jueves, 26 de abril de 2012
sábado, 21 de abril de 2012
INTIMIDAD
viernes, 20 de abril de 2012
Ahora
jueves, 19 de abril de 2012
Autorretrato de un tímido

martes, 10 de abril de 2012
Verdes
Los bufidos de las cabalgaduras se mezclaban con los graznidos de los buitres albinos que revoloteaban a muy baja altura; era raro encontrarlos en esas latitudes, tan lejos de sus habituales territorios de arena. Los hombres se miraron, y en sus ojos se reflejaba la desorientación.
—Tenías razón, Given. En algún momento perdimos totalmente el rumbo. Esto es lo más extraño que he visto en mi vida. Pero, ¿cómo está la herida? Los malditos tenían buena puntería.
—Sí. Pero por suerte el chaleco me protegió bastante, de lo contrario…
—De todas formas, necesitas atención, y no creo que en este lugar del infierno podamos conseguir alguna. Lo único positivo que podemos rescatar es que no van a poder seguirnos guiándose por los rastros de sangre de los animales.
—No aquí, eso es seguro, pero ellos necesitan alimento, y nosotros también. Y agua. Mira ese arroyo: esa transparencia no augura nada bueno. Y estos pajarracos se acercan cada vez más.
Banihn levantó la vista asintiendo sombríamente, luego bajó la cabeza y su semblante no mejoró en absoluto, se evidenciaba en él la sensación de que no había escapatoria, a pesar de la libertad que sugería esa llana inmensidad que no figuraba en ningún mapa conocido. Pero deberían aventurarse en ella, volver sobre sus pasos significaría una muerte segura a manos de los salvajes adoradores de la Luna Negra.
—Espera aquí, Given. Voy a revisar un poco este terreno. Creo que tenemos todavía un buen margen de tiempo —dicho esto, taloneó sobre el costal del animal que se alejó trotando con agilidad, a pesar de sus laceraciones.
El joven Given admiraba al corpulento Banihn. Creía firmemente que si alguien podía sacarlos de esa encerrona era él. La manera en que se enfrentaba nuevamente a lo desconocido hablaba de su valentía y capacidad de decisión. Lo seguiría hasta el fin del mundo, si es que no se encontraban ya allí. Todo parecía una síntesis de la irrealidad: ese arroyo, las aves… pero lo más inquietante era observar ese terreno sin límites, y ese absurdo contraste de colores que parecía surgir de una pesadilla. Y en esa pesadilla aparecía el recuerdo reciente de los camaradas masacrados sin piedad en una lucha desigual en medio de un angosto desfiladero. Banihn y él representaban la última esperanza de un pueblo diezmado por la plaga que quedó aguardando los resultados de la misión exploratoria que los había llevado hasta esos confines y que difícilmente llegaría a buen término.
Desmontó con mucho cuidado, pisando la hierba con desconfianza. Una gota de sangre brotó de su frente y cayó con extrema lentitud. Given observó como tocaba el suelo vegetal, abrazándolo, mimetizándose inmediatamente con él. Oscuros pensamientos lo asaltaron. De pronto oyó ruidos cercanos y sus sentidos se pusieron en estado de alerta. A corta distancia pudo distinguir unas extrañas bestias sin cornamenta, de gran tamaño y pelaje marrón que, asombrosamente, parecían alimentarse de esa hierba con total despreocupación. Tenían cierta similitud con sus animales, pero éstos eran más esbeltos; su hocico era alargado y sus patas más largas. Al percatarse de su presencia se espantaron y salieron a la carrera. Given no pudo menos que admirarse contemplando la elegancia con la que ganaban distancia, perdiéndose finalmente en la vastedad del paisaje.
Desde el oeste comenzó a perfilarse, como surgiendo de las profundidades de una caverna oculta en la maleza, la redonda silueta de la luna. Given se estremeció ante la visión de esa mancha oscura elevándose en el firmamento blanquecino. Supo que estaba en peligro. Montó inmediatamente y corrió a toda velocidad siguiendo la dirección que había tomado Banihn.
