Se
arrebujó en el viejo impermeable gris intentando una escapatoria de la llovizna
otoñal y de la noche que buscaba un pobre contraste en los faroles que más se
parecían a faros fantasmales cuyas frías luces mortecinas sólo conseguían acentuar
las sombras de los muelles desiertos de calles adoquinadas que ya nadie
gastaba. Lejos, muy lejos, sonó la profunda voz de una sirena.
Una sola
vez. Un lamento que se extravió en las turbias aguas del río.
—Quisiera
que este tango no acabara nunca, Edmundo –la caricia de su acento francés y un
perfume delicado completaban la magia que envolvía la delgada figura de la
bailarina. La abrazó con la fuerza sensual de la danza.
—Quedate conmigo, Ivonne.
Buenos Aires es nuestro. ¡Carlitos canta el sábado que viene en el Armenonville!
Quedémonos para siempre. Los dos.
Hurgó en sus bolsillos procurando un
cigarrillo que no encontró. Más allá, sombras en las sombras, estaban los
barcos. Algunos aún se mantenían a flote, sin resignarse a una suerte que ya
estaba echada. La niebla se levantaba desdibujando los contornos de las naves huérfanas
de horizontes.
—Au revoir, Edmundo. Fue
maravilloso. Siempre, siempre te voy a recordar. Siempre.
Una gaviota perdida, su
pañuelo en el adiós del barco.
Caminó lentamente, sumergido en las
tinieblas de esa atmósfera irreal que olía a óxido, petróleo y podredumbre.
—¡Vamos,
Edmundo! Recibamos el treinta como se merece ¡Esas polacas están ansiosas por
festejar y divertirse!
—Bajen ustedes, muchachos.
Después voy.
Los fuegos artificiales iluminan la medianoche festiva de una joven y
pujante Comodoro Rivadavia que se recuesta en las colinas terrosas que dan al
oeste.
Amagó un saludo a un guardia apostado a
pocos metros, pero éste parecía no ver más allá de sus propios y recónditos pensamientos.
Sintió la tentación de pedirle un cigarro pero se contuvo (uno nunca sabe como
va a reaccionar un uniformado).
—No va más. Edmundo. La Compañía quebró, nuestro
buque no volverá a zarpar. Dicen que las reparaciones son muy costosas, así que
lo van a dejar anclado en el Riachuelo. Los jóvenes seguramente encontrarán
otro trabajo, pero nosotros…
Ivonne…Ivonne…
La
niebla es una mortaja. Chirridos de hierros movidos por un viento impiadoso.
La silueta de un carguero sujetado por
una gruesa y carcomida cadena se dibuja como un muro oscuro. Letras incompletas
recuerdan el nombre que alguna vez fue. Ecos
del pasado recorren los pasillos derruidos. Murmullos apagados que se arrastran
y golpean las paredes herrumbradas.
Un hombre cubierto con un impermeable gris
observa desde la cubierta.
Ivonne…Ivonne…
Un hombre niebla fundiéndose en la
niebla.