En las afueras del pueblo había un árbol
con los vagos trazos de lo que parecía un corazón con dos nombres borrosos.
Cuando Olga olvidó a Pedro el árbol amarilleó. Cuando Pedro olvidó a Olga el
árbol se secó.
Cuando
ambos fueron olvidados un rayo lo incendió y sus cenizas abonaron la tierra
donde ahora crece una hierba con pequeñas flores de cinco pétalos azules.
sábado, 28 de julio de 2012
No me olvides
viernes, 27 de julio de 2012
Colonización
COLONIZACIÓN
Justificación de la misión (extracto de la carpeta enviada al Presidente Kapinski para la aprobación del presupuesto)
Luego de los eones pasados desde que que mandamos la primera nave, los informes recibidos indicaban que los pioneros compartían el planeta con los nativos en una convivencia pacífica.
Sin embargo, luego de cien ciclos sin noticias, recibimos un video con un pedido de auxilio desesperado. El jefe de la colonia advertía del peligro de una gran masacre, reclamaba ayuda casi llorando mientras a sus espaldas los civiles corrían hacia lo que parecían refugios. La transimisón se cortó antes del fin del mensaje.
Teniendo en cuenta que los primeros reportes hablaban de los nativos como "una raza brutal y primitiva de gigantes, que suelen pelear entre sí y matarse unos a otros" (como puede leerse en los informes del "Proteo", ver documento adjunto), tememos la suerte corrida por nuestros colonos.
Es necesario enviar una misión de exploración y reconocimiento de la situación actual ya que nuestro planeta está pasando a alerta rojo y necesitamos un nuevo hogar de forma urgente.
Sugerimos enviar la nave TX-6933 a mando del Comandante William Johnson con una pequeña tripulación y la última tecnología de comunicaciones. Irán en animación suspendida hasta entrar en la órbita del planeta.
Informe número TX-6933-142 del Comandante William Johnson.
Recién arribados, el comandante y la tripulación no reportamos daños físicos ni estructurales. Los análisis preliminares indican una atmósfera bastante contaminada pero respirable.
Nuestra nave está camuflada para no llamar la atención dado que todavía no sabemos cuál es la situación local. La Oficial de Comunicaciones Tatiana Beekeva comenzó las transmisiones y espera hacer contacto pronto. Confiamos en que perciban nuestras señales y se acerquen. Por el momento podría ser peligroso dejar notar nuestra presencia.
Informe TX-6933-144 del Comandante William Johnson
Contacto establecido. Las cosas son peores de lo que creíamos.
El Capitán Stuart Ramirez fue el primero en responder a nuestra llamada y nos contó brevemente la historia de la colonización. Como decían los reportes, ante la inexistencia de una tecnologìa que permitiera comunicarse con ellos de otra manera, los pioneros se vieron obligados a usar el Potenciador Telepático para hacer contacto con los gigantes.
A pesar de sus esfuerzos, la tosquedad de las mentes de los nativos hizo que muy pocos recibieran el mensaje. Aquellos capaces de interpretarlo desarrollaron conocimientos que permitieron, en el mediano y largo plazo, una evolución tecnológica que atribuyeron a su propio intelecto y no al contacto con una raza superior. No obstante, no todos estos adelantos resultaron un beneficio para la especie. Su espíritu belicoso los llevó a mejorar las armas sin mejorar su sociedad.
En los últimos cincuenta ciclos, además, parecieron darse cuenta de que nuestros colonos están cohabitando el planeta con ellos y comenzaron a acusarlos de ser causantes de enfermedades y males. Nuestra gente está siendo combatida con saña asesina luego de haber convivido en paz por más de seiscientos ciclos: sus hogares son envenenados y sus hijos masacrados antes de nacer. No pudimos llegar en mejor momento.
Necesito una pronta respuesta del Alto Mando. Tenemos posiciones encontradas respecto de la estrategia a seguir.
Ramirez sugiere una evacuación masiva pero mi objeción es que necesitaremos demasiadas naves y llevaría mucho tiempo. Actualmente nuestra gente está desperdigada por toda la superficie del planeta y más de la mitad son civiles sin entrenamiento.
Creo que es mejor volver a establecer contacto telepático y favorecer más adelantos tecnológicos. Viendo cómo funcionó esto en el pasado, no tardará mucho para que los humanos se maten unos a otros con armas poderosas que no nos afectarán, dejándonos el planeta a nuestra disposición.
Después de todo, las cucarachas somos inmunes a la radiación.
jueves, 26 de julio de 2012
Cruce al olvido
Me perdí en la calle de tanto mirar los letreros,
abandonado aquí bajo la ciudad alarmista de los asuntos.
-Vivo caminando-.
La noche viene llegando y los semáforos se asoman,
libremente le dan paso a mi melancolía.
-Vivo a pasos-.
La luna pareciera vigilarme sigilosa, como envidiando
mi poca facultad para alegrarme.
-Vivo anochecido-.
El rocío moja mi cara involuntariamente, castigándome,
y tengo que retirarme del aire libre.
-Vivo aún-
No siento mis pasos, ni hambre, ni frío. Nada
en mi cuerpo parece quejarse.
-Mal nacido-
La media noche llega nuevamente, siguen velas
encendidas en la bruma.
-Oscurecido-
El agónico llanto de una mujer delgada
logré reconocer tras leer mi nombre, allí...
-Fallecido-.
domingo, 22 de julio de 2012
Morir sin ley
Me detengo a
mirar una sombra
que se enciende
de rabia y me quiere atrapar
solo quiero
esperar a que venga por mi
me desgarre la
piel y me quite el sentir.
Yo me dejo llevar
porque entiendo el por qué
de saber que uno
es libre cuando se deja vencer
no hay descanso
ni paz mientras duele el temor
lo que quiero es
que vuelva a cerrar mis ojos.
Ya no quiero
llorar sin saber qué decir
solo siento en el
alma que deseo partir
la sombra ya
viene y me siento a esperarla
ya quiero besarla
y morir sin ley.
viernes, 20 de julio de 2012
Si dijera soy virtual
Si dijera: “soy virtual”
diría que no existo,
negaría
a mis ancestros y a la tierra
que caminan conmigo,
y de mí se valen,
para sembrar futuros.
Decir virtual es reducir
a una ilusión efímera
de códigos binarios
lo vital
de cada una de mis células,
y al torrente de mis fluidos
a una fría corriente
de electrones saltarines.
Si yo no soy virtual, entonces tú
—que despliegas sentimientos
a través de la magia del teclado,
de los cables y los monitores—
tampoco lo eres.
