cuarenta y cinco años y voy camino de una pequeña población denominada Aldeanueva que, según me he informado, hace siglos dejó de ser una simple aldea, razón sobre la que se afianza y deduce la doble mentira de su nombre.
Ignoro a qué distancia estoy de mi destino. Por sus características de extrema sinuosidad, pésimo asfaltado y nulos servicios, la palabra carretera es una hipérbole si con ella designamos a la estrecha cinta sobre la que hasta hace unos minutos transitaba con mi auto de alta gama y potente cilindrada que nunca debí comprar porque no me ha dado más que disgustos. Quizá sea un auto maldito, si es que existen los autos malditos, y si con esta suspicacia estoy potenciando el germen de una nueva leyenda urbana sólo puedo añadir que me tiene sin cuidado.
Lo que la razón me dicta es que en el combustible flotan algunas impurezas que impiden su normal llegada al carburador. Lo que la sinrazón me insinúa es que el vehículo se ha detenido precisamente aquí porque aquí precisamente tenía que detenerse. Como quien dice, por causa de un “fatum”. La noche, que hasta hace unos instantes sólo acechaba, se ha cerrado y me ha encerrado en su negra solemnidad. Tengo una linterna, una manta de viaje, una botella de agua y desde hace diez minutos la compañía de un fantasma. Es posible que sea la mundialmente famosa chica de la curva aunque no podría afirmarlo con rotundidad pues aún no le he preguntado al respecto.
Pongamos las cosas en su sitio desde el principio: la chica de la curva, si es que de ella se trata, dejó hace tiempo de ser una chica, quizá tanto como Aldeanueva dejó de ser una aldea y, por tanto, nueva. En su favor diré que desconozco desde hace cuánto se convirtió en fantasma y si la muerte permite, como su envés la vida, el dudoso honor del envejecimiento. Digamos que la chica ya ha dejado atrás la treintena y que, además, es poco agraciada. Tiene, eso sí, unos ojos cautivadores pero, ¿quién no se sentiría cautivado ante la mirada de un fantasma?
Es justamente por sus vulgares rasgos por lo que he corroborado que esta mujer que me ha venido a visitar quién sabe con qué fines no es un producto de mi imaginación. Si lo fuese, se correspondería con fidelidad a la idea que yo tenía preestablecida de la chica de la curva: muy joven, muy guapa, y vestida con una especie de túnica blanca vaporosa.
La túnica blanca vaporosa, si bien ajada y algo sucia en los vuelos –son muchos años de oficio, me digo- sí la viste aunque de forma desmañada y sosa.
Tampoco sé por dónde ha venido. Simplemente, en un momento dado, ha aparecido a mi lado. He girado la cabeza y allí estaba, de pie, muy seria, mirándome con sus ojos de alucinada. Si no pensase que es un fantasma creería que se ha fugado de una fiesta psicodélica tras haberse fumado unos porros de más.
No habla y no parece que vaya a modificar su actitud de mutismo que, francamente, me está comenzando a hastiar.

He probado con la provocación directa: “¿A qué has venido, a pedirme precaución? ¿Es que piensas que en este camino de cabras alguien puede pisar el acelerador? ¿O me vienes a comunicar que ya he sufrido un accidente hace unos minutos y he pasado a formar parte de tu mundo de ultratumba? Porque, permíteme aclarártelo, no me vas a convencer. Reserva tu actuación para los crédulos y olvídame.”
También lo he intentado con buenas palabras. “¿Podrías decirme, por favor, quién eres, de dónde vienes y, sobre todo, qué se supone que haces a mi lado?” Pero, ni por las buenas ni por las malas, ella persevera en su silencio y en su fija mirada estupefaciente.
Me gustaría decir que tengo miedo. Todo a mi alrededor conspira para que lo sienta: el silencio impenetrable, la densa oscuridad, las formas que, en mayor grado de negrura que la propia noche, se agitan en las lindes de la ruta movidas por un viento inexistente. Y ella, sobre todo ella y su pertinaz presencia. La chica de la curva o quienquiera que sea.
Pero no tengo miedo y me gustaría tenerlo. El miedo, estoy convencida, me haría reaccionar de algún modo; el miedo me liberaría de esta sensación de dejadez que me embarga, de este embotamiento de los sentidos que no es sueño ni cansancio sino una especie de íntima claudicación. ¿Será eso lo que ella quiere? ¿Que me deje arrastrar por esta pereza de los sentidos para ganar mi voluntad y llevarme a su mundo de espectros? Si me duermo, ¿despertaré habiéndome convertido en una cuarentona errante que vaga por las rutas ataviada con una túnica y con aspecto de haber participado en algún Woodstock ultraterreno?
Con el objeto de no rendirme, hablo. Hablo y hablo. Le hablo a ella y le cuento cosas de mi infancia. Le cuento cosas que jamás le había contado a nadie y no sólo de mi infancia sino de todas las etapas de mi vida. Me doy cuenta de que le hago confesiones que nunca me había hecho a mí misma. Ella calla. Me mira y calla, pero no parece molesta por mi cháchara.
Algo indefinible me impele a hablar más. A ratos lloro y a ratos río; a ratos me enojo y otros me pongo alegre, casi eufórica, casi borracha. Y ella calla. Y me mira. Y no parece molesta.
La noche se cierra más y más me encierra en su negra solemnidad. Ya no me quedan palabras, ya lo he dicho todo, no puedo hacer más que intentar por enésima vez arrancar el auto que, inopinadamente, ahora se pone en marcha a la primera.
La dejo allí, de pie, quieta, mirándome, y yo, colmada de una extraña serenidad, recorro un trecho por esa ruta a la que el nombre de carretera le viene tan grande.
“Aldeanueva 4 kilómetros”, reza un cartel en la margen. Dentro de unos minutos llegaré a la engañosa población, al hotelito que he contratado y dormiré. Y mañana, temprano, cuando me levante, me asee y desayune, recordaré el motivo de mi viaje a esta pequeña ciudad cuyo nombre se compone de dos mentiras.
Estoy segura de que mañana sabré por qué he venido… Antes de detenerme lo sabía…

