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viernes, 12 de octubre de 2012


Otro texto y otro cuadro de Alejandro Costas

MANOS QUE HABLAN


      Está claro que las manos hablan. 
    Nadie en su sano juicio podría discutirlo. Quién puede defender la idea que sólo la boca tiene esa facultad exclusivamente. Si apenas nacidos, una de las primeras partes de nuestro cuerpo que registramos son, justamente, las manos y establecemos vínculos por su intermedio. A cualquier edad, dejamos traslucir nuestro estado de ánimo, descontentos y euforias, aún sin emitir sonido y siempre a través de ellas. Numeramos, aprobamos, saludamos… incluso mencionamos al miedo, en silencio, con un simple gesto. Las manos tienen un idioma independiente y voz propia. Y, siempre, reflejan nuestra personalidad.
 
     Nuestras manos en los bolsillos hablan de desgano. Desinterés.
     Un rostro apoyado sobre una mano, espera. Contemplación. 
     Una mano sobre un hombro, contención. Apoyo y calidez
     Estrechando la mano, saludo amistoso. Gesto cordial.
     La palma hacia arriba, ruego. Súplica.
     Un pulgar hacia arriba o hacia abajo, aprobación o condena.
     Un dedo índice en posición perpendicular a los labios, reclamando silencio.
     Agitándose en lo alto, denotando actitud positiva y a veces de excitación.

    Lo cierto es que son capaces de simplificarnos. Cuando no podemos expresarlo todo con la palabra compensamos dándole a las manos un movimiento enérgico. Sin mover los labios, en absoluto mutismo, permite expresarnos. Habla por nosotros. Lo que estamos por pronunciar, podemos callarlo por prudencia. Ellas, al ser instinto y reflejo, difícilmente puedan ser silenciadas.

    La temperatura de las manos denota emociones. Cuando las tenemos muy frías se ha suprimido esa energía emocional y puede haber falta de interés. Y si están sudorosas podemos estar en presencia de temor y congoja, pero, en general, abundará la emoción.

       Un movimiento con nuestra mano puede resultar infinitamente más creíble que un arsenal de vocablos. La gesticulación impulsa nuestras palabras. La reafirman y avivan. Aportan vigor a nuestras frases e inevitablemente se complementan.

      “Dar una mano”; denota solidaridad.
      “Parar la mano”; expresa advertencia.
      “Ir a contramano”, señala un camino erróneo.
      “Al alcance de nuestras manos”, cuando estamos muy cerca de un objetivo.
     “Manotazo de ahogado”, describe un estado de desesperación.
     “Poner las manos en el fuego”, refiere a la confianza absoluta sobre otro. 

     Desde tiempos remotos, para el hombre, las manos han sido modos de comunicación. Vehículos. Una época determinada puede palpitarse a partir de la huella que sus manos legaron. La historia del hombre está ligada directamente al hacer y el hacer lo ha forjado con sus manos. De hecho, en el arte rupestre también estuvieron presentes, fundamentalmente en un sitio arqueológico notable como “Las cuevas de las manos”. Sus pobladores, hace 9.000 años, dejaron un testimonio artístico incomparable. Lejos, seguramente, de tener un ánimo de perpetuidad, lo han logrado. Sus manos allí impregnadas, como lenguaje. Gestos como pura expresión del alma. Su impronta, allí reflejada, desafiando al tiempo, impalpable y abstracto. En cierto modo, deteniendo su efecto despiadado.

     La realidad, como un escenario cotidiano de manos negativas, conviviendo implacablemente con otras, positivas. Unas sobre otras intentando dominar. Son elecciones de vida que pugnan pretendiendo avasallar. Dos facetas muy naturales del hombre. Una dicotomía tan antigua como él mismo. Imaginemos…

       Un índice estirado que nos señala y acusa. Que nos incrimina. Nos imputa, justa o injustamente.
       Una mano sosteniendo una marioneta, nos manipula. A su vez, nuestras manos manipulan a los más débiles. Intentamos dominarlos. Víctimas y victimarios.
      Un puño cerrado que arremete sobre nosotros. Nos violenta. Apremia.

      Por otra parte y afortunadamente…
      Hay manos que crean. Una pluma, arcilla o un pincel son sus herramientas. Dejan testimonio. Reflejan su interior. Eternamente.
      
      Dos manos unidas por sus palmas elevan plegarias. Rezan. Aún creen. 