Amigo
simplemente amigo,
sin aditamentos;
así puedo sentirte,
como si tu abrazo
rasgara sin esfuerzo la distancia
para tocar la desnudez de mi alma
y abrigarla con la tuya.
No bebimos de la misma copa
ni nos hemos embriagado
en las mismas trasnochadas fantasías.
No fueron los leños del mismo hogar
ni el silbido de la misma cafetera
los que nos confortaron
en algún invierno.
Pero un designio que no precisa
comprensión
tejió la urdimbre
que nos reúne en este espacio.
Y sé que estás allí
que tu mirada no se viste de prejuicios,
ni te importa mi apariencia
ni las telas que me cubren
ni mi status, ni mi historia.
Conoces de mí, y se de ti
profundidades que quizás
otros ignoran
en su aparente cercanía.
Por eso puedo elevar esta bandera
que contiene todos los colores
y todos los matices,
puedo acariciar las cuerdas
de mi guitarra compañera
para cantarte una canción
y llamarte simplemente
y con mayúsculas:
Amigo.
¡¡Feliz Día del Amigo!!
miércoles, 18 de julio de 2012
Tus huellas en la arena
Lo he intentado, sabes,
en vano quise
una y otra vez
vencer la insobornable
honestidad del aire
y el silencio.
Es que la distancia suele ser
no solo el arduo escollo
de la geografía y sus
fronteras.
Puede el pensamiento
vulnerarlas,
tomar la forma de un abrazo,
la textura sutil de la
caricia,
la humedad del beso,
el fuego del deseo…
Puede el pensamiento
soltar las ligaduras
de las convenciones
y las leyes de la física.
Pero puede también
sucumbir
al desaliento y la angustia
de una piel que grita
y que derrama
su anhelo insatisfecho.
Somos lo intangible
mas
la sangre no renuncia,
prisionera como es,
de un mandato
primitivo y superior
que alimenta el círculo
inagotable de la vida.
Acepto la derrota, sabes,
abro mis manos
liberando las tuyas.
Vete,
transita un camino
más allá de las sombras
y las lágrimas.
La noche descorre su velo
descubriendo los azules
y las crestas blancas
Que tu frente se eleve.
Que tus ojos se abran
y se colmen de colores.
En otras latitudes
con una sombra de tristeza
sonreiré
imaginando tu figura
y tus huellas que se pierden
menudas en la arena.
lunes, 9 de julio de 2012
La luna del viejo Ramúa
¡Pucha que está fría la noche, carajo!
Este viento sur no trae nada bueno, será mejor tener paciencia. Total…
Le pesan los setenta al viejo Ramúa.
Las manos nervudas, llenas de cicatrices, se aferran a los remos que empujan y
empujan. El Paraná le abre un camino que
baja desde la luna que aparece como un único farol en el horizonte líquido. Más
allá de las islas se adivina el frío resplandor de Santa Fe.
Allá
estará la Palmira, calentándome el lugar…
El
doctor me dijo que tenía que cuidarme, que mi corazón anda aflojando, que el
tabaco me arruinó los pulmones, que ¡qué sé yo cuántas otras cosas!…pero ¿qué
puedo hacer? Tengo que sostener el rancho, y acá está mi vida. Más de cincuenta
años… ¡Qué digo cincuenta!, creo que
nací en una canoa. Y el tabaco… ¿Cómo hago para pasar toda la noche pescando
sin encender un cigarro? Es brava la soledad, o será que me estoy poniendo
viejo. Es que el tiempo se me fue sin darme la oportunidad de verlo pasar. Esta
helada me está agarrotando las manos, será mejor tomar un trago; la caña
reconforta, es lindo sentir cuando pasa por la garganta como una brasa que te
calienta y aleja los malos presagios. ¡Ahhhhhh! Así está mejor.
Allá
estará la Palmira, calentándome el lugar…
El viento que choca contra la corriente
levanta olas espumosas que mecen la canoa mientras el viejo Ramúa ve deslizarse
el mundo a sus costados. También sus recuerdos se deslizan, y las imágenes se
suceden una tras otra. “Como las aguas del río”, piensa. Los remos golpean una
y otra vez.
Allá
estará la Palmira, calentándome el lugar…
La
luna…No trae buena pesca, pero ¡qué cosa más misteriosa! Cuando chico quería
llegar hasta ella para tocarla, ver cómo se siente en los dedos. Tal vez ahora sea
el momento. Si sigo su luz, quizás no esté tan lejos. En esta oscuridad somos
ella y yo, nada más. Voy a apurar el paso antes que se hunda. Sí, ya sé, estoy
desvariando. O será que el sueño me está ganando y me hace olvidar que tengo
que llegar a la cancha* y tirar los aparejos. Mi abuela me decía que no había
que escuchar el llamado de la luna, que eso no era bueno, pero… ¡Parece tan
cerca! ¿Dónde puse la botella? Ah, acá está, sí. Es buena compañía la caña, y
da más fuerzas para remar. Sí, allá voy. Este dolor en el pecho ya se me va a pasar,
lo mismo que el sueño y el frío. Tengo que seguir. Más allá de esta negrura. Un
poco más.
*Cancha: sitio de pesca en el que se ha limpiado convenientemente el lecho del río.
*Cancha: sitio de pesca en el que se ha limpiado convenientemente el lecho del río.
jueves, 28 de junio de 2012
La respuesta (consigna "la muerte de la muerte")
¿Puede morir
la muerte? Cuatro palabras de trazos
opacos y temblorosos sobre un muro descascarado desafiaron mi comprensión y se
instalaron desde entonces en algún rincón olvidado de mi cerebro. Recuerdo
haber mirado el graffiti con el desinterés propio de un niño regresando a toda
prisa del tedio de la escuela. Ni siquiera me pregunté por qué nunca lo había
visto en ese corto y rutinario trayecto hasta mi casa. El barrio en ese
entonces lucía sus fachadas bajas y modestas salpicadas con terrenos baldíos que
los niños convertíamos en los escenarios de nuestra fantasía.
¿Puede morir
la muerte? La frase insistió al día
siguiente logrando que me detuviera a observarla. Obedeciendo un impulso, deslicé
mis dedos sobre la pintura retirándolos de inmediato con la sensación de
haberlos posado sobre la puerta de un horno, un horno extrañamente pulsante. El
susto y la impresión no fueron suficientes para vencer a mi curiosidad; con
cautela fui aproximando nuevamente la mano hasta tocar la superficie. Volví a
experimentar el calor, que ya no parecía quemar, sino transmitir una inexplicable
sensación de bienestar. Fui recorriendo una a una cada letra tratando de
comprobar si todas me producían la misma tibieza y esa especie de latido que se
sentía como el arrullo de una canción de cuna. Cuando terminé, observé mi mano.
