
Lo ganó el desencanto y tuvo que desprenderse de una fe ciega que lo había chupado como un agujero negro para lanzarlo muy lejos de su punto de partida. Hoy se daba cuenta que su vida había sido perseguir, día tras día, el espejismo de la salvación. Y sólo bastaron unas palabras dichas por Silo para que su cabeza hiciera click y su mirada cambiara para siempre.
Abandonó la secta y volvió con sus padres, pero pronto supo que era imposible retomar la vida que había dejado. Entonces se derrumbó en su pieza. Y allí dentro se sentía como en una cueva, sin ventilación ni luz, y desesperaba por salir. Sin embargo, los espacios abiertos le daban miedo.
Una tarde un recuerdo lo asaltó. Caminaba en plena selva y el suelo era de un color rojo ladrillo como nunca antes había visto. Nubes de polvo bañaban los árboles de un tono cobrizo desde el tronco hasta la copa. Siempre la imaginé en distintas tonalidades de verdes –pensó- pero aquí… ¡todo es granate! Estaba fascinado. Notó que las melenas de los árboles se desteñían paulatinamente y recuperaban su color natural. Se preguntó cómo era posible? Pronto entendió que sobre su cabeza llovía. Lo que pasaba es que el bosque era tan cerrado que el agua no alcanzaba a mojarlo. Y aquella remembranza lo iluminó: en el bosque se sentiría oculto y protegido, y el aire y la luz lo harían olvidar del encierro.
Así fue que Efraín escapó al destino vaticinado por Silo: “en un futuro no lejano, vendrá un mundo nuevo con nuevos valores y fe renovada. El mundo de hoy será cambiado como no hubo antes cambio alguno. Yo lo auguro. Pero que nadie se asuste cuando antes llegue el momento de la violencia general, el momento de la confusión total. Es inevitable…” Fue ese oráculo, y la promesa vaga de un “yo me iré, y en el llano hablaré para todos los que quieran escucharme... entonces me alejaré para siempre”, lo que le hicieron ver que el gurú los abandonaba sólo porque ya no tenían nada más para darle. Descartado como un forro –pensó, y desde ese día el desencanto lo invadió.
Se fue al bosque y un delirio místico lo atrapó. Veía por todas partes señales de un destino misterioso: una luz en el claro del bosque, el silbido de un pájaro, la sombra avisadora de un ave que huye. Por el camino interno puedes andar oscurecido o luminoso, –recordaba- atiende a las dos vías que se abren ante ti. Y aprende a reconocer los signos de lo sagrado en ti y fuera de ti. Es que para él, en la selva palpitaba el misterio mágico de la creación.
Aprendió a sobrevivir a fuerza de enfermarse y curarse, de equivocarse y acertar. Conoció la uva purgante, la pelusa de la liana que inflama la piel, la pepa de la fruta que tiene ceniza cáustica. Supo distinguir los retumbos del puerco salvaje, el siseo de la víbora, el cascabeleo de la serpiente venenosa. Todas eran señales que lo mantenían despierto y vivo. Pero su yo interior flaqueaba. No te imagines encadenado a este tiempo y a este espacio –se decía- ni eternizado en la soledad. Encuentra esa fuerza luminosa, esa energía interior que habita en ti. Sin embargo, la falta de compañía lo estaba alterando. Sus nervios eran resortes comprimidos que nunca se aflojaban y su mente buscaba ansiosa el prodigio divino…
El destino quiso que apareciera una niña mulata. Estaba perdida en la selva. Efraín la tomó de la mano, y consolándola, la llevó a su choza. Con el tiempo le enseñó las doctrinas de Silo y, a su manera, él fue su gurú. ¡Libérate del miedo! –le decía. No temas perder lo que tuviste, ni temas porque tus seres queridos te hayan abandonado. No temas a la muerte. Teme únicamente a quien destruye tu espíritu.
Una noche no resistió su urgencia carnal y la poseyó con la fuerza bruta de un animal en celo. La selva lo había transformado en una bestia sin alma ni conciencia. Bajo su poder, el hombre fue sólo un instrumento de dominación, ya que al poseer a la niña lograba su anhelo de muerte y resurrección. La selva es la Muerte disfrazada, es el Mal necesario para que resurja la vida. En ella el árbol más alto tapa al más bajo y se apodera de su espacio, mientras la enredadera lo abraza asfixiándolo hasta matarlo y la podredumbre del suelo, carcomiendo sus raíces, lo voltea. Al caer, también muere la enredadera que lo supo vencer. Dos luchadores formidables que yacen abrazados mientras la vida se apodera de sus despojos para nutrirse y resurgir feliz y rozagante, pletórica de triunfo, en el retoño del árbol caído que comienza la lucha por ganar su espacio.
La niña murió esa noche y su conciencia le hizo sentir que su vida había tomado una nueva dirección. Era como si un alud lo hubiera arrastrado hacia territorios desconocidos. Atropellado por la desdicha, supo que, de ahora en más, la selva era su enemigo y que sin saber a quién combatir, sólo le quedaba esperar, paciente, la hora de su muerte.
El odio sucedió al amor, la venganza al perdón y la selva guardará el secreto, porque está en su naturaleza sádica alimentarse del despojo de su destrucción.