A poco de andar, una escena de terror se presentó ante sus ojos: un grupo de seres de larga cabellera amarilla se llevaban arrastrando a Banihn; de su cuerpo inerte se derramaban borbotones de vida que parecían desaparecer al tomar contacto con la maleza.
Lo vieron llegar. Nunca supo por qué se limitaron a observarlo casi con indiferencia mientras se llevaban el cuerpo de su compañero.
Allí quedó, mudo y sin reacción.
La solitaria figura del rojo toro de Banihn, expectante, se recortaba contra el demencial entorno de esa inmensa llanura verde. Tan verde como su sangre.
domingo, 8 de abril de 2012
MONIQUE
En una primera instancia las percibí desubicadas por completo
pero forman parte de mí, de mi caminar y aunque cayeron en la campiña de los destierros, después de años con mucho mimo doy
pinceladas sobre ellas para recuperar el origen de un pasado. En
sí, el origen no es lo primario, sólo la connotación en su espacio y tiempo hacen que sean dignas y materia de estudio. Asombrada
visiono lo que ahora yace desfallecido y con alegría medito que,
antes de ser existí y después de ser logré sobrevivir al olvido , ese
que habita en ocasiones en uno mismo.
Hoy, el sol brilla con tanta intensidad que siento como penetra por cada una de las ventanas de mi alma. Cierro los ojos para sentir como la brisa acaricia mi piel, volviendo a pasear por París entre bohemios y el arte del que simplemente a la vida lanza su canto.
Mónica Somosierra B.
viernes, 6 de abril de 2012
El día que desapareció el Obelisco
Pedro y yo fuimos los primeros. Corrijo: los únicos. La gente pasaba caminando como si nada. Nos miramos para comprobar que no se trataba de una alucinación individual. El semáforo nos había detenido justo en medio de la avenida 9 de Julio. Instintivamente miré el reloj: las diez y tres minutos, no recuerdo los segundos.
El obelisco había desaparecido.
Sí. El aire ocupó rápidamente el vacío repentino.
—¡Carajo! —soltó Pedro—. ¿Qué mierda pasa acá? —imposible olvidar su expresión de incredulidad; supongo que la mía no habrá sido muy diferente.
Nos fuimos arrimando despacio; la cerca también se había esfumado. Un césped verde, con apariencia de recién cortado, cubría la superficie que hasta un instante atrás había ocupado esa especie de aguja incomprensible que simbolizaba como ninguna otra cosa a la ciudad de Buenos Aires. Pisamos el centro de lo que fuera la base cuadrada de la construcción: nada; ni un solo rastro. “¡Carajo!”, solté también.
—¿Relojes? —la voz nos sobresaltó—. Importados, de buena calidad y a precio regalado —continuó el tipo mientras nos mostraba un maletín abierto. Pedro lo observó como si mirara a un extraterrestre, luego volteó la cabeza, ignorándolo por completo. No sabíamos qué hacer. El obelisco… ¿cómo demonios pudo esfumarse?, ¿qué…?
—¿Se van a perder esta oportunidad? —seguía diciendo el vendedor. Unas palomas salieron volando espantadas, escapando de los intentos de un niño que pretendía agarrarlas.
—Llamemos a la policía, a la televisión, a los bomberos, al ejército… a… alguien —temblaba la voz de Pedro.
—¿Y que miércoles les vamos a decir? ¿Que alguien se afanó el obelisco? —dije casi a los gritos—.Parece que nadie se da cuenta, viejo. Esto es cosa de locos. ¿Seguirá acá el maldito y solamente nosotros no lo vemos?, o… —me interrumpí.
—¿O qué? —dijo Pedro en tono poco amistoso—. No vengas ahora con que tal vez nunca estuvo, o alguna cosa por el estilo, Roberto, el mamotreto desapareció y listo. El asunto es saber cómo pudo pasar eso, y por qué nadie parece asombrado.