Una nítida “m” se había dibujado en su palma, a pesar de que la pintura parecía
antigua. Recuerdo haberme frotado enérgicamente sin conseguir siquiera deformar
el dibujo. Apenas llegado a casa le conté a mi madre la experiencia, a lo cual
me respondió con una sonrisa complaciente. Cuando intenté ofrecerle la prueba
de la marca en la mano derecha noté sorprendido que ésta había desaparecido sin
dejar el menor rastro. Lo mismo ocurrió con el graffiti, al que jamás volví a
ver. Algunas décadas después, esa anécdota se había borrado totalmente de mi
memoria, desplazada por otras innumerables y más cercanas en el tiempo.
Mi vida se deslizó por carriles comunes hasta
depositarme una mañana cualquiera en Los Corales, un pequeño pueblo de
pescadores recostado en una bahía apenas perceptible en la inmensidad del
Atlántico. Un vuelo cancelado, una espera de dos días, un mapa y las ganas de
escaparme del bullicio de las ciudades —nada especial, simples circunstancias— me
llevaron a ese rincón del que nunca había oído hablar.
—No servimos desayuno, pero si va al puerto, acá
nomás, a doscientos metros, preparan un café que es la envidia de la comarca. Los
pasteles son únicos. “El Ancla”, se
llama el bar —me dijo el dueño del único hotel—. Lo va a encontrar enseguida,
no hay otro —agregó sonriendo.
El sol resplandecía a media altura en un cielo
completamente libre de nubes, era una mañana deliciosa. Caminé sin prisa,
disfrutando de la brisa levemente salobre y la perspectiva de un descanso
inesperado y oportuno. El azul del mar era muy intenso; a lo lejos, como
gaviotas posadas en el agua, se distinguían algunos veleros. Me detuve un
momento dejando que mis pensamientos se desplazaran en absoluta libertad en
medio de un paisaje que llenaba mi espíritu de sosiego.
—Un pigargo; águila marina. Es muy raro verlos —la voz
de contralto me sorprendió. No la había visto llegar. Me señalaba un ave de
gran envergadura volando muy alto—. Es una especie casi extinguida —continuó
sin dejar de observar al ave que se alejaba.
La joven mujer parecía embelesada. Sus rasgos me
resultaban vagamente familiares, algo incongruente en esa geografía tan lejana
a mis rutinas. Cuando nos miramos casi pego un brinco. También noté en ella un
gesto apenas reprimido de estupor. Tal vez fue en el transcurso de un segundo,
no lo sé. Le extendí la mano para saludarla sin dejar de mirarla a los ojos.
Entonces ocurrió.
La misma sensación, la misma tibieza, el mismo latido.
¿Puede morir
la muerte?
El recuerdo fue instantáneo. Pero sólo fue el
comienzo. Un vértigo de imágenes y sensaciones que abarcaban todos los sentidos
me inundó por completo desde el fondo de sus ojos. Cuevas oscuras impregnadas
con olores salvajes y humo espeso. Sonidos guturales, frío de rocas, ríos
congelados, hambre y peste, yermos sedientos, huesos blancos reverberando soles
en la soledad más absoluta. Sentí el mareo del náufrago, la euforia de la
sangre del enemigo goteando en la punta de una espada. Vi los fuegos de San
Telmo y los ríos incandescentes bajando veloces desde la furia de los volcanes.
Pude percibir mi sangre derramándose una y mil veces. Y vi campos sembrados,
selvas huérfanas, nieve y lluvias interminables, eclipses e incontables lunas elevándose
en el horizonte. Venenos de serpientes y escorpiones quemaron mis venas con
dolores indescriptibles. Caricias de madres, avidez de leche, canciones,
pasiones en hierbas y alcobas, paz y guerra, llamas, cuerpos enlazados, alegría
y llanto.
¿Puede morir
la muerte? ¿Puede morir la muerte? ¿Puede morir la muerte?
Ella. Su rostro girando en el centro del vórtice.
Ella. Auroras y ocasos como chispazos infinitos.
¿Puede morir
la muerte? ¿Puede morir la muerte? ¿Puede morir la muerte?
Pulsaciones en nuestras manos, acompasadas en un
frenesí magnético inagotable. Desfile de astros y mundos desconocidos, formas
inimaginables, dimensiones imposibles, luces, colores, irrealidades...
—Yo… —de repente su voz quebró el ensueño—, te vi… yo… tú… mira —dijo repentinamente mostrándome
la palma de la mano—: la “m” parecía un tatuaje. Miré la mía y ya no me asombró
ver el mismo y exacto trazo.
—Esto es… —no pude hilvanar la idea que se insinuaba
en mi mente.
“¡Mami!”, una niña le hacía gestos desde la otra
vereda.
—Debo… debo irme ahora —dijo turbada.
—Espera —le dije—. Toma mi tarjeta, por si no vuelvo a
verte por aquí Debemos hablar…
—Ariadna —respondió—. Sé que volveremos a encontrarnos —agregó acentuando la frase. Luego
cruzó la calle corriendo. Se detuvo junto a la niña y me dijo a viva voz—:
Ramiro, ¿puede morir la muerte? —Me
miró significativamente y luego se alejó tomando a la pequeña de la mano.
Quedé profundamente conmovido sin atinar a nada
durante un lapso impreciso. Muy cerca se veía el cartel con un ancla dibujada.
Mi ilusión de descansar se hizo añicos en los vanos
intentos por encontrarla nuevamente. No recuerdo, ni intento recordar, cómo
transcurrieron esos dos días. De regreso a Rosario, el trabajo volvió a
absorberme casi por completo.
Pero ahora, ya nada es igual. Creo haber encontrado la
respuesta demorada desde la niñez. Una energía invisible me envuelve, como si
fuera el campo de gravedad de un poderoso cuerpo astral.
¿Puede morir
la muerte?
Espero un llamado.
Sé que
llegará.
lunes, 25 de junio de 2012
UNA NOCHE EN LA FERIA DEL LIBRO
UNA NOCHE EN LA FERIA DEL LIBRO
(inspirado en “Una noche en el Museo”)
Jorge Umberto Malpeli
A Mayordomo lo conocí en la Feria del Libro. Recuerdo patente, patente, aquella noche cuando las luces de la muestra, se fueron apagando. Solo algunos stands permanecían iluminados El sol aparecerá sobre Buenos Aires a las 7.35. Este relato finaliza a esa misma hora.
-¡Hola! -Soy yo, aquí arriba, el Mayordomo de “Crimen colectivo”. -¡Ah!- dije- Soy el Chofer de “Conduciendo a... -Ya sé. -¿Qué te parece si damos una vuelta?