      Un par de manos que se estrechan. Van amistosa y solidariamente por la vida. Indispensables. Dignas.

      Un pueblo apoyado sobre la palma de una mano. Contención. Como la de un padre. Como la de Dios.
      
      Y el futuro? Incierto, por cierto, en la esperanzada mano de un bebé.

      Vale aclarar que, no es ellos los malos contra nosotros los buenos. Somos los mismos, capaces de tener un gesto autoritario y luego, uno solidario.
      Elevamos una plegaria al tiempo que agredimos a un par.
      Y en cuanto a manipulación, de ella los padres hemos hecho, casi, un arte. Torneamos la mente de nuestros hijos a voluntad, de acuerdo a nuestras intenciones y debilidades. Por esto tenemos expertos en manipulación que son nuestros propios hijos. E incrédulamente nos preguntamos… a quién saldrán así?

      Está claro que no es ellos contra nosotros, sino nosotros contra nosotros mismos…
 

PD:  Haciendo click en la imagen la pueden ver más grande y apreciar los detalles que comenta Alejandro en el texto

domingo, 30 de septiembre de 2012

ESTIGMAS DEL AYER 
(Un cuadro y un texto de Alejandro Costas)



Amanece. En la luna, un antepasado en contemplativa calma. Nos visita. Un cacique, la tristeza y la melancolía en su rostro por un pasado arrebatado con violencia. No descansa. Fue testigo de una matanza indiscriminada, por la que aún nadie rindió cuenta.

 

Sabotearon una inmensa cultura y la extirparon injustamente del continente. Con maldad infinita les impusieron nuevas normas de conducta, una organización distinta y un Dios nuevo en el que no creían. Una cruz a la que debían abrazarse. Y todo a la fuerza. A pura coacción y crueldad. Por imposición violenta.
 
Los conquistadores, muy desapegados a las normas mínimas de higiene, trajeron males propios del primer mundo. Los nativos, inermes, no sólo fueron diezmados por intermedio de la violencia, sino por las enfermedades que contrajeron, desconocidas hasta la honorable visita española. Se adueñó de ellos la gripe, la tuberculosis y la viruela. Conocieron los catarros, las afecciones pulmonares y las enfermedades venéreas. Se sucedieron epidemias y pestes. Y pensar que creyeron que eran enviados de los dioses…
 
Para los aborígenes, la tierra no les pertenecía. Eran ellos los que pertenecían a la tierra. Distinta concepción tenían los europeos quienes pensaban que todo y todos les pertenecían, por el simple hecho de haberlo descubierto
 
Cuanta más violencia, dolor y sometimiento desataba el conquistador, más recompensa tenía de los Reyes de Europa. Cuanto más sangriento era y más daño causaba, más jerarquía y reconocimiento adquiría. Curiosa moral…
 
Almas crédulas, ayer, diezmadas. Aniquiladas. Avasalladas. Indios sometidos al tormento, al atropello, a la barbarie. Sus descendientes de tez morena y ojos pardos, hoy, sumidos en la indiferencia, tan cruel como aquella conquista.
 
Aborígenes, cultura perdida. Final abrupto. Azotados injustamente. Descubrir América? O… saquear América. Someter América. Esclavizar América.
 
Pueblos originarios… cultores de la ciencia, el arte, la astronomía… Agricultores pacíficos. Sabiduría infinita. Respeto supremo por las fuerzas de la naturaleza. Dueños de un territorio del que hicieron un culto.
 
Como un falso reflejo en el agua, las tres carabelas de Colón. Con ellas comenzó todo; con ellas terminó todo…
 
Dioses del ayer, como rayos, nos recuerdan sus inofensivas luchas, la más ardua de todas: sobrevivir a la memoria. Son huellas del pasado. Son estigmas del ayer…
 
Indios, Indígenas, Aborígenes, Pueblos originarios, Nativos, Naturales, Autóctonos… simples eufemismos para no decir víctimas.
 
Colonización, descubrimiento, conquista, encuentro de dos culturas… cuánto cuesta mencionar la palabra genocidio!
www.alejandrocostas.com.ar
PD: Alejandro me envió el cuadro y el texto por mail para que lo pusiera en nuestro blog. Si hacen click sobre la pintura, podràn apreciar los detalles que Alejandro describe en el texto. Espero que les guste como a mí.