………………………………………………………………

Octubre. 1965

-La niña llora, ¿por qué lloran los bebés cuando duermen? ¿Qué puede soñar un bebé?
-Déjala, no le ocurre nada, debe de ser algo normal, mira, ya se le pasa, ¿ves?, ya vuelve a quedarse dormidita.
-¿Has escondido la carta?
-Sí, tranquilo. No hay ningún papel que pueda relacionarla con esa población y ya no lo habrá nunca… Aldeanueva… Ese nombre no debemos pronunciarlo en su presencia jamás, ¿lo entiendes? ¡Nunca! La niña es legalmente nuestra, nuestra, y sólo nuestra.
-Mírala, vuelve a llorar.
-A soñar…
-¿Con qué soñará si no tiene pasado?
-Ella no, pero “ella” sí…
-Esa “ella” ya no cuenta…

EL DOCTOR LEONI

EL DOCTOR LEONI

¿Era un jaquet con el pantalón a rayas finitas y el saco cubierto de botones de diferentes tamaños y colores?
¿Tenía, en cambio, un pantalón que había sido negro y un grueso y gastado saco a cuadros dicen unos o, quizás, estilo Príncipe de Gales según otros?
Llevaba un bastón como signo de elegancia, en eso concuerdan todos.
¿El sombrero era un bombín brillante como los que formaban parte de un disfraz de carnaval o, por el contrario, uno de copa?
De lo que sí están seguros es de que en ese sombrero tenía una hermosa pluma verde sujeta con una cinta.
¿Llevaba guantes de lana negros, aún en el ardiente verano santafesino? Para algunos ese detalle ha pasado desapercibido.
Lo infaltable era la flor en el ojal, sin dudas robada de cualquier plaza.
Hay quien asegura que su nombre era Víctor, pero la mayoría jamás supo siquiera si Leoni era el verdadero apellido de este pintoresco personaje que transitó la mañana santafesina desde fines de la década del ’30.
No hay más datos que los de la memoria de cada uno.
Por increíble que parezca, muchos lo recuerdan pero no hay fotos, ni siquiera una descripción coincidente de quien se hacía llamar “Doctor Leoni”.
Se lo podía ver caminando a pasos cortitos por calle San Martín, entrar en cualquier comercio, sacar la flor del ojal con delicadeza, aspirar su aroma y depositarla en las manos de alguna empleada, que agradecía con una sonrisa y el habitual “Gracias, Doctor”.
El loco Leoni saludaba quitándose el sombrero, giraba y salía indiferente a continuar el recorrido, porque tenía que cumplir con una tarea autoimpuesta.
Todos los días calculaba sus pasos para llegar a la Iglesia del Carmen cuando el gran reloj diera las doce campanadas. Entonces, ceremoniosamente, controlaba la hora con el que sacaba de su bolsillo para dar comienzo a aquello que lo distinguía de otros linyeras.
En esa esquina, ofrecía a los transeúntes que se detenían, profundos aunque un tanto disparatados, discursos filosóficos y, tras el aplauso que siempre recibía, se despedía con la misma frase: “Ahora me retiro a mis aposentos”. Inclinaba la cabeza sacándose el gracioso sombrero y desandaba el camino.
Esos aposentos eran en realidad obra de una familia bondadosa que le había equipado su propio garage como vivienda, donde comía de la caridad de los vecinos.
Aunque le regalaran ropa adecuada, el loco Leoni la rechazaba en términos muy amables y persistía en usar ese atuendo que lo hizo famoso.
Dicen algunos que, haciéndole una broma, hubo quien lo propuso como funcionario del gobierno de turno. Otros porfían que él mismo originó su candidatura a diputado provincial.