-¿No será peligroso? -Dale, dale, no tenemos mucho tiempo.
-¡Guay! ¡Cuidado! ¿Quien es? Pregunte.
-El Che Guevara. Sale todas las noches con su moto.
-¿Y Fidel?
-Aparece mucho más tarde y se reúne con un grupo de guerrilleros. Todos fuman habanos.
-Ahí está Karlos Arguiñano con el Gato Dumas.
-Seguro que están hablando de comidas -afirmó Mayordomo.
¡Oh! En ese stand está Scherlock, con Watson..
-Pasemos de largo...me tiene loco con sus preguntas.
-Allá vienen como todas las noches, Don Quijote a caballo y Sancho Panza en burro. Dejan todo sucio. Tiene que venir Cenicienta a limpiar. ¡Pobre!
-¡Dios mío! Mirá quienes andan por allá arriba.¿No son los siete enanos?
-Si, cantan todas las noches creen que marchan al socavón.
-¡Guay! Otra vez te salve la vida. ¿No viste el helicóptero?-pregunté.
-No hace nada. Es el que voló de la azotea de la Rosada.
-Paremos...allí hay una manifestación Mirá las banderas rojas...
-Es Lenin y sus camaradas. Recorren todo el salón, sin molestar a nadie.
Eran las 7.35 cuando....
A Mayordomo lo conocí en la Feria del Libro. Recuerdo patente, patente, aquella noche cuando las luces de la muestra, se fueron apagando. Solo algunos stands permanecían iluminados El sol aparecerá sobre Buenos Aires a las 7.35. Este relato finaliza a esa misma hora.
-¡Hola! -Soy yo, aquí arriba, el Mayordomo de “Crimen colectivo”. -¡Ah!- dije- Soy el Chofer de “Conduciendo a... -Ya sé. -¿Qué te parece si damos una vuelta?
-¿No será peligroso? -Dale, dale, no tenemos mucho tiempo.
-¡Guay! ¡Cuidado! ¿Quien es? Pregunte.
-El Che Guevara. Sale todas las noches con su moto.
-¿Y Fidel?
-Aparece mucho más tarde y se reúne con un grupo de guerrilleros. Todos fuman habanos.
-Ahí está Karlos Arguiñano con el Gato Dumas.
-Seguro que están hablando de comidas -afirmó Mayordomo.
¡Oh! En ese stand está Scherlock, con Watson..
-Pasemos de largo...me tiene loco con sus preguntas.
-Allá vienen como todas las noches, Don Quijote a caballo y Sancho Panza en burro. Dejan todo sucio. Tiene que venir Cenicienta a limpiar. ¡Pobre!
-¡Dios mío! Mirá quienes andan por allá arriba.¿No son los siete enanos?
-Si, cantan todas las noches creen que marchan al socavón.
-¡Guay! Otra vez te salve la vida. ¿No viste el helicóptero?-pregunté.
-No hace nada. Es el que voló de la azotea de la Rosada.
-Paremos...allí hay una manifestación Mirá las banderas rojas...
-Es Lenin y sus camaradas. Recorren todo el salón, sin molestar a nadie.
Eran las 7.35 cuando....
sábado, 23 de junio de 2012
Supresor del pasado
INSTRUMENTO ELECTRÓNICO PARA
BORRAR RECUERDOS
Juan Lazarte leyó el manual de instrucciones y siguió el
procedimiento indicado.
Entonces olvidó, en orden sucesivo: los malos recuerdos;
los buenos; su esposa; su trabajo; su nombre; su mundo.
Finalmente
olvidó su olvido.
Juan Lazarte leyó el manual de instrucciones y siguió el
procedimiento indicado.
martes, 19 de junio de 2012
DOÑA ROSALIA Y EL PLOMERO
DOÑA ROSALÍA Y EL PLOMERO
Jorge U. Malpeli
Como casi todas las tardes de verano la muchacha de la casa colocó en la vereda dos sillas apoyadas a la pared , bajo la sombra de los aromos. Doña Rosalía, viuda del ingeniero Nicolai Nóvikov desde hace dos años, se sienta en una de ellas y lentamente quita la envoltura de un caramelo dulce y lo pone en su boca. Al momento, llega la muchacha con un mate amargo, recién cebado y mientras espera que Doña Rosalía lo tome, se sienta en la otra silla.
De su San Luis natal, en la lejana Argentina, Rosalía había traído, además de otras, la costumbre provinciana de tomar mate en la vereda con un caramelo en la boca tal como lo hacían los rusos en la colonia de Jacinto Araus donde vivió un tiempo con su marido Nicolai.
El sol ha bajado y el calor ha cedido bastante, cuando a su derecha, por la calle de tierra, se aproxima, montado en su bicicleta el señor Witold. Al no saber su origen ni su apellido muchos en el pueblo creen que su nombre completo es Witold Elplomero y así lo llaman. Es el nuevo vecino que se mudó a tres casas más allá. El señor Witold había llegado de Polonia, con una mano atrás y otra adelante y trabajó como soldador-plomero en la mina..
Antes de alcanzar la casa de doña Rosalía baja de su bicicleta, quita el broche de tender ropa de la pierna de su pantalón, asegura su caja de herramientas en el portaequipaje y con la gorra visera en una mano y la bicicleta en la otra, sube a la vereda y avanza con paso cansado. -Boastardes doña Rosalía -saluda y solamente, cuando está la muchacha agrega: Laura ... -como si la conociera de antes.
Sin esperar respuesta a su saludo se abrocha el pantalón, se pone la gorra, sube a su bicicleta y pedaleando lento, sin apuro, desciende a la calle en la próxima bajada.
-Creo que este te anda haciendo la pasadita -dice doña Rosalía, mientras devuelve el mate vacío. Laura no le responde. ¿Cuántos años tendrá?,calculo no más de cincuenta. Estos rusos siempre aparentan tener más -concluyó la viuda.
-No es ruso, es polaco -afirmó Laura.
-Da lo mismo.
-Además la pasadita se la hace a usted -completó la muchacha moviendo su dedo índice de arriba a bajo.
-¿Y vos cómo sabés? -preguntó doña Rosalía, pero la chica ya había entrado a la casa en busca de otra cebadura. -¿Y vos cómo sabés? -repitió la viuda al recibir el mate lleno.
-A veces lo veo en la carnicería -respondió Laura.
-¿Y qué carne compra, che?.
-El sigue con la kuchnia polska. Así que compra cerdo, falda de vaca, salchichas, tocino y en la verdulería hongos y repollos. Una vez me invitó a cenar. ¿Se acuerda el sábado que le pedí libre? Bue, fui. Preparó bigos -concluyó.
-¿Bigos? -preguntó Rosalía.