Guardamos silencio. La situación no podía ser más absurda: una Buenos Aires sin obelisco, continuando con su vida como si realmente no hubiese existido jamás. ¿Quién podría imaginarse París sin la Torre Eiffel, Venecia sin los canales?
—Esto no me gusta nada, che. Una vez vi una película en la que los marcianos secuestraban gente, y hasta barcos y aviones. Creo que a eso llaman abducción o algo así. Mirá si son los hombrecitos verdes y ahora empiezan a llevarse todo… Llamemos a la policía, que ellos se encarguen; a nosotros nos convendría volar de acá, cuanto más lejos mejor.
—Esta vez te doy la razón —respondí mientras marcaba el 911. Una voz metálica de mujer me atendió enseguida. Le expliqué el asunto a la oficial, tratando de mantener la compostura. Le dije que estábamos en la esquina de Corrientes y 9 de Julio, que el Obelisco se había volatilizado delante de nuestras narices, que nadie vio ni comenta absolutamente nada, que… Hasta que, con incredulidad —que luego dio paso a la bronca— noté que ya nadie me escuchaba. Simplemente me dejó hablando solo. Creo que en ese momento quebré el récord mundial de malas palabras pronunciadas por segundo.
—Dejame probar a mí, tengo el número de Crónica; el otro día llamé por el asunto ese de los punguistas en el Sarmiento, así que… Buenos días, mire tengo una noticia bomba para ustedes: desapareció el Obelisco, aunque parezca una broma. Resulta que veníamos caminando con un amigo lo más tranquilos cuando… ¡Malditos hijos de puta! ¿Podés creerlo? ¡Me colgaron! —“¡Me colgaron!”, repitió unas cuantas veces, la última sonó a resignación.
Nos fuimos. Desde ese día seguimos procurando llevar una vida normal. Ninguno de nosotros toca el tema con su familia ni con nadie. Nos reunimos una vez por semana en un bar, para tomar una cerveza y charlar sobre el asunto. Abrimos una página en Facebook: “Desaparición del Obelisco”. Hace dos días se agregó el primer amigo, un empleado de correo de El Cairo, Egipto. No sabemos si debemos creerle: dice que no muy lejos de la ciudad, en medio del desierto donde no había más que arena y escorpiones, aparecieron de repente tres enormes pirámides. Suena un poco loco, ¿no? Pero bueno, pasan cosas, Pedro y yo lo sabemos muy bien.
miércoles, 4 de abril de 2012
¡FELICES PASCUAS! ¡FELIZ PESAJ!
Gente querida, que tengan todos unas Felices Pascuas en compañía de los que quieren y los que los quieren.
Greis
lunes, 2 de abril de 2012
domingo, 1 de abril de 2012
Tu vientre
Es tu vientre
y es mi mano
y es el círculo
la forma
de la perfecta simetría
sin principio
sin fin,
sólo curvas encerradas
que regresan
siempre.
Y mi mano
apenas se desliza
borrando los trazos
del dolor y el miedo.
Tu vientre se conmueve
y reconoce
mis huellas digitales,
las que lleva impresas
bajo la epidermis
en cada rincón
de cada célula,
en su memoria
sin derrotas.
jueves, 29 de marzo de 2012
martes, 27 de marzo de 2012
Los fantásticos libros voladores del señor Morris Lessmore

lunes, 26 de marzo de 2012
La tormenta
Ráfagas inimaginables de gases, polvo y radiación surgían de las galaxias en colisión. Agujeros negros, blancos y de gusano. Partículas fantasmales. Vórtices de materia y energía.
El cruzado levantó la cabeza con un esfuerzo supremo, sólo para ver la verde colina sembrada de cadáveres y cuerpos en atroz agonía. El sol golpeó su rostro como una espada, un instante antes de que la oscuridad ganara la batalla final.
Cambiantes y monstruosos campos gravitatorios tejían sus redes atrapando la luz.