Lo cierto es que, en sus mitines del mediodía exponía sus estrafalarios proyectos: alambrar las orillas del río Salado, que atraviesa la provincia, para que los borrachos no se cayeran al agua; colocar un toldo a lo largo de la ruta que une las ciudades de Santa Fe y Esperanza así los linyeras caminarían a la sombra y la donación de su sueldo a los efectos de comprar un ojo de vidrio gigante para la ciudad de Venado Tuerto.
Nuevamente las opiniones se bifurcan.
Por un lado, estaban sus constantes seguidores intelectuales, quienes no encontraban mucha diferencia entre lo imaginado por el Dr. Leoni y las promesas, siempre exageradas y por lo general incumplidas, de sus potenciales rivales en las elecciones.
El grupo opuesto cree que sólo fueron habladurías y que el tema de la candidatura nunca sucedió, aunque, teniendo en cuenta sus discursos del mediodía, aceptan que tales proyectos pueden haber existido.
Consultando la hemeroteca del diario local se encontrará, sin dudas, alguna referencia a su muerte. La desaparición de un personaje público tan notorio y estrafalario no puede haber pasado desapercibida.
Años más tarde, un intendente de la ciudad fue capaz de prometer que “embalsamaría” la laguna Setúbal. De esa manera, explicó por televisión, los santafesinos no se quedarían sin playas durante las crecidas del río ni sufrirían, en pleno verano, la escasez de agua en épocas de sequía.
El Dr. Leoni había dejado su huella.


27/02/2011







lunes, 28 de febrero de 2011

FELICIDAD


la luz alumbró
mis ojos húmedos
quise escapar
mirándolo todo
viendo de las baldosas
debajo
y la parte oscura de la luna

devoré el sol
para nutrirme
de inmortalidad
pero nada es para siempre
nada
y aquí estoy
viendo a la muerte
apostar sobre
seguro
y así llegar
a un mundo feliz
sin frío ni calor
sin traiciones ni temores
quieto
altanero y oteando
con cuencas
vacías
la paz infinita
de los cementerios

PARANÁ, Rolando (Pituti)

Arena, barro y agua
fresca y marrón

que suelta hilachas


desgarrando el verde
que lo ciñe y lo acompaña

mientras busca el azul

de su destino
que olvidó el horizonte.
Hundo mis pies en las orillas
y el Paraná
me deja entre los dedos pedacitos
de tierra, sol ardiente, lluvia
y brasas de viento norte
que me llama y me quema
desde adentro.
Piso el polvo de antiguas pisadas
que alguna vez fueron rastros
en otras geografías
y adivino mi piel
que se reencuentra
y reconoce
en la comunión del río.
Vuelven entonces las voces
las risas y las noches
de veranos y estrellas
al alcance de los sueños
que se encontraban con los pájaros
y se adormecían
en la vieja madera
de aquella canoa pescadora
de vientos imposibles.
Huele, late y suena
a guitarra
el Paraná
Abre las rejas
y libera el canto,
el grito primitivo
salvaje y animal
desatado al fin
en la urgente avidez
de mi garganta.                                                      

                                        Rolando


Como lo hacía con aquellas jangadas (o "angadas" como se conocían en Santa Fe), el Paraná arrastra historias que va depositando en el barro de las orillas. Alguien del norte -como yo- puede encontrar retazos de su propia piel y de sus viejas huellas aguas abajo.

LAS FOTOS Y EL ESPEJO, Graciela Tórtora

-Esperen que conecte mi lámpara nueva. Quiero disfrutar las fotos de la fiesta a toda luz….¡Qué noche!