-Bigos, si -contestó Laura -es un tipo de guiso polaco que tiene de todo y además repollo cortadito. Está bueno...para aquellos a los que no les cae mal el repollo.
-¿No se habrá propasado, no? -insinuó la viuda -¿y que toma?
-En la comida vino y después unas copitas de vodka.
-Me gusta el vodka, es fuerte pero rico. En todos estos años -continuó Rosalía -al único que visité es al médico y no me fue tan, tan mal; algunas pocas alegrías y muchas tristezas. Son los únicos autorizados para tocarte ¿Verdad?
-Para que sepa no me propuso nada indecente, aunque ahora hacer el amor en la primera cita no es considerado indecente sino como un ... ¡Éxito Señora, éxito! -contestó Laura con retraso. Además se la pasó preguntándome por usted.
-Un santo, sin duda -dijo Rosalía intrigada -lo único que nos faltaba en el pueblo; ¡un plomero santo! ¿Y se puede saber qué te preguntó de mi?
-De todo señora...de todo, ¡hasta si tenía dinero, me preguntó!
-Y vos ¿ qué le dijiste?
-¿Yo? ¿Qué le voy a decir?-respondió Laura -la verdad, señora, la verdad. Que lo único que tiene es su jubilación y la pensión de su marido, que trabajaba en la mina.
-Muy bien hecho Laura, muy bien hecho, nadie tiene que saber cuanto dinero de la indemnización tengo en el banco... de cuando explotó la mina -afirmó Rosalía devolviendo el mate. -está haciendo frío che ...nos vamos para adentro... entrá las sillas. Si Dios quiere el próximo será nuestro último invierno en Yubiléinaya -agregó.
Días después...
-Mire doña – dijo Laura espiando por la ventana- ahí está de nuevo.¡Pobre! con el tremendo frío que hace, mirando para adentro.
-¿Quién? –preguntó Rosalía –no me digas que está Witold otra vez.; ¡dos grados bajo cero! Decile que espere, me pongo el ushanka y el gamulán y voy a saludarlo.
-Hace unos días lo vi de nuevo en la carnicería -afirmó Laura. -no estaba comprando; arreglaba un caño de agua en el techo que se rompió por congelamiento.
-Dobry wieczór -saludó la viuda. -Dobranoc contestoWitoldelplomero.
..............................................................................................................
-Vos subí tranquila - dijo Doña Rosalía -que yo sostengo la escalera
-¿Le parece señora? ¿y qué tengo que hacer allá arriba?
-¿Ves el caño de agua del tanque domiciliario? Bueno, quiero que le quites todos los trapos que lo recubren. Tomá... llevá el alicate para cortar las alambres.
-La trampa está armada –pensó Rosalía -mañana llamaré Witold por la pérdida de agua. Prepararé Bigos para la cena.... lo acompañaré con algunas copitas de Vodka.
Tal vez podremos bailar una mazurka de Chopin.
Jorge U. Malpeli
Como casi todas las tardes de verano la muchacha de la casa colocó en la vereda dos sillas apoyadas a la pared , bajo la sombra de los aromos. Doña Rosalía, viuda del ingeniero Nicolai Nóvikov desde hace dos años, se sienta en una de ellas y lentamente quita la envoltura de un caramelo dulce y lo pone en su boca. Al momento, llega la muchacha con un mate amargo, recién cebado y mientras espera que Doña Rosalía lo tome, se sienta en la otra silla.
De su San Luis natal, en la lejana Argentina, Rosalía había traído, además de otras, la costumbre provinciana de tomar mate en la vereda con un caramelo en la boca tal como lo hacían los rusos en la colonia de Jacinto Araus donde vivió un tiempo con su marido Nicolai.
El sol ha bajado y el calor ha cedido bastante, cuando a su derecha, por la calle de tierra, se aproxima, montado en su bicicleta el señor Witold. Al no saber su origen ni su apellido muchos en el pueblo creen que su nombre completo es Witold Elplomero y así lo llaman. Es el nuevo vecino que se mudó a tres casas más allá. El señor Witold había llegado de Polonia, con una mano atrás y otra adelante y trabajó como soldador-plomero en la mina..
Antes de alcanzar la casa de doña Rosalía baja de su bicicleta, quita el broche de tender ropa de la pierna de su pantalón, asegura su caja de herramientas en el portaequipaje y con la gorra visera en una mano y la bicicleta en la otra, sube a la vereda y avanza con paso cansado. -Boastardes doña Rosalía -saluda y solamente, cuando está la muchacha agrega: Laura ... -como si la conociera de antes.
Sin esperar respuesta a su saludo se abrocha el pantalón, se pone la gorra, sube a su bicicleta y pedaleando lento, sin apuro, desciende a la calle en la próxima bajada.
-Creo que este te anda haciendo la pasadita -dice doña Rosalía, mientras devuelve el mate vacío. Laura no le responde. ¿Cuántos años tendrá?,calculo no más de cincuenta. Estos rusos siempre aparentan tener más -concluyó la viuda.
-No es ruso, es polaco -afirmó Laura.
-Da lo mismo.
-Además la pasadita se la hace a usted -completó la muchacha moviendo su dedo índice de arriba a bajo.
-¿Y vos cómo sabés? -preguntó doña Rosalía, pero la chica ya había entrado a la casa en busca de otra cebadura. -¿Y vos cómo sabés? -repitió la viuda al recibir el mate lleno.
-A veces lo veo en la carnicería -respondió Laura.
-¿Y qué carne compra, che?.
-El sigue con la kuchnia polska. Así que compra cerdo, falda de vaca, salchichas, tocino y en la verdulería hongos y repollos. Una vez me invitó a cenar. ¿Se acuerda el sábado que le pedí libre? Bue, fui. Preparó bigos -concluyó.
-¿Bigos? -preguntó Rosalía.
-Bigos, si -contestó Laura -es un tipo de guiso polaco que tiene de todo y además repollo cortadito. Está bueno...para aquellos a los que no les cae mal el repollo.
-¿No se habrá propasado, no? -insinuó la viuda -¿y que toma?
-En la comida vino y después unas copitas de vodka.
-Me gusta el vodka, es fuerte pero rico. En todos estos años -continuó Rosalía -al único que visité es al médico y no me fue tan, tan mal; algunas pocas alegrías y muchas tristezas. Son los únicos autorizados para tocarte ¿Verdad?
-Para que sepa no me propuso nada indecente, aunque ahora hacer el amor en la primera cita no es considerado indecente sino como un ... ¡Éxito Señora, éxito! -contestó Laura con retraso. Además se la pasó preguntándome por usted.