La niebla del amanecer se levantaba del Nilo y las aves saludaban al viento con alegres y coloridos aleteos. Anak acercó su pequeña barca para comenzar la rutina diaria de cortar las plantas de papiro.
El espacio se curvaba y el tiempo pulsaba como un faro.
El cono nevado del volcán se veía al fin en la distancia. El desierto andino resquebrajaba la piel pero no la voluntad del reducido grupo que conducía a los niños elegidos para el sacrificio. La montaña y los dioses esperaban.
La expansión del universo aceleraba la destrucción del vacío, ese concepto inabarcable.
Las bases lunares habían crecido en los últimos treinta años. La colonización de Marte aumentaba sus demandas, y nuevos saltos estaban en proceso de ejecución.
La materia oscura se desplazaba como un líquido viscoso,
El cabo Ordoñez fue el primero en ver la polvareda. Los gritos y las corridas anunciaban el entrevero con la indiada que se negaba a abandonar esos territorios fronterizos y “dar paso a la civilización”.
Estrellas binarias enloquecidas giraban en un duelo de tentáculos energéticos y plasmáticos.
Finalmente, Venecia y su historia naufragaban. El olvido comenzaba su lento recorrido.
Galaxias enteras colapsaban y supernovas destellaban en todas direcciones. El tiempo y el espacio se entrecruzaban perdiendo identidad.
Los dinosaurios comenzaban a poblar el planeta, mientras sofisticados sistemas de propulsión intentaban alcanzar la velocidad de la luz. Estallaba
Espacio y tiempo. Vértigo colosal de dimensiones imposibles. La tormenta estallaba con la furia del infinito volatilizando los postulados de la eternidad.
El ser percibió la falla generalizada del sistema. Ni siquiera intuyó la presencia de una partícula infinitésima y azul confinada en un fondo negro con manchas lechosas. Simplemente tomó el tiempo y el espacio y los volvió a comprimir en un punto minúsculo. Los guardó en un recipiente con cerradura. Se tomaría un descanso. Luego, una decisión.
Publico un cuentito para ver si empezamos a reactivar el blog. Abrazos
miércoles, 14 de marzo de 2012
Dia de la mujer
Cuando las Cabezas de las Mujeres se juntan alrededor “del fuego”
Simone Seija Paseyro, Uruguaya
Alguien me dijo que no es casual… que desde siempre las elegimos. Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan. Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.
Valientes, reidoras y con labia. Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.
Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen.
Ese fuego puede ser la mesa de un bar, las idas para afuera en vacaciones, el patio de un colegio, el galpón donde jugábamos en la infancia, el living de una casa, el corredor de una facultad, un mate en el parque, la señal de alarma de que alguna nos necesita o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.
Las de adolescentes después de un baile, o para preparar un examen, o para cerrar una noche de cine. Las de “venite el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse. Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, y entonces nos desdoblamos en abrazos, en mimos, en palabras, para recordarle que siempre hay un mañana. A veces para compartir, departir, construir, sin excusas, solo por las meras ganas.
El futuro en un tiempo no existía. Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada… y sin embargo… detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.
Cambiamos. Crecimos. Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos. Amamos. Fuimos y somos amadas. Dejamos y nos dejaron. Nos enojamos para toda la vida, para descubrir que toda la vida es mucho y no valía la pena. Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar.Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.
Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir. Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.
Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras. Noches de miles de estrellas y noches desangeladas. Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra. Nos entregamos. Nos protegimos. Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.
Entonces… los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.
Porque juntas construimos nuestros propios cimientos, en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.
Somos más sabias, más hermosas, más completas, más plenas, más dulces, más risueñas y por suerte, de alguna manera, más salvajes.
Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. Hoy somos todas espejos de las unas, y al vernos reflejadas en esta danza cotidiana, me emociono.
Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego” que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía. Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.
Para todas las brasas de mi vida, las que arden desde hace tanto, y las que recién se suman al fogón.