( Tres días antes…)

 -“Bueno, ya estoy bañada y relajada. Esta noche será una gran noche sin lugar a dudas. Este color chocolate a lo Penélope Cruz que me hice en el pelo, me queda regio, sobre todo me quita como 10 años de encima y el esmalte que me puse en las uñas, queda espectacular con el vestido.
Mientras se hace la hora,  mejor como un pedazo de queso para no llegar con el estómago vacío, prendo la planchita de pelo porque con la humedad que hay, es necesario que me retoque el brushing. Enseguida aparecen mis rulos de mierda.
¡Uy!, ¿qué es esta mancha en la cara.? ¡Uff, qué susto! es nada más que un pedacito de la cáscara roja del queso. Ya me estaba imaginando que me había salido un granito. ¡Juro que me moría! Mejor me tomo otro vaso de agua que es bueno para la piel. Hoy ya me tomé como seis. Dicen que hay que tomar dos litros por día, pero quién se banca tanto líquido…
Son casi las ocho, tengo que estar lista en media hora que pasarán las chicas a buscarme. Me pongo la crema humectante, así cuando me maquille no se me va a correr la base. Otro pedacito de queso que proteje el estómago de los efectos del alcohol.
¡Transformación en curso! Primero, el corrector de ojeras, luego la base, el polvo translúcido, el rubor sonriendo para marcar los pómulos, un poco más de polvo, la sombra en los párpados, sobre las pestañas color café y un poco de dorado arriba para iluminar. Va a quedar sensacional.
Me gusta lo que estoy viendo, ¡Ja! ¡Matás esta noche, Wendy! A no perder el tiempo con tonteras… Falta una línea delgada bordeando el ojo y  el rimmel. Despacio, como te enseñó Feli, una capa de rimmel, peinar las pestañas, dejar que casi se seque y otra vez  rimmel.
Ahora el vestido. La verdad que el color verde me queda brutal y este escote en "V" va perfecto con mi cuello. Parezco salida de un cuadro de Modigliani… Genial…
Ahora las sandalias. ¡Ay! espero que no me lastimen las tiritas tan finitas que me dejan los dedos como chizitos y los ocho centímetros de taco aguja… pero vale la pena un poco de sufrimiento. Son un lujo.
¿Qué pongo en la cartera? Pañuelitos de papel, los cigarillos, el encendedor, spray bucal, el rouge… bueno, el rouge después de pintarme los labios y fumarme un cigarrillo antes de salir.
¡Me estoy olvidando del perfume! Unas gotitas detras de las orejas, un poco en las muñecas… Última pitada. Me lavo las manos y me pinto los labios.
Mejor hacer pis ahora, que no sé hasta qué hora no podré ir al baño, No voy a decirle a un desconocido, permitime pero tengo ganas de… ¡No! Se te ocurre cada cosa, Wendy…
Ya me pinto los labios. Primero el polvo, luego el lápiz delineador y el rouge, con pincel porque dura más y…¡Justo! Está sonando el interfone… ¡llegaron las chicas!
–Holaaaa, ya voy bajando.
Última miradita al espejo que no miente: sos una reina Wendy, estás sensacional, nadie te puede dar 45 años. ¡Byee!”

 -Estoy Horrible! ¡No me quiero ni mirar! ¡¿Por qué no me avisaron
 que estaba tan espantosa?! ¡Soy un mamarracho!
 -No, Wendy. Vos estabas linda, son las fotos… de repente no
 sos fotogénica. O la lámpara nueva que ilumina mal…
-No es que no sea fotogénica, boluda. Y la lámpara no tiene nada que ver. No digas pavadas. ¿Sabés que pienso?. Soy yo, que me miro al espejo y me vendo a mi misma que estoy regia, pero las fotos, las fotossss… son unas hijas de puta porque nunca mienten, no son como el espejo que te hace ver lo que una quiere ver...

domingo, 27 de febrero de 2011

LA PIEDRA



El hombre está solo. Abatido arrastra la pesada piedra hasta el haz de luz que generoso se cuela por la entrada de la lúgubre y helada caverna.

El hombre toma el peso del hacha entre sus ajadas, lastimadas y perdidas manos y comienza a golpear la rústica mole. Golpea una y otra vez tratando de encontrar alguna forma, algún color, algún signo de vida.

El hombre está cansado. Muy cansado. Apoya sus piernas en la piedra y por un segundo el frío las sacude. Mira con piedad sus pies desnudos, toma el hacha entre sus manos, la apoya en ellos y con saña comienza… ¡A pegar… a pegar… a pegar!...

El hombre grita de dolor. Sonidos guturales ásperos y despiadados rompen el silencio y se mezclan con los huesos astillados, arterias machacadas sin forma ni existencia, y sangre caliente que brota sin detenerse para macerar la tierra seca en el espacio cerrado.

La piedra comienza a cobrar vida. El hombre ya no la ve.