-Un santo, sin duda -dijo Rosalía intrigada -lo único que nos faltaba en el pueblo; ¡un plomero santo! ¿Y se puede saber qué te preguntó de mi?
-De todo señora...de todo, ¡hasta si tenía dinero, me preguntó!
-Y vos ¿ qué le dijiste?
-¿Yo? ¿Qué le voy a decir?-respondió Laura -la verdad, señora, la verdad. Que lo único que tiene es su jubilación y la pensión de su marido, que trabajaba en la mina.
-Muy bien hecho Laura, muy bien hecho, nadie tiene que saber cuanto dinero de la indemnización tengo en el banco... de cuando explotó la mina -afirmó Rosalía devolviendo el mate. -está haciendo frío che ...nos vamos para adentro... entrá las sillas. Si Dios quiere el próximo será nuestro último invierno en Yubiléinaya -agregó.
Días después...
-Mire doña – dijo Laura espiando por la ventana- ahí está de nuevo.¡Pobre! con el tremendo frío que hace, mirando para adentro.
-¿Quién? –preguntó Rosalía –no me digas que está Witold otra vez.; ¡dos grados bajo cero! Decile que espere, me pongo el ushanka y el gamulán y voy a saludarlo.
-Hace unos días lo vi de nuevo en la carnicería -afirmó Laura. -no estaba comprando; arreglaba un caño de agua en el techo que se rompió por congelamiento.
-Dobry wieczór -saludó la viuda. -Dobranoc contestoWitoldelplomero.
..............................................................................................................
-Vos subí tranquila - dijo Doña Rosalía -que yo sostengo la escalera
-¿Le parece señora? ¿y qué tengo que hacer allá arriba?
-¿Ves el caño de agua del tanque domiciliario? Bueno, quiero que le quites todos los trapos que lo recubren. Tomá... llevá el alicate para cortar las alambres.
-La trampa está armada –pensó Rosalía -mañana llamaré Witold por la pérdida de agua. Prepararé Bigos para la cena.... lo acompañaré con algunas copitas de Vodka.
Tal vez podremos bailar una mazurka de Chopin.
domingo, 10 de junio de 2012
BANDEJAS DE ACERO INOXIDABLE
BANDEJAS DE ACERO
INOXIDABLE.
Jorge Umberto Malpeli
¿Los diálogos salvarán el
mundo?
....................................................................................................
-Aquí tiene..; cinco piedras
pómez. ¿puedo preguntarle algo?
-¡Como no!
-¿En que las usa?
-Le contaré mi secreto; dos
son para limpiar los bordes de mis bandejas de acero inoxidable, una es para mis talones, y estas dos son para enviarlas a mi hermana,
Jerutí, que vive en Asunción y allá no se consiguen.
-¡Esta muy bien! . Entonces me debe treinta pesos. Si
tiene cambio le agradezco. Y una pregunta; ¿Qué significa Jerutí?
-Jerutí, con acento en la i,
en Guaraní, significa “paloma” es el
nombre de mi hermana..-
..............................................................................................
-¿Se puede saber para que
mierda cambiaste los puntos de la
tarjeta de crédito por esas bandejas de
acero inoxidable?
-Siempre
quise tener una para servir los fideos con pesto a la genovesa-
-Si ya sé; catorce hojas de
albahaca fresca, tres dientes de ajos, tres nueces, dos cucharadas de queso
rallado, y aceite suficiente. Todo pisado en el mortero de mármol. ¿Verdad? ¿Y
las otras dos bandejas más chicas, para
que mierda son?-
-Te olvidaste los piñones.
-Como nunca se consiguen...
-En el súper chino a veces
hay...
-No me contestaste para que
son las bandejas mas chicas
-Si querés se las podés
regalar a la “loquita” que tenés desde hace años ¿Te crees que no lo
se.?... ¿Y ahora te vas?... andate nomás....¿No es temprano para ese bar de
Flores? ¡Quiero el divorcio, quiero el divorcio! ¡Ya, quiero el divorciooo!
...........................................................................................
-¿Le sirvo más, oficial
Romera?
-Por
favor, digame Horacio. Si, por favor, un poquito más. Y gracias nuevamente por
la invitación a quedarme a almorzar. Pero usted sabe que no vine solo de
visita...
-Me imagino; recuerdo la vez
anterior cuando vino con sus ayudantes, me revolvieron todo...hasta mis
cuchillos se llevaron y a propósito todavía no me los han devuelto.
-¿Cómo...si yo mismo ordené
que se los devolvieran? Pero bueno, ya lo harán; quería comunicarle
oficialmente que la causa abierta por el asesinato de su marido ocurrido hace mas de un mes, a la salida de un bar de Flores, fue cerrada. Por el secreto del sumario no
vine antes. No se encontró el arma homicida que le produjo semejante corte en
la carótida. ¿Se acuerda?-
-¡Como no acordarme!
- Intento de robo no hubo,
así que se desconocen las causas del asesinato.¿ustedes dos se llevaban bien?
-¡De maravillas! Le cuento;
últimamente estaba recontento con la compra de esta fuente de acero inoxidable
porque los fideos al pesto, que le encantaban,
se mantienen más calentitos. ¿Verdad?
-Muy cierto, muy cierto ¿Me puedo servir más?.-
sábado, 9 de junio de 2012
“Un para siempre”
Las fotografías y el tic tac del reloj, me hacen volver a este tiempo incesante, que lo único que logra es hacerme estallar de rabia y de impotencia, con una profunda tristeza, más allá de la melancolía. Si tan solo estuvieras aquí, si tan solo...
Un leve pestañeo me hizo recordar que lo único que
realmente me hace feliz es amarte, a pesar de este terrible aguacero
que causan tus lágrimas. Aunque pasen mil tormentas a destrozar
nuestro nido y a recoger lo poco que nos queda, jamás se llevarán
lo que hemos vivido juntos. Han pasado los años suficientes, todo un
sinfín de posibilidades para que los antagonistas de esta historia
lo arruinen todo. Pero nosotros no seremos historia, somos
infinitamente “un para siempre”.
Cada una de las cosas que te vuelven a revivir son
pasajeras, escuchas el leve sonido de un respiro tras tu puerta, ya
no sientes frío ni calor, ni hambre ni fatiga. Te vuelves a sentir
como en un principio de tu vida, en el que todos están pendientes de
ti, cuando en realidad solo lo harán por un poco tiempo más. Al
nacer eres el centro de atención, y cuando dejas de ser niño toman
en cuenta solo tus faltas y errores. La muerte es a veces una
solución, pero una constante tortura para los que se quedan
recordándote.
Nunca quise que pasaras por esto, no pretendía que te
quedaras esperándome en aquél cuarto, yo sabía que la tortura para
mí se estaba terminando, pero también estaba consciente de que la
tuya comenzaba desde allí, en esa hora y ese tiempo. Ya te lo he
dicho, lo de nosotros es “un para siempre”, con toda esta
distancia que hay entre nosotros, tú siempre serás parte de esta
eternidad que vivo, aquí bajo los anhelos del hombre, bajo las
pisadas de todos, bajo el olvido y bajo el recuerdo.
Aquél pestañeo decidió verte por última vez, repasar
nuestra historia dentro de unos pocos segundos, mirarte borrosamente
y sonreír a la vida antes de terminar sonriéndole a la muerte. Sin
embargo hoy, deseo que te olvides de ese momento, que dejes de mirar
las fotografías, que dejes la culpa enterrada junto a mi tumba, o
por último bota todo ese estorbo a la basura, porque si en algo
puedo contribuir a tu extensa melancolía, es diciéndote aquí en
silencio o en sueños, que me dejes marchar, para que vaya a cotizar
los precios de nuestra nueva casa, aquí en este lugar tan bonito. El único destino del hombre es la
muerte, y llegará ella algún día a regalarte un pasaje de boleto igual
que el mío, nos volveremos a reencontrar, porque nuestra historia de amor es “un para siempre”.
sábado, 26 de mayo de 2012
Arte de morir
Haces de ti un hombre con lengua monstruosa
divagas casi al estero del mal,
tus garras tienen cuidado de acariciar
tu piel, que partida ya está.
El sudor de tu frente se seca al caer
y cuando cae la tierra se quema,
es que no se trata de pena, el trabajo
lo hace así parecer.
Tratas de compartir cosas con algo
y a veces quedas pegado a la pared,
los soles cambian de estado de ánimo,
la luz parece a ti temer.
Aliento, cuerpo, y prolongado letargo
entre tu "yo pasajero" y el son,
el baile tiene cuidado de danzar
con un hombre que llora en lo amargo.
Y te vas, cayendo de planeta en planeta
la última cuerda se acaba de cortar,
no puedes siquiera suicidarte, porque
el arte, te terminó de matar.
divagas casi al estero del mal,
tus garras tienen cuidado de acariciar
tu piel, que partida ya está.
El sudor de tu frente se seca al caer
y cuando cae la tierra se quema,
es que no se trata de pena, el trabajo
lo hace así parecer.
Tratas de compartir cosas con algo
y a veces quedas pegado a la pared,
los soles cambian de estado de ánimo,
la luz parece a ti temer.
Aliento, cuerpo, y prolongado letargo
entre tu "yo pasajero" y el son,
el baile tiene cuidado de danzar
con un hombre que llora en lo amargo.
Y te vas, cayendo de planeta en planeta
la última cuerda se acaba de cortar,
no puedes siquiera suicidarte, porque
el arte, te terminó de matar.
viernes, 25 de mayo de 2012
Inmortal
Cuando era inmortal
caminaba
simplemente
gastando veredas,
sueños,
zapatos,
rebeldías…
sin ninguna prisa.
Es que los inmortales,
sabes,
no se preocupan por el tiempo
y su transcurso imperceptible,
Los inmortales… ¡ja!, sólo van.
Siempre existen horizontes
para los inmortales
y aunque se precipiten soles
en la rutina tenaz
de los ocasos
la noche no consigue
alcanzar
su materia evanescente.
Sí,
yo fui inmortal,
lo recuerdo.
Sólo ocurre que perdí
la memoria oportuna
del momento preciso,
la circunstancia,
en que dejé de serlo.
Y ahora sí,
la oscuridad me tiende
su mano impaciente
y fría
cerrando todos los caminos.
lunes, 21 de mayo de 2012
El rojo de la muerte
—¡Antonio!¡Antonio! —el grito
apremiante de su mujer lo despertó bruscamente. Se incorporó de un salto y
corrió hasta la puerta. La abrió de un tirón.
—¡No te muevas, carajo! ¡Quedate ahí o
aquí mismo la achuramos! —un desconocido tenía agarrada fuertemente a Rosaura,
cuyo rostro se veía desencajado por el terror. El brillo de un facón lanzaba
destellos que danzaban como demonios sobre su cuello. El hombre no estaba solo;
un grupo de jinetes de fiera traza lo acompañaba. Todos llevaban relucientes
armas largas y montaban alazanes de movimientos nerviosos. Antonio se quedó
paralizado. Su mano derecha trazó un arco en el aire en busca del cuchillo que
finalmente no encontró en su cintura.
—¡Te dije que no te movieras, perro
sarnoso! —la detonación y el ruido de madera astillada se oyeron
simultáneamente; la bala se estrelló en el marco, a menos de veinte centímetros
de su hombro.
Antonio miró con mayor detenimiento y
recién entonces se percató de que ninguno de ellos llevaba sombrero, su
vestimenta era negra y todos tenían el pelo rojizo, como el de sus caballos.
Contó ocho, pero a unos cincuenta metros pudo distinguir un grupo mucho más
numeroso. Delante de él se veía un amontonamiento de jóvenes mujeres a quienes
reconoció enseguida: eran vecinas del poblado; entre ellas estaban las mellizas
quinceañeras Rosita y Magdalena, hijas de su compadre Carballo. También había
algunos niños.
—¡Suelten a mi mujer, hijos de perra!
¿Quiénes carajo son ustedes y qué mierda quieren?
—Acá ya no hay lugar para mugrientos —respondió
fríamente el que parecía ser el jefe—. Nos quedamos con las hembras y algunas
crías; ya tomamos toda la región. A los que intentan resistirse simplemente los
pasamos a degüello, como a ovejas. Y no son mucho más que eso. Después quemamos
sus miserables casuchas; las cenizas son más fáciles para barrer. Te doy dos
minutos para que te mandés a mudar, si querés seguir viviendo. Apurate antes de
que pierda mi buen humor.
—Pe... pero... ¿Por qué? —Antonio no alcanzaba
a imaginar de dónde pudieron aparecer esos extraños forajidos cubiertos de
polvo y hollín, pálidos como cadáveres y de barbas desordenadas. Al fondo del
camino que llevaba a la capilla, donde se concentraba el mayor número de casas,
se elevaba una ancha columna de humo.
Respondiendo más al instinto que a la
prudencia se precipitó adentro en busca de su revólver.
El alarido ahogado en sangre de
Rosaura, las explosiones y su carne desgarrada por calientes metales fue lo
último que alcanzó a sentir. Luego fue la nada.
«...del río. Usted, capitán Unzué los
termina de encerrar por el oeste. Que no quede uno vivo. El infierno es su
lugar y hasta allá los empujaremos. La grandeza y el futuro de la Patria
reclaman estos territorios y nuestra loable misión...»
El teniente Antonio Garmendia sacudió
su cabeza para alejar el recuerdo de la pesadilla que lo había torturado gran
parte de la noche. «Debe ser esta fiebre que no termina de aflojar»,
pensó, mientras intentaba concentrarse
en la arenga del General. A pocos kilómetros estaban acampados los pehuenches
del cacique Saihueque y el entrevero era inminente.
«... la vida con valor, como buenos soldados...»
continuaba el General, quien, en un gesto que le era característico se quitó la
gorra buscando reforzar su parlamento con enérgicos movimientos de brazos. En
ese preciso instante el sol comenzó a incendiar el horizonte.
Antonio
miró al General con fijeza y no pudo evitar un estremecimiento: a la luz
del amanecer, movida por el frío viento proveniente de la cordillera, su
cabellera parecía arder envuelta en rojizas llamaradas.
«… exterminar al salvaje para imponer a
cualquier precio los valores de la civilización. ¿Se entiende?»
El teniente Antonio Garmendia bajó la
cabeza y cerró los ojos; pensó en
Rosaura y el primer hijo que ya abultaba su vientre.
«Sí, general. Se entiende», respondió con un hilo de
voz.
sábado, 19 de mayo de 2012
NALU INACAYAL Y EL SUBTENIENTE
NALU INACAYAL Y EL SUBTENIENTE
FICCIONES E HISTORIAS DE LA PATAGONIA.
Jorge Umberto Malpeli
VIEDMA
VIEDMA
Las frías aguas del Currú-Leuvú lastimaban las manos de las tres jóvenes mapuches aquella mañana de mayo de 1870.
Aún vírgenes, según el vocabulario civilizado, ya estaban en edad para preparar sus quillangos, sogas y tientos, botas de potro, para levantar toldos con cueros de caballos y lana cruda de oveja, y para casarse con alguno que las pretendiera. Para pelar y ablandar los cueros de guanacos y potros, nada mejor que dejarlos varios días en el agua, en algún remanso del río; y en esa tarea estaban las mujeres.
En el silencio de la mañana solo se escuchaban algunos, muy pocos, cantos de pájaros y las palabras y las risas de las indias de tonos tan graves como sus sufrimientos.
Una de ellas, la mayor, sintió un temblor en el suelo.
Las gallaretas de la orilla corrieron hacia el agua y levantaron vuelo; las gaviotas coquetas en la playa, comenzaron a caminar presurosas desplegando sus alas; y los loros barranqueros, saliendo de sus nidos, volaron sobre los acantilados.
La india se puso de pie y, colocando su mano en la frente para cubrir sus ojos del reflejo del sol en el agua, miró hacia la barda.
Una partida de soldados del 3º de Caballería al mando del subteniente Juan Serafín Freire bajaba por la ladera oeste hacia el río, esquivando las vizcacheras, los enormes pajonales y las ramas de piquillín y chañares verdes.
-¡Malditos sean los huincas! -exclamó la india.
Una partida de soldados del 3º de Caballería al mando del subteniente Juan Serafín Freire bajaba por la ladera oeste hacia el río, esquivando las vizcacheras, los enormes pajonales y las ramas de piquillín y chañares verdes.
-¡Malditos sean los huincas! -exclamó la india.
Las dos mujeres más jóvenes montaron en pelo sus potros y a todo galope huyeron salpicando los sauces de la costa.
¿Porqué tengo que correr como los ñandúes si ésta es mi tierra? -pensó y sin temor sujetó a su potro que abandonó el trote y esperó la llegada de los soldados
-¿Quién sos? -preguntó el subteniente en lengua mapuche que había aprendido después de tanto guerrear con el indio.
-Soy Nalú -djo la mujer mirando altiva y desafiante a los ojos del oficial –hija de Inacayal, cacique de Sayhueque, Gobernador del Pais de las Manzanas.
Seguramente así sería de linda Antú Malquen, la joven hermosa que había enamorado al Sol, según contaba una leyenda mapuche - pensó el subteniente, y a pesar de ello, ordenó a los soldados que la llevaran detenida al campamento.
Todo el resto del día permaneció Nalú atada a la rueda de un cañón.
La porción del rancho servida en un plato de cinc, que le ofreció un soldado se la dio a los perros, que fueron los únicos que se acercaron hasta ella. Hasta su agua se bebieron.
Ya era de noche cerrada, cuando una sombra en silencio cruzó hasta la artillería. Arrodillado, desató del arma la mano lastimada y con un abrazo levantó a la india y la llevó a su tienda.
Era el Subteniente Juan Serafín Freire.
Por la madrugadas, antes de la salida del sol y el toque de diana, la prisionera volvía a sus ataduras.
Por la madrugadas, antes de la salida del sol y el toque de diana, la prisionera volvía a sus ataduras.
Para la primavera otra columna del 3º de Caballería al mando del Teniente Insay pasó por la guarnición, llevando prisioneros para Buenos Aires al cacique Inacayal, el padre de Nalu, y al cacique Foyel, junto a sus hermanos, mujeres, hijos y alguna chusma.
Meses más tarde, ambos caciques fueron invitados, por el Dr. Francisco P. Moreno y Clemente Onelli, a vivir en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata. Tal vez como agradecimiento a quienes los habían recibido en sus toldos, cuando llegaron a marcar límites hasta las márgenes del lago Nahuel Huapi.
Niños y niñas fueron “colocados” en casas de familias pudientes Los demás vagaron por Buenos Aires, o las estancias hasta morir.
Años mas tardes Inacayal casi no se movía de su silla de anciano.
“Y un día cuando el sol poniente teñía de púrpura el majestuoso propileo de aquel edificio, sostenido por dos indios, apareció el cacique allá arriba, en la escalera monumental; se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo. Esa misma noche, Inacayal moría, quizás. contento de que el vencedor le hubiese permitido saludar al sol de su patria.” Refirió Clemente Onelli en su obra Trepando los Andes.
El Subteniente Freire pidió la baja en el Ejército y junto a Nalú, hija de Inacayal, regresó a la Pampa.
Los que transiten por la ruta 55 podrán ver su estancia: “La Nalú”, que construyeron entre los dos, en tierras recuperadas. “Y amaré el ruido del viento en el trigo”
La ubicarán fácilmente: es la única donde la vista sigue al trigal hasta los eucaliptos que rodean la casa, con varios ñandúes, guanacos y algunos potros pintos cerca de los alambres.
Son iguales a los que montaban los lanzas de Sayhueque, Gobernador del País de las Manzanas, al pie de la Cordillera de los Andes.
El color del trigo
El Principito
Antoine de Saint-Exupéry
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


